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Una mancha de sangre en las pantaletas

En el pueblo wayúu, radicado entre Colombia y Venezuela, el paso de niña a mujer se vive como un acontecimiento.

Dos niñas wayúu, vistiendo los tradicionales ropajes de color rojo. FLICKR/TANENHAUS CON LICENCIA CC BY 2.0

Cuando Nareidis Helena vio la mancha de sangre en sus pantaletas, salió corriendo a buscar a su mamá. Pensó que se había pegado, o que algo se le había reventado por dentro, pero luego recordó que unos meses atrás dejó de ver a su prima por varios, muchos días, y que cuando la volvió a ver fue en la yonna, donde se apareció con una manta nueva y el pelo corto. Todos celebraban que se había convertido en mujer. Aunque Nareidis no comprendía qué significaba eso de ser mujer, vio a su prima más bonita y espigada. Una luz diferente iluminaba su rostro y algo diferente reflejaba su mirada. Le extrañó, sin embargo, que nunca más volviera a jugar con ella y los demás niños de la Ranchería Santana, ubicada en la península de La Guajira, en el extremo noreste de Colombia, hogar del pueblo indígena wayúu.

“Yo también me puse señorita”, pensó Nareidis, al tiempo que una mezcla de sentimientos encontrados le revolvían el estómago. Por un lado sintió pena de no poder seguir jugando, y por el otro sintió mucho miedo por lo desconocido. ¿Qué tareas extrañas colmarían las horas de sus días privándola del juego inocente y de la libertad? Al ver la dicha de su madre cuando se lo contó, y al vislumbrar en su sonrisa que había cierto orgullo familiar en lo ocurrido, hizo a un lado la angustia y se sintió 'como importante'.

Su mamá, Noemí, dispuso del rancho de su hermana para llevarla a vivir allá durante el ritual que haría que se convirtiera en ‘una buena mujer’. Colgaron un chinchorro muy alto y Nareidis tuvo que ayunar tres días, a la vez que bebía un brebaje de hierbas llamado jawuapi que le provocó vómitos y limpió por completo su cuerpo. ¿De qué? Ella tampoco lo sabía. Lo cierto es que confiaba en que este era un paso hacia una nueva vida.

Su abuela, doña Laura Arpushana, fue la encargada de bañar a Nareidis todos los días (y ojalá de madrugada, cuando hacía más frío, para que el agua fría limpiara el espíritu y templara el carácter de la niña). También le llevaba de comer, aunque poco. Nareidis soñaba día y noche con un friche (chivo frito), pero solo le era permitido tomar mazamorra o chicha y los ya mencionados jawuapis de hierbas especiales. Los primeros días creyó que moriría de hambre y que su estómago no se acostumbraría a tan poco. Se quejó con su abuela, que la miró desafiante a través de la ventana de su encierro y le dijo en wayuunaiki, la lengua nativa wayúu:  “Tres lunas no es nada. Ya verás. Mi encierro sí fue de verdad y duró un año completo. Me pusieron en un chinchorro alto, muy alto y me bañaban hasta tres veces en un día. Si yo pude doce lunas, tú podrás aprovechar estas tres."

A Nareidis le preocupó no poder ir a la escuela. “Abuela, no quiero perder clases.” Doña Laura sonrió y le dijo: “Todo lo que tienes que aprender en este momento de tu vida está dentro de ti, ten paciencia.” Nareidis se preguntó qué era la paciencia y cómo podía hacerla aflorar. “La paciencia llegará cuando aprendas a tejer”, le explicó su abuela. Entre las mujeres de su casta, Laura siempre ha sido de las que mejor dominan el arte de tejer. Sus primeras mochilas de una hebra las tejió durante el encierro, así como un chinchorro que aún guarda de recuerdo.

Tres meses encerrado pueden ser un suplicio para una preadolescente del mundo alijuna (no indígena), pero para Nareidis fue convirtiéndose poco a poco en una transformación. Además de hacerse consciente de que de ahora en adelante se levantaría temprano para ir a buscar la leña y recoger el agua, entendió que su vida giraría en torno a tres grandes retos que no son poca cosa: llevar el hogar, tejer y conciliar. 

Tejidos artesanales elaborados por mujeres wayúu. MARGARITA POSADA

Tejer, sin duda es el principio de todas sus demás labores. Nareidis ya había tejido algunas mochilitas para aflojar la muñeca. La diferencia es que ahora todo su tiempo será dedicado a esta labor. Y como no pudo hacer más con las horas de esos días que tejer, no solo empezó un camino largo en este arte ancestral, que en buena parte traerá toda la vida comida a su mesa, sino que aprendió la lección más importante de su vida: la paciencia. 

Quizás por esa introspección que acompaña al tejer de esta niña wayúu es que los grafismos o figuras que tejerá a partir de ahora resultarán de una complejidad y de una sencillez asombrosas a la vez, y encerrarán sus más profundas emociones. Será a través de ese ejercicio de repetición que se parece mucho a un mantra o a lo que gráficamente significa un mandala, que Nareidis entenderá de qué se trata ser mujer, y mucho tendrá que ver con ese estrecho vínculo que generará la niña con su abuela.  

Eso de que los nietos son para malcriarlos no tiene cabida entre los wayúu. Aunque Nareidis siempre ha respetado y obedecido a su abuela Laura, ahora tendrá una suerte de deferencia especial, por cuanto no verá a nadie más que a ella en su encierro. Todos los días doña Laura le hablará a su nieta con la sencillez (que no simpleza) del wayuunaiki, que encierra, en frases muy simples y con metáforas de la naturaleza, una profundidad similar a la de un haiku japonés. "Es el tiempo de mirar hacia adentro, es el tiempo de no saltar más, de prepararse para ser una mujer, aprender a ayudar a la mamá en las labores de la casa y entender que ser mujer es muy valioso. Estar sola es importante para conocerse y también para entender el respeto hacia el que será tu marido." 

“¿Marido?”, piensa Nareidis confundida. “No estoy lista para casarme, abuela.” La pequeña recuerda haber oído a un alijuna decir alguna vez que vender a una mujer es tratarla como una mercancía. Entonces su abuela le responde: “Así como jamás te venderíamos como un objeto, jamás te regalaríamos. Ahora que eres mujer no eres un  tesoro, eres el más grande tesoro de la familia. Tus padres sabrán cuándo llegue el momento de que tengas un marido”.

Aunque sin duda será época de coquetear, ahora no podrá tomarlo como un juego. Nareidis tendrá que entender que cuando un hombre se acerque mucho a ella, seguramente lo hará en plan de conquista y no ya como un simple amigo juguetón. Estos serán años de aprendizaje, de conocer lo que significa ser responsable, pero sobre todo, de asumir un rol. Su fortaleza más grande consistirá en no ser un hombre, y en poder entender que la suavidad de su actuar será determinante en el futuro de su familia.

 “Yo no soy un hombre, llevo la casta de mi madre. Cuando mis hermanos crezcan, se irán con sus mujeres, y sus hijos llevarán la casta de ellas. Ahora entiendo por qué esta tonta mancha de sangre es tan importante”, se dice Nareidis para sus adentros. Es esa primera menstruación la que, de una u otra forma, perpetúa la prolongación de su casta. Serán los hijos de Nareidis los que se sumen a ella, y el hecho de que pueda casarse traerá también beneficios a la ranchería, pues aunque para los alijuna la dote sea una transacción odiosa, ella y los de su comunidad creen que es un aporte lógico que deberá hacer su marido a la familia para que así pueda seguir creciendo.

Ahora Nareidis está estrenando manta. En su mirada hay una serenidad poco usual en una niña de apenas 13 años. No se trata solamente de una manta nueva, sino de una vida nueva, que empezó semanas atrás. Hace poco menos de cuatro meses fue que vio la mancha de sangre en sus pantaletas. Ya fuera del encierro, el pelo crecerá de nuevo. Se lo habían cortado por encima de los hombros antes de salir para limpiar el espíritu y cambiar de vida, pero ahora crecerá y brillará para atraer a sus pretendientes. También la dieta especial en la que ha estado la hará verse más finita. Lo más emocionante es que tiene cuatro mantas nuevas y está estrenando una. Para recibirla de nuevo, su familia organiza una yonna, en la que bailarán festejando a la majayut, que significa señorita en wayuunaiki.

Será ella, la majayut, quien inicie el baile con alguno de los jóvenes invitados a la yonna. Para Nareidis es una alegría volver a salir al mundo y saberse un orgullo para su familia. Lo que aprendió en sus días de encierro será algo que la acompañará de por vida y que se encargará de traspasar de generación en generación a todas las mujeres de su casta que estén por venir.

Periodista y escritora. Ha colaborado en medios colombianos como El Tiempo, SoHo y Arcadia. Autora de las novelas De esta agua no beberé (2005) y Sin Título, 1977 (2008). Su último libro es Las muertes chiquitas (2019), en el que aborda el tema de la depresión.