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Sin disfraz no hay carnaval en Barranquilla

Un recorrido por las tradiciones de la fiesta popular más importante de Colombia, declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.

Disfraz de la Danza del Golero, uno de los bailes tradicionales del carnaval de Barranquilla. CHARLIE CORDERO

El sol aprieta, pero la fiesta no afloja. Niños, adultos, jóvenes, ancianos, pobres, ricos, negros, blancos, locales, foráneos; todos abrazan el ritmo de la calle. Una calle atestada de gente. Es carnaval. Y estamos en Barranquilla.

Cada año, entre febrero y marzo, durante cuatro días, esta ciudad costera acoge la mayor fiesta popular de Colombia. Un carnaval que casi le tose al de Río de Janeiro: hasta 2,5 millones de personas puede congregar este evento, reconocido en 2013 por la Unesco como Obra Maestra del Patrimonio Oral e Inmaterial de la Humanidad.

Pese a las cifras mareantes, pese a los reconocimientos institucionales, el carnaval de Barranquilla no pierde su condición popular: nació del pueblo, al pueblo se debe. Su origen es remoto. Se remonta a la época colonial, a las fiestas de esclavos, quienes tomaban las calles con instrumentos y atuendos especiales, cantando y bailando, mezclando los ritmos de su África natal con los de su nuevo mundo. Una celebración de la vida, un momento de desahogo entre el rigor, una juerga que recogía el testigo de aquellas saturnales romanas.

En el siglo XIX, la fiesta ya estaba oficializada. Hoy, el carnaval de Barranquilla sigue celebrando la herencia de las tres culturas que le dieron origen: la indígena, la africana y la española. Un espíritu mestizo presente también en la banda sonora de la fiesta. Vallenato merecumbé, champeta, mapalé o salsa son algunos de los ritmos practicados por las comparsas que participan en eventos multitudinarios como la Batalla de Flores, la Gran Parada de Tradición y Folclor o el Festival de Letanías.

Bailarines de mapalé practican antes de la Gran Parada Carlos Franco del carnaval de Barranquilla. C. C.
Participante de la Danza del Congo de Baranoa. C. C.
Público del carnaval de Barranquilla, en uno de los desfiles. C. C.
Un joven bailarín lleva su disfraz de la danza de Los Coyongos. CHARLIE CORDERO
Jordan Cantillo, integrante del baile de los Diablos Arlequín de Sabanalarga. C. C.

Y, en el centro de toda la fiesta, el disfraz. Ahí está la esencia, ahí estalla el carnaval y, por ende, su histórico poder de resistencia.

El disfraz identifica a las comparsas más tradicionales del carnaval de Barranquilla, como Las Farotas de Talaigua, Los Micos y Micas Costeños de Soledad, Selva Africana de Galapa, Las Negritas Puloy de Barranquilla y Los Burros Corcoveones de Baranoa, entre otras.

Y el disfraz es, también, una experiencia que transforma a cada individuo. Al fin y al cabo, es lo que uno se pone encima para soltar otros pesos interiores. Estar disfrazado es vivir lo que uno soñó, con todo lo que eso conlleva: el acto de transfigurar, de convertir, que siempre deja una huella, como toda metamorfosis. Es el escenario más sincero, alejado de toda pompa, antes de ir a posar para las cámaras.

Director de la danza de los Micos y Micas Costeños de Soledad. C. C.
Cuatro integrantes del baile Goleros esperan a sus compañeros para ensayar. C. C.
Integrante de la Selva Africana, una danza con más de 50 años de historia y origen rural. C. C.
Bailarines de la comparsa Caníbales Emplumados del barrio Las Nieves se preparan para desfilar. C. C.
Detalle del disfraz de Las Negritas Puloy. C. C.
Tarjeta de identificación de un integrante del Toro Grande de Rebolo. C. C.
Un niño con el disfraz de burro, típico del carnaval de Barranquilla. C. C.
Participantes de la danza de Los Coyongos en Soledad se preparan para ir al desfile de la Batalla de las Flores. C. C.
Un niño disfrazado de Drácula antes de un desfile en Baranoa. C. C.
Javier tiene 14 años y baila desde hace cuatro en el carnaval. C. C.
El disfraz del Congo, uno de los más antiguos del carnaval de Barranquilla. C. C.

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Las Negritas Puloy

Integrantes de la compañía Negritas Puloy ayudan a una bailarina a colocarse el disfraz. C. C.

Cuentan que Mama Naty las vistió de pies a cabeza para que no supieran quiénes eran: eran Natividad López de Altamar y sus hijas, cubiertas todas, que se disfrazaron de ellas mismas para poder entrar a las casetas y las verbenas del Carnaval, que hasta los años ochenta eran prohibidas para las damas sin compañía masculina. Se disfrazaron de mujer, trusa negra infinita, falda roja y máscara de tela, también negra.

—Entraban y vacilaban, pero con careta —cuenta Isabel Muñoz, la nueva matrona de la comparsa, casi 35 años después, mientras está sentada en su casa, en el populoso barrio Montecristo de Barranquilla, vecino del Barrio Abajo.

Es Isabel, nuera de Mama Naty, la que ahora comanda a las negras que reparten besos, y cuya fuerza atrajo a otras tantas mujeres que dejó de ser un disfraz colectivo para convertirse en comparsa de tradición popular: la única eminentemente femenina nacida en Barranquilla, en un acto de auténtica rebeldía. Las Negritas Puloy.

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La Fauna

Eyker, Camilo y Keyner, disfrazados de animales, en la carretera entre Baranoa y Sabanalarga. C. C.

—¿Qué hacían allá tirados?

—Descansando.

Son un lobo y dos toros. Camilo, de 12 años; y Eyker y Keyner, de 14. Es el domingo antes del carnaval y los tres niños han pasado todo el día convertidos en fauna y tirándose a los carros que pasan, a los buses llenos de gente, a los pocos transeúntes que se atreven a caminar en esa vía sin andén. A todos les piden plata. Como paramos, nos piden el chance (que los llevemos). Aceptamos a cambio de las fotos y de que nos cuenten su historia. Hay trato.

—Una señora nos alquila los disfraces a 2.000 pesos.

—Yo cojo la plata para comprar las libretas.

—Yo llevo 4.000.

—Yo 6.000.

—Yo 9.000.

Estamos en la carretera que de Barranquilla conduce hacia Sabanalarga, un municipio a hora y media de Barranquilla. Los recogemos más allá que acá, llegando al pueblo. Todos hablan al tiempo.

—¿Y sus papás no les dicen nada? —pregunto.

—Sí, a mí sí.

—A mí no. Yo también bailo cumbia.

El viaje es muy rápido, así que la entrevista se acaba. Antes hemos hecho las fotos. Todo está saldado. Fue divertido llevar a tres animales parlantes en el asiento de atrás.

La fauna del carnaval está en todas partes. Es un todo que se puede tomar por sus partes. Son lobos, toros, jirafas, burros, gusanos, ciempiés, gorilas. Encontrarlos es fácil, pero solo en ciertos lugares y en determinados momentos. Se han ido extinguiendo poco a poco en las calles de Barranquilla, que ahora son más urbes que escenarios naturales donde estos animales pueden pasear.

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Los Burros Corcoveones

Cabezas de burro bravo para el carnaval de Baranquilla, en Pital de Megua. C. C.

Hoy, los burros más famosos del departamento de Atlántico son los de Adolfredo Llanos. Tiene un centenar y cada año los viste con hilos de tela. Antes eran negros, grises y blancos, imitando la piel del animal, pero ahora le dio por hacerlos multicolor. Los cose en el taller que tiene en su casa, en Pital de Megua, a 40 minutos de Barranquilla.

—Llevamos años estudiando el pelo —dice.

Adolfredo estudió Artes Plásticas y por eso él puede dar vida a los burros más lindos de todo el carnaval de Barranquilla. Porque la gente dice que Adolfredo hace burros lindos, y que estos, los corcoveones, genuinamente lo son.

—¿Cómo logra que tantos niños quieran disfrazarse de burro, cuando parecía que ya nadie quería hacerlo?

Ante la pregunta, se descompone de la risa.

—Aquí, en Pital, los pelaos, todos, se quieren disfrazar de burro —responde—. Al contrario, aquí toca decir que ya no puedo recibir más. ¡Todos quieren estar en el burro corcoveón!

En la periferia, en los pueblos, el carnaval tiene otras dimensiones y todavía es bastante más artesanal que en Barranquilla. En una localidad como Pital todo parece más fácil: las danzas no requieren esfuerzos mayúsculos para no desaparecer porque no hay saturación y los niños no están tan tentados por el celular, ni por el Nintendo Switch, ni por el TikTok. Frente a la escasez de otros estímulos, nada se compara con ponerse un disfraz.

Fotógrafo documental. Su trabajo ha sido publicado en medios como The New York Times, The Washington Post, National Geographic, The GuardianVanity Fair, El Espectador, El Tiempo y El País, entre otros. Integrante del colectivo fotógrafico y audiovisual Reojo.