Artes

Amar después de Auschwitz

Un genocidio tiene muchas miradas. El director Christian Petzold nos enseña la del amor que vence al nazismo, pero también la de una sociedad que fue incapaz de mirar a las víctimas.

El director alemán Christian Petzold retrata en 'Phoenix' el regreso de una superviviente de Auschwitz a una Alemania incapaz de mirar a sus víctimas. CORTESÍA

En 1998, el director alemán Alexander Kluge estrenó un cortometraje de 13 minutos titulado Ein Liebesversuch, una expresión que se tradujo como Un experimento de amor. La historia transcurre en Auschwitz donde un grupo de nazis experimenta con una pareja que había estado enamorada. Quieren conseguir un encuentro sexual para comprobar si las técnicas de esterilización con rayos X que le han aplicado funcionan. Preparan una celda especial y crean las condiciones para el encuentro, pero la pareja permanece indiferente. No se miran ni se tocan. A pesar de los esfuerzos, la magia no surge y los nazis no consiguen recrear el amor perdido.

La historia de Kluge fue uno de los puntos de partida para el guion de Phoenix, la película del director alemán Christian Petzold que presenta estos días en Barcelona una retrospectiva integral de su filmografía que se prolongará hasta finales de abril dentro del Festival de cine de autor D’A. La película, una de las más potentes de la programación, nos sumerge en la historia de Nelly, una cantante judía que vuelve de Auschwitz con el rostro desfigurado con la esperanza de reencontrarse con su marido pianista. Su amor le ha permitido sobrevivir a las condiciones extremas del campo de exterminio y su único pensamiento es recuperar su aspecto no por ella, sino para que él vuelva a amarla.

Tal y como le sucede al personaje de Francesca de la película Paisà de Roberto Rossellini, él la mira, pero no la reconoce tras la guerra. A pesar de que Nelly se da cuenta que la ha traicionado, sigue creyendo que puede recrear el amor perdido y entra en el juego que él le propone. Es una película sobre el poder del amor, que es capaz de mantenerte con vida y, al mismo tiempo, condenarte. Nelly sobrevive por él y luego sigue viviendo aferrada a ese amor a pesar de que sabe que él quiere su dinero. Petzold nos permite intuir a momentos, a través de la mirada de ella, que tal vez él extraña a la mujer que perdió, que se siente culpable. No sabemos si realmente alguna vez la quiso o si no la reconoce porque no quiere enfrentarse a la verdad, como la propia Alemania.

Como en Año cero de Roberto Rossellini, vemos una Berlín completamente destrozada, como el rostro de su protagonista que ella consigue reconstruir para recuperar su identidad perdida. ¿No sería mejor recomenzar con un rostro nuevo? Le sugiere el cirujano, pero ella desecha la idea en medio de un país también irreconocible que busca rescatar su propia identidad de entre las ruinas. No podemos evitar pensar que probablemente es mejor que no lo consiga después de lo que ha sucedido, que renazca como algo nuevo, como sugiere el médico a Nelly.

La película nos ofrece una mirada distinta sobre la Alemania arrasada por el nazismo y sobre Auschwitz, sin mostrarnos campos de concentración ni violencia. Una que está construida a partir de una sociedad, la alemana, que no se atrevió a mirar de frente a las víctimas y a pedirles perdón. La escena en la que Nelly se reencuentra con su grupo de viejos amigos en un regreso simulado es inquietante. Nadie le hace preguntas, a pesar de que es impensable que alguien que vuelve de un campo de exterminio se baje del tren con un vestido rojo y unos zapatos parisinos, elegante, perfecta. Es más sencillo no preguntar, hacer como que no ha sucedido.

Christian Petzold construye una historia que hasta ahora no se ha escrito, la de los sobrevivientes, que como decía Jean Améry, deambulaban como fantasmas por el país sin que nadie los mirara a la cara. Interpela y cuestiona la Alemania que hizo posible el Holocausto, aquella en la que hay una herida que continúa abierta y que les impide preguntarse: ¿Quiénes somos? ¿Por qué sucedió todo esto? Así como el cortometraje de Kluge parecía sugerirnos que Auschwitz consiguió incluso matar el amor, Petzold lo reinterpreta como una resistencia del amor ante la barbarie nazi.

Nos recuerda también que en 1945 las víctimas que sobrevivieron a los campos de exterminio cambiaron un infierno por otro. Al regresar a Alemania nadie les hacía caso, sus casas ya no existían y vivieron durante años, hasta 1958, en centros de recepción para desplazados porque no tenían un lugar adonde ir. En los años siguientes se hicieron algunas películas sobre el tema, pero fueron un desastre de taquilla porque los alemanes no querían mirar de frente a su pasado.

Phoenix forma parte de una trilogía con otras dos películas, Bárbara (2012), que ganó el Oso de Plata de la Berlinale, y Transit (2018). Ambas son parte de la retrospectiva del D’A y abordan cómo las mujeres aman en tiempos de totalitarismos, cuando la vida transcurre en el límite. Un tema al que el cine y la literatura regresan constantemente porque nos interpela en tiempos oscuros. Un denominador común en la filmografía de Petzold son sus personajes en tránsito, exiliados, que intentan reconstruirse en un presente que no acaba de pertenecerles. Películas casi siempre protagonizadas por mujeres, porque “mientras ellos viven, ellas sobreviven”, me contestó en Barcelona cuando le pregunté por la mirada siempre femenina de su filmografía. “No me interesa tanto contar historias como explorar como se vive después de la pérdida”, añadió.

La película está marcada por una banda sonora que interpreta de distintas maneras la canción Speak low de Kurt Weill, escrita en 1943 cuando el compositor judío alemán había escapado a los Estados Unidos. Nelly la escucha con su amiga Nele que la ha traído de vuelta a Berlín y ambas, judías, se preguntan si podrán volver a cantar alguna vez en alemán. La propia Nelly recupera su voz y consigue cantarla cuando renace, como el ave fénix que da nombre a la película, y se enfrenta a la verdad, a su verdad, que es la de un amor y un país que la han traicionado.

Time is so old and love so brief
Love is pure gold and time a thief
We're late, darling, we're late
The curtain descends, everything ends too soon, too soon

Periodista chilena. Trabajó durante 25 años como corresponsal en España, Londres y San Francisco y en la producción de documentales para la SWR y Canal Arte. Actualmente es diputada independiente por el PSC y sigue escribiendo y colaborando con medios como El País y eldiario.es. En 2023 publicó Chile, 50 años después (Catarata) y ahora trabaja en un libro sobre mujeres y memoria democrática.