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Crónica de una generación perdida

Violeta Serrano retrata en ‘Flores en la basura’ a los jóvenes españoles que no alcanzaron el edén prometido: “Ha llegado el momento de dejar de quejarse”.

La periodista y escritora española Violeta Serrano, que disecciona a sus compañeros de generación en ‘Flores en la basura’. ALEJANDRA LÓPEZ

Hubo una vez una generación española, la de los nacidos entre principios y finales de los años ochenta, que, como princesa de cuento de hadas, creció entre algodones, sin nada por lo que luchar porque todo estaba ya ahí para ellos y ellas (la democracia, la estabilidad económica, el estado del bienestar). Una generación que pudo elegir entre estudiar o no hacerlo, y que eligió mayoritariamente hacerlo para convertirse en la más preparada de la historia: dobles y triples titulaciones, másteres y posgrados, doctorados, idiomas. Una generación llamada a comerse el mundo, a vivir mejor que cualquiera de las generaciones precedentes, a hacer realidad ese ideal utópico del ascensor social. Como en todo cuento de hadas, sin embargo, no era oro todo lo que relucía a su alrededor. Cuando a esa generación le tocó hacerse adulta, una crisis económica sin precedentes le dejó sin mundo que comerse. No quedaron ni unas tristes migajas. Desempleo, precariedad, precio de la vivienda por las nubes, imposibilidad de emanciparse y de formar una familia. Muchos emigraron en busca de un futuro. Otros se quedaron, deambulando como zombis de trabajo precario en trabajo precario, masticando la frustración, la rabia, el engaño.

“Generación perdida” o “generación estafada” son dos de los conceptos que se han utilizado para definir a este grupo de población. La escritora, periodista y docente Violeta Serrano (León, 1988) añade un término más que esconde en su interior una connotación positiva: “generación bisagra”. Los que antecedieron a este grupo tuvieron tiempo de asentarse laboralmente antes de que la crisis económica cercenase el futuro. Los que vinieron después ya sabían de antemano que no existía ese futuro, el escenario de cartón-piedra se había desmontado hacía tiempo. “Hubo un mundo viejo que moría y uno nuevo que nacía y a nosotros nos pilló en el medio. Somos como el primer escudo. Y para mí esa es la clave. Tenemos una ventaja como miembros de la generación bisagra: conocemos el mundo antiguo y conocemos el mundo nuevo con las estrategias de antes. Vamos a buscar soluciones para crear un nuevo futuro”, afirma Serrano, que atiende a COOLT en un sofá del tranquilo vestíbulo del Hotel NH Nacional, en pleno Paseo del Prado de Madrid.

La autora, chaqueta vaquera, pantalón cómodo verde, camiseta blanca, mirada cansada, tiene a su lado una mochila lista para viajar a Málaga, donde continuará con la gira de presentación de su último libro, Flores en la basura (Ariel, 2022), en el que a través de sus vivencias personales narra la historia de toda una generación de jóvenes españoles que, en muchos casos, entre 10 y 15 años después de haber acabado sus estudios universitarios, siguen en estado de shock, esperando el edén prometido, el futuro que no llega, preguntándose entre resignados y filosóficos si es esto la vida.

“Hemos tenido que aprender a tolerar mucha frustración, que es algo para lo que seguramente no estábamos preparados porque nacimos en un ciclo de estabilidad y prosperidad. No es fácil, lo sé, pero ha llegado el momento de dejar de quejarse. Efectivamente las cosas están mal, sí, pero nosotros somos una generación muy preparada que tenemos que liderar un cambio de rumbo. Nuestros padres tuvieron que vivir una transición a la democracia. Puede que nosotros debamos ser los protagonistas de una nueva transición a una nueva forma de entender el Estado respetando el marco del diálogo y la democracia. Porque, si no lo hacemos nosotros, otros monstruos van a venir a hacerse cargo de esas frustraciones y de esos miedos”, dice Serrano.

Esas tres ideas (dejar de quejarse, imaginar un nuevo futuro y el miedo a los monstruos sedientos de capitalizar el descontento) marcan el discurso de la escritora, que vive entre un pequeño pueblo de León y Buenos Aires, ciudad a la que emigró en 2013, cuando otros miles de jóvenes españoles salían del país con la vista puesta en el próspero norte europeo. Violeta eligió un camino cuanto menos arriesgado: dejó un país en crisis para probar suerte en otro que es sinónimo de crisis. “Argentina es el país por excelencia de la incertidumbre. Nunca sabes qué va a pasar mañana”, concede la autora, que considera que esa incertidumbre perpetua ha generado una sociedad muchísimo más creativa, que siempre está “inventando” para salir adelante: “Nuestra generación estaba acostumbrada a hacer el camino marcado: estudiar y conseguir un trabajo estable. Y si no, pues se hacían unas oposiciones y ya está. Cuando esa posibilidad no existe, por narices tienes que ser creativo, tienes que inventarte cosas. De eso tenemos que aprender mucho los españoles. El argentino no es un pueblo que se quede parado, es un pueblo que siempre va hacia adelante y que siempre es capaz de resurgir de sus cenizas. Que sigan en pie con todo lo que les ha pasado me parece increíble y un aprendizaje brutal”.

La tentación de la nostalgia y el autoritarismo

La autora de Flores en la basura enfatiza su discurso gesticulando continuamente con las manos, sobre todo cuando no está de acuerdo con algo: con la queja, por ejemplo. También con el discurso a la nostalgia que ha calado socialmente, con esa revisión parcial del pasado que, en un tiempo sin futuro, nos hace anhelar la vida que tuvieron nuestros padres. “Creo que es un problema mirar al pasado. La extrema derecha está viviendo precisamente de eso. Hay que ser valientes y mirar hacia adelante, porque nadie va a salvarnos, sino que tenemos que salvarnos entre todos, en comunidad. Y para conseguir eso lo primero que tenemos que hacer es imaginar otro futuro posible distinto al que teníamos todos en la cabeza. Al final, el contrato social consistía en vivir mejor que nuestros padres, pero eso, siempre y cuando pensemos que queremos ser sujetos de consumo como lo fueron ellos, se ha roto. Vivimos en una sociedad en la que en la mayoría de las veces somos algo y nos significamos por lo que podemos poseer. ¿Y si esto no fuera así? ¿Y si nos significáramos por lo que podemos ser?”, se cuestiona.

Esas preguntas retóricas entroncan con la paradoja que planteó el filósofo y sociólogo francés Gilles Lipovetsky: nuestra generación desea lo frívolo, pero no deja de sentirse interpelada por la profundidad y la trascendencia. ¿De esta sólo nos sacarán los valores humanistas, el poner el ser por encima del tener? “Yo creo que sí. Es más, o nos sacan los valores humanistas o acabaremos bañados de sangre”, responde Serrano. “Solo hace falta mirar la historia. En épocas de grandes crisis, cuando hay mucha gente que lo está pasando muy mal, que no encuentra soluciones y que no tiene tiempo de pensar en todo esto de lo que estamos hablando nosotros, esa gente vota a quien le da una solución fácil. No sería la primera vez en que se vota a un gobierno autoritario y se acaba en una dictadura y en una desgracia. Así que estoy muy preocupada por el momento que atravesamos acá, y creo que es necesario que nos repensemos para crear propuestas desde la izquierda, porque la izquierda está perdiendo el relato. Y la izquierda somos la gran mayoría, ¿eh?”.

Flores en la basura, no en vano, debe su título a un verso del tema ‘God Save the Queen’ de los Sex Pistols, que en 1977 puso letra y banda sonora al desencanto y el hartazgo de la juventud británica. “There is no future in England's dreaming”, cantaba el grupo punk. Dos años después, en ese contexto, Margaret Thatcher fue capaz de capitalizar ese descontento y convertirse en primera ministra. “Si eso sucede en España y de ese relato se apropia alguien del estilo Thatcher o peor, acá las vamos a pasar más crudas aún”, sostiene Serrano.

Violeta Serrano, autora de ‘Flores en la basura’. ALEJANDRA LÓPEZ

Propuestas para un nuevo futuro

Ese “acá”, al que la escritora recurre con frecuencia, tanto en su libro como durante la conversación, refuerza un acento y un deje al hablar que es ya tan leonés como argentino. En ese castellano híbrido, Serrano enumera multitud de propuestas para un nuevo futuro: instauración de la renta básica universal, cambio de las dinámicas de consumo, una verdadera redistribución de la riqueza a través de la contribución a lo público para acabar con las cada vez mayores desigualdades sociales, descentralización laboral, descongestión de las grandes urbes en beneficio de la España vaciada, etc.

“El primer paso es dejar de creer que no hay alternativa posible. El segundo es ser capaces de desarrollar nuestra empatía y dialogar en vez de confrontar continuamente entre extremos opuestos”, escribe en las páginas de Flores en la basura. Le insinúo que me parece más difícil lo segundo en un mundo como el actual, polarizado, que crea burbujas a golpe de tuit. “Vivimos en un círculo vicioso. Los políticos buscan un titular para que los periodistas les saquen y al final lo que llega a la gente son barbaridades y enfrentamiento, pero ninguna solución. Pero creo que, afortunadamente, hay también nuevos liderazgos que quieren romper con esto y crear cierta transversalidad, construir puentes, entender al que piensa como él, pero también al que no. Sobre todo, a este último, porque eso es la democracia. Al final, hablar con el que piensa como yo es muy fácil, no vas a discutir. ¿Pero qué pasa con el que no piensa como nosotros? Si nosotros seguimos en nuestra burbuja y ellos en la suya, estas se van a hacer cada vez más grandes y van a generar más odio recíproco hasta llegar a películas de ciencia ficción como fue el asalto al Capitolio. Tenemos que salir de ahí”, dice. 

“Salir de ahí”. Unirse. Buscar puntos de encuentro. Hacer comunidad. Otra vez el concepto de comunidad. No es baladí ya que, para Violeta Serrano, aunque aparentemente estemos hiperconectados, vivimos aislados en mitad de una sociedad ultraindividualista.  “A poco que te paras a tomar un café con alguien empiezas a ver problemas y dramas compartidos. Y eso te ayuda a ver que no es una cosa tuya, que igual es un problema social. Que no haya comunidad nos hace más vulnerables. Sin comunidad estamos muertos, porque viviendo aislados es mucho más fácil que nos dominen”, reflexiona la escritora, que en su libro lucha también contra el sentimiento generacional de culpa, contra esa idea de que si no se ha conseguido el futuro soñado es que algo se ha hecho mal, que no se merece, que no se está preparado: “Es un discurso tóxico, muy de Margaret Thatcher en realidad. Inglaterra siempre ha sido muy pionera en todo: en crear un estado de bienestar, pero también pionera en destrozarlo y en destrozar a los sindicatos y a la clase obrera, que es algo en lo que ya están también en la Comunidad de Madrid. Esos discursos hay que confrontarlos, pero no yendo al choque, sino desde el diálogo”.

Serrano busca ese diálogo desde las páginas de Flores en la basura. Aspira, dice, a que su libro sea un puente para la reconciliación: ideológica y entre generaciones. La escritura es, no en vano, la forma que ella ha encontrado para aportar hilos a ese “tejer el futuro” del que habla recurrentemente en el libro citando a la filósofa Marina Garcés y su Nueva ilustración radical. “El ejercicio de la escritura implica reflexión y calma. No lo puedes hacer bien desde otro lugar. Y eso rompe el esquema del tuit corto, de la falta de reflexión. Es decir, como emisor ya te cambia. Pero también a los receptores les cambia. Una buena obra de literatura no es entretenimiento. Una obra literaria lo que hace es que aquel que la recibe empatice con unos personajes y tenga que poner en marcha su imaginación. En ese sentido, la literatura es un arma de resistencia; y un libro tan político como el mío, también”, concluye.

Periodista. Colaborador en medios como El País, elDiario.es, y El Salto. Divulgador de literatura infantil y juvenil.