Para hablar de una película empecemos hablando de otra película.
Al promediar Fue la mano de Dios, del director italiano Paolo Sorrentino, se ve en un televisor a tubo, apoyado en una mesa de acrílico en un rincón de un balcón napolitano, a Diego Armando Maradona entrando al área de la selección inglesa. Pasa entre dos jugadores con camiseta blanca y, cuando la pelota empieza a bajar, salta en el aire como si estuviera tomando impulso en escalones invisibles. Frente a él, a la par, se estira hacia el cielo el arquero Peter Shilton que le saca varios centímetros de altura. Por un milagro o, mejor dicho, por una mano (como en la mayoría de los milagros, las explicaciones racionales se imponen en los relatos históricos), el número 10 de la selección Argentina llega primero y golpea la pelota con el puño, que empieza a picar en la espalda de Shilton hasta llegar mansa, sin apuro, a la red del arco rival.
En Fue la mano de Dios estallan los balcones napolitanos, levantan los brazos los bambinos, se besan los matrimonios rotos, se gozan las parejas hambrientas, se abrazan los hermanos perdidos, gritan eufóricos los obreros que no llegan a fin de mes y se ofuscan las viejas aristocráticas. El tío del joven Paolo, en la ficción, sentado en la primera fila del auditorio improvisado en el balcón, con una voz que es un susurro, que nace trémula como si estuviese canalizando un mensaje lanzado desde otra dimensión, dice: “¡Un Dios! Anotó con la mano. Ha vengado al gran pueblo argentino, oprimido por los innobles imperialistas en las Malvinas ¡Es un genio, un genio!”. Y mirando a su sobrino, conmovido, refuerza: “Es un acto político. Una revolución. Los humilló, ¿entiendes? Los humilló”.
El 22 de junio de 1986, la escena, con matices, se multiplicó en balcones, terrazas, comedores, quinchos y jardines de Argentina y, quizá, de otros lugares del mundo del que no llegaron testimonios. Para completar el cuadro histórico, minutos después, Maradona, el barrilete cósmico como lo apodó en ese instante el narrador Victor Hugo Morales, agarró la pelota en la mitad de la cancha, gambeteó ingleses como si fuesen árboles y convirtió el gol más hermoso en la historia de los mundiales. Picardía y talento, trampa y destreza, injusticia terrenal y justicia divina: todo en poco más de tres minutos.
El partido de cuartos de final de México 86 se jugó cuatro años después de la guerra de Malvinas entre ingleses y argentinos. La previa no había sido sencilla, lo simbólico sacudía la materia. En las tribunas y en los alrededores del estadio Azteca, los hooligans se peleaban con barras bravas de Argentina; en la concentración el técnico Bilardo se repetía el mantra “es solo fútbol, es solo fútbol” para autoengañarse y, al igual que la joven democracia en Argentina, sacudirse la sombra de los muertos en Malvinas. Sin embargo, el fútbol, como decía Dante Panzeri, es la “dinámica de lo impensado”. Y ese día, esa tarde de sol radiante en el estadio Azteca, lo que sucedió adentro de la cancha corroboró una vez más el clásico aforismo del periodista deportivo.
Maradona en cuatro minutos concretó lo que había soñado la noche anterior (“vamos a ganar con dos goles míos”, dicen sus compañeros que les dijo antes del partido); mantuvo el control de la pelota en una cancha que parecía una calle de tierra y, como si llevara una lanza en los pies, no frenó hasta transformarla en “un pájaro muerto debajo de la red”. Ese instante, en palabras de Jorge Valdano, uno de los protagonistas, fue “el preciso momento en que Diego dejó de estar con nosotros. Cuando pasados unos segundos llegué a abrazarlo, ya era tan universal como la pelota. Y tan mito como Gardel, y tan prócer como San Martín. El fútbol no es broma cuando se pone sociológico”.
Y, agrego, cuando con el tiempo se transforma en literatura, cine, historia y canción.

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Para seguir hablando de una película que todavía no fue nombrada, continuemos con un libro.
El cronista Andrés Burgo tenía once años durante el Mundial de México 86. Fue el mundial de su infancia, de cuando se enamoró del fútbol. Treinta años después, Burgo se propuso escribir sobre ese mes que selló su biografía. Sin embargo, como le cuenta al periodista Angel Berlanga en una entrevista para Página/12, no le encontraba el hilo a la historia. El acontecimiento era tan grande y tan conocido y tan cargado de memoria que sentía que no lo podía contener en un archivo de Word. La solución la encontró leyendo un libro. Precisamente Anatomía de un instante, la novela de Javier Cercas que gira en torno a un día específico, el 23 de febrero de 1981, fecha del frustrado golpe de Estado a la democracia española. Según Burgo, “ahí me di cuenta de que el mundial entero no tenía tanto atractivo, que algunos partidos solo tenían un atractivo deportivo. A la vez, publiqué un par de notas vinculadas a ese partido en sí, como la de la historia de las camisetas, y me di cuenta de que tenían mucha repercusión. Empecé a hablar con hinchas que habían estado en el Azteca ese día, en fin. Ya en el mundial de Alemania 2006, cuando se cumplieron veinte años, lo vi al periodista Elio Rossi poniéndose a llorar tras leer una nota muy hermosa sobre el gol de Maradona que escribió otro periodista, Diego Torres. Acá hay algo, me dije en ese momento.” Y a esa intuición, tras ser convocado por Leila Guerriero para que escriba en la colección Mirada Crónica de Tusquets, Burgo le dio forma de clásico de la literatura deportiva.

El partido fue publicado en el 2016. Semejante al libro de Cercas, gira en torno a un instante y a una fecha específica: el 22 de junio de 1986. Burgo reconstruye el partido desde microhistorias y desde diferentes voces que funcionan como capas geológicas de un sismo que sacudió al planeta Tierra. Durante casi 300 páginas narra el camino del héroe, desde que arranca el día con el deseo de comerse “un sanguche de mortadela” hasta la consagración divina donde deja la piel y los huesos en una cancha de fútbol. En el medio, Burgo, para acercarse al sol, a sus radiaciones (desde el comienzo tuvo en claro que el único testimonio que no iba a conseguir era el de Maradona), conversó con campeones del mundo, utileros, dirigentes, hinchas, árbitros, barrabravas. El resultado fue un libro lleno de imágenes y sonidos que van sucediendo de página en página. Como dice el autor, “este partido fue Hollywood: tenemos la previa con el morbo de Malvinas, el gol ilegítimo, el gran gol de todos los tiempos, el gran relato de todos los tiempos, el suspenso del final con la nuca de Olarticochea, la santificación de Maradona”.
Y no fue Hollywood quien se propuso filmarla, quizá mejor. Diez años después del libro y cuarenta del partido entre Argentina e Inglaterra, la historia que empezó en una cancha de fútbol llegó a las pantallas de los cines.

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Para hablar de la película, de una vez por todas, recordemos lo que rodeaba al partido.
Uno de los aciertos del documental El Partido, de la dupla de realizadores Juan Cabral y Santiago Franco, es que el acontecimiento no empieza cuando el árbitro tunecino Ali Bin Nasser toca el silbato para que se mueva la pelota. A diferencia del libro de Burgo -que dio la idea, el esqueleto y alma de la película-, la cronología de la narración marca otros hitos históricos del cruce entre argentinos e ingleses. No lo hace de un modo lineal, sino que va saltando desde 1765 hasta el 2026, con paradas intermitentes que dan cuenta del vínculo histórico entre las dos naciones.
La relación excede los nombres de futbolistas. A poco de rodar la cinta aparece la figura del Vicealmirante John Byron (abuelo del poeta Lord Byron, dato nerd), el primer inglés en desembarcar en las Islas Malvinas en 1765 y en tomar posesión del archipiélago en nombre de la Corona Británica. También subraya la importancia de ingenieros y trabajadores británicos para la red ferroviaria que se extendió por la llanura pampeana, en la segunda mitad del S. XIX: inmigrantes que armaron barrios, prolongaron descendencia y, sobre todo, importaron el fútbol creando varios clubes por distintas provincias de Argentina. El archivo, cuidado y curado por Andrés Levinson, suma a la composición perlas como la recepción de un joven Diego Maradona a los integrantes de Queen que tocaron en Buenos Aires en 1981; además de imágenes más conocidas como la expulsión de Antonio Rattin en el Mundial de 1966 frente a los ingleses, y su retirada icónica con el apretón del banderín del córner que llevaba los colores del país local.

El trabajo de archivo arma escena y contexto al corazón de la película: las voces de los protagonistas, de futbolistas ingleses y argentinos que jugaron el emblemático partido. Ver en escena a Valdano, Burruchaga, Olarticochea, Gary Lineker, John Barnes, Ruggeri, Shilton, recuerda a la obra de teatro Campo Minado de Lola Arias, donde ex combatientes de cada bando, actúan interpretando las memorias propias de una cicatriz en común. El acierto de los realizadores de El partido fue no maniquear el encuentro con metáforas que apelen a la cancha como un campo de batalla o, menos, sugerir el diálogo o valores abstractos como solución de los males humanos. Al contrario, permite que la conversación y el recuerdo -filmados en un preciso blanco y negro- vayan ampliando lo que sucedió en esa cancha mexicana que marcó las vidas de los protagonistas como las de tantos ciudadanos argentinos e ingleses.
La película dura 91 minutos, al igual que el partido que retrata. La narración central la llevan Jorge Valdano y Gary Lineker, veteranos de aquella tarde y, con el tiempo, convertidos en voces inteligentes y reflexivas para comentar el fútbol y el mundo contemporáneo. “Ambos tienen un talento para explicar lo que está pasando y lo que sienten proverbialmente. Poseen una cadencia al hablar que hace que te vayas dejando llevar. Y una enorme capacidad aún de verse años después y de entenderse”, dijeron los realizadores en el Festival de Cannes, donde fue presentada en la Sección Cannes Premiere.

El punctum de ese cruce de voces y de miradas sucede cuando Valdano lee en voz alta un poema de Jorge Luis Borges sobre un soldado inglés y otro argentino muertos en la Guerra de Malvinas. Frente a Lineker, recita:
Juan López y John Ward / Les tocó en suerte una época extraña. / El planeta había sido parcelado en / distintos países, cada uno provisto de lealtades, / de queridas memorias, de un pasado / sin duda heroico, de derechos, de agravios, / de una mitología peculiar, de próceres de / bronce, de aniversarios, de demagogos y de / símbolos. Esa división, cara a los cartógrafos, / auspiciaba las guerras. / López había nacido en la ciudad junto al / río inmóvil; Ward, en las afueras de la ciudad / por la que caminó Father Brown. / Había estudiado castellano para leer / el Quijote. / El otro profesaba el amor de Conrad, que / le había sido revelado en un aula / de la calle Viamonte. / Hubieran sido amigos, pero se vieron / una sola vez cara a cara, en unas / islas demasiado famosas, y cada / uno de los dos fue Caín, / y cada uno, Abel. / Los enterraron juntos. La nieve / y la corrupción los conocen. / El hecho que refiero pasó en / un tiempo que no podemos entender.
Al finalizar el poema, Valdano hace una pausa y abraza a un Lineker emocionado. Los brazos de uno se mezclan con el cuerpo del otro, en un gesto físico, fuerte, sentido, de dos hombres que saben que lo que sucedió esa tarde, cuarenta años atrás, fueron 91 minutos de un partido de fútbol que va a durar la eternidad.
