Un fresco para albergar un mundo

De la desconfianza inicial a cinco años de textos extensos y lectores fieles. El recorrido de una propuesta que apostó por el periodismo narrativo en tiempos de clic.

Pablo Perantuono

Buenos Aires
La Boca, en Buenos Aires, donde el color y la vida cotidiana condensan la vitalidad de un territorio atravesado por historias. DENNIS G. JARVIS
La Boca, en Buenos Aires, donde el color y la vida cotidiana condensan la vitalidad de un territorio atravesado por historias. DENNIS G. JARVIS

Los efectos de la pandemia no se habían disipado y, además de inspirador, el contenido de aquel mensaje era infrecuente, casi contracultural. En la mañana del viernes 11 de diciembre de 2020, un hombre, Albert Montagut, se presentaba por mail —o volvía a hacerlo: me había contactado por WhatsApp en la víspera— y me explicaba que tenía un plan. Un plan que sonaba interesante porque, además, quería que yo formara parte del mismo.

Cínico y porteño —dos propiedades cuya deriva natural suele ser la terapia—, tomé la invitación con una mezcla imprecisa de escepticismo y entusiasmo. Como el amor después de ciertos fracasos o rupturas: más lo primero que lo segundo. Los museos del periodismo gráfico están atiborrados de aventuras relampagueantes que acabaron gloriosamente mal. No me pasaría de nuevo.

Había en el mail de Albert, claro, algunos elementos que convocaban al entusiasmo. “COOLT —decía en su presentación— es un magazine digital dirigido fundamentalmente al mercado de habla hispana. Se trata de una publicación que aspira a ofrecer contenido de calidad de temática sociopolítica y cultural, atenta a las tendencias emergentes y deseosa de conjugar la mirada analítica de la actualidad con dosis de entretenimiento”.

Aún con su indiscutible aroma a briefing, me gustaba lo que leía. Y, si avanzaba, me gustaba un poco más: “La filosofía de este proyecto se podría resumir en la idea: «Historias que cruzan océanos». La oferta de COOLT incluye reportajes, crónicas, artículos de análisis y de opinión, entrevistas, perfiles personales y piezas de actualidad y de entretenimiento”.

El escritor argentino Jorge Luis Borges, quien fue enterrado en Ginebra en 1986. ARCHIVO
El escritor argentino Jorge Luis Borges, quien fue enterrado en Ginebra en 1986. ARCHIVO

Ya estaba adentro, sí, pero seguía teniendo dudas, porque mientras terminaba de leer el postulado, un puñado de preguntas, como hormigas del pasado, comenzaba a cosquillearme por dentro. En un ecosistema mediático que parecía expulsar cada vez con más fuerza al lector de largo aliento, ¿a quién demonios pensaba enamorar COOLT con ese nombre y con esa propuesta casi contracultural? En palabras de un viejo jefe que tuve alguna vez en una revista —justamente— cool, ¿qué sed venía a apagar COOLT con sus ideas, su impronta, su arrogancia? Y más: en una atmósfera que consagra el baiteo y que se arrodilla ante el altar del clic, ¿cuál era su capacidad o su chance de éxito?

Yo creía que eran pocas porque, además, la mayoría de los intentos por emular al New Yorker, canónica revista de la élite cultural de Occidente, fracasaron. Y no porque sus Salieris hayan sido todos de baja calidad —aunque seguro que los hubo—, sino porque, como Mozart, el New Yorker es la excepción a la regla, y la regla dice que la gente lee y atiende cada vez menos, afectada por la procrastinación, intoxicada por ese diminuto dispositivo rectangular que nos secuestra el estado de ánimo. ¿Se imaginan a alguien leyendo una crónica de 20.000 caracteres en el teléfono celular? A mí me costaba.

Pero parece que eso es posible, que eso sucedió, que eso sucede. Que hubo —que hay— lectores a los que todavía les interesan los textos extensos que cuentan una historia que, a la vez, sirven para describir una geografía. Porque eso es lo que viene haciendo COOLT desde hace cinco años con su ambiciosa propuesta: erigirse como un gran fresco que alberga un mundo, el hispano, tan ecléctico como abigarrado, un territorio desmesurado por cuyos nervios circulan leyendas, personajes, mitos, pasiones, tragedias, la vida misma.

No siempre por las mejores razones, pero por aquí, con solo salir a la calle, los contenidos para hacer buen periodismo —me refiero al periodismo pausado, el de profundidad— aparecen casi de arrebato, nos asaltan. A diferencia de otros territorios, sobre todo aquellos del Primer Mundo, nuestro hemisferio tiene una potencia y una vitalidad que, desde afuera, se revelan como exuberantes. Hay, claro que sí, una mirada algo paternalista en esa consideración externa, sobre todo porque ese interés también abreva en la fantasía o en la romantización al estilo del realismo mágico, pero no deja de ser cierto que la vastedad y el color de ese mosaico condensan una enorme capacidad para capturar la atención de los posibles lectores.

Sus zigzagueos políticos, sus crisis económicas recurrentes, sus desproporcionadas asimetrías sociales, sus opacidades endémicas en la justicia, sus historias de goce y traición, sus excentricidades o contradicciones, y su enorme bagaje cultural —solo por citar un breve listado de atributos— dan cuenta de una realidad capaz de producir una narrativa inagotable. Esa narrativa inagotable incluye, además, una incesante producción de personajes y protagonistas no menos cinematográficos que pululan por el centro o la periferia de sus colinas y praderas, puertos y montañas, emergentes culturales que han enamorado y enamoran al mundo.

Leo Messi celebra un gol en la semifinal de Argentina contra Croacia del Mundial de Qatar, el 13 de diciembre. EFE/JUANJO MARTÍN
Leo Messi celebra un gol en la semifinal de Argentina contra Croacia del Mundial de Qatar. EFE/JUANJO MARTÍN

Pero la propuesta de COOLT era atractiva por algo más, por razones de índole personal que mucho tenían que ver con las aspiraciones de quienes nos subíamos al barco. Porque para cualquier cronista que considerase al periodismo narrativo, con su fascinante paleta de posibilidades, como la representación más acabada del oficio, la aparición de un espacio como este cristalizaba una oportunidad no solo infrecuente, sino largamente deseada. En las anchas caderas de COOLT cabía una constelación de narradores hispanoamericanos dispuestos a contar historias y a describir personajes y climas, un número importante de firmas que se daría cita en sus páginas para intentar retratar la época.

Y si bien el interés externo por la región no era nuevo —al fin y al cabo, la chispa del boom literario se encendió en Barcelona y no en Buenos Aires—, sí era nuevo que en el ADN de un medio apareciese esa doble intención, la de poner un ojo en cada orilla del Atlántico, buscando aquí y allá historias que despertaran la atención de la audiencia. 

En el caso argentino, todas nuestras vísceras estaban a la vista. Nuestra pasión por las paradojas, por el contraste cambalachesco, por albergar en nuestras playas lo genial y lo absurdo, lo inefable y el atraso inesperado, Maradona y la inflación, el rock y Messi, Mafalda y la pobreza, Borges y el derrape. La tentación era irresistible: podíamos abordar nuestros fenómenos socioculturales desde la matriz, desentrañando sus causas, intentando ensayar razones que se aproximasen a algo parecido a una explicación o incluso un pretexto.

Hecha la invitación, arrancó el desafío. Cinco años y 52 notas después, aquí estamos, celebrando un cumpleaños que, considerando aquella desconfianza inicial y ciertas aprensiones, es todo un hito. En el medio, el melodrama argentino: la gloria de Qatar y el despropósito de la economía; el compromiso de Ricardo Darín y la desmesurada popularidad de los Redonditos de Ricota; las obsesiones de Mariana Enríquez y la vigencia de algunos mitos, sea Palito Ortega o La difunta Correa; la gracia de Lali Espósito y los gritos destemplados de Milei. Un país que salta, que se contorsiona, que cae, que sigue. Que está vivo. Que quiere más. Como COOLT.

Pablo Perantuono

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