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Osvaldo Soriano tiene quien le escriba

El escritor y periodista argentino conoció el éxito de público, y también el rechazo de la crítica. Ángel Berlanga firma ahora su biografía.

Buenos Aires
El escritor y periodista argentino Osvaldo Soriano. ARCHIVO

Al escritor argentino Osvaldo Soriano le gustaba escribir historias de vida. Se sentaba frente a la máquina en la redacción del diario La Opinión, fundado en 1971 por el mítico periodista Jacobo Timerman, y tecleaba como si estuviese corriendo una carrera con poco aire en los pulmones. Las notas podían ser sobre el boxeador Gatica, el asesino serial Robledo Puch, su admirado Raymond Chandler o la historia de San Lorenzo, su club de fútbol querido. Mientras escribía, cuenta Nora Lafón, compañera suya en la revista cultural Panorama, decía: “Vamos Soriano, vamos”. Un aliento propio, autoinfligido, que Soriano, inclinando el cuerpo ancho sobre la hoja con tinta, se daba para llegar al punto final del artículo que debía entregar antes que las galeras entraran a imprenta.

Ese aliento, pocas, poquísimas veces, fue para escribir sobre su propia vida. Si bien en Triste, solitario y final, su primera novela publicada a los 30 años en 1973, aparece como personaje y compinche del detective Marlowe, lo más parecido a una autobiografía fue su última novela, La hora sin sombras (1995). Pero, siendo rigurosos, ni eso. Quizá, lo más cercano a una escritura autorreferencial hayan sido las entradas que hizo a las crónicas y artículos de libros de compilación periodística, como Artistas, locos y criminales (1983), donde fue construyendo su mito como escritor y periodista en redacciones perdidas que ya no existen.

Sin embargo, a 26 años de su muerte, Soriano tiene quien la escriba. La historia de su vida la investigó y narró el periodista argentino Ángel Berlanga (Buenos Aires, 1966). A lo largo de 10 años, realizó más de un centenar de entrevistas a familiares, colegas, amigos y enemigos, además de profundizar en una relectura precisa de su obra y aledaños. Soriano. Una historia tuvo una primera versión que alcanzó el millón y medio de caracteres. Y luego, a pedido de la editorial Sudamericana, Berlanga la fue reduciendo hasta encontrar la forma definitiva de una biografía íntima, sólida, fluida y desafiante, de 524 páginas.

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Ángel Berlanga, autor de 'Soriano. Una historia'. MARCELO PRADELLS/SUDAMERICANA

Berlanga es periodista y docente en la carrera de Ciencias de la Comunicación de la Universidad de Buenos Aires y en la agencia ANCCOM. Su firma aparece desde hace un cuarto de siglo en el suplemento Radar de Página/12, el mismo diario que Soriano ayudó a fundar en 1987 junto a Jorge Lanata y Ernesto Tiffenberg, actual director. Acostumbrado a estar en las entrevistas del lado que hace las preguntas, al hablar Berlanga se acerca al grabador apoyado en la mesa de un bar frente al parque Saavedra, en una de las orillas de la ciudad de Buenos Aires. Antes de pedir el café, dice:

—Soriano nos influenció generacionalmente. Era un tipo cuya mirada, cuyo semanal del momento sociopolítico tuvo muchísimo peso. No solo a mí, a muchos. Hace poco el escritor Federico Lorenz me dijo: “Yo me había perdido un poco de vista hasta qué punto él me había influenciado y había incidido en mi formación literaria y profesional” —Berlanga hace una pausa y mira el libro grueso, como a un hijo que se está yendo de la casa familiar luego de años en demorar la partida—. Me tomé el laburo de rastrear toda la obra periodística. Me interesaba eso, los debates que dio, su lectura política ideológica mezclada con el bagaje cultural y literario.

Soriano llegó a Buenos Aires en 1969 con la ilusión de trabajar como periodista. Nacido en Mar del Plata en 1943, su infancia y adolescencia las había pasado en varias ciudades del interior de Argentina, siguiendo los movimientos laborales de su padre, funcionario de bajo rango en Obras Sanitarias, organismo público encargado del agua potable y de las cloacas de la nación. Al pasar el umbral de la juventud, a los 20 años, estaba instalado en Tandil, en la provincia de Buenos Aires, donde escribió y publicó algunos textos en medios locales. En esa ciudad con sierras y cerros bajos conoció a Orsini Troiani, secretario de redacción de Primera Plana, un semanario argentino que se miraba en el espejo del Times y de Le Monde. Se dieron la mano, dejaron flotando en el aire unas palabras de compromiso y Soriano, entusiasta, empezó a palpar en sus dedos la llave de entrada al periodismo mainstream de Buenos Aires. Ese mismo año viajó a la ciudad capital. Las versiones de su llegada varían. En todas resuenan la perseverancia, los pocos pesos para sostenerse en una pensión de Avenida de Mayo y el profesionalismo. Su amigo tandilense Dipi Di Paola, periodista y escritor de culto, contaba que Soriano tenía un cuaderno donde anotaba y estudiaba el estilo de los escritores de Primera Plana. En su obsesión, había un deseo dispuesto a ser correspondido.

Osvaldo Soriano, en su juventud en Tandil. ARCHIVO

El recorrido y crecimiento de Soriano en el periodismo argentino es vertiginoso. “Llega en marzo del 69 y en el 70 está escribiendo en Panorama y lo mandan a hacer una entrevista a Onganía [presidente de facto]”, dice Berlanga. En poco tiempo, sucesivamente, lo convocan para integrar las redacciones de Semana Gráfica, Panorama, La Opinión: semanarios y diarios que son leyenda de la historia del periodismo argentino, por donde pasaron firmas del nivel y compromiso de Horacio Verbitsky, Tununa Mercado, Enrique Raab, Victoria Walsh, Alberto Szpunberg, entre muchísimos otros y otras. Soriano entró al periodismo grande escribiendo en la sección de deportes y, a fuerza estilo y rodaje, continuó creciendo hasta ser el cronista estrella que Timerman enviaba a entrevistar a Cortázar o a Turquía a cubrir la inauguración del puente que atravesaba el Bósforo.

—Durante largo tiempo Soriano piensa que solo es periodista —dice Berlanga—. A la vez, se siente parte de una fauna: Rabanal, Dal Masetto, Di Paola, Gelman.

La fauna que nombra Berlanga, en Argentina, representó al modelo de escritor-periodista que tuvo fuerte presencia durante el siglo XX en la literatura universal. Escritores que trabajan con la palabra, en redacciones ahumadas y con petacas de whisky debajo del escritorio, aportando su voz propia, sus lecturas, su compromiso. Las redacciones como salas de ensayo de su escritura, como ejercicio y entrenamiento para la mano y la cabeza, como espacio para la conversación sagaz entre colegas y extraños. A nivel internacional, este modelo de escritor tiene a Hemingway en la punta del iceberg y al New Yorker como artefacto periodístico que los cobija. En Argentina, Roberto Arlt fue el referente durante el primer tramo del siglo y, hacia el final del milenio, el diario Página/12 fue el último reducto donde la figura de escritor-periodista predigital pudo brillar desde sus páginas. Un modelo que Soriano, desde sus textos e intervenciones públicas, ayudó a consolidar y a contagiar a iniciados, como Juan Forn y Rodrigo Fresán, por nombrar unos pocos.

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—El que le abre la puerta a la literatura es Chandler —dice Berlanga—. La cadencia, su estilo, las tramas, la mirada sobre la sociedad. Soriano dice: “Yo puedo acercarme a este registro”. Sus primeros libros están muy influenciados por las lecturas del policial. Soriano se encuentra como escritor siendo lector.

La primera novela de Soriano, Triste, solitario y final tiene de protagonistas a la dupla cómica Laurel y Hardy, el Gordo y el Flaco, dos perdedores, dos antihéroes que se preguntan por qué ya nadie los llama para trabajar. En un thriller cómico y melancólico, Soriano retrata a los caídos del mapa del sueño americano. “Una excelente novela (...), una larga ceremonia de evocación de muertos queridos”, le dice Cortázar en una carta.

—Su primer libro es muy bien recibido —explica Berlanga—. Hace tres ediciones y sus colegas le levantan el pulgar. Pero hasta Cuarteles de invierno no se siente escritor. Recién se piensa como escritor cuando le empieza a ir bien en Italia y lo traducen en varios lados.

Cuarteles de invierno (1980) es la tercera novela de Soriano, luego de No habrá más penas ni olvido (1978), que retrata el internismo permanente del peronismo. Cuarteles de invierno la escribe en el exilio, entre Bélgica y Francia, donde lo había encontrado la dictadura cívico-militar en el 76. Amenazado, decidió no regresar a la Argentina. Sin embargo, su prosa no dejaba de mirar a su país. La novela narra el encuentro entre un cantor de tangos y un boxeador en un pueblo rural asfixiado por el clima de vigilancia, brutalidad y paranoia de los militares al mando. Las tres novelas fueron un éxito de ventas no solo en Argentina. Había traducciones al griego, polaco, alemán, francés, italiano, danés. Estaban al tope de las listas en España, Venezuela, México.

Soriano, en la Feria del Libro de Madrid, en 1982. CORTESÍA

—Es muy leído por los temas que aborda. En sus primeras novelas eran temas que no se podía hablar. Y están contadas con su estilo accesible —dice Berlanga—.  Es una apuesta suya. Sencillez para llegar al lector. Sabe que no tiene que ser muy sofisticado. Aparecen mucho el desacartonamiento y la broma. Pero al mismo tiempo te abre otras ventanas, otros mundos. Sofisticado más allá de la aparente simpleza. Labura los grises. Los personajes no son lineales, como se le intentó bajar el precio. Las tramas no son sencillas para el lector. Sus novelas están muy trabajadas, tiene muchos lectores amigos que le hacen devoluciones y las escucha.

Los libros de Soriano fueron elogiados y reseñados por Italo Calvino, Michelangelo Antonioni, John Updike, Gabriel García Marquéz, Cortázar, Bioy Casares, Ricardo Piglia, Ariel Dorfman, Luis Chitarroni, Peter Lilienthal, entre otras voces. Sin embargo, parte de la crítica literaria de Argentina lo resistió, con mayor o menor poder de fuego según las circunstancias. En Soriano. Una historia, Berlanga le da espacio a las polémicas que giraron en torno a su figura, que lograba contener o al menos generar disputas a nociones que suelen ser antagónicas, tales como mercado, calidad, crítica literaria, reconocimiento de pares, intervención política pública.

—Una de mis hipótesis por las cuales se lo rechaza es porque es muy bueno contando las tramas que están en bambalinas, es muy eficaz —dice Berlanga—. Yo desconfío mucho de los que lo ningunean. Creo que hay una defensa del statu quo, que se paran como seres especiales que decodifican algo que nadie más podría decodificar. Soriano patea ese pedestal.

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Al finalizar la dictadura, Soriano regresa a la Argentina. Se instala con su mujer francesa Catherine Brucher en el barrio de La Boca. Como toda su vida, continúa escribiendo de noche, rodeado de gatos, cerca de un teléfono para hablar con sus amigos —Tito Cossa, Antonio Dal Masseto, Dipi Di Paola, Eduardo Febbro— y leerles avances de sus novelas. En ese período escribe A sus plantas rendido un león (1986) y Una sombra ya pronto serás (1990).

A su regreso le cuesta hacer pie en el periodismo local. Crítico del Gobierno de Alfonsín por su tibieza para juzgar a los militares y por entronar a intelectuales como Ernesto Sábato, que venían de un ominoso silencio durante la dictadura, se mantiene escribiendo columnas políticas en la revista Humor, algunos artículos para el Il Manifesto de Italia y, en especial, en El Porteño, la cuna de donde despegará su última aventura periodística-literaria: Página/12.

Soriano, con su esposa Catherine, en Bariloche, en 1985. CORTESÍA

En el 87, Jorge Lanata y Ernesto Tiffenberg convocan a Soriano para hacer un diario de izquierda parecido al francés Libération. Acepta entusiasmado, pero les cambia la referencia: les acerca un ejemplar de Le Canard Enchainé. Les gusta, lo toman como modelo: planifican un diario donde no haya pirámides invertidas ni arranque las notas con la jaula de las W; proponen que los textos parezcan cuentos, que el periodismo y la literatura puedan bailar juntos en la misma hoja. Además de compartir la estrategia editorial y la dirección, Soriano escribió en Página/12 varias de sus mejores crónicas y cuentos, que fueron recopiladas luego en sucesivos libros. Desde el diario continuó interviniendo en el debate público literario y señalando las transformaciones culturales que el peronista neoliberal Carlos Menem encabezaba desde la presidencia en los años noventa. Mientras, no abandonó sus mundos de ficción. Sus últimas novelas fueron El ojo de la Patria (1992) y La hora sin sombras (1995).

Soriano muere de cáncer de pulmón el 29 de enero de 1997. Lo entierran en el cementerio de la Chacarita. Su hijo Manuel, aún en la escuela primaria, vestía una camiseta de San Lorenzo. Al lado suyo estaban su madre Catherine y amigos de distintas generaciones: Galeano, Fresán, Bayer, Héctor Olivera... Como recupera Berlanga en la biografía, el único orador de la ceremonia fue su amigo y colega José María Pasquini Durán. Lo despidió con las siguientes palabras: “Vinimos a honrar a un socialista sin partido, a un hombre de izquierda. Soriano estaba orgulloso de ser izquierdista, y con su vida y su obra enalteció a la izquierda. Venimos a recoger los sueños de un soñador de espíritu noble, un hombre que pensó siempre en la injusticia como un crimen de lesa humanidad y que pensó que cada hombre y mujer de esta Tierra deberían tener la oportunidad de vivir en dignidad y de alcanzar la mayor felicidad posible (...) Por sus ideas tuvo que exiliarse, pero esas mismas ideas lo trajeron de vuelta para siempre en su patria y en su suelo, entre nosotros”.

Escritor. Colaborador en medios como Página/12, Gatopardo, Revista Anfibia, Iowa Literaria y El malpensante, entre otros. Autor de las novelas Un verano (2015) y La ley primera (2022) y del libro de cuentos Biografía y Ficción (2017), que fue merecedor del primer premio del Fondo Nacional de las Artes de Argentina (FNA). Su último libro, coescrito con Fernando Krapp, es la crónica ¡Viva la pepa! El psicoanálisis argentino descubre el LSD (2023), también premiado por el FNA.