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Alexandra Kohan: “El deseo no puede ser disciplinado”

La psicoanalista y docente argentina recorre algunas de las ideas de su último libro, ‘Y sin embargo, el amor’.

Santiago de Chile
La psicoanalista argentina Alexandra Kohan, autora de 'Y sin embargo, el amor'. ALEJANDRA LÓPEZ

El presente está vacío de certezas y, al mismo tiempo, el sistema en el que vivimos nos hace esclavos de ellas. La vida se construye en relación a objetivos, productividad y calendarios. En caso de no cumplir con todos ellos, aparece el fracaso. Ese disciplinamiento afecta todas las esferas de la vida, y el amor es una de ellas. La psicoanalista y docente argentina Alexandra Kohan reivindica precisamente en su libro Y sin embargo, el amor. Elogio de lo incierto (Paidós, 2020) la afección como algo indomable y profundo, algo que no se puede normar. Y lo hace a punta de lecturas y referencias como Anne Carson, Charly García, Freud, Barthes y Fito Páez.

La exploración que desemboca en Y sin embargo, el amor es algo que Alexandra (Mar del Plata, 1971) venía desde hace un tiempo masticando a través de un grupo de estudio en la universidad en donde realiza clases y su investigación en psicoanálisis. Eso, junto a la narrativa sobre el amor que se ha activado en los últimos años, le puso a pensar cómo se podía leer esa discusión. “Es un poco pretencioso decirlo, porque una está en la época, y estando en ella ¿qué tanto puedes pensarla?”, dice, sentada en la terraza de un café, buscando la sombra en medio del calor seco del verano en Santiago de Chile.

Estamos en 2022 y, durante la última década, los movimientos feministas han entrado como si de ninjas se tratara en esferas y espacios de discusión inimaginables unos años atrás. ¿Programas de televisión en la cima de lo mainstream? Sí. ¿Diarios de circulación nacional? También. Pero ¿cuál es la forma en la que irrumpen? No es difícil revisar los medios de comunicación masivos de cualquier país y confirmar que muchas veces estas perspectivas se diluyen en eslóganes, y lo que de pronto resultaba emancipador se transforma en una trampa.

Por una parte, Alexandra celebra el modo en el que “los feminismos se han metido en lugares insólitos en los que antes no estaban”. Por ejemplo, en programas televisivos de la tarde. “Eso sirvió para visibilizar un montón de cuestiones”, dice, al mismo tiempo que reconoce que la masificación trae consigo “la degradación de ciertas consignas transformadas en eslóganes”. Aún así, cree que el balance es positivo: “Se metió por todos lados, en todas las discusiones, en lo doméstico y en lo público”.

“Una vez que eso entra, bueno, la cuestión es agarrar casi quirúrgicamente, estar atenta, porque no todo es lo mismo”, explica. “Por eso el plural del feminismo es tan importante: son los feminismos. Hay mucha heterogeneidad dentro de los discursos feministas y también hay muchas cuestiones que se consideran feminismo que, para mí, no son feminismo. Por ejemplo, toda la corriente punitiva del feminismo no es, en principio, el feminismo que a mí me interesa”.

Han sido precisamente los feminismos que, en su movimiento, han enunciado y debatido sobre nuevas maneras de relacionarnos social y afectivamente. Y, además, lo popular como entrada a la perspectiva feminista, alejada de lecturas académicas, ha permitido que mujeres muy jóvenes se sumen al debate. Pero este camino también tiene trampas: lo que en un momento aparece como una nueva forma de vivir la vida, un espacio de libertad y conocimiento, puede terminar siendo también un nuevo deber ser.

Alexandra coincide: “Es tramposo en el sentido en que parece un lugar de emancipación y hay más alienación, más imperativos y nuevos deberes ser. Ahora las mujeres no solo son tal cosa, sino que también deben velar por que la relación se lleve de tal forma. Es muy trabajoso y me parece una trampa, porque hay algo de la intimidad que no puede nunca ser regulado, sobre todo pensando en esos discursos que pretenden reducir al mínimo los daños que pueden suscitar las relaciones. Y lo cierto es que los daños no se evitan de esa manera; es más, te diría todo lo contrario. Pensando en las más jóvenes, muchas veces se les ha hecho más complicada la iniciación sexual o amorosa producto de estos discursos. Esa iniciación ya es de por sí algo difícil, y si encima se va a ese escenario con toda esta cantidad de mandatos…”.

- ¿Cuáles son esos mandatos en la iniciación afectiva?

- Yo creo que el asunto es dejar de pretender que ese encuentro con alguien puede ser anticipado, protocolizado, regulado. El deseo no puede ser disciplinado. Y el encuentro con otro es contingente, una nunca sabe si va a funcionar o no, la zozobra está ahí, y eso no tiene que ver ni con los años ni la experiencia. Y si una va con un manual de instrucciones, entonces ya se convierte en otra cosa. Ese manual está para evitar el encuentro con alguien. 

- Leyéndote, en un punto llegué a pensar que nunca vamos a estar libres de mandatos por el hecho de vivir en sociedad. No van a desaparecer nunca, por más que se deconstruya todo.

- Es que la deconstrucción fracasa. Derrida dice que la deconstrucción tiene un punto de imposibilidad. Una cosa es que una intenta visibilizar cuestiones, revisar otras, revisar lo colectivo y lo propio. Eso siempre es bienvenido. Ahora, pretender que no existan esas maneras de regular las cosas… yo al menos quiero que no existan esos mandatos por parte de movimientos emancipatorios.

Y Alexandra desliza directamente un nuevo mandato de la época: el de ser libres en términos de lo amoroso y afectivo: “Es una paradoja. Yo te digo a vos, sé libre. Estamos obligadas, obligados, obligades a ser libres. Me parece que hay que deslindar una y otra vez lo que es el plano de las reivindicaciones públicas y los pedidos a los gobiernos de políticas de modos de preservar y aumentar la equidad entre hombres y mujeres, pero después dejar el plano de la intimidad por fuera de esas reivindicaciones, porque ahí creo que se produce esa trampa, porque entonces ahora no es el Estado sino los movimientos feministas que vienen a regular nuestro deseo, muy —muy entre comillas— como si eso fuera posible. No es posible”.

El amor propio. Se lee sobre él en Instagram, acompañado de una foto que muestra una cicatriz. Se lee en libros de autoayuda, en afiches que promocionan talleres. Y le explico a Alexandra que odio ese concepto, porque explorarse a una misma, conocerse y quererse, se ha convertido en algo individualista en vez de una estrategia colectiva. Que una persona en una charla me diga que lo correcto es amarme como soy y vivir con la culpa de que algunos días eso es imposible me lleva al fracaso. Y en nuestro sistema los fracasos se socializan muy poco. 

“Justo ayer Fabián Casas me dijo que hay un ensayo de Joan Didion sobre el amor propio y que obviamente debe ser muy lindo, pero no es en este sentido”, responde. Lo que Fabián le comentaba sobre este ensayo de Didion era la idea de estar en cierta tranquilidad con una misma para poder después perderse en la otredad, en el amor. “Es lo contrario de este amor propio que se instaló como eslógan”, explica Alexandra. Y dice que, si lo hubiese leído antes de escribir su libro, quizás “hubiera hecho lo que sí hice con el concepto del amor tóxico, que es reivindicarlo de algún modo. No lo hice, pero quizás se podría pensar lo mismo. Joan Didion habla del amor propio de una forma diferente a este mandato de que una casi que se tiene que salvar sola, que es muy individualista además, a la luz de la pandemia y de la política actual”.

El amor es una apuesta permanente, sabiendo al mismo tiempo que puede o va a fracasar

¿Y qué pasa si no podemos amarnos? Alexandra me lleva a Bataille para hablar sobre el erotismo: “Perderse en el otro y que caiga el yo”, dice. “No sé a vos, pero a mí me resulto insoportable, creo que por eso me gusta tanto atender pacientes, porque me olvido de mí. No estoy ahí. Me gusta mucho mi trabajo porque durante todo el día no estoy conmigo, con mis fantasmas, con mis ideales. Me parece que este planteo de amor propio a modo de eslógan es autorrecluirse, autorreplegarse”.

Alexandra nombra también a la socióloga y escritora franco-israelí Eva Illouz y a la antropóloga mexicana Marta Lamas. “Ellas trabajan mucho esta idea sobre el amor propio de que, cuando la cosa no funciona, la culpa recae sobre el individuo”. Allí aparece el fracaso, le digo. “Y no solo eso: supongamos que alguien sí se ama a sí mismo y funciona. Y aún así, el otro le daña. Todos estos dispositivos me parece que están puestos ahí para pretender que el otro no te afecte. Y en el amor, el otro te afecta siempre, incluso cuando la cosa anda bien. El amor tiene lo hermoso y además la zozobra. Son las dos cosas, por eso me gusta mucho ese concepto de pharmakon, que es remedio y veneno al mismo tiempo. O el de dulce, amargo de Anne Carson. Ella dice que no es que primero sea dulce y después sea amargo, como sería el amor y el desamor, sino que al mismo tiempo el amor es dulce y amargo. En inglés está el término bittersweet y acá no lo tenemos”. 

Le cuento a Alexandra que, al mismo tiempo que leía Y sin embargo, el amor, también estaba leyendo Esclavos del tiempo (Paidós, 2017), de Judy Wacjman, a la que entrevisté recientemente. Me resultó muy natural encontrar una relación directa entre ambos, en el sentido de que estamos (sobre)viviendo en la inexistencia de estrategias colectivas para tener una mejor vida.

“Sí, en el amor es lo mismo”, dice Kohan. “Lo común es lo que está más afectado hoy en día, es lo que se está intentando reparar, pero no cesa de estar roto todo el tiempo. Y, al mismo tiempo, una no deja que eso pueda seguir subsistiendo de una u otra manera. Me parece que el amor es una apuesta permanente, sabiendo al mismo tiempo que puede o va a fracasar”.

Aquí es cuando aparece sobre la mesa el concepto de responsabilidad afectiva. Alexandra piensa que ponerle una cláusula a las relaciones implica suponer que el otro sabe lo que está haciendo. “Y a veces el otro no sabe lo que está haciendo, y una tampoco”, dice. “Si vos empezás a tener citas con alguien y ese alguien ya no quiere salir más con vos, o al revés, yo no sé si es mejor avisar o no avisar. Habrá que ver en cada caso. No puede haber un protocolo. Esta palabra, que se instaló desde la pandemia… yo me acuerdo que hace poco vi pasar en las redes una entrevista que yo había dado en el 2019, y el título era algo así como ‘Se están protocolizando las relaciones amorosas’. Esa palabra que se resignifica hoy, a mí me interesa seguir pensándola incluso a la luz de la pandemia. Cómo la idea de que si uno tiene protocolos está a salvo. Y no, no estás a salvo”.

Lo explica con una escena común. “No sé acá en Chile, pero en la Argentina es muy llamativo: en la puerta de los establecimientos comerciales dice ‘estrictos protocolos’, entonces vos entrás, te toman la temperatura con una máquina que la persona ya ni la mira porque como dice ‘estrictos protocolos’, entonces se olvida de revisar”.

La psicoanalista argentina Alexandra Kohan. ALEJANDRA LÓPEZ

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Hace algunos días se hizo viral el caso de West Elm Caleb. Cuenta internet que Caleb, diseñador de la tienda de muebles y decoración estadounidense West Elm, acostumbra a usar la app Hinge para conseguir citas con mujeres, salir un par de veces con ellas y desaparecer. Un maestro del ghosting. ¿Cómo me enteré yo? Al igual que todo el mundo que supo: por un escrache, como se dice en Argentina (o funa, como se dice en Chile). TikTok fue la plataforma en la que decenas de mujeres decidieron advertir a otra de los métodos de Caleb, transformándose así en un caso emblemático de escrache por responsabilidad afectiva que la mayoría de las personas olvidaron en breve.

“Si nos vamos a poner a escrachar situaciones cotidianas de relaciones que no funcionan, ese efecto lo que termina haciendo es banalizar las violencias que si queremos que se visibilicen”, dice Alexandra.

- Alguien que te dejó de hablar no es un violador.

- Y no es un violento, tampoco. 

- Entonces ¿qué es violencia dentro de una relación?

- Hay una frase que dijo una vez Florencia Angilleta, que es una autora que escribió un libro que a mí me gusta mucho, Zona de promesas: si todo es violencia, nada es violencia. Me parece que el asunto es subrayar eso. Hay violencias que hay que visibilizar, todo lo demás son modos de desencuentros amorosos, sexuales, etc. Para mí, la intimidad de una relación amorosa no debe gestionarse públicamente o políticamente. La violencia es otra cosa.

- Dentro de los feminismos se dice que lo personal es político.

- Pero hay que ver qué es lo personal. Otra cosa que yo podría pensar es que si todo es personal, nada es político. De esa forma se termina despolitizando lo que sí queremos que se politice. Me parece que ahí el problema es lo del todo. Si a cualquier cosa le vamos a llamar personal, entonces, bueno, se termina despolitizando el debate también.

La intimidad de una relación amorosa no debe gestionarse públicamente o políticamente

La idea de los protocolos, de algunas ideas que se instauran como grandes verdades a través del concepto de responsabilidad afectiva, funciona como un salvavidas para muchas personas, pues todo apunta en la dirección de no sufrir algún daño. ¿Cómo se vive una vida sin dolor? ¿Se puede perseguir y conseguir? ¿Qué se deja por el trayecto?

Alexandra cree que es una ingenuidad suponer que estas formas solucionarán algo. “Vamos a terminar siendo máquinas que siguen instrucciones. Hay una novela de Perec que se llama La vida instrucciones de uso… y la vida no tiene instrucciones de uso; entonces, me parece que pretender que con eso agotaríamos la idea de que el otro nos puede dañar o que nosotros podemos dañar al otro es por lo pronto una ingenuidad. Y por otra parte, no querríamos eso porque hay un malestar, que es el malestar en la cultura que descubrió Freud, que es inextirpable. El asunto es cómo dejamos de rechazar el malestar. Eso no quiere decir hacer una apología del malestar, sino ver cómo lo gestionamos”.

Es diciembre del 2019. Y una arena de conciertos alberga a miles de personas —la mayoría mujeres jóvenes y adolescentes— coreando las canciones de la cantante chilena Denise Rosenthal. Uno de esos temas se llama ‘El amor no duele’. Se lo comento a Alexandra durante nuestra conversación y mientras escribo todo esto, vuelvo a escucharla, a leer la letra. En este ejercicio encuentro, de nuevo, al pop como relator y catalizador de emociones frente a la experiencia, pero, además, una lírica en la que reside algo más complicado que la frase tajante de su título.

- En ese concierto, viendo cantar al público, pensaba en lo positivo de que conversemos sobre perseguir relaciones sanas y detectar cuándo no lo son. Pero, al mismo tiempo, veo cómo ese debate se sigue dando dentro de una estructura social que es la que es, la patriarcal, aunque no queramos, entonces fácilmente puede convertirse en un mandato y un nuevo fracaso.

- Si el amor no doliera, no existirían la poesía, las canciones; no existiría el arte. No se trata de que el amor ¡tenga! que doler, no estoy diciendo eso, sino que tenemos que poder alojar que el amor puede doler, que existe la posibilidad de que sí puede doler. Por supuesto, no estamos hablando de violencia. Esa es otra cosa que dice Florencia: una cosa es el daño y otra cosa es el delito. Me parece que allí ya tenemos una divisoria de aguas. El daño no se puede gestionar como si fuera un delito, porque además nos volvemos muy policías, y me parece que no queremos volvernos policías ni jueces.

- Los escraches por relaciones fallidas, por desencuentros, por daño y no delitos, me han hecho pensar mucho en que, precisamente, dentro de una relación afectiva hay un espacio de intimidad en que se desarrollan acciones y discursos, pero todo aquello, al pasar a lo público, cambia inmediatamente su significado.

- Sí, es como cuando vos hablás con una amiga de lo que te pasó con tu pareja. Los amigos opinan, dicen yo haría esto o lo otro, y me parece que hay un punto en que no es opinable. Una cosa es que una le vaya a pedir un consejo a un amigo y otra es que los amigos estén permanentemente diciendo lo que tienes que hacer con tu pareja. Y ahí me parece que hay una experiencia que es intransferible, que es la que cada uno tiene en sus relaciones amorosas. Esas cosas para mí no hay que gestionarlas con otros. Me parece que es un problema enorme pensar que uno puede ponerse en el lugar del otro. Ponerse en el lugar del otro es sacar al otro de su lugar. No hay modo de no sacarlo de su lugar, entonces, cuando escucho a alguien —y eso me lo da la práctica del psicoanálisis— no me pongo en su lugar. Primero, porque es imposible; y segundo, porque si lo hago dejo de escuchar. Hay que poder escuchar a alguien sin pretender identificarse con ese alguien. Es difícil…

- Pero es lo que nos han dicho que hay que hacer.

- Sí, pero en nombre del bien se han cometido las peores atrocidades (risas). 

Periodista especializada en música pop y feminismo. Directora de la revista digital POTQ Magazine y fundadora de la web Es Mi Fiesta. Organizadora del festival Santiago Popfest. En 2020 publicó Amigas de lo ajeno, libro que da voz a algunas de las artistas más representativas de la música chilena.