Carolina Castro, entre techos de cristal y alfombras de poder

De repartir regalos de empresa en coche a ser la primera mujer en la cúpula de la patronal industrial argentina. “El poder se tiene que conquistar”, dice la directiva.

La empresaria argentina Carolina Castro, en su despacho en Buenos Aires, el 18 de junio de 2021. LEO VACA
La empresaria argentina Carolina Castro, en su despacho en Buenos Aires, el 18 de junio de 2021. LEO VACA

En buena parte de su obra, Roland Barthes (Cherburgo, 1915 - París, 1980) aborda las distintas formas del discurso oral para identificar lo que denomina los “silencios suspirados”, aquello que moldea, de una manera que califica como sensual, el sentido de lo que se dice. Al profundizar, el ensayista francés habla del “grano de la voz”, eso que se genera cuando la dicción es absoluta e inteligible, cuando no se priva de nada pero tampoco predica con cada sílaba; cuando la frase es natural y no tiene afectación, aunque tampoco subraya la ausencia de afectación. El equilibrio ideal, en suma, entre la distancia y la familiaridad.

En un amable punto intermedio entre lo distinguido y lo familiar: así habla Carolina Castro (Buenos Aires, 1979), feminista, politóloga, industrial, mamá de dos hijos, dirigente. Humedecida por una suerte de pragmatismo gentil, con una celeridad que no aparenta vehemencia sino elocuencia, en su voz parecen circular, sin que se tensen, su origen y su aventura vital, la educación de elite y la universidad pública, la industria pesada y, sin serlo o pretenderlo, cierto aire docente (sus manos, de finos dedos, dibujan formas y subrayan sus conceptos, y terminan de cincelar esa impresión).

Ese grano del que hablaba Barthes, ese mecanismo oral por el cual el emisor no sacrifica nada de lo que tiene para decir pero tampoco se regodea en sí mismo, es lo que, en suma, se expande y llena su oficina de la legendaria avenida 9 de Julio de Buenos Aires, por cuyo ventanal emergen los rascacielos del otoño de la capital argentina.

Distinguida en 2020 por la BBC como una de las 100 mujeres del año en todo el mundo, al margen de su formación académica o de sus cargos jerárquicos —es directora de Recursos Humanos en Industrias Ghidi, la empresa familiar que preside su madre, Janet—, lo que restalla en Castro, entre otros atributos, es un espíritu inquieto, pulsión que la llevó a, en primer lugar, y siendo una egresada del colegio San Andrés —una institución de elite en la que estudian los hijos de la alta burguesía porteña— decidir, por motu proprio, inscribirse en la carrera de Ciencia Política de la Universidad de Buenos Aires (UBA). El contraste entre uno y otro universo es brutal: mientras uno resuma solemnidad, dogma religioso y clase, el otro, al margen de su prestigio sudamericano, es un espacio abigarrado y vibrante cuya riqueza reside en su transversalidad absoluta, su condición de laica, universal y gratuita. Más que la Argentina, en la UBA cabe el mundo.

“Sentí que esa carrera me podía formar, porque tenía un poco de historia, de filosofía, de economía, y sobre todo porque tocaba algo que a mí ya en la escuela secundaria me había parecido interesante, que es justamente la política. Yo estaba muy interesada en la geopolítica, en cómo se mueve el poder en el mundo, cómo las democracias van moldeando las sociedades que tenemos”, dice Carolina.

- ¿Fue una decisión tuya ir a la UBA?

- Sí. Cuando miré carreras, miré las de la UBA únicamente. Tomé la decisión con muchísima libertad, en el sentido de que en mi casa no había ningún mandato para que me incorporara a la empresa o que no lo hiciera, pero tampoco había una obligación de una carrera, porque ninguno de mis padres habían sido universitarios.

- Pensaste que esa carrera en esa facultad te iba a aportar algo distinto, complementario…

- Sí, sabía que era tan importante la carrera como el lugar donde la cursara. Mi viejo es un tipo que se hizo totalmente de abajo, y siempre me inculcó eso de estar conectada o intentar estar lo más conectada posible con la sociedad, siempre dentro del privilegio que yo tengo. Por eso sentía que la UBA era un lugar donde yo tenía que ir y que me iba a servir, y fue así. Allí me encontré con una diversidad que no había tenido y estuvo buenísimo. Y después se dio una paradoja que es que a los de mi camada nos tocó salir al mundo laboral en la crisis del 2001, y ese era un momento muy malo para insertarte el mercado; de hecho, yo lo intenté y como muchos chicos en esa época, fue imposible encontrar trabajo.

La empresaria argentina Carolina Castro, en Buenos Aires, el 18 de junio de 2021. LEO VACA
Carolina Castro, en la azotea de su oficina situada en la avenida 9 de Julio de Buenos Aires. LEO VACA

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Diciembre de 2001, Argentina.

Las peores pesadillas toman forma: una economía que colapsa y en su cabalgata descendente arrastra, como un alud que baja de la montaña, con todo lo que encuentra: ahorros, sueños, moneda, la política, la autoestima, el futuro. Argentina es noticia en el mundo por la renuncia de su presidente, por una salvaje represión policial (20 muertos en los alrededores de la plaza de Mayo), por el aire anárquico que toman sus calles céntricas, por el nombramiento de cuatro presidentes más en una semana y por una pregunta absurda, de ribetes existenciales, aquella que ninguna civilización espera hacerse: ¿es cierto que un país puede terminarse?

Entre lo que parecía ser el humo de sus últimos puentes, una joven Carolina, como toda una generación, se pregunta a dónde ir o a quién llamar, si parece que nadie atiende. Su título de politóloga, además, no es el más adecuado para un mercado reducido a la mínima expresión. Si para una cientista política cualquier economía en expansión no produce demasiadas vacantes, menos aún lo iba a hacer aquella nación desmantelada. Carolina mira para adentro, para la empresa familiar, que tampoco atraviesa de forma indemne esos días de furia: como muchas compañías, tiene empleados suspendidos, la cadena de pagos está rota, la incertidumbre es absoluta. Una sensación de desánimo palpita en las calles y, con su inapelable soplo dramático y tanguero, se empieza a hablar de un país que se desangra, que invita al exilio.

- En ese momento de tanto desaliento social, ¿tuviste alguna idea, alguna fantasía de irte, de probar suerte afuera?

- No, soy muy arraigada, me encanta nuestro país, soy también muy porteña, me gusta mucho la ciudad.

Sin ocultar su condición de privilegiada, de poder contar en medio del desasosiego social con esa red familiar que la sostuviera, Carolina inició su camino laboral en la compañía que lidera su madre. Un poco en contaduría, otro tanto en comercio exterior, un rato como simple cadeta —donde debió someterse al rodillo implacable de la burocracia—, o un tiempo montándose a su VW Gol para serpentear, en tiempos sin GPS o aplicaciones ruteras, las sinuosas calles del conurbano bonaerense y repartir regalos empresariales. Fue su entrenamiento laboral, el pasaje a la madurez, las divisiones inferiores de lo que pronto comenzaría a pasar.

Casi como una ley física, el rebote de la colosal caída argentina, une vez que se verificó que no había sido terminal, fue también sorprendente. En muy poco tiempo, en especial después de un devaluación del peso frente al dólar —producto de la salida de la convertibilidad— que provocó que el precio de las materias primas nacionales resultara conveniente, Industrias Ghidi retomó la cadena virtuosa del crecimiento, montándose nuevamente como una pieza clave en el engranaje de la confección de autopartes. Aún cuando desde afuera pueda ser percibido como un país primordialmente agricolaganadero —exportador de futbolistas, ganado, soja y últimamente algún que otro Papa—, la Argentina cuenta con una industria nacional de cierta fortaleza, un sector que atravesó, y atraviesa, sus zigzagueantes y recurrentes avatares económicos con hidalguía y estupor, pero sobre todo con la abnegación y la resilencia de un (ex) adicto. Cerca del 70% del empleo formal en Argentina lo dan las pymes. Desde 2003, a partir de las políticas de fomento económico del Gobierno de Néstor Kirchner (Partido Justicialista) y de lo que se denominó viento de cola por las condiciones externas favorables, la producción industrial, el comercio internacional y el PBI argentino no pararon de aumentar. Se inauguró un extraordinario período de prosperidad económica, replicado en casi todo América Latina, con crecimiento a tasas chinas.

Gracias a ese ciclo (2003-2008, 2010-2011) de efervescencia, la empresa familiar inauguró una nueva sede industrial en las afueras de Buenos Aires, incorporó operarios a su planta (hoy tiene casi 500 empleados), compró maquinaria con tecnología de vanguardia y, sobre todo, afianzó su vínculo como proveedor privilegiado de Toyota, el gigante automotriz japonés que llegó al fin de aquella primera década del siglo convirtiéndose en el mayor exportador de autos y el mayor productor del mundo. “Y me quedé —dice Carolina— y fui encontrando mi espacio, y me empezó a gustar trabajar ahí y ver cómo la empresa crecía y cómo yo conseguía un financiamiento que capaz era importante para que podamos traer más máquinas. Y al mismo tiempo me empezó a interesar todo lo que tenía que ver con desarrollo económico, productivo, la posibilidad de ver las restricciones que uno tiene cuando quiere crecer en Argentina, observar el rol del Estado, y entender por qué tenemos tan poco financiamiento, por ejemplo”.

La Argentina tiene algo para aportarle al globo

Al calor de ese crecimiento, tanto personal como de la firma y del país, Castro comenzó a ampliar su campo de batalla. La actividad industrial cada vez más intensa determinó, como en una deriva natural, que los fabricantes de autopartes, entre los que Industria Ghidi descollaba, se nuclearan, no ya entre sus CEOs tradicionales, sino entre aquellos que tenían más futuro que pasado, los jóvenes de esas empresas. Allí fue Carolina, con su formación académica heterogénea a tratar de bajar a la arena aquello con lo que los claustros se envanecen pero que la realidad, por su propia dinámica crítica, resiste o incluso refuta: la teoría. ¿Cómo conviven Weber o Habermas, o Guillermo O´Donnel, o Foucault o la misma Hanna Arendt con una realidad de país eternamente en vías de desarrollo? ¿Cómo aplicar un modelo teórico exitoso del primer mundo, por más que esté elucubrado por luminarias de Oxford o de Massachusets, a la materialidad sudamericana, a sociedades crispadas, atribuladas, endémicamente inequitativas? Difícil, claro, pero había que intentarlo. Lo cierto es que allí fue ella con su prosapia familiar a cuestas y con, sobre todo, el deseo transformador, el deseo de despegue. Ya era una licenciada y una industrial. Estaba asomando la dirigente y la feminista.

“Una de las instituciones a través de las cuales se dialoga y se hace política pública es la gremial empresaria, porque articula constantemente con el sector público para ver cuáles son las políticas que hay que aplicar. Eso fue como un matrimonio perfecto para mí, porque me permitió compatibilizar mi actividad en el sector privado con la cosa pública, porque sin ello siento que me falta algo, siento que no estoy aportando al desarrollo nacional. La política es la que tiene la mayor capacidad de transformar, pero desde la gremial uno puede hacer soporte también. Creo que las instituciones gremiales, sindicales, empresariales, movimientos sociales incluso, cuando tienen buenos dirigentes, le hace bien a un país. Entonces mi idea es formarme como dirigente para ayudar en eso. Es el norte que tengo”, asegura.

- Hasta aquí pareciera que estamos hablando de un país en el que la industria ocupa un lugar trascendente, pero que desde lo narrativo, con tantas crisis que se llaman fatalmente terminales, si alguien de afuera lee, pareciera que no, o que es mucho peor de lo que realmente es.

- La Argentina tiene una tradición productiva industrial muy fuerte que arrancó por los cincuenta del siglo pasado y siguió en los sesenta. [El presidente Arturo] Frondizi fue un gran exponente del desarrollismo industrial. Para principios de la década de los setenta la Argentina lograba producir muy vanguardísticamente a tope de tecnología en un montón de sectores, algo que si hubiésemos logrado la continuidad en el tiempo, nos hubiese posicionado en otro lado. Lamentablemente tomamos otro camino, y si bien en los últimos 40 años logramos consolidar la democracia, en ese mismo período destruimos a la industria con excepción de un período particular, 2003-2012 donde hubo una reindustrialización, a partir de una capacidad instalada que ya estaba con cierto crecimiento. Esa capacidad la Argentina la tiene por dos razones; primero por una tradición histórica industrial que viene de muchos años y después porque tecnológicamente tiene algunos sectores donde se están haciendo cosas en la frontera y creo que es eso lo que los argentinos tenemos que mirar, y tenemos que posicionar de cara a América Latina y al resto del mundo: la Argentina tiene algo para aportarle al globo. Dos ejemplos. Uno es el trigo anti sequía que es un desarrollo de Raquel Chan, una investigadora financiada por el sistema público, en asociación con Bioceres que es una empresa de productores agropecuarios. Ellos hoy tienen algo que es maravilloso: han logrado modificar el trigo y la soja en forma tal que se pueda producir a mayores rindes con sequía. Y el otro ejemplo en el área bien industrial es IMPSA, una empresa mendocina, original de capitales nacionales, de una familia ahora reestructurada, hoy capitalizada por el Estado, es una empresa que hace tecnología de vanguardia para lo que son energías renovables. Es genial que Argentina tenga IMPSA, que participa de proyectos en el mundo, en licitaciones públicas, le contratan las turbinas, los molinos eólicos, tiene un desarrollo tecnológico extraordinario. Esas cosas son las que el país no puede perder y que tiene que potenciar.

La empresaria argentina Carolina Castro, en su despacho en Buenos Aires, el 18 de junio de 2021. LEO VACA
La empresaria argentina Carolina Castro, trabajando en su despacho. LEO VACA

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2019 es un año clave para Carolina, un momento en cierta forma consagratorio: llega a las ligas mayores de la dirigencia del sector. La Unión Industrial Argentina (UIA), emblemático espacio que reúne a los líderes de buena parte de la burguesía y el establishment vernáculos, una organización de más de 100 años cuyos cargos jerárquicos siempre fueron ocupadas por hombres, la nombra integrante de su directorio. Un círculo endogámico y testosterónico en donde —y aquí el imaginario no parece alejarse demasiado de la realidad— opulentos señores afines a los habanos cubanos y las corbatas italianas toman decisiones, buscan la forma de beneficiar al sector y, por extensión, aunque sabemos que eso no siempre ocurre, a la economía nacional. Ahora Castro camina sobre las alfombras del poder de ese mundo que parece cambiar: es la primera mujer en más de un siglo en pisarlas.

- Simbólicamente ocupar un lugar en el directorio, siendo mujer, fue impactante.

- La verdad que no pensé que iba a tener ese impacto, pero es cierto que, como sucede en los ámbitos de la sociedad donde aparece una mujer por primera vez, se destaca en los medios. A partir de mi llegada en la UIA, empecé a sentir que la gremial empresaria y otros espacios empezaron a preocuparse, a mirarse el ombligo.

- A hacerse la pregunta.

- A hacerse la pregunta, eso. Y este año se hicieron elecciones y ahora somos tres y en junta directiva hay más. Estamos empezando a transitar un camino, pero todavía falta mucho. Si te fijás, hoy no hay ninguna mujer vicepresidenta [en la entidad], por ejemplo.

- Nombraste la vicepresidencia, y por asociación te pregunto, ¿qué te genera la figura de Cristina Fernández de Kirchner [actual vicepresidenta argentina]?

- De CFK rescato su fortaleza como mujer y la capacidad que ha tenido para construir un liderazgo propio, sobre todo luego de la muerte de Néstor Kirchner. Eso es importante, en términos de “techos de cristal”, más allá de lo que cada uno piense sobre sus ideas.

El 90% de las decisiones que se toman que afectan la vida de todos la toman varones

- Volviendo a la UIA o al mismo negocio, ¿sentís que de algún modo el poder económico, la forma en la que se maneja el poder, su propia lógica corporativa, es la médula dorsal del patriarcado?

- El poder está en manos de varones: el 90% de las decisiones que se toman que afectan la vida de todos la toman varones, eso es una realidad, y cuando estamos planteando que las mesas de poder sean más diversas, estamos diciendo que hay una parte de esa política va a tener que ceder su lugar. Si son diez varones que deciden todo en una mesa y vamos hacia la diversidad, esos diez van a tener que saber que cinco no van a estar más en la mesa, porque van a venir cinco mujeres. El poder se tiene que conquistar, no es fácil y el otro tiene que ceder espacios. Creo que va a haber un quiebre en el manejo de estas instituciones, en las renovaciones generacionales y tengo una mirada lo más contemplativa posible de aquellos varones que fueron criados dentro de un sistema de valores absolutamente patriarcal, para quienes ese desafío es mayor de lo que uno le puede pedir. Los más jóvenes, compañeros de mi edad, tal vez también se criaron en sistemas patriarcales pero probablemente este tema lo puedan ver desde un lugar mucho más flexible. Pero entiendo que no le podés pedir peras al olmo. ¿Cuánto le puedo pedir a una generación criada en un sistema patriarcal, si nunca le cambió un pañal a sus hijos, si siempre lo esperó una mujer en su casa y le sirvió una cena caliente cuando llegaba a la noche? 

- Supongo que también en esas estructuras tan hegemónicas suelen emerger decenas de detalles, de micromachismos, que tal vez resultan o resultaban invisibles para los hombres, pero que intuyo que terminan siendo profundamente exclusivos cuando una mujer accede. 

- Todas padecemos micromachismos, es una parte de lo que nos enfrentamos cuando llegamos a mesas que estuvieron dominadas por varones no conscientes de su valor de privilegio. Gente que pretende que si hay una mujer en la mesa, ella sea la que tome nota, o que te dicen el típico “dejame que te explico”. Esas cosas suceden. Reaccionar a eso cuesta, porque una no sabe si marcarlo o hacerse la tonta.

- A los hombres en ese sentido nos cuesta admitir el error, pero imagino que mucho más en esos lugares, ocupados por gente que tiene empresas, grandes sueldos, que casi siempre cree que tiene razón…

- Sí, además, la combinación mujer y juventud es medio fatal, porque la juventud suma todavía más al prejuicio. Es un problema cuando el varón se enfrenta en igualdad de condiciones con alguien que es diverso, que viene a aportar algo distinto de lo que él aporta.

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Argentina, 2020, año de la pandemia.

Al margen de haber sido distinguida por la BBC como una de las 100 mujeres líderes del planeta, en un listado que representa a algo así como la aristocracia de la inteligencia femenina universal, a Carolina la aguarda otro puñado de hitos. En la mañana del jueves 9 de julio sale de su casa con dirección a la Quinta de Olivos, la residencia oficial del presidente de Argentina. Fue citada para ir allí y sabe que habrá un acto, pero no conoce del todo las aristas del encuentro, o lo que quieren de ella. Menos de una hora después, ataviada con botas azules bajas, jean al tono, tapado gris para mitigar el frío y una escarapela de bordes celestes que hace juego con sus ojos, aparece sentada a la izquierda del presidente Alberto Fernández, que ese día, como ocurre cada año, da un discurso por el aniversario de la Independencia argentina. Acribillada por la luz de las cámaras y los flashes de los fotógrafos, y mientras su teléfono, en silencio, arde de mensajes, su cara aparece, a los pocos minutos, en todos los portales y canales de noticias.

Además de a Castro, la irrupción sorprende a varios, sobre todo por su carga simbólica: no sólo es la única mujer del acto, no solo representa a la industria —y no al sistema financiero, o al campo, o al mundo de la cultura o la educación—, sino que ella es una exfuncionaria del Gobierno de Mauricio Macri, predecesor y acérrimo opositor del actual presidente. Su experiencia fue corta y, a juzgar por el desenlace, algo decepcionante. “Estuve 18 meses y tuve como objetivo central la sanción y puesta en marcha de una nueva ley pyme, que salió por unanimidad a mediados de 2016. En el Gobierno había un fuerte debate interno en el terreno económico y productivo entre aquellos que tenían una mirada más liberal y fiscalista y quienes pretendíamos que hubiese una política industrial más activa. En los últimos dos años de la gestión, cuando yo ya no estaba, esa disputa se resolvió claramente en favor de los primeros”, precisa. Ahora Fernández la invita ahí, a ella: mujer, industrial, joven, exfuncionaria.

“No sabía que me terminarían sentando al lado del presidente y que mi principal mensaje sería mi propia presencia. La razón me excedía: fui apenas emergente del cambio de época”, explica Carolina en su libro Rompimos el cristal (Planeta, 2020), el que sería, al cabo, otro gran hito del año de la pandemia: un texto en el que, además de escribir un extenso prefacio en el que relata algunas peripecias como empresaria y dirigente mujer —y, entre otras cosas vinculadas a los nuevos tiempos, su incomodidad generacional con el lenguaje inclusivo pero también su necesidad de incorporarlo—, entrevista a 18 mujeres argentinas que se destacan en distintos rubros y sectores: cultura, ciencia, política, economía, academia. “Me encantó hacer el libro, aprendí mucho en ese proceso de mí, en anécdotas que les fueron pasando a ellas. Y lo que más me gustó fue ir a donde ellas trabajan”.

- Después de entrevistarlas a todas ellas, después de analizar y reflexionar sobre esas experiencias, ¿considerás que hay algún patrón en común, algún tipo de homogeneidad al margen de la necesidad del cambio?

- Siento que muchas mujeres que no se habían puesto a pensar que estamos dentro de un sistema de valores patriarcales que, gracias a esta cultura que va permeando, comienzan a darse cuenta. Hay una visión más amigable de la palabra feminista. Porque lo peor es encontrarse con una mujer que dice que no hay desigualdad, eso sigue existiendo, es cierto, pero se empezó a desarmar y somos más las mujeres que hablamos más de este tema.

Periodista y escritor. Editor jefe de la revista digital La Agenda y colaborador de medios como La Nación, Rolling Stone y Gatopardo. Coautor de Fuimos reyes (2021), una historia del grupo de rock argentino Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, y autor de la novela Teoría del derrape (2018).

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