Judaísmo en Argentina

Identidad e integración. Tragedia y humor. La compleja experiencia de la comunidad judía más importante de América Latina.

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Buenos Aires, 1940.

Es sábado a la noche y el Teatro IFT, ubicado en el barrio textil y comercial de Once, está abarrotado. Hay que verlo: hombres y mujeres enfundados en sus mejores ropas asisten a un espectáculo representado íntegramente en idioma ídish, la lengua de sus ancestros, que todavía en la capital argentina se usa con cierta cotidianeidad: se escucha en el barrio de Once pero también en el centro porteño y en Villa Crespo, enclaves de la comunidad judía argentina, la más grande de América Latina. La postal, hoy improbable y remota, corona los día de gloria de una comunidad.

Entre 1930 y 1960, Buenos Aires fue uno de los principales centros teatrales del mundo ídish, con una dotación numerosa de teatros profesionales —el Soleil, el Excelsior, el Mitre, el Ombú, el IFT—, que funcionaban simultáneamente de martes a domingo a sala llena, y recibían las visitas asiduas de grandes figuras internacionales como Jacobo Ben Ami, Maurice Schwartz y Joseph Buloff.

A partir de 1960, todo se empezó a eclipsar, lentamente pero sin remedio: el recambio generacional y el reemplazo de la enseñanza del ídish por el hebreo en las escuelas judías provocaron que una a una las salas dedicadas exclusivamente al teatro en ídish fueran cerrando sus puertas.

Esa historia es, también, la historia de las transformaciones culturales del judaísmo en América Latina.

Cartel del Teatro Excelsior de 1932. ARCHIVO
Cartel del Teatro Excelsior de 1932. ARCHIVO

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¿Pero cuándo surgió el judaísmo en la parte baja del continente americano? ¿Cómo se consolidó? ¿Cuáles fueron sus hitos y sus desgracias?

El origen del judaísmo latinoamericano se remonta a 1492, cuando muchos judíos huyeron de la península ibérica en los primeros viajes al continente americano. Se escapaban de un edicto por el que los Reyes Católicos habían ordenado la expulsión de los judíos de ese territorio amplio y diverso. Aunque el decreto no permitía que se instalasen en las colonias de la Corona, muchos se camuflaron como conversos o nuevos cristianos y pudieron así escapar de la Inquisición y a la muerte.

El primer asentamiento judío en América Latina ocurrió en Brasil, en Pernambuco, el extremo norte de ese enorme país. Y en la isla de Curazao, antigua colonia holandesa, se ubica la sinagoga en uso más antigua del continente: la Mikve Israel-Emanuel.

Ningún historiador pudo precisar cuántos judíos llegaron a América Latina en aquellos primeros siglos de desembarcos, porque varios alteraban su identidad o eludían los registros oficiales para pasar desapercibidos. Pero lo cierto es que, de esa primera camada, algunos bajaron a Argentina y otros subieron a lo que hoy es Estados Unidos.

Ya en el siglo XIX, el volumen de judíos en el continente se hizo más palpable, y su presencia empezó a influir de manera más notoria y permanente en la cultura, la economía, la política y la vida cotidiana de varios de los países de la región. Entre 1880 y 1890 llegaron en barcos más de 200.000 judíos de Europa del Este a Argentina. Los primeros, los cerca de 800 pasajeros del vapor alemán Wesser, que procedían de la Rusia zarista y fundarían la colonia de Moisés Ville. Estos migrantes siempre estaban escapando de algo. Algunos pocos venían también del norte de África o de Asia Menor.

La tercera ola migratoria data de las primeras décadas del siglo XX, con Europa en guerra permanente y el antisemitismo creciendo de manera imparable. Algunos países latinoamericanos, como Brasil y Uruguay, se plegaron sin embargo al nacionalismo radical que gobernaba algunas potencias europeas e implementaron sanciones económicas y religiosas para evitar que los judíos se instalaran en sus tierras. Así, Argentina se terminó de convertir en el país de refugio por excelencia y en la comunidad judía más vibrante del continente.

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Una de las manifestaciones más curiosas de la hibridación entre judíos europeos y población local argentina se dio en los así llamados “gauchos judíos”. La categoría fue acuñada por el escritor Alberto Gerchunoff en 1910, y designaba precisamente a los judíos llegados en barcos a comienzos del siglo XX y cómo se habían ido adaptando a las costumbres locales, al punto de volverse ellos mismos unos “gauchos”.

A comienzos del siglo XX, en la provincia de Entre Ríos, a unos 300 kilómetros de la capital, el barón alemán Moritz von Hirsch compró 600.000 hectáreas de tierra despoblada para salvar a judíos de Rusia. Llegó a tener 170 colonias, con gente que se dedicaba sobre todo a la agricultura y la granja. Había algo de utopía agraria en esas colonias, un hilo invisible que las conectaba con el kibutz y que tenía, como música de fondo, los idearios del socialismo y la distribución justa de los productos de la tierra. Fue una segunda tierra prometida. Luego la crisis del campo y el crecimiento imparable de las urbes empujó a muchos de ellos a las ciudades y las comunidades agrícolas empezaron a disgregarse hasta desaparecer.

Gauchos judíos en la colonia de Moises Ville, en 1964. ARCHIVO
Gauchos judíos en la colonia de Moisés Ville, en 1964. ARCHIVO

El escritor Carlos Levy tradujo en aquellos años de disgregación el inicio del Martín Fierro, el poema fundante de la literatura argentina, al “judeo-español”, como una manera de imaginar, lingüísticamente, ese cruce. Y entonces el poema argentino de un gaucho que huye empezaría así:

Aki me meto a kantar yo al tanyer de la gitara, kualo al ombre ke lo apanya un penserio ingrandesido, bilbiliko solitario kon el dizir se consola.

—Argentina fue el lugar de reencuentro entre los judíos y la lengua española —dice Alejandro Dujovne, autor del libro Una historia del libro judío e investigador de las relaciones culturales del judaísmo argentino—. La expulsión de los judíos de España en 1492 significó la separación violenta entre el mundo judío y la lengua española. Varios siglos después, los judíos, en este caso su mayoría provenientes de Europa oriental y central, aunque también un número de sefaradíes, vuelven a encontrarse con esta lengua, renovada, cambiada, modernizada. Y comenzaron a pensarse a sí mismos y al mundo nuevamente en español.

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Buenos Aires, 2008.

Sobre la avenida Rivadavia se ve a una familia que camina por la calle; son seis: padre, madre y cuatro hijos. Los hombres usan traje y sombrero; las mujeres, vestido hasta la rodilla y mangas largas. Son miembros de la comunidad ortodoxa y parecen perdidos en el tiempo. Hoy es viernes a la noche y, para ellos, ya es sabbat, lo que implica que por un día no usarán electricidad, ni podrán tocar dinero y por supuesto comerán comida kosher de manera muy estricta. Los varones y las mujeres no pueden tener contacto físico, ni siquiera darse la mano. Casi todos, a los 18 años, ya están casados. Algunas mujeres llegan a tener hasta 15 hijos.

¿Qué distingue a la comunidad ortodoxa argentina de otras que han ido brotando en otros países del mundo?

Tamara Tenenbaum es narradora y ensayista y nació en una comunidad judía ortodoxa argentina, de la que se fue a los 12 años para incorporarse a un colegio laico, en una especie de segundo nacimiento, de nueva vida. Parte de esa infancia encapsulada entre ritos y prohibiciones está contada en un ensayo —El fin del amor— y en una novela —Todas nuestras maldiciones se cumplieron—.

Hoy, desde su casa del barrio de Villa Crespo, trata de desentrañar un asunto de difícil elucidación: ¿habrá algo “argentino” en la ortodoxia local?

—Los ortodoxos son muy futboleros —dice—. Muy pero muy; por ejemplo, en la Bombonera hay un lugar que vende hamburguesas y choripán kosher; eso es rarísimo, no es algo común en otros países. Diría que el fútbol es una de las conexiones más importantes de la comunidad ortodoxa con la argentinidad, sino la más. Y luego, creo que en relación con la integración es históricamente muy importante en Argentina la tradición de la obligatoriedad de la educación primaria y secundaria. Son muy pocas las comunidades ortodoxas en las que, por ejemplo, está aceptado que un chico no termine el secundario “oficial”; en Estados Unidos, en cambio, es perfectamente posible que un ortodoxo vaya a una escuela no oficial que no tenga materias no judías. Eso genera una cultura de cierta integración, aunque no parezca. Y lo último es que, comparando con otros países de América Latina, en la ortodoxia argentina hay mucha gente de clase media y media baja (e incluso baja). Eso no pasa en México donde, por ejemplo, casi todos los judíos ortodoxos son gente de plata; creo que eso también tiene que ver con la sociedad argentina y su tradición de clase media, que está en crisis pero todavía prevalece.

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Clubes, colegios, sinagogas, teatros. Los anclajes de la comunidad judía en Buenos Aires (“la cole”, se le dice en el idioma de entrecasa para designar, justamente, la idea de una colectividad) se superponen sobre el mapa de la ciudad y dibujan así una segunda ciudad: son puntos sobre un mapa, son un recorrido. Ahí están las escuelas —ORT, Sholem Aleijem, Beth—, los clubes —Hebraica, Hacoaj, Macabi, Faccma—, los medios —Radio Jai, Revista La Luz—, los restaurantes —La Crespo, Mishiguene, Benaim, Yafo Kosher—. En el centro comercial del Abasto, uno de los más grandes de la ciudad, hay incluso un McDonald´s Kosher (cierra los sábados, por supuesto).

El último censo arrojó una población de 200.000 judíos en Argentina, sobre una población total de más de 45 millones de personas. No es tanto, y sin embargo su presencia en nítida, profunda.

—Es muy interesante el proceso de integración social y cultural del judaísmo en la Argentina —apunta Alejando Dujovne—. Si bien para muchos este proceso fue resultado de la incorporación progresiva de las nuevas generaciones a la escuela, la universidad, la vida profesional, económica y política del país, y no implicó una reflexión particular ni llevó a adoptar ninguna acción en especial, para otros, para un número de intelectuales y activistas, resultó necesario desplegar distintas estrategias que permitieran participar plenamente de la sociedad argentina sin por ello perder la identificación en tanto judíos. Me interesa porque esta experiencia, que por supuesto no fue exclusiva de Argentina, pero que aquí tuvo una expresión singular, supuso una "negociación" constante entre el repertorio cultural y la/s lengua/s de origen y las condiciones y posibilidades culturales que le ofrecía el país. Para estos intelectuales y profesionales la universidad, las profesiones liberales y la prensa fueron las vías privilegiadas de integración a la sociedad y, en especial, a sus círculos intelectuales, culturales y políticos. Al menos por dos razones, esta vertiente tiene un momento clave en 1910 con la publicación del libro Los gauchos judíos de Alberto Gerchunoff. En la estela de lo que podríamos llamar el "integracionismo liberal" se encuentran otros hitos como la aparición del periódico en castellano Mundo Israelita en 1923 y la fundación de la Sociedad Hebraica Argentina en 1926. El primero se convirtió en el principal laboratorio y vocero de ese ejercicio identitario y la segunda en el espacio privilegiado de encuentro y afirmación cultural.

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18 de julio de 1994.

Son las 9:53 de la mañana, un día frío de invierno. La gente camina apurada por el barrio de Once: van al trabajo, los cafés están abiertos, los negocios en plena actividad diurna. De pronto, una explosión estremece el aire y pulveriza las ventanas a varias cuadras a la redonda; los que caminan se tiran al piso o miran al cielo, los autos se detienen, los niños gritan. Luego, un silencio perfecto y terrible, como si ese vacío ya fuera el primer duelo luego de la tragedia. Acaban de hacer volar, con explosivos que se incrustaron en su frente, la Asociación Mutual Israelita Argentina, la AMIA. Es el golpe más siniestro a la comunidad argentina en toda su historia.

Muchas cosas cambiaron luego del atentado a la AMIA. Los colegios, las sinagogas y los clubes judíos protegieron sus edificios con pilotes de cemento, y así los sitios judíos de la ciudad quedaron, de algún modo, “marcados”: es una cicatriz, un recordatorio, un tatuaje. Se abrió una investigación, pero las pruebas fueron profanadas rápidamente, los testigos se fueron, los implicados huyeron y el caso se perdió en la oscura noche de la burocracia judicial y de la corrupción. Nunca hubo respuestas ni castigo.

Portadas de 'Crónica', 'Clarín' y 'Página/12' del 19 de julio de 1994. ARCHIVO
Portadas de 'Crónica', 'Clarín' y 'Página/12' del 19 de julio de 1994. ARCHIVO

Todos los años, los 18 de julio a la mañana, un grupo de familiares y amigos de las víctimas se junta en la puerta del edificio de la calle Pasteur para rendir homenaje y pedir justicia. Los 85 nombres figuran en la fachada del nuevo edificio, que parece una base nuclear.

El atentado de la AMIA de 1994 —precedido en 1992 de un ataque terrorista a la embajada de Israel en Argentina en el que murieron 29 personas— fue una rara advertencia y un golpe muy fuerte a la comunidad judía más grande América Latina.

En algún sentido profundo, atávico, todos los judíos de Buenos Aires se sienten, luego de estallido, sobrevivientes de la AMIA.

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Y sin embargo, el judaísmo sale de las tragedias con humor, a través del humor.

El judío se ríe de sus propias desgracias: esa es su marca de fábrica, su tabla de salvación. Lo que para otras comunidades podría ser inadmisible u ofensivo, para el judaísmo es cosa de todos los días. Siempre se dice que solos los judíos pueden hacer chistes sobre los judíos, y efectivamente hacen (hacemos) muchos. Hasta con los temas más brutales el judaísmo se permite la risa. Sobre la AMIA, por ejemplo, hay un chiste:

Estaban los rescatistas buscando sobrevivientes entre los escombros y gritaban “¿Hay alguien ahí? ¿Hay alguien ahí?” y de abajo alguien contestó: “Gracias, ¡ya colaboramos la semana pasada!”.

Esto es el humor judío:

Llevo con orgullo el reloj de mi abuelo, que en su lecho de muerte… Me lo vendió.

Esto, también, es humor judío:

Una mujer judía lloraba en el cementerio: “Jacobo, por qué te fuiste, me dejaste”. Y pasa otra señora y le dice: “Señora, no me quiero meter en su dolor, pero ahí no dice Jacobo, dice David”, y la mujer le contesta: “Es que él no pone nada a su nombre”.  

El comediante Roberto Moldavsky dice que las fiestas judías son distintas del resto de las fiestas y tienen un solo tema: “Nos están por matar a todos, a último momento no nos matan, fiesta judía. Toda la historia judía es así: cancelaron la masacre, vamos a festejar”.

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Alguien dijo alguna vez que el judaísmo es como un diamante de muchas caras. Una más religiosa, otra más tradicionalista, otra cultural, otra étnica, otra gastronómica, otra imaginativa. En Argentina conviven todas las facetas de ese diamante, que proyecta su luz de color sobre las calles de Buenos Aires pero también sobre los libros que se publican, las películas que se exhiben e incluso la lengua que se habla.

El judaísmo argentino tiene un pasado de más de 130 años, cuando llegaron los primeros migrantes a bordo del Wesser. Su presente es aún activo y fragoroso. Su futuro, como el de todos nosotros, aún incierto.  

Escritor y periodista cultural. Incluido en la lista Bogotá39 de 2017 de los más prometedores narradores latinoamericanos. Autor de las novelas Mi libro enterrado (2013), El invierno con mi generación (2015), Un reino demasiado breve (2017) y Laberintos en línea recta (2019) y de los ensayos El estilo de los otros (2015) y Un hombre entre paréntesis (2019).

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