Cuando Lula da Silva perdió a principios de octubre la primera vuelta de los comicios presidenciales brasileños, una certeza se le presentó clara. Aunque había estado rodeado de multitudes, la campaña había sido un desastre. “Fue la más desorganizada en la que he participado desde 1989”, dijo a su equipo en una reunión emitida por internet instantes antes de que la señal se cortase misteriosamente.
En ese mismo cónclave se activó la mezcla de instinto, olfato y pragmatismo que han convertido al viejo sindicalista en un político clave de la historia latinoamericana. Lula identificó qué había faltado y se propuso darle la vuelta, algo considerado como casi imposible porque nunca un candidato que había sido segundo en la primera vuelta tras la redemocratización del país había llegado a la presidencia.
Pidió prestado un móvil a uno de los asesores, un iPhone. Él nunca había tenido un teléfono inteligente. Consciente de que había faltado mucho empuje en redes, comenzó a grabar video selfies diarios metiendo su discurso sin editar en las casas de millones de habitantes en el tercer país del mundo que más tiempo pasa en redes sociales.
Se valió además de André Janones, un hasta hace unas semanas desconocido diputado izquierdista, para espolear un grupo de WhatsApp conocido como “Ejército de Lula” que ha llegado a tener más de 10 millones de seguidores. Casi el 5% de la población del país estaba en ese chat donde Janones daba consejos sobre cómo argumentar ante amigos y familiares para animar al voto o cambiarlos. Surgieron miles de grupos similares más y millones de personas hicieron la campaña ante los suyos por el líder izquierdista.
El resultado fue una remontada histórica. Lula ganó con 64,2 millones de votos (51,79%), diez millones de sufragios más que en primera vuelta frente a los 59,4 millones de votos (48,21%) de su rival, que solo logró sumar para su causa 2,7 millones de sufragios adicionales a pesar de que ninguno de los candidatos eliminados a principios de mes le había dado su apoyo al actual presidente.
Tres millones de personas más acudieron a votar y apostaron mayoritariamente por Lula, mientras que, sobre todo en las regiones más derechistas del sur, muchos de los votos de los candidatos alternativos fueron también a parar a la campaña del líder izquierdista, que aglutina formaciones y políticos desde la izquierda radical hasta el centroderecha empresarial.
“Necesitaremos tiempo para entenderlo plenamente pero creo que se trató de un político del siglo XX que, en el último momento posible, se dio cuenta de cómo llevar una campaña del siglo XXI”, expresó el analista internacional Brian Winter, experto en Brasil y editor del portal Americas Quarterly.
“Después de su derrota en la primera vuelta empezó a llevar un smartphone por primera vez, se rodeó de ayudantes más jóvenes que sabían cómo llevar una operación digital real y finalmente pudo generar emoción en uno de los países más radicalmente online del mundo”, añadió.
El país que todos miran
La victoria de Lula corta con dos años de victorias de políticos de derecha en América Latina espoleadas por la administración estadounidense de Donald Trump, que tenía sus ojos puestos en un país cuyo peso internacional no para de crecer y será potencialmente sistémico en los próximos años.
Brasil está muy cerca de superar a EEUU como la mayor potencia agrícola del planeta, según proyectó recientemente el Financial Times. El cambio podría producirse este mismo año después de que el país norteamericano haya retenido el título por más de un siglo. Zonas del interior brasileño ya son mucho más similares en aspecto de hecho a Ohio o Indiana que a otros países sudamericanos.
El peso de Brasil en el sector energético está también creciendo a pasos agigantados. El conflicto bélico con Irán y el cierre del Estrecho de Ormuz han impulsado la producción de petróleo en Brasil a un récord de 4,5 millones de barriles diarios y el mismo Lula adelantó hace unos días que podrían anunciarse nuevos yacimientos clave en los próximos meses.
La mitad de la producción la ha vendido en los últimos meses a China, un país al que miran también los agroexportadores. La Administración Trump impuso en 2025 aranceles del 50% a miles de productos de exportación brasileños sosteniendo la medida en su oposición al juicio contra el expresidente Jair Bolsonaro (2018 - 2022) padre de Flávio, que cristalizó en una condena a 27 años de prisión por intento de golpe de Estado.
Miles de exportadores, buena parte de ellos votantes del bolsonarismo, fueron afectados pero encontraron rápidamente compradores en China y el país llegó incluso a registrar un superávit comercial mayor al previsto a pesar de los fuertes aranceles, demostrando que tiene herramientas para no depender de un solo socio comercial.
Algunos expertos han destacado estos días en diversos medios que a pesar del gran conservadurismo de los sectores rurales y de los empresarios exportadores en general, algunos de ellos pueden haber terminado por optar por Lula al preferir una política multilateral y para vender sus productos en muchos países y no depender solo de EEUU.
Pero Washington, Pekín, Moscú, la UE y el resto de grandes actores internacionales también miran al subsuelo de Brasil, que alberga 21 millones de toneladas métricas de tierras raras, el 23% de las reservas mundiales de materiales clave para la alta tecnología, los coches eléctricos, las energías renovables o las herramientas de defensa de última generación.
La cifra por sí sola ya impresiona, pero su importancia solo se puede analizar teniendo en cuenta que China tiene el 48% de las reservas internacionales y actualmente controla el 90% de la producción de esos materiales clave.
El mundo y por supuesto EEUU ansían controlar los yacimientos brasileños, que se encuentran la mayoría en estados del interior pero no en zonas de la Amazonía y por ende son de más fácil extracción.
La producción de Brasil por ahora es ínfima pero eso va a cambiar en breve después de la aprobación de una ley en el Congreso con apoyo tanto de derecha como de izquierda que establece las normas básicas de explotación.
Y EEUU ha entrado de lleno en el sector con la polémica adquisición por parte de una compañía estadounidense con un fuerte respaldo del Gobierno del país norteamericano de la minera Serra Verde, la única que ahora produce tierras raras en Brasil y de hecho la única que produce imanes clave fuera de Asia.
Es decir, Brasil es ya un país sistémico justo en tres factores geoestratégicos clave. Lula ha impuesto en las urnas una política que apuesta por diversificar sus socios entre las potencias occidentales y las orientales, sin distingo claro en cuestión ideológica, frente a la visión de la otra mitad del país que optaba por unos lazos más cerrados solo con Washington.
“Brasil no va a ser el patio trasero de nadie”, dejó Lula claro en su discurso de celebración de una victoria inesperada por muchos.
Cuando ganar no basta
Y esa es otra clave de estas elecciones: Brasil sigue partido en dos. Apenas 4,4 millones de votos han decidido la contienda en un país de más de 220 millones de habitantes con dos formas antagónicas de ver la vida pública en disputa.
No lo tendrá fácil el líder izquierdista para gobernar. Los distintos partidos de derecha forman una mayoría en el Congreso y eso le restará capacidad para poder llevar a cabo su programa de gobierno.
Lula lidera una coalición que va desde la izquierda radical hasta el centroderecha urbano. Su vicepresidente Geraldo Alckmin fue su rival electoral en 2006 y les une el antibolsonarismo y el multilateralismo. Podrían atraer a algunas de las formaciones de centro o derecha pragmática en el Congreso para ciertas votaciones, pero no para apoyar propuestas vistas como demasiado ideológicas de izquierda.
Es más, la posibilidad de que el Legislativo bloquee su Gobierno es plausible. Una parte de los políticos y analistas de la derecha antisistema ya piden abiertamente que haya un futuro impeachment o juicio de destitución contra Lula como el que se produjo contra la también izquierdista Dilma Rousseff en 2016. En aquel entonces las fuerzas progresistas tenían incluso más apoyos en el Congreso así que no es para nada descartable que se produzca.
“Lula enfrenta el Congreso más conservador registrado nunca, una comunidad de empresarios escéptica y consumidores que también están lidiando con una gran deuda”, asegura el analista Winter.
La derecha bolsonarista continúa planeando del mismo modo juicios políticos a jueces del Supremo Tribunal Federal, donde una mayoría de jueces de línea progresista o afín a los sectores de centroderecha que apoyan a Lula han sido identificados por la familia Bolsonaro como rivales.
La victoria era básica para el clan familiar de ultraderecha no solo para el indulto al exmandatario, ahora más complicado, sino para equilibrar el Supremo con el nombramiento de nuevos jueces más afines a sus intereses. No podrán hacerlo ahora pero siguen teniendo grandes posibilidades de influir en la selección de magistrados porque tienen que ser confirmados por el Senado donde las distintas formaciones de derecha tienen mayoría, así que quienes entren tampoco podrán tener a priori claros vínculos con la izquierda.
Bolsonaro ha reclamado que se anulen los comicios porque Cristiano Zanin, magistrado del STF y ex abogado de Lula, extendió dos horas el horario del cierre de la votación a petición de la campaña del presidente. La izquierda había denunciado que cientos de autobuses públicos no habían salido a trabajar en varias ciudades clave del país perjudicando a sus votantes. El fallo se hizo público apenas unos instantes antes del cierre de colegios a las cinco de la tarde y eso provocó desconcierto en algunas sedes y agitación.
Sin embargo, apenas se habrían registrado 35.521 votos en las dos horas de extensión de horario, según datos del Tribunal Superior Electoral recogidos por el canal Globo, mientras la diferencia entre los candidatos fue de 4,4 millones de sufragios, haciendo muy difícil que el reclamo prospere.
“El margen de victoria fue muy largo para ser explicado por el retraso del cierre u otras irregularidades. Importantes focos de poder, incluida la bancada parlamentaria del Centrão, aceptaron el resultado. Los Bolsonaro le pedirán apoyo a la Casa Blanca pero es importante que la vasta mayoría de líderes latinoamericanos, incluidos derechistas como Keiko Fujimori y José Antonio Kast, reconocieron rápidamente la victoria de Lula. Concluyeron que se acabó y la administración Trump debería hacer lo mismo”, considera el analista Winter. Trump ya expresó ayer dudas sobre el resultado electoral.
Después de Bolsonaro
El bolsonarismo tendrá ahora que reinventarse tras la dura derrota. Jair Bolsonaro seguirá inhabilitado para los próximos comicios debido a su condena. Sobre Flávio Bolsonaro podría recaer una acusación formal por haber aceptado 27 millones de dólares del banquero corrupto Daniele Vorcaro para producir una película de su padre. Otro hermano con posibilidades, Eduardo, está exiliado en EEUU condenado por haber medrado para perjudicar a Brasil debido a las sanciones de Washington.
Michelle Bolsonaro, esposa de Jair y madrastra de Flávio, puede aflorar como un actor de relevancia en la derecha dogmática, pero muchos en el campo conservador menos radical están atentos a los movimientos de actores como el gobernador de São Paulo, Tarcísio de Freitas, a quien muchos indisimuladamente apoyan como candidato presidencial pero que no se presentó ante las aspiraciones presidenciales de los Bolsonaro.
Será traumática también la futura transición de los campos de izquierda y centroderecha hasta ahora representados por el pragmático Lula porque no puede volver a presentarse a los comicios y deberán surgir nuevos liderazgos por ahora muy poco evidentes, más allá del ministro de Finanzas Fernando Haddad que se ha convertido en un asiduo a perder elecciones.
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