Artes

Filmar las Malvinas es para valientes

El cineasta argentino Pablo Aparo pasa seis meses entre los isleños para rodar 'Los Vencedores', un documental que retrata su vida cotidiana y el peso omnipresente de la guerra.

Buenos Aires
Matt, uno de los protagonistas de 'Los Vencedores', el documental de Pablo Aparo sobre las Malvinas y sus habitantes. CORTESÍA

Pablo Aparo creció escuchando el tronar de aviones que habían participado en la guerra de Malvinas. El sonido atravesaba el cielo que veía desde el patio de la escuela ALAS en El Palomar, en el oeste de la provincia de Buenos Aires. Un temblor naturalizado que en los días cargados de nubes confundía con el estruendo que acompaña al relámpago. Apenas a unos metros de distancia de donde aprendía inglés, un idioma que varias décadas después iba a ser fundamental para el armado de su película Los Vencedores, estaba la I Brigada Aérea de la Fuerza Aérea Argentina. También, a unas pocas cuadras, el Colegio Militar de la Nación donde se forman oficiales del Ejército Argentino.

-Lo militar estaba dando vuelta en nuestra cotidianidad -dice Aparo, mientras espera un té negro y un tostado de jamón y queso en el bar notable Montecarlo del barrio de Palermo-. Pasaban aviones Hércules todo el tiempo y a veces íbamos al Colegio Militar a hacer Educación Física. Jugábamos a la pelota, nos metíamos a la pileta, lo que sea, con los oficiales alrededor como parte del paisaje.

Al terminar la escuela secundaria, Aparo se anotó para estudiar la carrera de Diseño de Imagen y Sonido en la Universidad de Buenos Aires. No venía de atravesar la adolescencia con la idea fija en hacer cine. El tiempo por fuera de la escuela lo llenaba estudiando música, armando bandas de rock, jugando al fútbol, viendo películas. La elección de la carrera fue para juntar inquietudes: imagen y sonido.

-Es una carrera particular dentro del universo del cine -dice-. Según cómo te la armes puede ser completamente cine o más multimedia o vinculada al sonido. Pero es una carrera increíble. Es dura, tiene mucho teórico y guión. También prácticas pero del estilo "arreglate como puedas". No te dan ni una cámara. Al menos era así cuando me tocó cursarla. No reniego. Te da una impronta de que vos podés resolver con lo que tengas. A mí en los rodajes me sirvió. Si no tenemos una caña para hacer el sonido lo resolvemos con una escoba y listo.

El cineasta argentino Pablo Aparo, director de 'Los Vencedores'. CORTESÍA

Las condiciones materiales en su formación fueron moldeando un estilo, un modo de hacer y entender el cine. Su primera película, La gente del río, codirigida con Martín Benchimol, fue una tesis para el final de carrera. El método que ensayaron, machadesco: se hace cine al rodar. En pocas palabras, ir al lugar cámara en mano, quedarse un tiempo prolongado o visitarlo con frecuencia, conversar con la mayor cantidad de personas posible, recuperar las voces sin tergiversarlas ni burlarse, estar atento para "cazar los principios" -como diría Martín Caparrós-, acopiar mucho material y, sobre todo, pensar y escribir y editar durante mil horas de visionado hasta que aparezca la película en el montaje.

-Hay mucha construcción desde el montaje -dice Aparo-. Se arman escenas, situaciones, diálogos. Entendés el qué y el cómo de la película. Quiero cambiar esto acá, borrar esta parte, cosas así. Y mientras sirva para el relato y sea éticamente correcto con la gente que está dándote su imagen y sus testimonios, está todo bien. Así, intuitivamente o medio jugando encontramos un lenguaje que nos servía. Es un mix de cosas, entre The Office y Lucrecia Martel.

Las películas que había realizado Aparo en codirección sucedían en pueblos pequeños, en espacios cerrados a cielo abierto. Como si completara una trilogía involuntaria, gracias a tales coordenadas surgió la posibilidad de realizar Los Vencedores. En 2018, Aparo estaba presentando su segunda película, El espanto, en el Sheffield DocFest, un festival de documentales en el norte de Inglaterra. Al finalizar el estreno, se le acercó un productor de Channel 4 y le dijo: "Me encantaría hacer una película con un pueblo del norte de Inglaterra en el que yo crecí, es muy parecido al de tu película. Hay personajes iguales, son bastante cómicos". Aparo lo escuchó con atención. En los días siguientes mantuvieron la comunicación. Sin embargo, el encargo no prosperó o, mejor dicho, mutó en una versión impredecible.

-Ahí, no sé por qué, pensé en las Islas Malvinas y me picó el bichito de hacer otra película -dice-. Malvinas es una pequeña comunidad, en la isla tenemos todo este quilombo que escuchamos desde que somos chicos. Quería conocer. A las primeras tres cosas que investigué dije: "Ya está, esto es una película".

La película se llama Los Vencedores. Fue estrenada en el BAFICI 2026, donde ganó el Gran Premio Ciudad de Buenos Aires, el de Mejor Dirección de la Competencia Internacional y varias distinciones más. No es el primer documental o ficción que trabaja sobre el territorio y la memoria de la Guerra de Malvinas de 1982. Su singularidad resplandece al ser una película realizada por un argentino que le entrega el protagonismo a hombres y mujeres que habitan las islas. También en el arrojo de valentía del realizador.

Militares británicos en las Islas Malvinas, donde hay entre 1.000 y 2.000 efectivos. CORTESÍA

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En las Islas Malvinas viven alrededor de 3500 personas. El Producto Bruto Interno (PBI) por habitante es de los más altos del mundo, gracias a la expansión de la industria pesquera y a la exploración hidrocarburífera. En la base militar británica de Mount Pleasant (Monte Agradable) viven de forma permanente y rotativa entre 1.000 y 2.000 efectivos militares, una especie de pueblo dentro de un pueblo. Aparo, con el dato fresco en la cabeza, se preguntó si tanta familiaridad con la base militar hacía sentir a los isleños más paranoicos o más seguros. Con ese Macguffin llegó a Puerto Argentino.

Su viaje tuvo tres etapas. La primera sucedió en 2020, previo al estallido de la pandemia. Duró diez días, lo suficiente para explorar el campo y encontrar una baqueana amiga que le marcara las coordenadas claves del territorio. El segundo viaje duró un poco más de dos meses, en 2023; Aparo fue con la intención de quedarse un tiempo prolongado y de moverse desde el pueblo hacia las zonas rurales. El tercero, con la idea de la película ya tomando forma, duró alrededor de tres meses. Todos los viajes los hizo solo, con la idea de hacer campo, cámara y sonido como un realizador orquesta.

-Había dos cosas puntuales que me servían para ir solo -dice-. Primero los recursos. Si iba solo podía estar más tiempo. Yo necesitaba estar mucho tiempo ahí. Sabía que tenía que convivir con la gente, no ir y volver.

Antes de aterrizar, Aparo escuchó un anuncio del comisario de a bordo: "Damas y caballeros, en unos instantes aterrizaremos en la base aérea militar de Mount Pleasant, en las Islas Falklands. Les recordamos que por disposición del gobierno local está terminantemente prohibido tomar fotografías o videos dentro del complejo. El despliegue o la exhibición pública de banderas, el uso de uniformes militares argentinos o cualquier insignia que nombre a las islas como Malvinas en cualquier parte del territorio tienen el potencial de causar malestar público".

Vista de las islas durante unas maniobras militares. CORTESÍA

La advertencia funcionó como combustible para la valentía más que como medio de persuasión. En total, Aparo estuvo seis meses grabando en las Islas Malvinas, a cara descubierta, consiguiendo permisos con la figura de "periodista" y considerando la voluntad de aquellas personas que no deseaban ser retratadas.

-Hubo días en que no hice nada o que solamente fui a un bar a hablar con gente del lugar que estaba viviendo ahí. También me sirvió al final que me vieran haciendo una película solo. Creo que para la conexión con ellos funcionó mejor.

Aparo no sabía qué tipo de película podría llegar a realizar. Mientras tanto hablaba con hombres que habían sido atravesados por la guerra durante su infancia, con el cura de la iglesia anglicana, con la gobernadora, con referentas políticas, con inmigrantes zimbabuenses; en sí, con todo aquel que se cruzara en el camino y quisiera dar su voz a un argentino que, cámara en mano, estaba dispuesto a escucharlos. También filmaba planos de la vida cotidiana en la isla: autos a marcha lenta por la avenida principal, adolescentes entrando a una fiesta, conversaciones en un bar, perros echados en el suelo como si estuvieran durmiendo una siesta bonaerense.

Además del centro cívico y urbanizado, a Aparo le interesaba filmar la zona rural, donde no llega ni Dios, según el testimonio del cura que añora lanzar un curso de “catequesis online” para acercar su palabra al borde agreste y árido de la isla. Del total de los habitantes de Malvinas, solo 500 personas viven en el campo. Aparo no quería ir de visita. Buscaba hospedaje donde instalarse un tiempo prolongado, a pesar de que en el pueblo no se lo aconsejaban.

Bancos en Puerto Argentino, donde Pablo Aparo pasó varios meses durante el rodaje de 'Los Vencedores'. CORTESÍA

-La gente de la West Falkland, como dicen ellos de la isla Gran Malvina, son raros. Te dicen en el pueblo: "No, esos son raros. Gente rara".

Aparo intentaba conectarlos por medio de la mensajería de Facebook, la red social más popular en las islas. Pasaron dos meses y medio y no le respondían. Cuando estaba por cambiar de plan, recibió un mensaje de Matthew. Seco, le dijo: "Bueno, dale, si querés venite". Aparo le respondió: "Pero mirá que quiero ir a filmar lo que estés haciendo". "No hay mucho para hacer ahora, es invierno. Igual nos vemos en un bar", le dijo Matt.

Se encontraron en un bar del pueblo. Matthew lo saludó y lo dejó esperando un rato eterno mientras charlaba en una lengua cerrada con otros parroquianos. En la barra también estaba Andrea, su novia chilena que vive seis meses en la isla y el resto del año en Valparaíso. Cuando terminó sus asuntos, se acercó y le dijo a Aparo: "Bueno, ¿qué querés hacer?".

La escena es reconstruida en Los Vencedores, en el living de la casa de Matt. En esa pregunta, en ese rol invertido del personaje entrevistando al autor y, sobre todo, en la figura de Matt, Aparo encontró la película que no tenía en claro que estaba buscando.

Restos de un avión en las islas, donde las huellas de la guerra de 1982 siguen presentes. CORTESÍA

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Aparo le comenta a sus nuevos amigos en la isla que iba a ir a pasar varias noches a la casa de Matt, en la zona agreste. Apenas termina el anuncio ve cómo abren los ojos, se les endurece el rostro y solo mueven los labios para lanzar una advertencia: Matt es antiargentino. Aparo revisa las redes y confirma el enunciado. Además, en las fotos del muro de Matt se ven escopetas, un hombre arreando ovejas, piel curtida, brazos fuertes.

-Empiezo a ver todo eso y dije: "Este chabón está re loco". Le hablo a mis productoras y les digo: "Voy a ir a ver a esta persona". Me dicen: "No vayas, tené cuidado". Pero bueno, alquilé un auto y me mandé.

Los Vencedores es una película valiente. Si filmar a los isleños en las Islas Malvinas es meterse en la boca del lobo, convivir con Matt en su casa, su granja, en las noches de gin, frío y soledad era como ir hasta el fondo de esa boca cerrada. Hay un diálogo en la película donde se condensan el pánico, la paranoia y el coraje de la puesta. A poco de llegar, Matt le dice: "No me hagas enojar". Aparo le responde: "Pero ¿cómo te voy a hacer enojar?". "Ya te vas a enterar", sentencia Matt. Aparo lo encuadra en un plano fijo con Matt en el centro, sentado en un sillón gastado, relajado pero con la mirada en guardia.

-En esa escena se resume un poco lo que me pasó. Sin embargo, sentí que iba a estar todo bien. Este tipo me estaba invitando a su casa. Yo le dije que era para una película y aceptó -dice Aparo-. Al principio era ver el límite de lo que yo podía filmar y qué no. La verdad es que desde la primera noche o la segunda, ya nos pusimos borrachos y nos hicimos amigos.

Matt recorre su propiedad en la zona rural de las islas, donde convivió con Pablo Aparo durante el rodaje. CORTESÍA

Matt aparece en la película en movimiento, en acción, junto a sus animales, su novia o con el mismo Aparo que, tras varias idas y vueltas, asume que su presencia es importante para el desarrollo de la trama. Juntos recorren las montañas de su propiedad, juegan con la perra Lunita, arreglan un equipo eléctrico, se desafían en la PlayStation, beben cerveza y gin, se ríen. Y, en particular, miran un video casero de los años de la guerra cuando Matt, de bebé, junto a su familia y otros isleños, fue prisionero de soldados argentinos en el Patio de los Gansos.

En Los Vencedores se vislumbra la imposibilidad que tienen los isleños de escapar de la guerra. Aparece en un avión que silba en el cielo y les da sensación de protección, en la celebración más importante del pueblo, en la renguera de un vecino que atiende un comercio, en un recuerdo que puede aparecer en un video en una red social, tal como le sucedió a Matt.

-En un principio no tenía la idea de hacer una película sobre la guerra -dice Aparo-. Quería hacer una película sobre el presente, sobre lo que pasó, sobre ellos. Pero estando allá, un isleño me dijo: "Acá no podés escapar de la guerra aunque quieras". Está muy presente todo el tiempo.

Un helicóptero militar británico durante unas maniobras en las islas. CORTESÍA

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Los fantasmas de la guerra no están presentes solo en las Islas Malvinas, también rondan por Argentina o donde haya un argentino con voluntad de recordar. En la semifinal del Mundial de fútbol 2026 apareció en su formato clásico: envuelto en una sábana blanca.

El partido de la semifinal entre Argentina e Inglaterra se anudó con el partido histórico que protagonizaron ambos equipos en 1986, a cuatro años de la guerra. Para la simbología argentina, en ese duelo que duró 91 minutos, el seleccionado, con Maradona como capitán, genio y figura, había logrado una revancha -modesta desde lo material, pero profunda desde lo simbólico- por otros medios. La actualización de ese duelo, con Messi como capitán, genio y figura de la selección argentina, reflotó tales pasiones.

La noche previa al partido, en una habitación de un hotel de Atlanta, un grupo de argentinos cortó la sábana de una cama y con pintura negra escribió la leyenda “Las Malvinas son argentinas”. La idea era colocar en el Mercedes-Benz Stadium el mensaje que millones de argentinos tenemos fijado en el inconsciente colectivo. La organización del partido había prohibido el ingreso de banderas alusivas a las islas Malvinas; incluso la ministra de Seguridad del gobierno de Javier Milei, Alejandra Monteoliva, había advertido en la previa que habría controles especiales para impedir alusiones a la guerra de 1982. Con astucia lograron saltar el operativo de control y entraron la bandera al estadio. La desplegaron unos segundos en una tribuna hasta que un hombre de seguridad la advirtió y fue rápidamente a sacársela. Antes de que le avisaran a la policía, la envolvieron alrededor de una botella de plástico y la arrojaron a la cancha cerca de donde estaba Gonzalo Montiel. El histórico lateral derecho de River y autor del penal más importante de la historia del fútbol argentino se la pasó a Giovanni Lo Celso. El rosarino la desenrolló y, junto a Lisandro Martínez y al Cuti Romero, la llevó al centro de los festejos del triunfo.

-Soy recontra futbolero, fue muy increíble lo que pasó -dice Aparo-. Lo de la bandera está bueno si la causa Malvinas tracciona otras cuestiones políticas para sostener la soberanía en general. El tema es si queda como un eslogan vacío, blanco y negro. Pero lo que pasó con la bandera que terminó influenciando en la Ley de Tierras que se bajó es espectacular.

Una celebración en Puerto Argentino, uno de los escenarios de la vida cotidiana que retrata 'Los Vencedores'. CORTESÍA

La bandera fue un acontecimiento que ensanchó lo deportivo. El significante fue mutando en diferentes pedidos de soberanía, como "las tierras son argentinas", "las universidades son argentinas", "la ciencia es argentina", "los jubilados son argentinos", "los discapacitados son argentinos". Un boomerang que volvió con fuerza hacia las políticas del gobierno de Milei que avasallan a los sectores más vulnerables del país. Un acontecimiento que se transformó en símbolo, al punto que poco tiempo después, Milei lanzó un reclamo de cartón por las Malvinas, motivado por la necesidad de recuperar los votos que sus políticas económicas van alejando.

En este contexto, Aparo acaba de presentar en salas comerciales Los Vencedores. Una película valiente no solo porque el realizador se metió en la boca del lobo a pesar de los consejos de propios y extraños, sino también por asumir el riesgo artístico de fallar siguiendo sus búsquedas intuitivas (no sucede), por discutir de soberanía con isleños en un bar de Malvinas mientras el canciller de Argentina decía que era un "concepto anticuado", por arrimarse al punto de vista de los británicos y no calcular el vuelto de consignas nacionalistas.

La película aún no se estrenó en Malvinas. Aparo espera con ganas ese momento. Hace unos pocos años inauguraron un cine hermoso en el pueblo, cuenta.

-Antes tenían que ir a la base militar para ver cine -dice-. Tenemos ganas de que la proyecten. No queremos que la vean a través de un link, sino que vayamos nosotros. Como estoy dando la cara acá, me parece importante dar la cara allá también. Creo que va a estar todo bien, pero bueno, nunca se sabe.

Cartel de 'Los Vencedores', documental dirigido por el cineasta argentino Pablo Aparo. CORTESÍA

 

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Escritor. Colaborador en medios como Página/12, Gatopardo, Revista Anfibia, Iowa Literaria y El malpensante, entre otros. Autor de las novelas Un verano (2015) y La ley primera (2022) y del libro de cuentos Biografía y Ficción (2017), que fue merecedor del primer premio del Fondo Nacional de las Artes de Argentina (FNA). Su último libro, coescrito con Fernando Krapp, es la crónica ¡Viva la pepa! El psicoanálisis argentino descubre el LSD (2023), también premiado por el FNA.