La tierra de más lejos que nunca

Viaje a San Fernando de Apure, en el interior de Venezuela, donde las fuerzas del orden cultivan el desorden y la tragedia se vive con gracia.

San Fernando de Apure
Puesto de pescado callejero en San Fernando de Apure (Venezuela). JUAN BRICEÑO
Puesto de pescado callejero en San Fernando de Apure (Venezuela). JUAN BRICEÑO

No es del conocimiento popular que la estatua de San Fernando, creada por Wascar Jaspe en la década de los noventa, evoca la figura del rey español Fernando III, quien llevó sobre su cabeza la corona de Castilla y León y reconquistó gran parte de Andalucía y Murcia en el siglo XIII, según relata la historia. Una gran aureola se posa sobre su rostro de granito blanco. Erguido, con la espalda recta, empuña una espada en su mano izquierda, y el mundo en su derecha. A sus pies, en una placa, se lee en letras desgastadas: “El Gobierno y el pueblo de Apure rinden homenaje a quien fuera inspiración de Fernando Millare, para darle el nombre a esta ciudad, en memoria a sus virtudes y su fidelidad cristiana y ejemplo de justicia y amor por su pueblo”. 

Su mirada, desde las alturas, vigila la localidad de San Fernando, capital del estado de Apure, corazón de la llanura venezolana. Pese a su condición de capital, sería un error presentar a este núcleo urbano como ciudad; es, más bien, un poblado grande, de anchas casas y uno que otro edificio chato de tres o cuatro pisos, de avenidas agrietadas que años atrás no se daban abasto, y en las que ahora solo se ve uno que otro carro, de talleres, farmacias, puestos de comidas, ferreterías y tiendas de insumos de ganadería y productos para la agroindustria, en su mayoría vacíos, con uno que otro cliente, con sus honrosas excepciones, que también las tiene.

La estatua de San Fernando, símbolo de San Fernando de Apure. FLICKR/AXOBEN BASTIDAS CC BY 2.0
La estatua de San Fernando, símbolo de San Fernando de Apure. FLICKR/AXOBEN BASTIDAS CC BY 2.0

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Casas con puertas y ventanas selladas con bloques. Casas abandonadas, a su suerte, algunas con un cartel de “Se vende” derruido por el tiempo que ya nadie se para a leer. ¿Y los dueños? Muertos. ¿Y los hijos de los dueños? Lejos, en otras tierras, en un país lejano, buscando, quizá, una vida más justa. Casas que son devoradas por la maleza. No solo casas, también carros viejos que fueron dejados en algún terreno baldío, construcciones a medio acabar e, incluso, las orillas de las carreteras. Todo se lo come la maleza. Un pueblo marcado por un paisaje de vigas huérfanas, los despojos, el abandono.

Sin embargo, aquí y allá se encuentra algún que otro edificio nuevo, construido “a los rialazos”, y que pertenece a esos pocos que se han dedicado a robarle a los muchos. ¿Y el Gobierno? Bien, gracias. Por ahí andan, en campaña, tres 4Runner blindadas, último modelo, seguidas de todo un comité de motorizados raquíticos que lanzan gritos e improperios a nombre de la revolución.

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Por las carreteras ya no se ven casi carros. Motos sí. También caminantes. E, incluso, carretas llevadas por burros o caballos. ¿En qué año estaremos?

“¿A cómo el litro de gasolina?”. “A uno punto cinco”. Bolívares no, dólares. Aquí mandan los billetes con la cara de Washington, Hamilton, Jackson o Franklin. Los otros, los que traen a los próceres de esta patria, no se ven mucho. Es curioso, incluso, cómo hasta los billetes hablan.

Años atrás, un litro de gasolina era más barato que un litro de agua, más barato que un chicle, más barato, incluso, que respirar. Era un claro síntoma del derroche de un pueblo acostumbrado a producir petróleo como quien saca agua del mar. “Éramos ricos y no lo sabíamos”. Es una frase que se escucha mucho.

Para conseguir gasolina a un mejor precio hay que hacer una cola de varios días. Eso es también parte del paisaje: una fila de carros parados al borde de las calles, como una serpiente que se muerde la cola. El Gobierno, astuto, no permite que las filas inicien al lado de la estación de servicios, sino una cuadra más allá, como si con eso ocultara lo que es obvio.

Camiones abandonados en San Fernando de Apure, Venezuela. JUAN BRICEÑO
Camiones abandonados junto a la carretera en San Fernando de Apure. JUAN BRICEÑO

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Aquí mandan los rojos y los verdes. Rojo es, por cierto, el apellido de una familia árabe, llegados de quién sabe dónde, quién sabe cuando, pero que de un tiempo para acá —“Hará cosa de dos años”, dicen— son los mandamases del pueblo. Rojo es, también, el color del partido gobernante, claro. Verdes son los dólares, las “divisas”, como les dicen, un eufemismo aprendido por el miedo, porque años atrás el partido de Gobierno maldecía el imperio norteamericano y prohibía los dólares. Desde entonces, la palabra es tabú. Verdes son, también, los uniformes de los militares, omnipresentes. Se les ve siempre en las bombas de gasolina, los esbirros, son ellos quienes deciden quién entra y quién sale, quién puede y quién no. Las fuerzas del orden siempre aúpan el desorden, es parte de las contradicciones de estas tierras.

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Por cinco días continuos, con todo y sus noches, una motobomba expulsó agua de la urbanización Llano Alto, una de las más high de San Fernando de Apure. Llano Bajo hubiese sido un nombre más apropiado, claro, ya que fue construida en lo que solía llamarse la esquina chupulún, porque treinta años atrás no había urbanización, sino una laguna en la que más de un carro se había ahogado luego de colearse en la curva, y al caer al agua hacían así, chupulún.

Hoy la laguna reaparece tras cada chaparrón: los alcantarillados están tapados, el sistema de drenaje en el mismo abandono que el resto del pueblo. Algunos no han podido salir de sus casas en varios días, otros, los que tienen camionetas 4x4, lo intentan. Varios vecinos han sacado canoas de quién sabe donde, y se graban recorriendo la urbanización a punta de remo. Se ha hecho viral un video en TikTok en el que uno de los residentes hizo un montaje de un caimán navegando la urbanización. Aquí la tragedia se vive con gracia.

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Según el docente e historiador Argenis Méndez Echenique, el nombre Apure viene de una voz indígena que significa “La tierra de más lejos que nunca”. Aunque el origen del nombre todavía se discute, esta es una acepción que le va bien: Apure es una tierra lejana, de llanuras infinitas, verdosas en invierno, secas en veranos, donde el hombre ha vivido, desde tiempos inmemoriales, de la agricultura y la ganadería.

Llano adentro, los niños aprenden primero a enlazar un caballo que a multiplicar o dividir. Aprenden, también, los cantos de los ordeñadores, esos que la tradición oral ha pasado de una generación a otra, los cuentos de El Silbón y La Sayona, y aquella épica historia de cuando Florentino desahució al diablo a punta de coplas.

Aquí se siembra maíz, yuca, plátano, guanábana, patilla, sorgo, lechosa; se pesca en ríos, caños y lagunas; se hace queso de vaca y de búfala y se aprovecha cada uno de los recursos de la sabana. Luego viene un camión que se lo lleva todo lejos, muy lejos. La abundancia rara vez le queda a quien trabaja la tierra.

Un hombre lleva trozos de carne en una finca de San Fernando de Apure. JUAN BRICEÑO
Un hombre lleva trozos de carne en una finca de San Fernando de Apure. JUAN BRICEÑO

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“Esto se lo llevó quien lo trajo” es otra de esas frases que se repiten mucho en Venezuela. Antes los rojos culpaban a los azules, y los azules a los rojos, pero tras más de 20 años de la misma pelea la gente se ve cansada. Culpables siempre hay en la televisión pública, en las emisoras radiales y en cualquier otro medio de comunicación, pero aquí, en la calle, la cuestión ahora es otra.

Claro que hay quienes todavía viven anclados a su extremo, quienes apoyan a un bando u a otro desde el fanatismo y son capaces de ignorar los buenos días del vecino si este apoya una tolda distinta. Sin embargo, estos ahora parecen ser los menos. No es solo una impresión, ya el Instituto Delphos publicaba en julio de 2021 una encuesta en la que se arrojaba el siguiente dato: el 75% de los venezolanos cree que uno de los motivos por los que no se ha producido ningún cambio en el país es porque los políticos dan prioridad a sus propios intereses. El ciudadano promedio también hace lo propio: se enfoca en trabajar, en vivir, al margen de la política, al margen de las desgracias.

Se ve aquí, en esta acera, donde cada tarde vienen a jugar dominó estos señores en sus cuarentipico, en sus cincuentipico, gozando del relajo, lanzando las piezas con fuerza como si en cada turno quisieran reventar la mesa, riendo y echando cuentos de otros tiempos. Cada tarde, “desde que comenzó la pandemia”, dicen. Ahora juegan apostando dólares, pero en otro tiempo, cuando había que esconder las divisas, jugaban apostando con pago móvil, un sistema de transferencias bancarias creado para paliar la crisis del efectivo: en este país la devaluación se come el cono monetario de desayuno, y hasta el billete de mayor denominación terminaba valiendo lo mismo que nada.

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El tapabocas es una elección personal. Hay quien los usa de a dos o tres, y quien no lleva ninguno. Es normal que los trabajadores de distintos comercios atiendan a quien llega sin siquiera amagar en usarlo. Las ferreterías, tiendas de celulares y de ropa ahora tienen también estantes con comida, así se hacen pasar por un local de insumos de primera necesidad y sortean las restricciones gubernamentales. Esto es lo que suelen llamar viveza criolla.

Es lo normal en un país como este: en Venezuela hace mucho que se alcanzó lo que los griegos llamaban la autarquía, el gobierno de uno mismo. Y es que son pocos los que en este paraje remoto del mundo se atrevan a pensar en el Estado como un ente que está ahí para mejorar sus condiciones de vida, para proteger o salvaguardar, de alguna manera, los intereses de sus ciudadanos. Aquí el Estado es un obstáculo a ser superado, y la ley la hace cada quien, dentro de los límites de lo posible.

Un árbol en una zona de campo en San Fernando de Apure, Venezuela. JUAN BRICEÑO
Un árbol en una zona de campo en San Fernando de Apure, Venezuela. JUAN BRICEÑO

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San Fernando, y en general todo Apure, es un pueblo de profundas convicciones religiosas. Protestante en su mayoría, aunque si se busca bien puedes encontrar hasta dos iglesias católicas, grandes, imponentes, que se alzan por el pueblo con arrogancia, pero que, en términos generales, son la excepción en una tierra que Lutero hubiese andado gustoso.

Aquí no se habla mucho de feminismo, tampoco de derechos LGBTI. Para entrar a la iglesia, la mujer debe llevar un velo; no puede ir en pantalón, solo en falda. Las restricciones cambian según el templo, también según la zona.

Cada domingo, los hombres sacan su mejor atuendo para comulgar: camisa y pantalón largo, aunque también hay quienes acompañan esto de saco y corbata, uno los ve por las calles, andando a paso lento, bajo el sol abrasante. Tanto da el calor cuando el objetivo es agradar a Dios.

Lo importante, sin embargo, no son los atuendos. Aquí la iglesia es una forma de hacer comunidad, de comunicarse y llegar a acuerdos, un espacio para hablar de sus carencias y sus necesidades, y las maneras de resolverlas desde la comunidad. Esos que están junto a ti en el templo, son tus hermanos.

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Los que no comulgan en el templo, lo hacen en la cancha, en el parque, en la calle, muchas veces con unas cervezas de por medio. No podría decir que esto es mejor o peor que lo otro, solo que es, que las comunidades se construyen en distintos espacios, desde convicciones distintas, siempre que haya respeto por el otro. Los descarriados, aquellos que se han alejado del amor de Dios, usualmente también creen en Dios, no cuestionan su existencia ni lo disputan desde el ateísmo o el agnosticismo, solo han optado por los llamados placeres mundanos.

Aquí, por ejemplo, Los Bloques se enfrenta a Los Tamarindos en un partido de voleibol. Las gradas están full, sin que nadie se pregunte por el distanciamiento social. Los alrededores de la cancha se los come el monte, y la cancha misma se ve vieja, desgastada, aunque funcional, todavía. Hay cornetas y música, también un narrador que le pone sazón a cada jugada. Pero hay, sobre todo, celebración colectiva, como si nadie apoyara a un equipo u otro, sino el juego mismo, la emoción del partido, del estar aquí, reunidos, en esta hora, comulgando.

En medio del partido se dan reencuentros. Una novia toma la mano de su novio, primos que se consiguen, madres que gritan los nombres de sus hijos, risas de un grupo de jóvenes que relatan sus últimas hazañas amorosas, y así, los de acá saludan a los de allá, y los de acullá hacen señas a los de acá, y luego los gritos cuando uno de Los Bloques remata el balón con fuerza, solo para que lo rescaten desde el otro lado de la cancha, se alza la pelota en el bastión de Los Tamarindos, y aquí va este joven, alto, delgado, de tez morena, que se alza por el aire y revienta la palma entera contra la pelota: el punto es indiscutible.

También lo es la alegría.

Periodista.

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