Martín Kohan está contento. En la mesa ubicada al lado de la ventana del café La Orquídea, se pone de pie para saludar con una sonrisa; días atrás, Boca Juniors ganó el superclásico contra River Plate, con gol de penal de Leandro Paredes, el nuevo capitán que desembarcó en el equipo azul y amarillo para poner un poco de orden en el mediocampo. Pero más contento está Kohan por la eterna chicana con River, cuyos hinchas se quejan por un presunto penal que el árbitro no cobró hacia el final del partido, cuando el marcador dio por vencedor a Boca.
El motivo del encuentro, sin embargo, no es Boca Juniors. Es la salida casi en simultáneo de tres libros. Hacia fines de diciembre de 2025, Seix Barral publicó el ensayo Argentinos, ¡a las cosas!, un libro que clasifica una serie de objetos en apariencia arbitrarios pero que, según el punto de vista del autor, dicen algo sobre la historia argentina y la idea siempre evasiva de identidad.
Luego, meses después, en marzo de este año, apareció su última novela, publicada por Anagrama. La separación cuenta un viaje que emprende Fernando para visitar a su hermano Juan Pablo en un pueblo de la provincia de Córdoba, llamado La Paz. Juan Pablo se separó de su pareja, Rosario, y no entiende cómo, de un día para el otro, su compañera de toda la vida decidió poner punto final al vínculo. Y el tercer libro, publicado por la editorial argentina Godot, reúne una gran cantidad de artículos, ensayos y ponencias que Kohan hizo sobre el escritor argentino más importante de todos los tiempos. En Lo que entiendo por Borges, Kohan se mete con aspectos no siempre señalados por la crítica especializada: el vínculo con la cultura popular o sus tensiones con la política.
Así que, si bien Boca Juniors no es el tema central de la conversación —aunque Kohan haya escrito un libro que los hinchas consideran imprescindible, llamado Desde la Boca— será inevitable: el club de sus amores se va a colar a lo largo de la hora y media que dure la conversación, de alguna u otra manera
Fragmentos de un discurso desamorado
Cuando se le pregunta a Kohan por el origen de La separación, uno podría pensar que la respuesta estaría vinculada al paisaje de Traslasierra. El cordón serrano cordobés, lindante con la provincia de San Luis, es un lugar que el escritor suele elegir todos los veranos para pasar un tiempo en la naturaleza; uno de los pocos donde puede encontrar cierta calma. El monte, los caminos de tierra y los pueblos que se suceden —Merlo, La Paz, Luyaba, San Javier, Villa Las Rosas— componen un territorio que mucha gente de Buenos Aires —entre otras grandes ciudades de Argentina— ha elegido para ensayar lo que suele llamarse un “cambio de vida”.
Pero la motivación de Kohan para elegir ese espacio como escenario de su novela tiene que ver con la idea de temporalidad. “¿Qué pasa con el tiempo?”, dice. “¿Qué pasa con el tiempo en los viajes largos, en micro? Es un viaje lo suficientemente largo como para que el tiempo, a la vez, pase y no pase. Es una especie de movimiento quieto; muy quieto. Uno puede tomarse un colectivo en la ciudad, y es lo mismo. Pero no se llega a armar esa combinación de desplazamiento y quietud: uno está nueve horas en un asiento. Más allá de la referencia realista, es el tipo de atmósfera que se da en los viajes en micro y en los pueblos que viven del turismo cuando están fuera de temporada”.
La separación, entonces, está dividida en tres partes. La primera se inicia en primera persona con un viaje en colectivo, desde Retiro hasta La Paz. Son casi 900 kilómetros que Kohan elige narrar para construir una atmósfera de espera y movimiento: cada detalle que aparece cuenta, y no cuenta. Los personajes empiezan a surgir en la cabina del micro —una chica que lee, una charla casual, otro chico que lee—. Fernando, el personaje principal, viaja, espera y experimenta en su cuerpo las consecuencias de ese trayecto prolongado. No es sencillo transmitir esa sensación de movimiento e inmovilidad en setenta páginas. Cuando el micro finalmente llega a destino, se inicia la segunda parte: el diario de La Paz. “Hay algo también de tiempo suspendido en estos pueblos cuando están fuera de temporada. Me interesaba imaginarme cómo eran esos lugares sin nosotros, los porteños, los turistas. El día a día de ahí produce también un efecto de inmovilidad. Cómo vivencian ellos mismos su tiempo de marzo a diciembre, que por un lado es su vida, pero que también debe tener algo de espera, de suspensión”.
El cambio en la novela también se da en el registro: pasa de una primera a una segunda persona, en un futuro perifrástico: Fernando va a hacer una serie de cosas, le anuncia el narrador. Y todas esas acciones por hacerse están vinculadas con el estado emocional —de espera— que atraviesa su hermano Juan Pablo, luego de que su compañera haya decidido dejarlo. La pregunta que anuda el centro de la novela tiene que ver con el origen más difuso de todos: cuándo se termina el amor. La atmósfera de esos lugares, cuando están a destiempo de su propio tiempo, resuena con esa pregunta. “Viajás en micro nueve horas y no pasa nada, pero a la vez pasa” dice Kohan. “Subís en un lugar y bajás en otro, pasa de todo y no pasa nada. Es una combinación entre pasar y no pasar: no pasa nada y, sin embargo, pasa algo; pasan distintas cosas a la vez, y sin embargo no pasó nada. Ahí pensé una resonancia con el desamor, con cómo algunas relaciones se terminan. Cuando se producen separaciones, el entorno pregunta qué pasó. Y, en general, la respuesta es: nada. A veces sí hay un hecho. Pero el desamor como tal, la idea del amor que se termina, que se va deshilachando, es otra cosa. ¿Qué pasó? No pasó nada. Pasó que te dejaste de querer. Y la idea de que eso que pasa ocurre en el no pasar nada es como un viaje: todo tiene un trasfondo de no pasar nada. Y hay algo muy similar en esos lugares fuera de temporada: lo que pasa cuando no pasa nada”.
Según Kohan, esta forma de concebir el tiempo y el espacio tiene que ver con su escritura: lo que pasa, pasa no pasando nada. Esta manera de concebir lo temporal compone gran parte de su obra novelística, con títulos como Ciencias morales, Confesión o Segundos afuera. Pero en el caso de La separación ese “pasar no pasando nada” tiene una relación directa con el desamor. Al tener un centro difuso, Kohan multiplica las formas de abordarlo: una primera parte en primera persona, una segunda como diario en segunda y una tercera nuevamente en tercera. “Narrar en primera, pero también en segunda, pero también en tercera; narrar en pasado, pero también en futuro, también en presente, y que aun así haya algo que no se puede saber. Me parecía que eso que no se puede saber queda reforzado por el hecho de haberlo abordado desde ángulos y tiempos distintos”.
En la segunda parte, mientras Fernando acompaña a su hermano en los días posteriores a la noticia, llega un mensaje: Rosario, su ex cuñada (¿o sigue siéndolo?), le escribe para hablar con él. En ese juego de puntos de vista sobre el porqué de una separación se abre, sobre todo para Juan Pablo —y por añadidura para el lector—, un abanico de posibilidades: ¿por qué se separaron? En esa pregunta late también, por debajo, una emoción contenida: el vínculo de Fernando con su propia pareja, Luciana, que, como señala él mismo, se encuentra “en una meseta”.
En el centro del diario, en esa espera en la que Fernando se arroja —y en la temporalidad suspendida de los pueblos turísticos fuera de temporada—, el personaje da con una biografía de Ricardo Güiraldes, el autor de Don Segundo Sombra, novela atravesada por la contemplación de la pampa y la figura del gaucho. El pasaje que lee, tomado de la biografía escrita por Ivonne Bordelois, tiene que ver con la muerte de Güiraldes en París, el 8 de octubre de 1927, y con el traslado de su ataúd hasta San Antonio de Areco, su pueblo natal: un viaje que encierra otro viaje. Es una historia que Kohan investigó en profundidad con la intención de escribir una novela, pero que, en los vaivenes propios de cualquier proyecto, no llegó a desarrollar y decidió incorporar aquí. El funeral de Güiraldes forma parte también, como “cosa”, de la lista que analiza en su libro Argentinos, ¡a las cosas!, cuyo título retoma la consigna de Ortega y Gasset.
¿Qué cosas?
La propuesta de Argentinos, ¡a las cosas! le llegó por parte de su editora en Seix Barral. No fue un encargo preciso, sino más bien una serie de conversaciones y sugerencias en torno a temas que a Kohan le interesan: las derrotas históricas, el fútbol, algunos mitos, ciertos detalles. Volvió a su casa, empezó a pensar, a investigar y a anotar, y descubrió que sí: tenía una idea para un libro, pero sobre todo el deseo de escribirlo.
En una línea similar a Mitologías, de Roland Barthes, Kohan se propone abordar hechos, imágenes y cosas de la historia argentina a partir de un procedimiento cercano a la crítica literaria. Se trata de leer esos objetos sin “literaturizarlos”: el hecho está, ocurrió. Lo que hay es una mirada crítica que permite buscar sentidos y plantear conexiones, por ejemplo, leer en un mural sobre Diego Maradona en la calle San Juan una historia de las derrotas en la historia argentina; en el Renault 12, un detalle sobre la formas que tiene la cultura argentina de apropiarse de lo otro para generar identidad; y en el barco que trasladó el sable corvo de José de San Martín, una deriva histórica que, al pasar de mano en mano, arroja nuevos sentidos sobre la figura central de la libertador de la patria, hasta convertirse en una hélice hundida.
“Algo pasa”, dice Kohan cuando se le menciona el texto sobre Carlos Gardel incluido en el libro, y alude a una confusión de fechas: la fotografía que analiza está en una pizzería llamada Los Inmortales y reúne en una misma imagen a Gardel con el Obelisco, cuando Gardel murió antes de la construcción del monumento; algo pasa en los desplazamientos. “Algo pasa —insiste— entre mito e historia. Me parece un buen ejemplo del cruce entre imaginario mitológico y conocimiento histórico. No como cosas separadas, pero donde una puede prevalecer sobre la otra. Me encontré con muchos lectores que me dijeron: ‘no me había dado cuenta’. Hay algo en el libro que tiene que ver con trabajar con huellas históricas; me parece que eso tiene que ver con la literatura”.
Kohan menciona también su tesis de doctorado en el área de Letras, cuya tutora de tesis fue la ensayista y crítica Josefina Ludmer. La tesis estuvo centrada en la figura de José de San Martín y los gestos históricos. “Yo quería escapar de la trampa posmoderna, muy en boga en los años noventa, de que todo es ficción, de que la historia es una ficción. No. La historia no es una ficción. Que se designen hechos reales, o no, no es inocuo. Y que se establezca determinado régimen de verdad, no da lo mismo. No obstante, se pueden abordar figuras reales, hechos reales o, en el caso de este libro, objetos reales, y que la pregunta sea: ¿qué significan? No tiene que ver con ficción o no ficción; o hacer pasar la ficción por no ficción. Se puede preservar la distinción categorial entre ficción y no ficción, incluso para entender o calibrar el gesto literario de Rodolfo Walsh es que no son intercambiables. Entonces, San Martín es un personaje real pero el padre de la patria es un efecto de significación. Sus hazañas son reales, pero esas hazañas como padre de la patria configuran un efecto de significación. La hélice es la hélice, el mural es el mural, la camiseta es la camiseta, ¿Qué significan? Cuando preguntás por el significado, aparecen; repatriación y hundimiento, épica y derrota, y poder leerlo concretamente en un objeto y en un lugar”.
Argentinos ¡A las cosas! es, podríamos pensar, un libro abierto: quien lo lea tendrá un efecto de identificación y construirá, al mismo tiempo, su propio reservorio de cosas. En el libro aparecen, también, dos lecturas que Martín Kohan hace sobre la figura de Jorge Luis Borges: la relación que, en ambos casos, el escritor tiene con las esculturas; la del bar La Biela, por un lado, y la de Olmedo y Porcel en la calle Corrientes, como los personajes Álvarez y Borges, sentados en una sala de espera. En el prólogo de Lo que entiendo por Borges, Kohan hace una distinción que —forzando un poco las cosas— podría haber sido incluida en el libro de “las cosas”: la figura de Borges como El Escritor.
Publicado por Ediciones Godot, Lo que entiendo por Borges recopila una vida —la de Kohan— dedicada a la lectura de la obra de Borges. En la línea de Borges, un escritor en las orillas, de Beatriz Sarlo, pero también de El factor Borges, de Alan Pauls, entre muchos otros, Kohan busca leer aspectos no siempre frecuentados: el Borges oral y la narración orillera en relación con la gauchesca, los lazos conflictivos con la política y la influencia de lo popular en sus cuentos; desarmar la idea extranjerizante en la literatura de Borges, una mirada que aún hoy suele tener vigencia. Una diferencia que Kohan plantea es la que hay entre lo borgeano y el borgismo: lo primero como un efecto de lectura; lo segundo como un efecto desfasado, en el vínculo entre Borges, el mercado y los usos patrimoniales de su figura como prócer de las letras.
“Yo creo que mi idea de lo argentino le debe mucho a Borges”, dice Kohan. “Porque, para determinado paradigma de lo argentino, Borges es lo que para muchos es, y fue: el extranjerizante, el cipayo. Pero mi concepción de lo argentino se formó mucho en la lectura de Borges. En la primera página del cuento ‘Sur’, que suelo dar en mis clases, está cifrado gran parte de lo que Borges piensa sobre lo argentino: ya la idea de que lo argentino se hace y no es; uno nace argentino o se hace argentino; el que nace también se hace. Afirmar sin esencia; afirmar y hacer caer a la vez; y la relación con lo otro: todo eso está en Borges. Creo que el libro sobre ‘las cosas’ es borgeano en ese sentido: lo otro como parte de una dinámica y no como una amenaza de la identidad. Lo argentino no es una identidad respecto de lo otro, sino una identidad que se hace con lo otro; lo que eso otro le hace a la identidad está en Borges”.