Ideas

Una señal desde Guinea Ecuatorial

El único país hispanohablante de África apenas existe en el imaginario de España y Latinoamérica. ¿Qué provoca ese ostracismo?

Guinea Ecuatorial, el único país de África que habla y piensa en español. ELENA CANTÓN

Guinea Ecuatorial, único país africano que habla y piensa en español, ha sido relegada, desde su independencia en 1968, a un ostracismo por parte de España que la ha ocultado del resto de comunidades hispanohablantes del mundo, y que ha sido aún más notorio para mí desde el momento en que se me incluye entre los 25 mejores escritores jóvenes en español de la prestigiosa revista Granta, siendo el primer africano en hacerlo.

Ya antes de presentar mi candidatura a la lista de Granta sabía que, debido a su minúscula extensión y por encontrarse rodeado de países francófonos, esta antigua colonia española era muy desconocida fuera de sus fronteras. Pero no ha sido hasta ahora cuando eso se me ha hecho especialmente evidente. Asombra la cantidad de latinoamericanos y españoles que se han puesto en contacto conmigo a través de alguna de mis redes sociales para hacerme infinitas preguntas sobre mi tierra, pues, como la gran mayoría afirma, no sabían absolutamente nada sobre un país africano de la zona subsahariana que tuviese el español como lengua oficial y, mucho menos, una herencia literaria capaz de hacerse un hueco en una revista como Granta.

La comunidad internacional que conoce Guinea Ecuatorial lo hace actualmente, sobre todas las cosas, por su petróleo. Este ostracismo al que ha sido relegado mi país ante el mundo es realmente angustioso en los tiempos que corren, sobre todo para los jóvenes ecuatoguineanos inquietos de mi generación, llenos de proyectos ambiciosos que apenas transcienden de nuestras fronteras, por la falta de una red de conexión con el resto de territorios de habla española. Camerún y Nigeria tienen monopolizada la zona donde se encuentra Guinea, obstaculizando la apertura de proyectos al resto de comunidades africanas, antiguas colonias inglesas, francesas, belgas y portuguesas. Por eso ese aislamiento hace tanto daño a Guinea Ecuatorial, pues, salvo con Cuba, las relaciones entre Guinea Ecuatorial y el resto de países latinoamericanos no son muy estrechas, así que es difícil que estos se nutran de la particularidad de este pequeño territorio africano. Más allá de las cuestiones políticas, económicas o sociales, sobre todo, está el aporte cultural que puede brindar un país con tradición hispano-africana como es Guinea Ecuatorial.

Este ostracismo al que ha sido relegado mi país ante el mundo es realmente angustioso en los tiempos que corren, sobre todo para los jóvenes

Este desconocimiento, según varios historiadores ecuatoguineanos, puede ser debido a que, durante su época colonial y su autonomía, Guinea Ecuatorial fue tratada desde su metrópoli como “materia reservada”. El país africano desde donde España exportó ingentes cantidades de cacao, con ayuda de una presión internacional acalorada, obtuvo la independencia en 1968 de manera catastrófica, aunque pacífica. A pesar del intento del Gobierno español por seguir controlando clandestinamente sus antiguos dominios, las cosas no volvieron a ser como antes, y Guinea decidió hacer su camino al andar, mientras que España prefirió ignorarla durante varias décadas. Las relaciones entre los dos países se enfriaron sobremanera, y Occidente alejó los ojos de una nación que echaba a andar sin apenas conocerse a sí misma, ni al resto de países hispanohablantes que tan lejos estaban del continente africano. Fue entonces cuando Guinea pasó a formar parte del grupo de países no alineados y a priorizar sus relaciones con estados comunistas como Corea, China, Cuba y Rusia, por lo que su desconocimiento por parte del pueblo español se agigantó un poco más. Estoy seguro que, si las relaciones entre Guinea Ecuatorial y España fuesen más estrechas por el pasado común, la sombra de este desconocimiento dentro de la comunidad hispanohablante no sería tan alargada, puesto que la naturaleza singular de este rincón de África provocaría curiosidad y un efecto bastante positivo.

La realidad de Guinea Ecuatorial es tan intensa, interesante y única que necesita ser contada

Muchas veces se quiere definir a Guinea Ecuatorial como un “copia y pega” de España, ya que la influencia de la antigua metrópoli es notoria en diversos ámbitos, más allá de la lengua. El impacto del franquismo se aprecia en las formas de nuestro primer presidente, Francisco Macías, y la huella española se percibe también en la expresión artística en todos sus campos, los deportes y un amplio etcétera. Sin embargo, la realidad de Guinea Ecuatorial es tan intensa, interesante y única que necesita ser contada. Es por eso que en mis obras trato de recoger toda su singularidad: sus lenguas, sus acentos, sus costumbres, su historia, sus caídas y sus levantadas, las formas tan particulares que adoptan mis personajes dependiendo de a qué etnia pertenecen, así como los problemas internos existentes entre todas ellas y que algunos deciden ignorar.

En mi novela El albino Micó (Létrame, 2019) cuento la enemistad existente entre dos etnias históricamente separadas por motivos políticos y culturales, los bubis y los fangs, para dar visibilidad a un asunto que atañe a todos los guineanos, independientemente del calado internacional que tengan. Los malentendidos interétnicos son una realidad en todos los países del mundo donde existe esta separación. En el caso de estas dos etnias de Guinea, se podría decir que España y su afán por tener un pedacito de África, tras siglos poniendo su atención en América, tiene parte de su responsabilidad por cómo se llegó a unificar nuestra nación. Las ansias de tener “algo” propio en África llevó a España a juntar a varias etnias, algunas enemistadas por siglos y otras desconocidas, con formas de pensar, vivir, rezar, sentir también diferentes, a jurar ante una bandera que, sin tiempo a conocerse entre todos, echaron a “caminar en la senda de una inmensa felicidad” que realmente no existía y que ocasionó, en parte, la mala autogestión del país.

Tanto en Barlock: los hijos del gran búho (Amazon, 2018) como en Suspéh: memorias de un expandillero (Diwan Mayrit, 2020) abordo temas más costumbristas y explico cómo el petróleo que tanto ha mejorado Guinea Ecuatorial no ha terminado de beneficiar a todos los estamentos sociales, a pesar de que tenemos tan pocos habitantes y la suficiente renta per cápita (cuando el crudo estaba al alza) para resolver muchos de los problemas que actualmente padecemos.

Será inevitable que Guinea Ecuatorial trascienda entre los países hispanohablantes por su naturaleza, su juventud y su rico bagaje artístico

En definitiva, el desconocimiento de este pequeño país de África es el producto agregado de muchos factores: políticos, económicos, sociales y culturales. Históricamente, Guinea Ecuatorial y España están condenadas a entenderse. Sabemos todos lo difícil que es tapar el sol con un dedo y, tarde o temprano, sobre todo gracias a las marejadas que deja internet, será inevitable que Guinea Ecuatorial trascienda entre los países hispanohablantes por su naturaleza, su juventud y su rico bagaje artístico todavía no explotado.

A pesar de las peripecias que supone hacerse un espacio en el competitivo panorama global del mundo de las letras, del arte y la cultura, hoy están emergiendo voces jóvenes que quieren poner a Guinea Ecuatorial en el mapa del mundo hispanohablante. Yo soy de esta generación, y existen muchísimos otros con más talento y potencial, pero sin los recursos y espacios necesarios para su visibilidad.

La ausencia de editoriales locales, el costo elevado de la autoedición y el desconocimiento en el exterior de Guinea Ecuatorial hacen a priori que un escritor nacional sea poco atractivo. Nuestro contexto sociopolítico representa en ciertos aspectos un agravante en cuanto a la vulgarización y difusión de nuestras producciones literarias y artísticas. La falta de museos, librerías, cines, teatros y muchos espacios culturales más allá de los tradicionales centros culturales español y francés hacen que sea muy difícil superar esta situación que se lastra en el tiempo.

Escritor, profesor y productor audiovisual. Autor de Barlock: los hijos del gran búho (2016), El albino Micó (2019) y Suspéh: memorias de un expandillero (2020). En 2021 la revista Granta lo incluyó en su número dedicado a Los mejores narradores jóvenes en español.