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Gustavo Rodríguez narra la vejez desde la dignidad

En ‘Cien cuyes’, ganadora del Premio Alfaguara 2023, el escritor peruano trata sin prejuicios dos temas “que espantan”: la tercera edad y la muerte.

El escritor peruano Gustavo Rodríguez. MORFI ALBERTH JIMÉNEZ

A las 4:23 de la madrugada del pasado 19 de enero, Gustavo Rodríguez (Lima, 1968) recibía la noticia que cambiaría todo su año 2023: era el ganador del Premio Alfaguara de Novela por Cien cuyes, una obra que el jurado galardonó por abordar la vejez y la muerte digna con un humor ácido y punzante.

A través de la protagonista del libro, Eufrasia —un guiño a la eutanasia—, Rodríguez mueve los hilos de una historia “impulsada”, como él mismo comenta, por la muerte de su suegro, Jack Harrison, pero documentada por tantos y tantos años de ver cómo las mujeres de su casa tomaban rienda de los cuidados a los mayores de la familia. En este caso, Eufrasia es la cuidadora en una residencia de ancianos que se convierte en sicaria, y será el punto de unión de los anhelos, las alegrías y las desilusiones de un grupo de personas que envejecen solas en un ambiente hostil.

En su novena novela —la sexta con Alfaguara—, el escritor pone de manifiesto el poco caso que se le hace a la tercera edad en nuestra sociedad, y aboga por una representación digna de ella, al mismo tiempo que rompe el tabú de la muerte digna y ofrece un retrato del clasismo y racismo estructurales en Perú. Temas que podrían ser difíciles de digerir, pero que sazonados con ingenio apuntan una brillantez y madurez literaria asombrosa.

Cien cuyes es una novela fiel a su procedencia: cuando el jurado le comunicó la noticia del premio a Rodríguez, esta vino con la sugerencia de poder cambiar el título, ya que el cuy, aun siendo una de las especialidades culinarias peruanas por excelencia, podía no traspasar fronteras. El escrito limeño se negó. ¿Cómo podía mantener la viva imagen de su Lima natal si se prestaba a licencias lingüísticas?

- ¿Cómo recibió la noticia del premio Alfaguara?

- La recibí en la oscuridad, a las 4:23 de la madrugada, con rastros de melatonina adicional en mi sistema y con la sorpresa de que mi celular hubiera sonado a pesar de haberlo puesto en modo de “No molestar”. Quizá deba agradecerle el Premio Alfaguara tanto al jurado como a los programadores de Samsung, que predestinaron que mi teléfono sonara al tercer intento de una llamada. Dicho esto, queda claro que no me lo esperaba.

- El proceso de relatar la muerte en Cien cuyes se concibe de manera totalmente natural. ¿Por qué decide hacer de este el tema central de la novela?

- La naturalización de la muerte como un proceso cotidiano es un asunto que me preocupa desde hace unos años, desde mis largas conversaciones con Elena Sipan, una tanatóloga peruana que trabajó conmigo mucho tiempo. Imagino que siempre me ha interesado socavar lugares comunes, como el de no hablar de la muerte para no invocarla, y que también, inconscientemente, he cargado el impacto de la muerte de mi abuela —que me crio— y la de mi padre como duelos poco procesados. De hecho, antes de Cien cuyes escribí un libro infantil/juvenil, que aún no se ha publicado, en el que un niño debe lidiar con la muerte en su propia familia.

- ¿Y por qué decide abordar también el derecho a la muerte digna?

- La dignidad al morir fue una preocupación que se añadió por inercia porque soy de los que defienden la dignidad en todo aspecto de la vida. Si la muerte es inherente a ella, pues la relación es natural. Esto lo descubrí con mayor claridad con la muerte dignísima de mi suegro, rodeado de amor, de armonía y de comodidades, meses antes de que me decidiera a escribir la novela.

- ¿Cómo afectó la muerte de su suegro a la decisión de escribir la novela?

- Más que afectarla, la impulsó. A veces pienso que escribí varios capítulos de Cien cuyes como mera excusa para sentir su voz cerca, y recuerdo haberme sentido contento algunas mañanas por haber sentido esa presencia. A veces pienso que los escritores de ficción fungimos de mediadores entre el discurso intelectual y el lenguaje emocional. Me hace gracia pensar que pueda equivaler a ser una especie de médium.

- ¿Sentía que la muerte es un tema que no se habla demasiado en literatura contemporánea?

- No de la manera a la que me estoy refiriendo. La muerte está muy presente en la literatura y en la mediosfera en su faceta más espectacular: como protagonista de asesinatos, de guerras, de sicarios, de accidentes insólitos; pero no como la conoceremos la enorme mayoría de seres humanos: como un fenómeno natural que nos citará en nuestra esfera doméstica.

- ¿Hizo algún proceso de investigación sobre la tercera edad o se basó en experiencias propias vividas?

- Tengo 50 años de observar a gente mayor sufrir achaques o preocupándose por la vejez, empezando por mi abuela materna, como ya lo dije, pasando por mis mentores y hasta por mi propia madre. Siempre se dice que un escritor de ficción debe ser primero un lector, y eso es innegable, pero poco se dice que también tiene que ser un observador.

- ¿Cómo nace el personaje de Eufrasia?

- En el mundo, el rostro del cuidado es femenino. Y si hablamos de la asistencia doméstica, sobre todo en Latinoamérica, ese rostro calza a menudo con el de una mujer que ha migrado y que muchas veces sostiene a sus hijos sin una pareja. Eufrasia es la consecuencia natural de haber observado a mujeres trabajadoras, bondadosas y empáticas que han sido parte de mi entorno familiar y de familias afines a la mía. Sin ese personaje no se me habría ocurrido el argumento de la sicaria misericordiosa y, por lo tanto, la novela.

- En el paisaje social de la novela, recorre diferentes estratos y muestra una imagen clara del Perú actual.

- La literatura se nutre del conflicto, y la sociedad peruana es pródiga al aportar las contradicciones e injusticias que pueden inspirar a un escritor. No me considero un escritor de esos que llaman “comprometidos” con su problemática sociopolítica. Para mí, un escritor primero debe estar comprometido con su magma interno. Sin embargo, bajo mis intereses primarios siempre subyace una preocupación latente por el clasismo y el racismo, que en mi entorno se desarrollan juntos y muy trenzados. Hace tiempo que decidí escribir realismo y circunscribirme al lugar del mundo que mejor conozco, y ese lugar es básicamente Lima. Por ello, es imposible que no se cuelen las observaciones cotidianas que me incomodan. El reto es que no lleguen a ser panfletarias, porque no concibo a mis novelas como vehículos de denuncia. Para eso existen otros mecanismos.

- En relación a esto, el jurado del Premio Alfaguara comentó que cuando le preguntaron si se podía cambiar el nombre de la novela, usted dijo que Cien cuyes era el título de la novela. ¿Por qué decidió mantenerlo?

- Porque para mí un libro es una ventana a otra cultura. Cuando uno se traslada a otro país no anda diciéndole a los lugareños que hablen como en nuestra tierra de origen: uno asimila, aprende por contexto y enriquece sus conocimientos. ¿Por qué tendría que hacer concesiones si pretendo mostrar una partecita de lo que me ha inspirado mi país? Así como yo me he enriquecido al entender en su momento el vocablo “gilipollas”, tengo ilusión de que los “cuyes” enriquezcan a otros lectores.

- A pesar de la dureza de los temas, el humor está presente en toda la novela. ¿Fue el modo de hacer más llevadero el tema de la muerte, tanto para usted como para el lector?

- Honestamente, no encuentro mayor mérito de mi parte por haber usado el humor para tratar temas tan dolorosos, porque desde pequeño lo he usado de manera instintiva como herramienta de supervivencia social. Me sale natural. Quizá lo que más me cueste es aprender a modularlo. Al usar humor siempre se corre el riesgo de caer en chabacanería, y dudo de que me haya librado totalmente de ella así lo haya tratado de evitar. Pero sí, es verdad: es prácticamente imposible captar la atención de un lector hacia una novela así sin una apuesta por el humor y la ternura. La vejez y la muerte digna son temas que espantan.

- Usted se dedicaba a la publicidad, pero pasó al plano de la literatura. En ambos campos, hay una creatividad y una invención de ideas compartidas. ¿Siente que ambas disciplinas se conectan?

- Sí, ambos oficios se alimentan del mismo manantial de recuerdos y vivencias. Le vienen bien a quienes desde niños jugaban con las palabras como plastilina. Pero lo que es una virtud en la publicidad es un pecado en la literatura. Mientras que en la primera le pagan a uno para que el mensaje sea inequívoco, lo deseable en un relato es que la interpretación sea ambigua, y hasta múltiple. La literatura es el malentendido más hermoso del mundo, algo que no puede pretender la comunicación a secas.

- Un premio como el Alfaguara conlleva una gira internacional muy dedicada. ¿Cómo lleva haber viajado tanto y haber dedicado tanto tiempo a la promoción del libro?

- Creo que lo llevo bien. De hecho, me he preparado con un chequeo médico, con ejercicios, y mentalizándome de que será un año de reflectores que se apagarán de golpe. Me ayuda que, aunque soy tímido, me gusta conocer gentes y entornos nuevos. Además, siendo la escritura un oficio solitario, me impacta saber que algo que nació enterrado en mi cabeza de pronto pueda ser recibido por personas desconocidas y lejanas. Conocer masivamente las interpretaciones de los lectores es algo que agradezco.

Periodista. Especializada en información cultural, ha colaborado en medios como Rockdelux, Mondo Sonoro o Vice