Artes

‘La jauría’: masculinidad tóxica en la selva colombiana

Andrés Ramírez Pulido debuta en largo con una fábula sobre los hijos de la violencia. “Es una película anti ‘Narcos’”, dice el cineasta.

Barcelona
Los protagonistas de la película 'La jauría', de Andrés Ramírez Pulido. ALTA ROCCA FILMS

Los primeros planos de La jauría son francamente inolvidables. Exterior, noche, en una ciudad no identificada. Aparecen un par de jóvenes charlando, se les ve entre tensos y muy tensos. Uno de ellos, el más bajito, lleva un machete. Corte. Una moto aparece por debajo de un puente, a lo lejos. Corte. Son ellos dos, montados encima de la moto, con un cadáver desangrándose entre ambos. Corte. Se deshacen del cadáver en medio de la selva. La violencia, el acto de matar, ha quedado fuera de campo, pero al mismo tiempo no puede estar más presente. La atmósfera es como de película de Apichatpong Weeresathekul, que además, qué casualidad, más o menos por esa misma época debía andar por Colombia rodando Memoria. Aparece el título de la película: La jauría. Bastante impresionante.

Luego, después de una generosa elipsis, nos reencontramos con el más guapo de los dos jóvenes (Jhojan Estiven Jiménez) en una suerte de colonia penitenciaria, en un ambiente entre Kafka y Conrad, absurdo y selvático. Se trata de un  reformatorio al aire libre para delincuentes juveniles, en el que se trabaja la reinserción manteniéndolos ocupados con diversas tareas, pero sobre todo con improbables técnicas de meditación que quedan como medio surrealistas y le dan al lugar un aura de campamento sectario, con líder y todo. La textura selvática impregna toda la película. Las lianas y la vegetación invaden una casa en ruinas. Hay una piscina que primero está vacía, luego está llena, y ahí se bañan los jóvenes delincuentes, que son todos hijos de la violencia, y que por tanto reparten más violencia. La violencia es algo que se hereda, que se contagia y que se expande. 

El director de La jauría, Andrés Ramírez Pulido (Bogotá, 1989), forma parte de esa corriente de realizadores que se reclaman herederos del cine de Víctor Gaviria, como Laura Mora o Camilo Restrepo, con los que ya tuvimos ocasión de hablar. Actores salidos de la misma calle, rechazo de la violencia espectacularizada, toques de realismo mágico y compromiso político con los muchos desfavorecidos de la sociedad colombiana. Lo que cambia es el estilo, y la forma de narrar. Cada uno tiene el suyo, cada uno tiene la suya, y la de Ramírez Pulido vuelve a ser muy particular, personal e intransferible, más cercano a los maestros orientales que los demás.

La película llega este 21 de julio a la cartelera española tras su estreno en Colombia el pasado octubre y después de un espléndido recorrido festivalero que arrancó en Cannes e hizo parada en San Sebastián, donde nos conocimos de manera algo accidentada.

Tráiler de la película 'La jauría', de Andrés Ramírez. YOUTUBE

- El título sugiere de entrada masculinidad animal, violenta, tóxica. En España tuvimos el caso de La Manada, sobre un grupo de desalmados que abusó de una chica en los sanfermines, incluso hubo una obra teatral inspirada en los hechos que precisamente se tituló Jauría... Es una coincidencia que ya dice mucho sobre la película, ¿no crees?

- No conozco ese caso, así que está claro que directamente no tiene nada que ver, pero en el fondo quizás sí, porque en la película se habla de la naturaleza humana y de una masculinidad corroída, tóxica… No se alude a ninguna agresión sexual, aunque la película contiene mucha violencia.

- Pero es una violencia latente. De hecho, hay mucha violencia fuera de campo, psicológica. ¿Es porque la violencia colombiana ya se ha espectacularizado demasiado?

- Sí, hay una violencia que es muy atmosférica en la película. Alguien ha comentado que mi Jauría es una película anti Narcos, no sólo contra la serie, sino en general. En Colombia hay teleseries y toda clase de atracciones basadas en la estética narco, y creo que, desde mi inconsciencia, quise responder a eso, a esa exaltación de la violencia en los años ochenta y noventa. En mi película, la mansión en ruinas había pertenecido a un narcotraficante, y uno de los chicos dice: “Cuando esta hacienda sea mía, quiero volver a traer los leones, los grifos de oro, los culitos”. Se refiere de manera muy grotesca y sexual a las mujeres. Hay un anhelo por toda esa ostentosidad que esconde una cosa muy negra, oscura y ultraviolenta que aceptamos implícitamente junto con lo que nos atrae.

- Da la sensación que los jóvenes lo ven como una alternativa de vida, como una carrera más para la que sólo hay que tener el gatillo fácil, ¿es así?

- Totalmente. Y creo que, en el imaginario cultural colombiano, es algo que está perfectamente aceptado e integrado. Es increíble.

El actor Jhojan Estiven Jiménez, en una escena de 'La jauría'. ALTA ROCCA FILMS

- Me gusta mucho cómo está construida la apertura de la película. Es muy potente el uso de la elipsis, como a machetazos. Los chicos hablan, la moto, los chicos en la moto con el cadáver… Son como tres planos encadenados que te meten en la película de lleno.

- Sí. Hay un cuarto plano en el que se les ve con el cadáver en medio de la jungla.

- Y luego ya viene el título. He leído que, en un principio, no eras muy cinéfilo, pero esta apertura me trajo a la mente a los grandes del cine oriental: Jia Zhang-Ke, Tsai Ming-liang o Apichatong Werasethakul… ¿Hay algo de eso ahí?

- Sí, yo no llegué al cine por la vía cinéfila, pero ahora ya estoy hasta el fondo, de pies y cabeza. Es posible que haya una influencia oriental en el sentido de que, con muy poco, apenas cuatro planos, decimos mucho. Hay que confiar más en la imagen. Aunque también creo en la expansión de los sentidos en el cine. El tacto, el olor…

- Ha habido muchos intentos… El Odorama, por ejemplo.

- No lo decía tan literal. Yo intenté que mi película tuviera unos tentáculos que activaran los cinco sentidos en el espectador. Que el espectador estuviera sumergido en la selva, en el sudor y en el calor; hicimos un trabajo tratando de buscar eso, con el color y las texturas corroídas. Mi esposa, Johana Agudelo Susa, que es artista plástica, me ayudó mucho en ese sentido. Ella hace videoperformance, pero trabaja en mis películas como diseñadora de producción y directora de arte, aunque ella está desde siempre en la génesis de mis proyectos. La productora, Valiente Gracia, es de ambos, ahí están también sus trabajos. Para mí, ella es un muy buen contrapunto.

El cineasta colombiano Andrés Ramírez Pulido. CORTESÍA

- Da la impresión de que la película huye del realismo y quiere inscribirse como en un tiempo de fábula.

- Sí, queríamos huir del hiperrealismo del cine latinoamericano, darle una vuelta y hacer una propuesta un poco más cuidada, confiar un poco más en el propio lenguaje cinematográfico.

- En este sentido, puede recordar a Monos, de Alejandro Landes, que también es una película que se sitúa fuera del tiempo y del espacio, aunque claramente se trate de una banda de guerrilleros en la selva colombiana. Las dos son muy selváticas y alegóricas, ¿tú sientes esa posible proximidad?

- Se asemejan en describir esa juventud en la selva, en ese mundo ficcional. Pero yo quería hacer un cine de capas y describir el personaje desde adentro. No quedarme en lo superficial, sino profundizar en la naturaleza humana y hacerme preguntas sobre la violencia colombiana, pero más hacia lo íntimo, el individuo y lo familiar. Y lo psicológico. Creo que mi película dialoga mucho con toda esa realidad colombiana que nos persigue, aunque a la manera de la literatura rusa, como Tolstoi o Dostoievski, que se referían al contexto social y político de su tiempo.

- Abarcar al mismo tiempo lo local y lo universal. Respecto a lo local, La jauría se filmó en un sitio muy particular, que es donde vives, ¿verdad?

- Sí, es una ciudad pequeña, Ibagué, que está entre Bogotá y Cali, en el valle del río Magdalena. Un lugar muy cálido, de bosque tropical a pie de montaña. Siempre ha sido una tierra de nadie, porque los narcos acostumbran a centrarse en las grandes ciudades: Cali, Medellín, la costa. En Ibagué también pasan cosas, aunque es más invisible. Como te decía, el lugar donde filmamos había sido la hacienda de un exnarcotraficante. No quería que eso estuviese en primer término, pero queda como las ruinas de un pasado difícil de ubicar, porque también queríamos, desde el guion y la estética, que la película fuese difícil de ubicar temporalmente. No queríamos centrarla en un lugar y un tiempo concretos.

- Por eso te decía lo de Monos, que también tiene un carácter muy atemporal. Estas colonias con terapias tan extrañas tampoco existen en la realidad, ¿no?

- No, visité varios lugares donde hay jóvenes internados, pero ninguno de los que vi se parece a lo que se ve en la película, que es pura imaginación. Yo vengo de una escuela de cine, muy influenciado, como todos mis compañeros, por toda esa escuela dardenniana y por el cine de Víctor Gaviria, que ha permeado a toda una generación de cineastas. Pero he querido encontrar un camino propio y lo he encontrado en la abstracción del naturalismo. Creo que es más potente.

'La jauría' transcurre en un centro experimental de menores de la selva colombiana. ALTA ROCCA FILMS

- Buscas a gente de la calle, y trabajas con ellos en talleres de cine, para luego incorporarlos, o no, a tus películas. Otra coincidencia con la película de Llandes es el personaje de Mono, interpretado por Maicol Andrés Jimenez. Tiene un físico muy particular, ¿cómo lo encontraste?

- Busco a los actores en la calle. Bueno, a Jhojan lo descubrí mientras estaba nadando en el río. Con Maicol, sí, él iba andando por la calle. Al principio pensé que eran unos críos, luego me di cuenta de que no era un niño, sino Maicol, y enseguida me cautivaron su carisma y su energía.

- La jauría es la historia de un grupo, pero también representa a toda una generación...

- Ellos son hijos de la violencia, la han heredado, son prisioneros de ella, y tienen que matar al padre para romper el círculo y librarse de ella. En los talleres que monté con mi mujer para trabajar con gente de la calle, me di cuenta que la mayoría de estos jóvenes tenían una relación muy conflictiva con sus padres, pero que en cambio a menudo llevaban el nombre de su madre tatuado. Es un tema en el que ya había trabajado en mis cortos anteriores, Edén y Damiana. La película es un viaje hacia la luz, de ahí que el protagonista acabe conectando con algo que está más allá de lo material, en lo invisible.

- Tampoco existe en Colombia una colonia penitenciaria en la que traten de reinsertar a la juventud con ese tipo de terapias, ¿no?

- No, pero visité varios centros de desintoxicación y de menores, y me inspiré de ellos para crear una ficción.

Periodista cultural especializado en cine y literatura. Fue redactor de la revista Fotogramas durante 17 años. Ahora colabora regularmente con medios como La Vanguardia, El Mundo, Cinemanía o Sofilm, entre otros. Ha comisariado la exposición Suburbia en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona.