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El legado de Bolsonaro

El presidente brasileño llegó al poder con la promesa de transformar el país. ¿Cuál es el balance de su gestión?

Bogotá
El presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, en Palacio de Planalto, en Brasilia, el 20 de junio de 2022. EFE/JOEDSON ALVES

Hace ahora seis años un, hasta entonces, prácticamente desconocido excapitán del Ejército, que había pasado casi tres décadas en el Congreso, comenzó su ascenso imparable hasta la presidencia de la República de Brasil. 

El ultraderechista Jair Bolsonaro (Glicério, 1955) fue capaz de conjugar a su favor el hastío de parte de la población ante los escándalos de corrupción surgidos en el seno del Partido de los Trabajadores del expresidente Lula da Silva y en el establishment empresarial. Y logró también el apoyo del sector ultraconservador de la sociedad que rechaza ciertos avances progresistas y el discurso de lo políticamente correcto. 

El entonces candidato del Partido Social Liberal alcanzó la jefatura del país en las elecciones de 2018 tras loar la dictadura militar que gobernó Brasil entre 1964 y 1985, manifestar que prefería que su hijo muriese en un accidente a que fuese gay y decirle a una congresista que no la violaría porque no valía la pena, entre otras salidas de tono.

El entonces líder del Partido Social Liberal hizo campaña asegurando que iba a liberalizar la economía y flexibilizar la legislación ambiental y el porte de armas, además de acabar con la corrupción, entre otras medidas. Su misión era, en sus propias palabras, “desmantelar” el legado de los Gobiernos previos desde una visión anticomunista y bajo el lema “Dios, patria y familia”.

Casi cuatro años después del inicio de su presidencia, y coincidiendo con las elecciones en las que Bolsonaro aspira a reeditar mandato, es momento de hacer balance.

Jair Bolsonaro, tras votar en Río de Janeiro en la primera vuelta de las elecciones, el 2 de octubre. EFE/ANDRÉ COELHO

Alianza con el ‘centrón’

“Ha cumplido buena parte de lo prometido, como su política de desatención a la legislación ambiental, la restricción del papel del Estado y el favorecimiento de los empresarios frente a los derechos de los trabajadores”, dice a COOLT Ignacio Cano, sociólogo de la Universidad del Estado de Río de Janeiro.

“Lo que no ha cumplido es la promesa de no aliarse con el centrão (‘centrón’)”, añade Cano, en referencia al grupo formado por diputados de adscripción ideológica variada o indefinida que buscan ventajas personales y promueven enmiendas que les permitan obtener réditos electorales en sus circunscripciones. “Bolsonaro se presentó como la nueva política, como una ruptura de esa vieja política patrimonialista, de esos intercambios que no tienen como objetivo el bien común, sino el de aquellos que lo realizan, pero finalmente se ha aliado absolutamente a ese grupo”, explica el sociólogo. “Si no lo hubiera hecho, probablemente su Gobierno hubiera caído”.

Sobre la mesa del Congreso ha habido decenas de fallidos pedidos de impeachment contra Bolsonaro, la mayoría por su gestión de la pandemia, la cual ha marcado su mandato.

La gestión de la pandemia

El líder ultraderechista calificó a la covid-19 como una “gripecita”, espoleó el uso de remedios no probados como la hidroxicloroquina, sugirió la inmunidad por infección nacional, destituyó al ministro de Salud Luiz Enrique Mandetta por promover medidas como el distanciamiento social y, más tarde, se resistió a comprar vacunas. 

Brasil suma más de 685.000 muertos en la pandemia y es uno de los países con más fallecidos por millón de habitantes del mundo, superado por Perú y varios Estados de Europa del Este. 

“Lo siento por los muertos, lo siento. Todos vamos a morir algún día”, dijo en noviembre de 2020, durante uno de los picos registrados en Brasil. “De nada sirve huir de esto, de la realidad. Tenemos que dejar de ser un país de maricones”, añadió el presidente, que fue acusado, en un informe del Senado, de crímenes de lesa humanidad durante la pandemia.

Bolsonaro, con una mascarilla, el 14 de agosto de 2020, en Río de Janeiro. EFE/ANTONIO LACERDA

Ataques a la separación de poderes

Bolsonaro ha sido muy criticado también por atacar a los jueces del Supremo Tribunal Federal (STF), a quienes acusa de “interferir” en su Gobierno “obsesivamente” y a modo de “persecución”, con el objetivo de sacarlo de la presidencia e impedir su reelección. 

Señaló especialmente a los magistrados cuando el STF anuló las condenas por corrupción del expresidente Lula Da Silva (2003-2010), ahora su máximo rival en las elecciones, y vencedor en la primera vuelta celebrada el pasado 2 de octubre.

El Supremo no ha sido la única institución señalada por Bolsonaro. La justicia electoral también está en su punto de mira. El mandatario recela del sistema de votación electrónico y lleva años repitiendo que puede haber un fraude en los comicios de octubre. 

Bolsonaro ha llegado incluso a asistir a manifestaciones donde parte de sus seguidores pedían directamente una intervención militar para destituir a los jueces.

Liberalización económica

Esas expresiones son difícilmente asumibles para parte del electorado que, aún rechazando a Lula, tampoco apoyaría a Bolsonaro. Un 51% de los brasileños asegura que nunca pondría su voto en la urna por el excapitán, lo que dificulta considerablemente su continuidad en el poder. 

Eso explica, en parte, por qué el presidente está siendo incapaz de convertir en votos recientes señales económicas positivas, como la deflación registrada en los últimos meses, después de la inflación de dos dígitos previa surgida tras el estallido de la guerra de Ucrania, y la consecución de un superávit fiscal primario en 2021 por primera vez desde 2013.

La tasa de desempleo lleva, además, cinco meses consecutivos de caída, bajando hasta el 9,9%, según datos oficiales, una reducción considerable con respecto al 13,5% que se registraba en 2020 e incluso frente al 11,9% prepandémico, en 2019. 

Simpatizantes de Bolsonaro en acto de campaña en Manaos, el 22 de septiembre. EFE/RAPHAEL ALVES

Una población empobrecida y hambrienta

Esos brotes verdes no ocultan, eso sí, que la masa salarial de los brasileños todavía es un 10% menor a la que se registraba antes de la pandemia y que el 40% de los trabajadores continúa en el sector informal, algo que ha provocado que unos 33 millones de personas pasen hambre en el país, el mismo número que hace tres décadas —con un 35% más de población—, según un estudio del Instituto de Investigación Económica Aplicada. Otra investigación reciente asegura que en el 37,8% de los hogares con niños de hasta 10 años hay hambre o reducción de la cantidad y la calidad de los alimentos.

El ministro de Economía, Paulo Guedes, considera “mentira” esos números. La gestión económica del Brasil de Bolsonaro tiene su firma, e incluye el cumplimiento de varias promesas electorales, como la reforma del sistema de pensiones y la privatización de grandes infraestructuras y entes públicos. El Ejecutivo ha impulsado la venta de puertos y aeropuertos, así como de la empresa pública de energía, Eletrobras. Eso sí, estas operaciones presentan matices. 

“En la venta de Eletrobras, por ejemplo, hubo cláusulas que obligaban al Gobierno a construir y costear una serie de instalaciones termoeléctricas y de gasoductos en regiones de poca viabilidad comercial, por lo que es bastante cuestionable utilizar el rótulo de reforma liberalizadora para esa privatización”, asegura Clayton Cunha, politólogo de la Universidad Federal de Ceará.

Militares en el Gobierno y armas en las calles

El ministro de Economía es un civil en un Ejecutivo donde abundan los militares como jefes de ministerios. Pero el crecimiento del Ejército no se da sólo entre los máximos responsables de la gestión estatal. Al final del mandato de Michel Temer, predecesor de Bolsonaro, había 2.765 militares ocupando cargos en el Gobierno Federal. En 2021 esa cifra se había doblado, según el Tribunal de Cuentas, superando los 6.170 militares en esos puestos organizativos de relevancia. 

Ese ascenso de los militares es criticado por quienes creen que la administración civil debe ser regida por civiles. 

Muchos critican también la proliferación de las armas en las calles, tras la flexibilización de las reglas de tenencia y porte que logró aprobar Bolsonaro, pese a que la mayor parte de los brasileños estaba en contra, según los sondeos al respecto.

El número de armas de fuego en poder de la población se ha doblado hasta los dos millones en los últimos cuatro años y un club o una zona de tiro ha abierto al día desde el inicio del mandato de Bolsonaro. 

El presidente defiende la medida argumentando que la violencia ha bajado, al registrar el país 22 asesinatos por cada 100.000 habitantes en 2021, una reducción considerable desde los 31 asesinatos por cada 100.000 habitantes cifrados en 2017.

Los detractores del porte de armas recuerdan, eso sí, que el número de homicidios venía bajando con anterioridad a la llegada de Bolsonaro al poder.  

Un seguidor de Bolsonaro con una pistola, en un acto electoral en Río de Janeiro, el 7 de septiembre. EFE/ANTONIO LACERDA

Violencia política y polarización

Sí se han dado en el país preocupantes episodios de violencia política, como el reciente asesinato de un seguidor de la izquierda a manos de un bolsonarista. Estos sucesos responden, según los analistas, a la elevada polarización que vive un país dividido entre los seguidores del presidente y sus detractores. 

“El miedo es un gran protagonista de estas elecciones. El 40% de los votantes teme que haya violencia política en el día de los comicios, y el 9% dice que no va a acudir a votar por esa causa. Hay un presidente que enaltece la violencia, el uso de las armas y que demoniza a sus adversarios, hablando frecuentemente de martirio y en dar la vida por el país para evitar la derrota”, considera el periodista João Paulo Charleux.

La sombra de la corrupción

Bolsonaro se refiere directamente a Lula como el “ladrón” o el “expresidiario”, recordando los escándalos de corrupción del Partido de los Trabajadores (PT) y el paso por la cárcel del exmandatario antes de que se anulasen los juicios

Sin embargo, el presidente brasileño tampoco está siendo capaz de capitalizar, en esta ocasión, el descontento hacia el PT por esos casos, en parte porque su círculo interno está siendo investigado por varias causas, han estallado denuncias de corrupción en ministerios como el de Educación, y hace unas semanas se conoció que su familia adquirió decenas de propiedades en efectivo, lo que levantó todo tipo de especulaciones. 

Bolsonaro niega haber sido origen de corrupción alguna y asegura que la “robadera” se acabó con su Gobierno. No han estallado, eso sí, grandes investigaciones como Lava Jato, que llevó al encarcelamiento de decenas de políticos y empresarios.

Pintada y carteles contra Bolsonaro, en Río de Janeiro, el 28 de septiembre. EFE/ANDRÉ COELHO

Diplomacia internacional errada

No está, en cualquier caso, convenciendo el presidente de la ausencia de corrupción al grueso de la población brasileña, como tampoco está convenciendo de las bondades de su Gobierno a buena parte de la comunidad internacional. 

Bolsonaro es, en ciertos foros, como un proscrito al que nadie quiere acercarse. El líder ultraderechista apostó por defender a Donald Trump y falló. Llegó incluso a no reconocer la derrota electoral del magnate, en 2020, hasta días después de finalizado el recuento, cuando ya la práctica totalidad del globo había felicitado a Joe Biden, enemistándose de por vida con el Partido Demócrata estadounidense. 

Después apostó por Vladimir Putin, y volvió a fallar. Estuvo en Moscú reuniéndose con el líder ruso apenas días antes del inicio de la invasión a Ucrania, un error de cálculo que las naciones occidentales no le perdonan, y ha mantenido desde entonces una deliberada neutralidad —también en las votaciones en la ONU— que ha sido incluso criticada en público por el presidente ucraniano, Volodimir Zelensky.

Desprotección del medioambiente

Pero, probablemente, lo que más le ha alejado a Bolsonaro de los actuales centros de poder e influencia occidentales es la gestión ambiental de su Gobierno, que ha flexibilizado las normas de defensa de la naturaleza o incluso pasado por alto las que no ha podido reformar, algo que, por otro lado, supone cumplir su programa, porque fue lo que prometió.

Una de las primeras medidas de Bolsonaro fue cortar el financiamiento a la protección medioambiental (además de a las ciencias y a las artes), y los efectos de esa acción no se han hecho esperar. La deforestación se ha incrementado en Brasil, principal país amazónico, un 75% anual respecto a la década anterior, a pesar de la oposición internacional. Bolsonaro ha destituido a funcionarios que estaban en desacuerdo con él en esas cifras, que alcanzaron en 2021 el mayor nivel desde 2008. Mientras, las emisiones de gases de efecto invernadero han subido un 9,5%.

Personas prenden fuego en un bosque en Careiro Castanho, en el Amazonas brasileño. EFE/RAPHAEL ALVES

¿Qué ocurre si gana o pierde?

Bolsonaro no ha presentado un programa de Gobierno detallado para su segunda legislatura. Tampoco lo necesita, y tampoco va a engañar a nadie. Es cristalino con respecto a lo que quiere para el país. 

“Si Bolsonaro vuelve a ganar tendría la posibilidad de nombrar a dos nuevos jueces del Supremo. Sus seguidores vienen hablando de aumentar el número de jueces en ese tribunal. Todo eso ofrecería las condiciones para promover cambios más radicales. No sé hasta qué punto podrían llegar los récords de devastación ambiental, por ejemplo. Sin hablar de derechos humanos, de los pueblos indígenas, o de la expansión de las milicias, y probablemente habría todavía un aumento mayor de armas de fuego”, cree el periodista João Paulo Charleux.

Si Bolsonaro pierde, la práctica totalidad de los analistas creen que sobrevivirá políticamente, ya que entre un 10% y un 20% de la población está dispuesta a mantener su apoyo pase lo que pase y haga lo que haga.

“El mayor legado de Bolsonaro fue el de haber dado vida a una extrema derecha populista en Brasil, una fuerza antidemocrática, heredera de la dictadura, que estaba oculta hasta entonces”, dice Charleux. 

“El movimiento de derecha va a seguir más fuerte, algo que no teníamos en Brasil antes de Bolsonaro. Había candidatos más conservadores, pero no había una identidad de derecha. Eso va a sobrevivir con Bolsonaro, y que esos grupos se movilicen o se desmovilicen va a depender del desempeño de un probable Gobierno de Lula en la economía”, considera, por su parte, Mario Sergio Lima, analista senior de Brasil para la consultora de riesgo político Medley Global Advisors. 

“Una cierta polarización tiende a permanecer, y eso en sí no es malo. Lo que es malo es que esa polarización genere violencia social e ingobernabilidad”, considera este experto en un país que, desde hace casi una década, vive en continua agitación política.

Periodista. Colaborador de medios como El Mundo, El Comercio, Diario las Américas, Global Post, La Tercera, El Confidencial, La Voz de Galicia, Euronews, Telecinco, Cuatro y Antena 3.