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Messi, last dance

El capitán argentino firma un Mundial inolvidable: ocho goles, otra final y un último baile a la altura de su leyenda.

Buenos Aires
Lionel Messi, durante el partido de octavos de final entre Argentina y Egipto en el Mundial de 2026. BRYAN BERLIN

Fort Lauderdale, lunes 30 de septiembre de 2025. Calor canicular, pegajoso. Desde las tribunas tubulares de un estadio que parece montado el día anterior, este cronista observa un partido de fútbol singular, ligeramente extravagante. Es un duelo vulgar, casi farsesco, y la defensa del equipo local, el Inter Miami, es un colectivo de teatro under en su primer día de ensayo: desnortado, caótico, sin saber el guion. Reciben goles como si viniesen con su salario. Pero lo que más llama la atención es el comportamiento de su número 10, el hombre que cada vez que toma la pelota, que no son muchas, despierta gritos exaltados entre el variopinto público que vino a verlo: Lionel Messi. Insular y cabizbajo, camina la cancha, pierde la pelota y se lo nota contrariado. Tiene 38 años y ha ganado todo pero, aquí y ahora, parece un veterano transitando su retiro dorado. Termina el partido. Chicago Fire, el equipo rival, cuya figura, Rominigue Kouamé N’Guessan, es un volante marfileño cedido al club luego de ser suplente en el Cádiz de la Segunda de España, le asesta una goleada impiadosa. Gana 5 a 3. Messi, que no hizo ningún gol y pateó una sola vez al arco, se retira de la cancha ofuscado, sin saludar a nadie, ni a sus rivales ni al público ni a sus compañeros. 

Aún cuando su actuación es decepcionante, el público abandona el estadio tubular contento de haber visto de cerca al gran héroe global. La sensación que nos queda, de todas formas, es ambigua. Por un lado, la certeza de que Messi jugando así, en este nivel, suyo y de la liga en sí, difícilmente pueda destacarse en un torneo de elite, cualquiera sea éste. Por otro, aunque esto ya pertenece al terreno de las hipótesis, su empaque final, el hecho de enojarse como un niño incapaz de aceptar la derrota, nos da una luz de esperanza: todavía le importa mucho ganar, demasiado. Si es verdad que aún conserva el gen competitivo, entonces tal vez sí hay una esperanza de continuidad. Cualquiera sea su porvenir más próximo, acaso para no despertar expectativas, todavía no confirmó si jugará el Mundial.

Kansas, martes 16 de junio de 2026. Calor desértico. Pasaron ocho meses de aquella noche infame en La Florida y Argentina, con Messi de capitán, está por debutar en el Mundial de Estados Unidos ante Argelia. El recuerdo de su fallida actuación ante Chicago palpita en la memoria de este cronista que, como todos los aficionados, desde el palco de prensa se pregunta cuál será la realidad del crack rosarino: ¿Será capaz de reconvertirse, de jugar acorde a su leyenda y defender la gloria alcanzada en Qatar con dignidad? ¿O deberemos limitarnos a observar apenas el sedimento de su genio, una serie de partidos homenajes celebrados en el centro del mundo? Van quince minutos y no quedan dudas: a sus casi 39 años, Messi sigue siendo Messi. Aquel jugador que en septiembre deambulaba en una liga que parecía amateur es apenas una pestaña irrelevante en su larga e inolvidable aventura. Aquí y ahora, el 10 dice presente. Hace un gol (derechazo al ángulo), hace otro gol (de rebote), hace un tercer gol (como decenas de veces lo vimos en el Barça, acomoda la pelota de zurda junto a un palo, transmitiéndonos la sensación de que eso mismo lo podría seguir haciendo eternamente). El público delira. Hay 20 mil argentinos pero hay 30 mil hinchas de Messi, que por carácter transitivo hinchan por el campeón del mundo. Messi es Mickey Mouse: la figura cardinal de la industria del entretenimiento. Aquí, en la tierra de Donald Trump, avisa que vino a competir. Y competir, si Messi está bien físicamente, es sinónimo de diversión.

Nueva Jersey, domingo 19 de julio de 2026. Hay un sol que castiga. Es la gran final del Mundial. Ha pasado más de un mes desde el debut de Messi y de su equipo en el Mundial y su peripecia hasta aquí ha sido apoteótica. Quedó lejos aquel rumor sobre la muerte de su padre. Nadie, y menos aún si pusiéramos como parámetro aquel bochornoso partido de septiembre, podía imaginar que el genio de Rosario volvería a sorprender al mundo con un puñado de actuaciones que se trepan sin discusión a lo más elevado de su inigualable trayectoria. Su performance en la semifinal ante Inglaterra potenció aún más el amor incondicional que los fanáticos del fútbol global sienten por él. Cuando parecía imposible (perdía 1 a 0 a falta de cinco minutos), el crack del Inter Miami, que llevaba ocho goles en el torneo, cabalgó sobre el borde del área británica para habilitar primero a Enzo Fernández y luego a Lautaro Martínez y de ese modo alcanzar una victoria histórica. Ahora el rival es España, el equipo que mejor ha jugado hasta aquí. Los ojos del mundo se posan sobre la geografía del MetLife Stadium. Las estrellas de Hollywood lo observan desde el palco. Empieza el partido. Lo que sigue es historia reciente y conocida.

Dos horas más tarde, parado frente al pelotón de fusilamiento de la derrota, Messi lagrimea mirando a la hinchada argentina. Su cara es una catedral de dolor. Su congoja estruja los corazones de su gente y de todos: verlo así es como ver sufrir a Mickey: Messi forma parte de la cultura global, Messi alegra las infancias. Como ha sido una constante en él, aún arrasado, saluda y felicita a sus rivales. No hay en él, como sí lo hay en algunos de sus compañeros, comportamientos pendencieros: Messi acepta la derrota con hidalguía. Sentado -derrumbado- sobre el campo de juego, se levanta para darle un abrazo a Lamine Yamal. En ese saludo hay, quizás, un traspaso de antorcha.

Ningún destino está escrito, diría Joe Strummer, y menos el de alguien que tiene el mundo a sus pies, pero la lógica indica que el partido de ayer fue el último de Messi a nivel competitivo con su selección. ¿Qué fuerzas puede tener un jugador que ya lo ganó todo y, además, acaba de entregar su juguete más preciado? ¿Qué nuevos mares conquistar? ¿Los mismos, si ya fueron transitados? ¿Cómo seguir, además, si el grupo que se armó, su pandilla, muy probablemente también se desmantele, más aún si Scaloni, el técnico que mejor lo gestionó, también da un paso al costado?

Como sea, el último baile de Messi tuvo mucho, muchísimo más de lo que su edad, su estado competitivo previo, propio y de Argentina, parecían capaz de ofrecer. Ocho goles, algunos de ellos magníficos, y una renovada centralidad en la generación de juego hicieron que su paso por Estados Unidos haya aumentado su ya legendario reinado. Su magia, como la de Harry Potter, es conmovedora y eterna. También como la criatura de J. K. Rowling, ya no sabemos con cuál de sus múltiples sagas quedarnos. Todas nos ayudaron a crecer. Todas son inolvidables. 

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Periodista y escritor. Editor jefe de la revista digital La Agenda y colaborador de medios como La Nación, Rolling Stone y Gatopardo. Coautor de Fuimos reyes (2021), una historia del grupo de rock argentino Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, y autor de la novela Teoría del derrape (2018) y de la recopilación de artículos Nada sucede dos veces (2023).