‘Fiebre de carnaval’ en el Ecuador olvidado

Yuliana Ortiz Ruano debuta con una novela rebosante de poesía, en la que “lo trágico y lo festivo confluyen”.

Ilustración de la portada de 'Fiebre de carnaval', de Yuliana Ortiz Ruano. LA NAVAJA SUIZA
Ilustración de la portada de 'Fiebre de carnaval', de Yuliana Ortiz Ruano. LA NAVAJA SUIZA

Con la dolarización de finales de los noventa como telón de fondo y el carnaval de Esmeraldas brillando en todo su esplendor, la escritora ecuatoriana Yuliana Ortiz Ruano (Limones, 1992) teje en su primera novela un espacio sonoro de resistencia de las estéticas negras, de superestructura patriarcal, de sensualidad femenina y de violencia infantil, la sexual y la del desconocimiento del propio cuerpo. Se sirve de lo poético, del español tocado de acento esmeraldeño, de la música y el baile que palpitan en cada página.

En una de las regiones más olvidadas, infrarrepresentadas y castigadas de Ecuador, el tiempo se detiene con la llegada del carnaval. Surge la fiesta, se congelan las realidades. Y la niña Ainhoa (ocho años), la mirada que la escritora hace suya, la voz de la infancia en medio de la violencia, se convierte en el imaginario del Caribe en Fiebre de carnaval, publicada en España por La Navaja Suiza. Una novela que continúa el recorrido poético de Yuliana Ortiz Ruano: Sovoz (2016), Canciones desde el fin del mundo (2020) y Cuaderno del imposible regreso a Pangea (2021).

- Después de ganar la primera edición del premio IESS Primo Romanzo Latinoamericano [concedido en Italia], llegó el Joaquín Gallegos Lara [que concede anualmente la ciudad Quito]. Este galardón no solo reconoce tu novela, sino que, además, visibiliza la literatura escrita por mujeres negras. ¿Tan invisibilizadas estáis?

- Siempre ha habido mujeres afrodescendientes escribiendo en Ecuador. Argentina Chiriboga, por ejemplo y por nombrar a una de las más importantes. Lastimosamente, Ecuador se ha limitado a mirar las narrativas de los centros del país y, a su vez, dentro de esos centros, específicamente la escritura hecha por mujeres blancomestizas. Creo que soy la única autora negra que ha ganado el Joaquín Gallegos Lara y esto, lejos de enorgullecerme, me parece vergonzoso… Ojalá empecemos a descolonizar la lectura y a mirar hacia otras narrativas. Lo veo sumamente importante, urgente.

- Como hace Fiebre de carnaval, el premio también visibiliza al pueblo afroecuatoriano. Y, si afinamos más, pone en el mapa a una de las regiones más olvidadas de Ecuador: Esmeraldas. ¿El carnaval, con su fiebre y su desenfreno, es el mejor exponente de su cultura?

- No puedo dar fe generalizada de que una obra de ficción visibiliza a todo un pueblo, diverso, complejo y casi desconocido para muchos ecuatorianos. Yo soy parte de una fracción pequeña de ese pueblo y un trabajo de ficción no es el reflejo preciso de la realidad. Creo que el carnaval es un espacio de resistencia de las estéticas negras, ya que es donde las personas afrodescendientes podemos expresar nuestras danzas, indumentarias y peinados… pero también habla de la dificultad que tenemos para ser y hacer libremente en nuestro país. Hoy por hoy, se me hace imposible hablar del carnaval, que está suspendido por temas de violencia armada, abandono estatal y narcotráfico.

Hoy más que nunca el Ecuador ha demostrado que no conoce al pueblo negro y lo sigue viendo como constante amenaza. Pero mi intención con la novela era repensar una temporalidad donde lo trágico y lo festivo confluyen, porque para mí son la cara de una misma moneda, si no existiera lo trágico no tendríamos por qué celebrar, toda celebración es la expresión estética de una pugna irrealizable. También quería pensar en la sonoridades de las crisis, qué sucede en un momento de crisis extrema y acelerada como lo fue la dolarización y la movilidad forzada, y de qué manera el soundtrack de los barrios negros proletarios ayudó a sus miembros comunitarios a sortear el horror.

- ¿Por qué elegiste este contexto?

- Porque me parece un momento crucial. La dolarización configuró y aceleró por completo nuestra vidas, también hizo que empezáramos a ver al norte global como meta de realización de nuestros sueños, habitar el norte, estar en el norte como sinónimo de progreso en nuestra nueva economía concertada. Pero también en las personas proletarias que resistieron a esa imposición y se quedaron a hacer país (si es que esto tiene sentido) y a luchar por su territorio en un acontecimiento de crisis extrema. No voy a hablar en plural, pero siento que yo misma sigo sin recuperarme de la dolarización, aunque era una niña muy muy pequeña cuando esto sucedió. Quería construir una voz no adulta porque muchas veces, en las crisis, estas voces que de por sí son inaudibles se escuchan aún menos y eso quise hacer: reimaginar y revisitar este terreno sinuoso desde la mirada/voz de Ainhoa.

- Te sirves de esa niña de ocho años para narrar su universo festivo y trágico. ¿Te costó encontrar esa mirada virgen, no sesgada?

- Me costó muchísimo, pero cuando la encontré fue liberador, me sirvió mucho acercarme a lo que me aterra desde una voz/ cuerpo que no se limita porque está en aprendizaje constante.

- ¿Cuánto hay de tus memorias de infancia en la novela?

- Algunas cosas, pero siempre desde la exageración y el desvarío, no creo que la realidad pueda ser escrita. Recordar siempre es ficcionar.

La escritora ecuatoriana Yuliana Ortiz Ruano. RICARDO BOHÓRQUEZ
La escritora Yuliana Ortiz Ruano. RICARDO BOHÓRQUEZ

- Fiebre de carnaval está hecha de poesía. ¿Querías entrelazar géneros o explorar límites?

- Para mí toda escritura es la búsqueda de lo poético… Cuando escucho música, busco lo poético; cuando escribo poesía, busco lo poético. No sé si lo consigo, pero es una eterna búsqueda.

- ¿Qué te ha descubierto la prosa?

- Me ha permitido experimentar, yo no sabía que esto era posible, pero siempre estuve escribiendo y bordeando el límite con miedo. Pienso que en la prosa cabe el performance, las voces, la poesía, el baile y la música en su más amplio espectro, es como inventar un ecosistema o un microcosmo que se agiganta y adquiere vida propia y eso me parece maravilloso. No pude planificar Fiebre de carnaval, ella también se me fue imponiendo, y yo lo que hice fue dejarme llevar por eso que empecé a criar. Es un ejercicio terrible y maravilloso a la vez.

- En la novela, la música es intrínseca a la escritura. ¿Es también esencial en tu vida?

- Sí, es el continente basto en el que me sumerjo y me muevo. Lo es absolutamente todo en mi vida.

- ¿Cómo la has trasladado a la novela?

- Me tomé la arbitrariedad de escribir y reescribir las letras de las canciones desde el oído infante de Ainhoa. La geografía en la que se ubica la novela es un territorio sonoro, absolutamente sonoro, me resultaba imposible narrar este espacio obviando la música y la interpretación de esa sonoridad hecha por la niña. Hay muchas amigas que me han contado cómo lloraban de infantes al escuchar canciones de amor, sus corazones aún no habían sido rotos —o al menos eso creen ellas— y, sin embargo, estaban estremecidas por la historia de amor al ritmo del bolero y la salsa. Hay una melancolía sonora que nos heredan los parlantes a todo volumen, por ellos y para ellos escribo.

- “Ñaña” o quesqué”. ¿Utilizas el lenguaje local para enraizar todo lo posible tu historia?

- Es un ejercicio de hacer que emerja el lenguaje nación del Pacífico esmeraldeño que compartimos con Colombia también. El castellano manchado de acento y de palabras africanas e indígenas, una lengua fiel al ritmo más que al sentido mismo de la palabra.

- Abrazas la ficción, a pesar de la realidad…

- Jamás podré escribir la realidad, si vemos las noticias y todo lo que sucede en la región de donde soy, todo esto me supera por completo. Creo que por eso hago ficción y no periodismo… Escribir ficción me permite interrumpir e intervenir lo que me aterra y me supera. La ficción me permite imaginar otros mundos posibles. En la vida real, muchas Ainhoas tienen que parir hijos a sus agresores; hace poco vi la biopic de Aretha Franklin y ella, la estrella del soul, tuvo dos hijos productos de abusos sexuales infantiles, uno de esos a los 12 años… Por eso creo que, de verdad, para las mujeres negras a veces la realidad es mucho más macabra. Me interesa intervenir y mirar de frente lo que me aterra desde la ficción… porque la realidad es demasiado compleja y a mí personalmente me vacía de lenguaje.

- Como si fueran sus “ñañas(hermanas), en vez de sus tías, Ainhoa convive con todas las mujeres de su familia, sometidas a la violencia patriarcal. ¿Qué tipo de impunidad es la que “salva” a los hombres de esa casa?

- Ellas sortean un montón la violencia con la economía del cuidado que van hilando entre ellas… Pero es mi mirada, yo no creo que los perpetradores estén salvados, creo que son producto de la superestructural patriarcal y víctimas a la vez de un delirio de grandeza masculina que no se consuma. Pero, reitero, es mi mirada, puede que esté errada.

- ¿El árbol de guayaba al que se sube Ainhoa es su lugar seguro en el mundo?

- Ella, al igual que Celestino antes del alba de Reinaldo Arenas o El barón rampante de Calvino, escoge su lugar de desarrollo de pensamiento estético en el árbol de guayabas, ella no está segura en ningún lugar, ni en el árbol, pero la sensación de seguridad le viene del libre ejercicio de su pensamiento. Pensar es hacer estética en el mundo y eso libera, por eso ella está arriba de los árboles en comunión íntima y en parentesco con lo natural, que la convierte en un cuerpo que puede pensar y divagar, todo eso que la violencia capitalista no nos permite hacer. Tal vez eso sea la seguridad: tantear con lo incierto, pensar sin un fin específico e incluso no pensar. Dejarse ir, dejarse divagar sin metas, tantear con la maraña de nuestra cabeza, tal vez por eso la niña se siente segura allá arriba.

- En un capítulo desgarrador, un suceso le roba a Ainhoa, de manera abrupta y antinatural, la infancia. ¿Encierra alguna metáfora esa colonización del cuerpo de la niña?

- No hay ninguna metáfora, es abusada sexualmente y obligada a gestar. La violencia radica en el desconocimiento del suceso nefando que atravesamos. Más que el acto en sí, ni siquiera saber qué te ha pasado, qué te han hecho y por qué tu cuerpo está cambiando es un acto doble de violencia. Considero que las infancias, más allá de la violencia sexual, sufren todo el tiempo la violencia del desconocimiento de su cuerpo. En ese sentido, las mujeres también sufrimos del desconocimiento del placer y del dolor, de lo que no debe de doler y lo que podemos dejar de hacer para que el cuerpo, la menstruación, la gestación no nos duela; en ese sentido hay una infantilización de nuestro ser.

La colonización radica en la privación del conocimiento, en el absoluto desconocimiento de eso que se supone que es tuyo: tu cuerpo. El cuerpo de las niñas nunca es suyo y nadie les dice eso… No es suyo porque no pueden decidir si comer o no comer, si lavarse o no, siempre hay una tutora o tutor decidiendo por ellas y la violación es el extremo terrible de esa pertenencia de los tutores sobre el cuerpo de las niñas. Habría que empezar a idear una manera de liberación para los cuerpos infantes, pero pues yo soy solo una escritora, solo puedo imaginar.

- De todos los mensajes que has querido compartir en Fiebre de carnaval, ¿cuál es el más poderoso de todos?

- Que los cuerpos feminizados y vaginados nunca dejamos de ser infantes, con toda la violencia que la infantilización acarrea.

- ¿Podrías definir con un verso tu novela?

- Desvarío caliente melómano desbordado.

Periodista cultural. Colaboradora de medios como Cinemanía, La Vanguardia, Viajes National Geographic y El Confidencial

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