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Las chinampas se niegan a hundirse

Una nueva generación de agricultores trata de preservar en Xochimilco un sistema de cultivo de origen prehispánico amenazado por el deterioro ambiental y el crecimiento de Ciudad de México.

José Miguel Flores en su chinampa caminando con pasos altos para no pisar las flores de estatil. DIEGO TORRES PANTÍN

Ciudad de México cuenta con una alcaldía donde el agua es abundante, el traslado en canoas es aún común y la agricultura presenta características únicas: Xochimilco. Y es cierto: allí, gran parte de los traslados ocurren por sus canales.

Cuenta la leyenda que, cuando los dioses aztecas estaban dando por terminado el mundo anterior, acordaron entrar en una hoguera para convertirse en cenizas y renacer en el próximo mundo. Huitzilopochtli, Coatlicue, Tlaloc, Quetzalcóatl, entre otros, ingresaron. Pero el hermano de este último, Xólotl, aunque encarnaba la muerte, sintió pavor y huyó. Tomó las formas de diferentes animales, hasta adoptar la de un ser pequeño, similar a una salamandra: un ajolote capaz de vivir en la tierra y en el agua. Se escondió. Sin embargo, el viento vino por él y lo obligó a ir hasta la candela.

El ajolote es un anfibio pequeño de curiosísima biología: su cuerpo permanece toda su vida en la etapa larvaria. Como si una rana permaneciera en su forma de renacuajo. Posee una habilidad impresionante para regenerar sus tejidos después de heridas o amputaciones. Y desde tiempos ancestrales ha vivido en las raíces del ahuejote, un árbol característico de Xochimilco. Es un ecosistema donde también se encuentran peces como el charal y la carpa, un camarón conocido como acocil o la rana Moctezuma. Él es solo la especie más conocida de todo su ecosistema.

La apariencia de Xochimilco ha cambiado. Años atrás, el agua era aún más abundante y cristalina. Había islas artificiales por doquier, que se construían colocando grandes cantidades de lodo extraídas del fondo acuático; después, se cubrían con una capa de hierba para añadir estabilidad. Esas islas se conocían como chinampas. Hoy siguen existiendo, pero están anexadas a la tierra firme: el paisaje con forma de archipiélago ha desaparecido. Las prácticas chinamperas aún se esfuerzan por sobrevivir en medio de un contexto ecológico y demográfico que no es favorable.

Huitzitzilli Flores llega a una chinampa después del viaje en canoa. DTP

La vida de un chinampero de larga data

Un agricultor de Xochimilco que tiene recuerdos de antaño es José Miguel Flores Plaza (1940). Vive junto a Beatriz, su esposa, en una casa que colinda con uno de los canales. Todos los días va a trabajar en una chinampa en su embarcación.

Huérfano con raíces indígenas, fue criado por sus tíos. Ellos tenían varias plantaciones. En la década de 1940, teniendo menos de diez años, él usaba unas pequeñas embarcaciones llamadas chalupitas para llevar alimentos a todos los agricultores que trabajaban para sus tíos. “El nivel de los canales era más alto porque había agua de los manantiales. Era agua completamente potable y limpia”.

Xochimilco tiene un vocabulario propio para nombrar cada acción relativa al cultivo. Se le dice barbechar al acto de arar la tierra y dejarla reposar para que la humedad regrese, y con ella, los nutrientes, de modo que en la época de cultivo la fertilidad será magistral. Allí, es común que los agricultores tomen cúmulos de lodo que contienen residuos vegetales para usarlos de abono; ese lodo se llama chapín. También tienen un nombre para pequeños caminos por los que pasa el agua y se riegan los cultivos: se conocen como apantles. Hay un verbo que refiere a remover los escombros de los apantles: desazolvar. Y existen muchos más términos ligados a las prácticas chinamperas. Para José Miguel, todo ese conocimiento le fue transmitido de manera natural. Y no podemos dejar de lado uno de sus productos autóctonos: el maíz chinampero, muy variado en coloraciones, en diferentes razas, y caracterizado por su sabor un poquito dulce.

José Miguel Flores reposando en su hogar. Su casa conecta directamente con uno de los canales.

Cuando él era niño, casi todos los habitantes de la zona sembraban en sus propios terrenos. Había pocas chinampas desocupadas. Se sembraban flores y hortalizas. Gran parte de la alimentación de los ciudadanos de Ciudad de México dependía de Xochimilco. “Mis tíos cultivaban maíz, rábano, verdolaga, epazote, (…) Entre las flores había muchas de temporada: chícharo, rayito, espuela, margarita, margaritón, crisantema y nube, que se usaban para el Día de las Madres o el Día de Muertos”. Muchas veces, la mercancía era trasladada a Ciudad de México en canoa.

En ese contexto, los árboles conocidos como ahuejotes tenían poca competencia en el paisaje de Xochimilco. Y encontrar ajolotes en estado silvestre era más o menos común: no sucedía a diario, pero tampoco era extraño. Incluso las personas solían atraparlos para comerlos. “Sabía a pescado y era nutritivo y muy apreciado”.

José Miguel tenía aproximadamente trece años cuando comenzó a trabajar en las chinampas. Eso sí: no dejó los estudios, se dedicaba a la agricultura los fines de semana. Después, se licenció como maestro y como contador público. Al fallecer sus tíos, heredó algunos terrenos; otros los compró. Ya adulto, se casó y empezaron a nacer sus hijos.

No se usaban abonos con químicos o de procedencia industrial, sino abonos hechos con pescado podrido y estiércol de vaca, y a veces, rastrojo, cáscara seca de maíz. Primero le enseñaron a barbechar, luego echar el chapín e introducir las semillas.

Maíces de diferentes colores secándose para seleccionar sus semillas. DTP

Xochimilco, durante la era precolombina, era habitado por los xochimilcas, un conjunto de pueblos de lengua náhuatl que mantuvieron varios conflictos con los poderes locales de su época. Ellos crearon las prácticas chinamperas, que antaño alimentaron a gran parte de la población de la zona, incluyendo la gran ciudad de Tenochtitlan. 

Entender este mundo tan específico involucra comprender la relación que sus habitantes han tenido con su hábitat. El Grupo de Trabajo de Poblaciones Indígenas, un organismo ya disuelto de la ONU, definió como patrimonio biocultural “el conocimiento, innovaciones, prácticas y expresiones culturales de pueblos indígenas y comunidades locales que a menudo comparten colectivamente y están vinculadas de manera inextricable a recursos y territorios tradicionales; (…); valores culturales y espirituales; y leyes consuetudinarias formadas dentro del contexto socio-ecológico de comunidades”. Todas las técnicas chinamperas entran en esa categoría.

Con los años, José Miguel fue sintiéndose más decepcionado con lo que veía a su alrededor. Los árboles no endémicos empezaron a multiplicarse. La ciudad fue creciendo, lo que provocó que las prácticas chinamperas fueran volviéndose más minoritarias. Fue notando cómo iban decreciendo las cantidades de agua de los canales. Las personas comenzaron a cubrir los apantles con escombros. Y el agua, antes pura, ahora empezó a mostrar contaminación hasta llegar a niveles alarmantes. Para colmo, en los años 70 el gobierno mexicano introdujo a la tilapia, un pez africano, en los canales de Xochimilco, con la intención de que su pesca pudiera ser una fuente de ingresos para la población, pero se convirtió en una especie invasora que tiene al ajolote como presa, llevando al anfibio al borde de la extinción.

Granos de maíces rojos y negros seleccionados para hacer nuevos sembradíos de maíz, conocidos en Xochimilco como milpas. DTP

José Miguel ve con frecuencia cómo llegan turistas a Xochimilco. Los llevan de paseo en embarcaciones que hoy en día llaman trajineras, y que son adornadas con varios colores. Él considera que el término “trajineras” es un invento de la industria turística. Lo cierto es que anualmente la delegación atrae a 1.2 millones de personas. Eso no fue pasado por alto por la UNESCO cuando en 1982 declaró al Centro Histórico de la Ciudad de México y Xochimilco Patrimonio de la Humanidad, reconociendo, entre varios elementos, las prácticas chinamperas como un ejemplo de prácticas ancestrales vivas todavía. De hecho, en la declaración ofrecieron un comentario muy pertinente:

“En el sitio aún sobrevive el sistema de cultivo de los mexicas a través de chinampas, el cual ha decaído a partir del siglo XX cuando la explosión demográfica de la Ciudad de México requirió mayor abastecimiento de agua potable y se dio la continua disminución del tamaño de los lagos y la red de canales, iniciándose la pérdida de la capacidad productiva del sistema chinampero quedando reducido a unos pocos canales de no más de 400 kilómetros de extensión. Además de flora, fauna y bellos paisajes, Xochimilco representa sustentabilidad tanto para el consumo como para la producción dentro del Valle de México”.

José Miguel no es entusiasta ni con el pasado reciente, ni con el presente ni con el futuro de las prácticas chinamperas y del ecosistema de Xochimilco. “Ahora las chinampas son un problema. Donde hay asentamientos, las autoridades sellan casas en construcción, pero las que ya están hechas ni las consideran. Todos usan fosas sépticas: no hay drenaje y el agua está muy contaminada”. Por eso, prefiere que los jóvenes de su familia se dediquen a otras áreas.

Un ajolote en cautiverio dentro de los espacios de Moja. DTP

Esfuerzos desde lo biológico

Joaquín Enriquez de los Santos, biólogo egresado de la UNAM, es director de la Fundación Moja, ubicada en Xochimilco, más precisamente en San Gregorio Atlapulco, y encabeza esfuerzos por combatir la contaminación de la zona. En sus espacios se encuentra un vivero para trabajar en proyectos biológicos.

En sus espacios residen algunos ajolotes. Fotografiarlos fue esencial para conseguir financiamiento de instituciones privadas. Es una “especie bandera”, igual que el panda. Tiene una ventaja: atrae fieles a su causa. Tiene una desventaja: reduce el campo de visión del espectador externo. Joaquín comenta que sus primeros ejemplares no pudieron reproducirse. De hecho, tenían una característica que solo se da en cautiverio: su color. Los ajolotes, en la naturaleza, son negros. Sin embargo, en cautiverio, debido a una carencia nutricional, pueden desarrollar una pigmentación rosada. Y justo el ajolote rosa se ha hecho tendencia en redes: se le ve en murales y en peluches. Lo más irónico es que esta especie fue escogida para ser la mascota del Mundial de Fútbol 2026, pese a que está al borde de desaparecer en su hábitat natural.

En Xochimilco existen varias instituciones con ajolotes en sus acuarios; sin embargo, encontrarlos en su hábitat natural es prácticamente imposible. Quedan muy pocos. Y, además, debido a la acidez de las aguas de los canales de ahora, es muy difícil lograr su reintroducción. Pero no estamos hablando de la extinción de una sola especie, sino de una serie de problemas que están ligados a un ecosistema entero. Hablamos también del ahuejote y de muchas más especies. De aguas que, de hecho, abastecen a gran parte de Ciudad de México. Un ícono no representa a la totalidad.

—En conservación, un problema no está aislado. Una especie está ligada a todo lo que la rodea. No basta sembrar un árbol para recuperar un humedal: hay que considerar agua, lluvias, especies, y tomar decisiones más acertadas a largo plazo. Esto implica equivocarse y volver a intentar, e improvisar, porque trabajamos con especies al borde de la extinción. Reforestamos con ahuejotes, analizamos la calidad del agua, conservamos ajolotes. Es un esfuerzo de muchos frentes.

Huitzitzilli Flores desgranando una mazorca de maíz para después seleccionar las semillas para una nueva milpa. DTP

Una nueva generación

Huitzitzilli Rodríguez Flores (1996) es nieto de José Miguel. Desde niño, esa casa fue su segundo hogar. Cuando iba a Xochimilco, su abuelo siempre lo paseaba en canoa a él, a su hermano y a sus primos. Iban recorriendo los canales mirando mientras se maravillaban con el entorno. Les hablaba de los peces, del ajolote y de la vida en general, siempre repitiendo que el ecosistema local había muerto. Él sentía una curiosidad natural por eso. Quizás por su herencia indígena, que tiene por ambos lados, paterno y materno.

Muchas veces, Huitzitzilli le comunicó a su abuelo que quería trabajar en las chinampas. José Miguel se negó. Él quería que sus nietos estudiaran y se volvieran profesionales porque consideraba que el mundo de las chinampas ya estaba en extinción. “Primero estudia algo y luego te enseño”, le decía. Él se matriculó en la licenciatura de Desarrollo y Gestión Interculturales de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.

En el año 2021, un amigo de Huitzitzilli que también estaba interesado en el tema le dijo que había comprado una canoa. Ante eso, el abuelo accedió a enseñarles. Estaba disponible la chinampa de una tía. Huitzitzilli fue y observó a su abuelo cultivar. Técnica por técnica, fue tomando nota. Después, fue sumando amigos al proyecto. Así fue como nació el colectivo Cacomixtles Chinamperos.

Aprender a remar por cuenta propia fue otro paso importante. Lo único que hizo fue ponerse en la canoa, tomar un remo y llamar a su madre para pedirle instrucciones. Luego, lo demás fue ensayo y error, pero más ensayo que error. Aprendió rápido.

La chinampa de la tía requería una gran cantidad de trabajo. Tenía un apantle sucio y cubierto de escombros. Fue necesario ir limpiándolo a punta de azadón. Después, tuvieron que remover todas las malas hierbas, tuvieron que desazolvarlo. Después tocó barbechar la tierra. El acto de cultivar esperó dos meses. Fueron introduciendo las mismas hortalizas que el abuelo trabajaba: chile, maíz y calabaza.

Huitzitzilli Flores seleccionando las semillas que va a sembrar en la cabaña chianampera del colectivo Cacomixtles Chinamperos. DTP

La iniciativa de Huitzitzilli integró a más miembros. Además de eso, existieron otras complicaciones:el transporte público para ir de Ciudad de México a Xochimilco es agotador: para casi nadie del grupo que se formó es posible llegar en una sola ruta. Por otro lado, el trabajo es arduo. Él cree que diez metros de tierra requieren cinco jornadas. Y cada vez que se inicia un cultivo nuevo, es necesario volver a barbechar.

—Yo creo que hay consciencia de conservar la agricultura de Xochimilco, pero muy poca. Hay varias iniciativas. Hay una importancia biocultural muy grande en las prácticas chinamperas, un patrimonio inmaterial que involucra las palabras del náhuatl, las técnicas de siembra y la gastronomía. Supongo que en la medida en la que lo voy aprendiendo, lo voy conservando, pero todavía me falta aprender muchísimas cosas de aquí. Cuando me gradúe quiero fundar dos asociaciones civiles.

Ahora la vida de Huitzitzilli radica, en gran parte, en su actividad en las chinampas. Vive entre Ciudad de México y la casa de sus abuelos. Estando allí, se levanta a las 5:15 de la mañana para trabajar con su abuelo. Trabajan en los cultivos hasta las 8:30 de la mañana. Comen, descansan y después vuelven a la chinampa. Recogen el maíz, lo trabajan en casa. Esa es la vida de los chinamperos de Xochimilco.

Con frecuencia, Huitzitzilli trae amigos a la casa de sus abuelos. José Miguel les cuenta a los jóvenes sobre el Xochimilco de antaño. Tiene la esperanza de que eso siembre un cambio, aunque sea pequeño.

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Periodista y fotógrafo. Colaborador de medios como Prodavinci.