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Agustín Fernández Mallo: “Somos seres incompletos”

El escritor español se pregunta en ‘La forma de la multitud’ por la construcción de la identidad en un mundo dominado por algoritmos.

El escritor español Agustín Fernández Mallo, autor de 'La forma de la multitud'. IVAN GIMÉNEZ

Agustín Fernández Mallo (La Coruña, 1967) estudió Ciencias Físicas, aunque al poco de salir de la universidad la vida le puso a trabajar en un hospital de Palma de Mallorca. Durante casi dos décadas, el escritor pasó 50 horas semanales manejando material radioactivo destinado a curar el cáncer. En 2006, Fernández Mallo publicó Nocilla Dream, un libro que removió el panorama literario español y dio título a toda de una generación de autores, conocida como “Generación Nocilla”, donde se incluyeron nombres como Eloy Fernández Porta, Jorge Carrión o Vicente Luis Mora. Tres años después de aquello, Fernández Mallo completó su Proyecto Nocilla con otros dos libros más, y fue entonces cuando consideró factible eso de dedicarse exclusivamente a escribir y a leer, que es a lo que, al menos en un mundo ideal, aspira todo escritor —aunque luego los escritores inviertan más tiempo en dar conferencias, impartir talleres, conceder entrevistas a medios, presentar libros y acudir a ferias que en desempeñar el oficio que se supone que desempeñan, es decir, leer y escribir—.

Además de novelista, Fernández Mallo ha publicado libros de poesía y unos cuantos ensayos. El último de estos es La forma de la multitud, una obra que ha ganado el I Premio de Ensayo Eugenio Trías, otorgado por la editorial Galaxia Gutenberg. En él, Fernández Mallo plantea una tesis novedosa: la realidad algorítmica en la que andamos sumidos ha confeccionado una nueva forma de identidad, un nuevo tipo de yo. ¿En qué consiste? La respuesta es sencilla, aunque un tanto inquietante: los bots, por medio de nuestros datos, generan un yo externo y paralelo a nosotros que habita en la red, un yo que actúa en nuestro nombre sin nosotros percatarnos de ello. Una “identidad estadística” —en palabras del autor— que nos conforma, pero que no podemos ver porque se mueve en un mundo privado al que no tenemos acceso.

La forma de la multitud es un libro ambicioso en sus presupuestos, algo que se percibe nada más comenzar a leer. Un ejemplo: Fernández Mallo sostiene que, como mínimo, en el mundo conviven tres formas de capitalismo. Un capitalismo antropológico, un capitalismo monetario y un capitalismo de tiempo infinitesimal. Y esperen, porque aún hay más: el antropológico es un tipo de capitalismo que lleva con nosotros desde el principio de los tiempos. Es el motivo por el que existen las religiones, el impulso artístico, el lenguaje. En definitiva, explica por qué los humanos somos como somos.

- ¿Qué preguntas detonaron la escritura de este libro?

- Hay una idea muy abstracta y filosófica, y física también, que quizá es de las primeras. Tiene que ver con la intuición de que la experiencia siempre es más rica que cualquier teoría. Es decir, que entre lo que el ser humano teoriza y lo que luego en realidad ocurre hay un agujero insalvable, y es por ese agujero por donde creo que se nos va la vida. Pero además de esta, hay otra idea principal que tiene que ver con un intento de contraponer sistemas utópicos a sistemas no-utópicos. En el ensayo explico que hay modos de pensamiento no utópico que terminan fagocitando a todas las utopías. En fin, estas dos ideas eran las que primero estaban en mi cabeza, aunque cuando comencé a escribir no sabía hacia dónde iban a llevarme.

- Como dice, el libro se plantea como una crítica a las utopías...

- Bueno, en el libro no me posiciono, solo expongo dinámicas. Considero que hay dos formas de pensar el mundo: la forma determinista, que es a la que pertenecen las utopías, y la forma no determinista. El pensamiento determinista se formaliza en física gracias a Newton, que sostenía que si tú conoces las condiciones de un objeto entonces podrás saber dónde estará ese objeto dentro de millones de años. Al final, todas las utopías son eso: se parte de un lugar y para acabar llegando a otro sitio que se da por seguro. El problema es que desde hace 40 ó 50 años se sabe que el mundo no es determinista, sino un sistema abierto y complejo. Nada está totalmente determinado, así que podemos decir que la vida es un conjunto orgánico de procesos que avanzan sin un lugar al que llegar. Si te fijas, la mayoría de los sistemas económicos, políticos e incluso estéticos aún siguen muy anclados en la idea determinista de las cosas. Pero el problema es que esta realidad no existe, es solo una ficción, una utopía que el ser humano ha construido para tranquilizarse. Por eso al final la complejidad se acaba imponiendo sobre la determinación.

- El ensayo comienza hablando del capitalismo antropológico, un tipo de capitalismo que define como de “onda larga”, es decir, uno que es tan extenso en el tiempo que ni siquiera podemos percibirlo. Además, dice que es un capitalismo que está en toda cultura y sociedad humana. ¿Lo considera consustancial al ser humano?

- Sí, lo considero consustancial por un motivo: creo que el ser humano es un ser incompleto, un ser al que siempre le falta algo. Esta falta, que además nunca puede ser llenada del todo, es la que nos hace establecer intercambios constantes con nuestro entorno. Para mí, ese intercambio es ya una especie de economía, en el sentido de que hay algo que das y algo que recibes. No tiene por qué ser dinero, pueden ser símbolos. A fin de cuentas, ¿qué es una religión sino una economía con el más allá? En la religión se establece una relación de tipo económico con el más allá, porque la gente reza a Dios para recibir algo a cambio.

- ¿Pero habría sido posible hablar de ese capitalismo antropológico sin emplear la palabra capitalismo?

- Podría haber empleado el término “homointercambio”, por ejemplo, pero me gustaba la idea de introducir la palabra capitalismo. Ha sido deliberado porque quería mostrar que algo que se asemeja al capitalismo está ahí con nosotros desde el principio. Igual que el capitalismo es infinitamente extractivo y nunca tiene suficiente, el ser humano nunca tiene suficiente en ese intercambio básico. Siempre queremos más. Utilizar el concepto de “capitalismo antropológico” es una forma de decir que existe algo consustancial al ser humano que lo convierte en un ser extractivo, en un ser que establece economías para llenar una falta.

- Habla de Beethoven componiendo la Quinta sinfonía como una forma de capitalismo antropológico.

- Claro, porque el capitalismo antropológico lo que quiere es crear para suplir una falta, como he dicho. El capitalismo antropológico es Beethoven componiendo la Quinta sinfonía, mientras que el capitalismo monetario es el disco de Beethoven que te compras para disfrutarlo en tu casa. La diferencia es que el segundo funciona dentro de un mercado y el primero, no. Un mercado que, ojo, no tiene por qué ser pernicioso. 

- ¿Hay alguna palabra para darle nombre a esa falta, a esa constante ausencia que se debe rellenar?

- En el libro la llamo simplemente “la falta”, aunque no es una falta moral. También utilizo otro término para definir los procesos y objetos con los que intentamos llenar esa falta, que es el de “prótesis”. Construimos prótesis de una falta que paradójicamente nunca ha existido. Nunca ha existido eso que intentamos sustituir. Es como si nos empeñáramos en ponernos una prótesis de plástico para un brazo que nunca tuvimos. Lo interesante aquí, quizá, es que todas las utopías también hablan de que hay una falta, pero el pensamiento utópico propone que esa falta sí podría ser llenada algún día. El capitalismo antropológico, en cambio, como se basa en sistemas complejos e irreversibles, dice que esa falta nunca podrá ser colmada.

- ¿Es posible calmar esa constante sensación de ausencia? En un momento del libro habla sobre la posibilidad de crear una “cultura de la falta”.

- No lo sé, pero desde luego tengo muy claro que intentar calmar esa sensación es inútil, esa falta siempre va a estar ahí. Además, los capitalismos monetario e infinitesimal están jugando en el sentido contrario. Ambos capitalismos están creando cada vez más ansiedades. En un momento del libro hablo del “emocapitalismo”, un tipo de capitalismo que nos asegura que satisfaciendo nuestras emociones estaremos tranquilos, aunque eso nunca se logre.

- Como acaba de mencionar, en el libro distingue otros tipos de capitalismo. Uno de ellos es el “capitalismo de tiempo infinitesimal”, el cual, dice, se crea por la suma de dos factores: la digitalización de la realidad y el big data. Es especialmente interesante el punto en el que habla de cómo conforma nuestra identidad, ya que crea subjetividades extensas que van más allá del cuerpo material y físico.

- Exacto. Lo que llamo capitalismo infinitesimal se desdobla en dos vías. Por un lado, una identidad estadística y visible que puede ser, por ejemplo, aquello que yo puedo leer sobre mí cuando escribo mi nombre en Google. Pero por otro lado, hay una identidad estadística no visible, oculta. Por ejemplo, ahora mismo nuestros nombres están circulando y operando por redes que no podemos controlar. Esta es la gran novedad para mí: por primera vez el ser humano tiene una identidad que ni ve ni controla, y que además nunca podrá llegar a ver. Esto hace, por cierto, que no se pueda señalar con el dedo a nadie, que no se pueda culpar a nadie.

- Por eso en un momento del libro llega a decir algo así como: “¿Quién conforma nuestra identidad? Nadie y todos al mismo tiempo”.

- Claro, antes las sociedades podían señalar con el dedo a alguien: a los dioses, al Estado, a las grandes corporaciones… Pero hoy, al producirse tal fusión de datos manejados por algoritmos, el yo estadístico no se crea por un ente en concreto, sino por un sistema complejo, y como es un sistema complejo no es posible culpar a nadie en específico.

- Una idea que defiende durante todo el libro es que el yo va más allá del cuerpo físico y material. Argumenta, de hecho, que nuestros restos biológicos también conforman nuestra subjetividad.

- Sí, y esto es algo que a veces perdemos de vista. Mi idea es que los cuerpos son sistemas deslocalizados. Nosotros no estamos solo aquí, en nuestro cuerpo, sino que estamos en todos los lugares en los que hemos estado alguna vez, allá donde hemos dejado algún residuo. Hablo de residuos físicos, pero también de residuos simbólicos. Yo estoy en China ahora mismo si me he comunicado con alguien que vive allí. Algo de mí está allí.

- ¿Cómo afecta el yo que se conforma en la red al yo físico?

- Afecta mucho, porque hay un momento donde estos yoes estadísticos condicionan lo que hacemos en la vida física. Veo una retroalimentación clarísima entre ambos mundos. Yo en mi vida física sigo comportamientos de compra y venta de cosas según lo que me dice la red. Por ejemplo: si, a través del big data, a alguna empresa se le ocurre que a mí me puede interesar el cine chino, aunque en principio no me llame la atención, es posible que al final acabe interesándome por él.

- Pero esto es algo que también hace la publicidad en la televisión convencional, ¿no?

- Totalmente, aunque hay una diferencia: a pesar de que la gente piense lo contrario, la publicidad es lo más honesto que hay. La publicidad te dice desde el principio que es publicidad, pero, cuando te llega cierta información a través de una red social, no se te está diciendo que eso es publicidad, sino que te lo quieren hacer pasar como real. Ahí está el matiz.

- ¿Alguna vez ha intentado recopilar o investigar los datos sobre usted que circulan por la red? Me refiero a indagar en ese yo oculto que describe en La forma de la multitud.

- No, no, nunca… Me parece una tarea infinita, y además me da miedo pensar lo que ahí podría aparecer.

- ¿Cómo se relaciona ese emocapitalismo —o capitalismo de las emociones— que comentaba antes con el capitalismo infinitesimal?

- El capitalismo de tiempo infinitesimal nos garantiza que podemos satisfacer nuestras emociones en tiempos infinitesimales. Es decir, que lo que queremos lo podemos tener ya, que nuestros deseos pueden ser concedidos aquí y ahora. Como el capitalismo infinitesimal opera en tiempos tan cortos, todo lo que queramos puede ser concedido en el momento. Esto es súper potente, pero con ello se crean mentes infantilizadas. Un niño es aquel que les pide a sus padres todo y lo quiere ya, en el momento. El capitalismo infinitesimal hace lo mismo con los adultos: nos hace creer que todo lo que deseamos nos puede ser concedido inmediatamente.

- En un momento de La forma de la multitud escribe que el capitalismo no ha hecho más que empezar, que este se halla en una de las primeras etapas de su recorrido. ¿Qué futuro le augura?

- Mi opinión es que el desarrollo del capitalismo es un proceso infinitamente expansivo. Esto sucede, creo, porque hemos dejado que el capitalismo antropológico derive en esos otros capitalismos que son ya puramente extractivos y monetarios. Aunque identifico una paradoja aquí: la sociedad parece que está peor que nunca, pero sin embargo nunca hemos vivido mejor que ahora. Eso es lo que hace que no queramos detener los procesos de ese capitalismo tan extractivo que comentaba.

- Pero aunque estemos mejor que nunca, es fácil localizar un malestar psíquico notable en muchas personas.

- Sí, pero precisamente por eso que hemos hablado. Nos han vendido que todo lo que deseamos puede ser concedido aquí y ahora, y cuando vemos que eso no puede ser, entonces aparece esa ansiedad. Todo viene por un no aceptar la falta. Este asunto lo hablo en el libro cuando me refiero a Lacan y a la imposibilidad de la relación sexual. El ser humano, como consecuencia de tener un lenguaje, nunca puede establecer una relación totalmente par y simétrica con el otro. Ahora bien, en vez de aceptar esta imposibilidad, intentamos suplir este problema con diferentes prótesis. De ahí que inventemos el amor y el enamoramiento, por ejemplo. El problema viene después, cuando el mercado se da cuenta de que ahí tiene un filón y entonces dice: “Vamos a intentar llenar esa insatisfacción dándote todo lo que desees”. Pero, claro, como ese hueco nunca podrá ser llenado, aparecen la insatisfacción y la frustración.

- Y ahora es cuando surge la cuestión ya clásica: esa famosa frase atribuida a Frederic Jameson, que menciona en el libro, que dice aquello de “es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo”.

- Concuerdo totalmente con la frase de Jameson. No lo podemos saber a ciencia cierta, claro, pero las pruebas indican que ese es el camino.

Periodista. Ha escrito para medios como Colofón Revista Literaria, Perfiles o Viajar, entre otros.