En Guinea-Bissau, el carnaval es un archivo vivo. Las imágenes de este año dialogan con décadas de historia y revelan cómo la celebración puede ser también una forma de resistencia.
Antes del mediodía, el polvo rojo ya está suspendido en el aire. En Bissau, el carnaval no empieza con un desfile, sino con un sonido. La percusión se escucha a lo lejos y, en distintos puntos de la isla, algo empieza a vibrar.
Las máscaras descansan sobre las cabezas de las personas que, poco a poco, se preparan para ponerse de pie. Unos niños juegan en el barro mientras escuchan atentos los tambores. Un toro abre la marcha. Un hipopótamo lo sigue. Pero no son animales, son presencias.
El carnaval de Guinea-Bissau es el mayor evento del país. Durante días, las distintas etnias —especialmente la bijagó— ocupan la capital con danzas, rituales, trajes tejidos a mano y cuerpos pintados. La ciudad, que tras la independencia de Portugal en 1974 quedó al margen de grandes reconstrucciones, se transforma en un escenario protagónico de festejos. Lo que durante el año parece estar en la periferia, en febrero se coloca en el centro.
El fotógrafo Jorge Fornieles viajó primero a Bubaque, la isla principal del archipiélago de las Bijagós. Allí viven unas 11.000 personas, en una de las pocas sociedades matrilineales que aún conservan sus tradiciones de forma viva.
Las mujeres construyen casas, proponen matrimonio con un plato de pescado en aceite de palma roja y tienen la última palabra en caso de divorcio. Ellas son las que están al mando, las que caminan por el centro de las calles. Las faldas de hierba teñida se mueven con el viento salado que llega desde el Atlántico.
El archipiélago cuenta con 81 islas, pero sólo 20 están habitadas de manera permanente. Las demás se utilizan para agricultura estacional o son consideradas sagradas. Desde cualquiera de ellas se ve el mismo horizonte azul, el mar turquesa, la arena blanca y los caminos de tierra roja que atraviesan bosques. En algunas orillas aún persisten los hipopótamos de agua salada, que son una especie en extinción.
Días después, Fornieles regresó a Bissau junto a miembros de la comunidad para el carnaval. Esta serie fotográfica no sólo captura un festejo, sino que registra un modo de habitar la historia. En cada máscara conviven marcas del período colonial y herencias matriarcales ancestrales. La fiesta no borra el pasado; lo vuelve visible, lo conmemora.
En 1978, la cineasta Sarah Maldoror filmó los preparativos del carnaval en la región poco después de la independencia. Miró la celebración como memoria en movimiento. Casi cincuenta años después, las imágenes actuales parecen responderle sin saberlo. La tradición no es una repetición: es una práctica que se sostiene en el cuerpo.
En Guinea-Bissau, el carnaval no es un espectáculo para turistas. Es un espejo colectivo donde las distintas culturas del país ensayan una unidad posible. Una coreografía de orgullo nacional que, por unos días, reorganiza el espacio y el tiempo.
Mientras yo le enviaba a Jorge fragmentos de aquellas películas, él me enviaba retratos y audios desde Bubaque. La historia dejaba de ser archivo para convertirse en voz.
Raquele Seco tiene 15 años. Para ella el carnaval es “tan importante como adorar a un Dios”. Antes de que comenzara el desfile, se subió al escenario y habló frente a su comunidad. Dijo que el carnaval rescata la cultura de la isla y preserva sus tradiciones.
Bubaque está a cinco horas en barco desde la capital. El contacto con el resto del mundo es limitado y, por eso, explica Raquele, mantener viva la celebración es una forma de continuidad. Como una de las anfitrionas de su agrupación, arenga al público a sentirse orgulloso de sus raíces. Define el carnaval del archipiélago como uno de los mejores e invita a viajar a Bissau para participar en el desfile nacional y difundir la cultura de las islas.
Odete Bacar Charte tiene 20 años. Dice que el carnaval es algo que sus abuelos y ancestros siempre practicaron y que, por eso mismo, no puede abandonarlo. “El significado que tiene en la isla es diferente al de muchas culturas. Lo celebramos para no perder la tradición”.
Cuando dice diferente, se refiere a que aquí el componente católico no es central. El carnaval en Guinea-Bissau es profundamente sincrético: comunidades animistas y musulmanas también participan en los desfiles regionales y en el desfile nacional de Bissau.
Odete sonríe cuando cuenta que este año no irá a la capital porque pertenece al grupo Fogo, de Suga, la isla vecina. “Lo tomamos como una fiesta porque nos vestimos, nos pintamos y estamos muy guapas ese día. Por eso es importante para nosotras”.
Janete Marcianu Carlos tiene 21 años y asocia el carnaval con la fiesta de nturudu, la máscara, una celebración que organizan en Bijane, su pueblo en Bubaque.
“Me gusta el Kundere, el Tamaro y el Cadjucan, pero se están perdiendo en nuestra tierra porque la gente quiere irse. Hace unos años se manifestaban en las fiestas del carnaval; ahora cada vez menos”. El Kundere es un ritmo musical tradicional; el Tamaro y el Cadjucan, bailes de coreografías complejas y cadencias entrelazadas que forman parte del pulso cultural de la isla.
Mientras habla, muestra las sayas que las mujeres confeccionan durante semanas. Cuando se acerca la fecha, las usan como una forma de anunciar la fiesta. El tejido no es solo vestuario: es declaración.