El largo viaje de 'Amauta'

La revista de José Carlos Mariátegui reunió a las principales voces de la vanguardia latinoamericana y circuló desde Lima por todo el continente. Cien años después, vuelve a interpelar a la región.

José Carlos Mariátegui, fundador y director de Amauta, referente de la vanguardia latinoamericana que este año cumple un siglo. ARCHIVO JOSÉ CARLOS MARIÁTEGUI
José Carlos Mariátegui, fundador y director de Amauta, referente de la vanguardia latinoamericana que este año cumple un siglo. ARCHIVO JOSÉ CARLOS MARIÁTEGUI

Septiembre de 1926. El traqueteo del Ferrocarril Central rompe el solemne silencio de la cordillera. En sus vagones, además de insumos mineros, carbón y sacos de granos, viajan atados de revistas. En la portada de los ejemplares, con olor a tinta fresca, el recio rostro de un maestro indígena parece vigilar la travesía. Amauta (sabio en quechua) se lee en primer plano y en letras más pequeñas aparece el nombre de su director: José Carlos Mariátegui.

A las pocas horas, la publicación cae en manos de trabajadores mineros, obreros textiles, ferroviarios y maestros rurales de distintas zonas de los Andes peruanos. En las localidades más alejadas de los rieles, las revistas llegarán por las recién estrenadas carreteras que el gobierno de Augusto B. Leguía obligó a construir. 

Las ideas de Amauta circulaban por las nuevas venas de asfalto y metal que se esparcían por el país. “En ese contexto cambiante de las comunicaciones surge esta publicación. Y las revistas de vanguardia no son solo un laboratorio de la literatura, sino también una expresión del estado de las comunicaciones de la época en la región”, menciona el editor y filósofo Luis Alberto Castillo.

Dirigentes sindicales, que mantenían correspondencia fluida con Mariátegui, compraban decenas de ejemplares para repartir entre sus afiliados. Varios de ellos conformaron una primera generación proletaria alfabetizada, producto de la Ley de obligatoriedad de la educación primaria dictada en 1905. Al leer las páginas en voz alta a sus compañeros que no habían pasado por las aulas, los obreros se convertían en interlocutores de la publicación socialista.

'Amauta' publicó 32 números entre 1926 y 1930, hasta la muerte de Mariátegui. TALLER EDITORIAL LA BALANZA
'Amauta' publicó 32 números entre 1926 y 1930, hasta la muerte de Mariátegui. TALLER EDITORIAL LA BALANZA

Castillo resalta la búsqueda continua de Mariátegui -autodidacta de formación- de ensanchar las conversaciones por fuera de los claustros universitarios. “En su trabajo se entiende que la lectura es un instrumento emancipatorio y de toma de conciencia”.

La mirada al interior no limitó la vocación internacionalista de Mariátegui. En su exilio en Europa, el pensador se había relacionado con otros intelectuales latinoamericanos en similar condición. Al volver a sus países, Mariátegui, desde Lima, tejió redes epistolares para intercambiar ideas y compartir proyectos.

Así, mientras Amauta hacía ruido en las entrañas del Perú, encontraba cajas de resonancia por todo el continente. Los cuatro mil ejemplares salidos de la imprenta Minerva (que dirigía con su hermano Julio César) representaban un volumen importante para la época (se estima que hoy equivaldría a más de 30 mil). 

Fuera del país, las revistas llegaron a ochenta ciudades y sumaron a autores de más de 20 nacionalidades. En la columna editorial fundante, Mariátegui parece haber predicho el impacto. “Esta revista vinculará a los hombres nuevos del Perú, primero con los de los otros pueblos de América, enseguida con los de los otros pueblos del mundo”.

Las portadas del pintor indigenista José Sabogal dieron a 'Amauta' una identidad visual propia. ARCHIVO JOSÉ CARLOS MARIÁTEGUI
Las portadas del pintor indigenista José Sabogal dieron a 'Amauta' una identidad visual propia. ARCHIVO JOSÉ CARLOS MARIÁTEGUI

Una revista que interpela

Un siglo después, remozadas ediciones de Amauta vuelven a despacharse desde Lima. Con ocasión del centenario, La Balanza Taller Editorial -dirigido por Luis Alberto Castillo- y el Archivo José Carlos Mariátegui trabajan en facsimilares de la emblemática revista.

No es el primer esfuerzo de reimpresión, pero sí el que viene a saldar una deuda editorial. En 1976, con ocasión del medio siglo, se publicaron los 32 números en un volumen empastado. Durante varios años, esa versión circuló entre investigadores sin advertir que estaba incompleta. No contenía las páginas publicitarias y por ende llevaba una numeración distinta a los originales.

“No incluirla le quita mucho peso a la revista, porque uno ahí puede ver que, a pesar de la visión política, había empresas e instituciones que no tenían ningún reparo en aparecer en sus hojas”, refiere la bibliotecaria Ana Torres, coordinadora del Archivo.

A fines de 2015, José-Carlos Mariátegui Ezeta, nieto del pensador marxista, y Torres acordaron curar el patrimonio que había conservado la familia. Lo que parecía un trabajo temporal “lleva ya 11 años y no se acaba”, sonríe la bibliotecaria.

Libros, manuscritos, cartas, folletos y grabaciones sonoras conforman el material heredado. El buen estado de conservación sorprendió a Torres. “La capacidad de archivo que tuvo la familia es increíble. Su viuda Anna Chiappe jugó un papel importante. Es un personaje loable no solo como custodia sino como divulgadora de la memoria de José Carlos”.

En las estadísticas de las obras digitalizadas, las búsquedas por Amauta siempre son las más frecuentes. Torres refiere que la revista evidenció la apertura del director para hacer confluir autores disímiles.

Durante sus cuatro años de vida (1926-1930) Amauta cobijó a grandes firmas. Aunque varias aún no habían alcanzado la consagración. Textos de referentes como Miguel de Unamuno, Baldomero Sanín Cano, Gabriela Mistral o José María Eguren compartieron espacios con las voces aún jóvenes de Jorge Luis Borges, Martín Adán, Magda Portal, Pablo Neruda o Gamaliel Churata, entre otros.

Varios de ellos ni siquiera estaban adscritos al socialismo. Pero a Mariátegui eso poco le importó para abrirles sus páginas. Priorizó la honestidad artística y el compromiso intelectual para consolidar su visión de una revista de vanguardia que debía renovar la discusión cultural.

Nuevas generaciones de lectores se acercan a Amauta en su centenario. OSCAR BERMEO
Nuevas generaciones de lectores se acercan a Amauta en su centenario. OSCAR BERMEO

Una revista que viaja

En las aulas de la Facultad de Humanidades de la Universidad Nacional de Rosario, en plena dictadura militar, Mónica Bernabé conoció Amauta. “Cuando se estudia Vanguardias Latinoamericanas sigue siendo un punto obligado hasta hoy en las aulas argentinas”, menciona la doctora de Letras.  

Entrados los 80, la academia latinoamericana empieza a revisar las manifestaciones artísticas de la región que irrumpieron como respuestas críticas a las vanguardias europeas de inicios de siglo.

Las antologías de Ángel Rama, Jorge Schwartz y Ana Pizarro instalan un marco teórico para abordar esa corriente. “Esos trabajos son los que finalmente consagran a Amauta como una de las revistas centrales de la lengua”, sostiene Bernabé.

Junto con Martín Fierro de Argentina, Revista de Avance de Cuba, Revista de Antropofagia de Brasil y Contemporáneos de México, la publicación de Mariátegui pasa a ser tratada como un texto canónico para entender la literatura de la región.

La vida y obra del pensador peruano ha sido objeto de estudio recurrente en la producción académica de Bernabé. En 2006 publicó Juan Croniqueur, el otro de José Carlos Mariátegui, donde aborda la inicial etapa periodística que prefigura y forma las inquietudes del ensayista. Esas búsquedas alcanzarían formas concretas en Amauta, donde la necesidad de repensar la nación aparece como el principal rasgo editorial.

“Las reflexiones sobre el problema del indio, que parece un localismo, fueron muy importantes para pensar cuestiones identitarias en México, en Brasil, incluso en Argentina. Ese nacionalismo en tensión con el cosmopolitismo se traduce, con matices, en el criollismo, el gaucho como referente del personaje popular”, dice Bernabé.

En sus manos tiene uno de los facsimilares editados por La Balanza. Piensa en los ejemplares que cien años atrás pudieron llegar a Rosario gracias a la combinación de trenes que conectaban la costa del Pacífico peruano, el altiplano boliviano y Buenos Aires.

Cada parada de esa extensa vía férrea potencialmente pudo haber sido un nodo de la red de Amauta y de intercambio intelectual. “En los últimos años hay un giro archivístico. Se empezó a ver que las vanguardias también sucedieron en lugares que no eran metrópolis”, explica.

Las conexiones entre los movimientos literarios del sur peruano (con el grupo Orkopata como principal referencia) y el noroeste argentino asoman como un terreno fértil para la exhumación de archivos. En los vestigios de ese cruce estarían las pistas de un vanguardismo andino transfronterizo.

La edición facsimilar de 'Amauta' ha recorrido ferias y congresos de América Latina. TALLER EDITORIAL LA BALANZA
La edición facsimilar de 'Amauta' ha recorrido ferias y congresos de América Latina. TALLER EDITORIAL LA BALANZA

Conversaciones necesarias

Al recio rostro del primer número, un grabado hecho por José Sabogal, le siguieron otros semblantes, postales y escenas del mundo andino. La búsqueda de una identidad visual propia jugó con el propósito editorial.

Las portadas de Amauta son constantes recordatorios de que el problema del indio es el ingreso a la problemática nacional”, refiere Castillo.

Los trabajos pictóricos de Sabogal, Julia Codesido, Camilo Blas, Elena Izcue, en las páginas de la revista, también contribuyeron a posicionar al indigenismo como el gran arte de la vanguardia latinoamericana.

Junto al interés estético, en Amauta convivían otras expresiones de la corriente, una de corte anárquico y otra de tono socialista. Castillo señala que la coexistencia de diversos indigenismos fue posible bajo “la preocupación por posicionar la imagen del indio como parte del paisaje visual de la nación”.

La Balanza distribuyó un tiraje inicial de quinientos facsimilares en la primera mitad del año. Usando el formato de suscriptores de Mariátegui, Castillo realizó una preventa de los ejemplares que saldrán en un ritmo de publicación similar al original. Este año se editarán los primeros cuatro números, buscando hasta 2030 completar los 32 impresos.

Llegaron solicitudes de Bélgica, Grecia, EE.UU., casi toda Latinoamérica, y también de muchas provincias del Perú. En esa interacción con los nuevos lectores, el editor identificó dos grupos: personas por encima de los 70 años y jóvenes menores de 40. Es decir, quienes la conocían de su experiencia militante, y otros con la curiosidad fresca de enfrentarse a un objeto centenario. ¿Qué ocurre con el sector etario intermedio ausente en esta distribución? Para Castillo, la fuerte desactivación ideológica que opera en los 80 y los 90 influyó en esta lejanía.

Un siglo después, Amauta vuelve a cobrar materialidad para tratar de restituir puentes generacionales. “No queremos que sea vista como un objeto de museo, sino que ayude a repensar la idea de nación y a evidenciar que la política y la estética no están desligadas”, subraya el editor.

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Periodista. Corresponsal de El Comercio en Argentina. Colaborador de medios como Mongabay Soho. Codirector del documental Prueba de fondo (2018).

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