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‘Ayahuasca for sale’

Las tomas del brebaje amazónico han convertido la ciudad peruana de Iquitos en un referente del turismo esotérico, con los problemas que eso acarrea.

Iquitos
Abraham Guevara pasea por su plantación de ayahuasca en Mazán, cerca de la ciudad peruana de Iquitos, capital del turismo esotérico. PABLO MIRANZO

Weed? Ayahuasca? Cocaine?”. Basta con dar unos pasos por el Malecón o la plaza de Armas de Iquitos para darse cuenta del negocio que hay alrededor de la ayahuasca en esta ciudad del Amazonas peruano. A mí la primera me pilló por sorpresa, pero la segunda vez que pisé la ciudad decidí entrar en contacto con todo tipo de chamanes, cultivadores, turistas y comerciantes alrededor de esta planta tan importante para el mundo amazónico.

Iquitos es una ciudad desconectada por carreteras del resto de Perú. Tan solo un camino asfaltado la une con Nauta, la otra población de la isla fluvial. Para llegar a ella hay que utilizar el barco o el avión. Sin embargo, es toda una urbe amazónica crecida durante la fiesta de acumular capital que supuso, para algunos, la fiebre del caucho. Una industria hoy muerta, pero que dejó una marca imborrable en la ciudad en forma de casonas de aspecto europeo. Te comes un caldo de gallina por ocho soles en un restaurante humilde y, si te descuidas, los azulejos del local son de hace dos siglos, pintados a mano en Portugal.

Toda aquella industria es cosa del pasado. Hoy Iquitos se ha convertido en una ciudad volcada al turismo. Lo que mueve a gente de todo el mundo aquí es su posición privilegiada en medio del Amazonas, la posibilidad de dormir en una ciudad y a la vez de estar a pocas horas de bote en medio de selva “profunda” (a ojos del extranjero). No todos los visitantes llegan en busca de las alucinaciones que provoca una planta, pero es una realidad que Iquitos se ha convertido en un punto clave del llamado turismo esotérico. 

El Malecón de Iquitos, uno de los puntos calientes del negocio de la ayahuasca. P.M.

En el mercado de Belén, un barrio flotante de Iquitos, es difícil ver extranjeros. Pero en el callejón conocido como “Pasaje Paquito” siempre hay alguno curioseando. La razón es que esta zona está llena de vendedores de plantas curiosas al foráneo: rapé, sangre de grado o licores afrodisíacos de nombres ingeniosos como rompecalzones, SVSS (siete veces sin sacarla) o LPM (levanta pájaro muerto). En los puestos de este pasaje también hay un comercio activo de garras de jaguar o genitales de bufeo colorado (el delfín rosado amazónico) y otras especies protegidas. 

Me he movido hasta allí para encontrarme con José Pepe Plaza Chota, un chamán que vive en Belén que me va a contar cómo ha acabado trabajando en el mundo de la ayahuasca. Nos movemos por el barrio hasta que la mototaxi no avanza más. Seguimos a pie entre caminos de tierra y tablones que esquivan el agua, hasta llegar a una casa de madera alta, para aguantar las crecidas del río. Nos sentamos a hablar con el bochorno de medio día en un cuarto con una mesa llena de cebollas blancas, fotos de personas con anotaciones, títulos de magia, estampas de vírgenes y botellas de Coca-Cola llenas de ayahuasca. 

Pepe llegó a Iquitos con 25 años, desde su comunidad en la frontera brasileña. Allí se dedicaba a la caza y pesca. Había hecho algo de chamanismo, pero siempre para gente local, con una intención curativa, y nunca cobrando. Dejó su pueblo con 20 años en busca de trabajo y el mercado que encontró fue el de la ayahuasca. “Ahora, hasta 120 dólares por toma”, dice refiriéndose al precio que pagan por una ceremonia de ayahuasca un grupo de personas de Rusia que viene cada cierto tiempo y con el que Pepe y su familia viven todo el año. Antes, Pepe, como la mayoría de chamanes, recogía él mismo la ayahuasca en las inmediaciones de Iquitos. Sin embargo, ahora “hay que entrar cada vez más adentro de la selva para encontrarla”. La escasez de la liana de ayahuasca ha provocado el aumento de su precio: hace una década en el Pasaje Paquito se compraba un kilo por un sol y medio; actualmente, por ocho.

José Pepe Plaza, que trabaja como chamán en Iquitos para extranjeros. P. M.

En el kilómetro 9 de la carretera Iquitos-Nauta, en una cabaña de buena estructura y escondida por la maleza natural de la zona, vive un hombre blanco y de edad avanzada: el Gringo Ron. Cuando me recibe está cocinando ayahuasca en unos calderos enormes en los que un brebaje de color miel burbujea de forma constante. Ron es de Kansas y llegó a Perú esquivando problemas con la justicia y las drogas en Estados Unidos. Tiene mandíbulas de cocodrilo, dos pitbulls y tres Harley-Davidson con las que solo puede ir de Iquitos a Nauta porque no hay más carreteras: es gringo.

A pesar de su pasaporte estadounidense, este “chamán occidental”, a fuerza de años y de buenos negocios, se ha ganado el respeto de muchos curanderos de la zona. Al menos, de los que están dentro del juego de las tomas de ayahuasca para gente de fuera de la selva. Hablamos todo el día en su casa sobre sus comienzos contrabandeando la bebida hasta California para venderla a hippies a precio de oro y de cómo ha visto florecer esta industria en Iquitos. Me enseña las lianas de ayahuasca que tiene en su patio, gordas como un brazo humano, que guarda para cuando se retire. 

Entre toda la retórica new age de este mundo, Ron deja caer frases como: “De joven si me preocupaba mucho como el gringo cambia la vida del indio” o “No me gusta decir esto, pero es mejor negocio que el narcotráfico, yo he trabajado con marihuana”. Ron es un personaje con el que se puede empatizar más o menos, pero parece consciente del papel que ocupa en todo esto. Tener un pie en cada mundo, el estadounidense y el amazónico, le permitió tomar ventaja antes de que explotara el negocio de la ayahuasca.

El Gringo Ron, probando ayahuasca en su casa, entre la carretera de Iquitos y Nauta. P. M.

Hoy Iquitos cuenta con decenas de centros en los que turistas, en su mayoría occidentales, viajan y pagan, a veces hasta 2.000 dólares por semana, en busca de esa “experiencia real”. Los motivos que llevan a una persona de Europa a tomar ayahuasca en Iquitos son múltiples: curiosidad, dejar atrás una adicción, conectarse con “lo indígena” o pura curiosidad. Una nueva “búsqueda del dorado” que el periodista español Carlos Suárez Álvarez, afincado desde hace años en la Amazonia, ya puso en duda: “¿Hasta qué punto puede una persona criada fuera de la cultura amazónica encontrar esa experiencia?”.

“Acompañame a cenar y lo vas a entender a la primera”. El gringo me lleva en una camioneta a su restaurante favorito de Iquitos. Tomamos un pisco mientras llega el tercer invitado: es un joven estadounidense en busca de un guía, un maestro, y quiere que Ron lo sea. Vestido de blanco, pelo largo, muy flaco y descalzo, se sienta en cuclillas en la silla y come del plato con la mano. Las historias que cuenta son, según como las mires, geniales. Dice que lleva un par de miles de dólares gastados entre una y otra comunidad en busca de alguien que le enseñe a usar la ayahuasca. 

Una de sus desgracias, cuenta, ocurrió en una comunidad mientras hacía un aislamiento y una dieta a base de plantas locales. Pasada una semana se olvidaron de él en la cabaña y, tras varios días sin probar bocado, apareció desnutrido pidiendo auxilio. En otro pueblo de la zona, decía indignado, con el dinero que les dio para que le enseñaran sobre la ayahuasca compraron altavoces y pusieron “música de fiesta” mientras él estaba en medio de una toma. Yo me imaginaba al aprendiz de chamán mareado en un rincón mientras sonaba Yurimaguas Internacional. Y es que no toda la selva son ícaros ni cánticos ashánincas, amigo.

El Gringo Ron hizo mucho dinero contrabandeando la bebida de ayahuasca hasta los Estados Unidos. “Ahora la única forma de sacarla de aquí es en estado sólido, y Elisabeth es la única persona de Iquitos que puede hacerlo”, dice. Aunque la ayahuasca no está prohibida ni perseguida como droga, es la peligrosidad de transportarla en estado líquido (por su fermentación y posible explosión) en avión lo que dificulta su comercio fuera de Perú. 

Me desplazo hasta Natural Chakruna, la empresa de Elisabeth Bardales en la que se encuentran las únicas máquinas de Iquitos capaces de solidificar la liana. Es curioso porque, al lado los molinos metálicos que remueven la mezcla hasta volverla sólida, veo decenas de tuppers, llenos de una sustancia que parece miel, en los que se repite la inscripción‘“Ron”. “Sí, él es una de las personas que más comercia en esta zona”, me cuenta Elisabeth. Hablo con ella sobre lo que me contó Pepe, el chamán del barrio de Belén, de que cada vez tiene que entrar más dentro para conseguir ayahuasca.

“Antes pagaba un sol por un cada kilo de liana de ayahuasca, ahora el precio llega a los seis o siete soles (cerca de lo dos dólares). El problema es que las personas que la recolectan tienen que entrar más y más adentro para encontrar la planta salvaje”, explica. Elisabeth me habla de una excepción, la plantación de Abraham Guevara: “Él si la cultiva y comercializa solo con la liana de su terreno, es la plantación más grande de ayahuasca de esta zona de la selva”. 

'Tuppers' de ayahuasca almacenados en la empresa Natural Chakruna, en Iquitos. P. M.

Después de un bote y varios mototaxis, Abraham me recibe en un cruce de ríos. Montamos en su barca y vamos hacía su casa, situada a la orilla del río Napo, en el distrito de Mazán, a pocos kilómetros de Iquitos. Hacemos noche en su casa mientras por el río bajan barcazas remolcando decenas de troncos. “Aquí las madereras no nos gustan mucho”, dice Abraham mientras señala el bote que pasa a pocos metros de su porche. “Llegan a las comunidades, ofrecen trabajo y se llevan a los jóvenes. Luego hay accidentes, le dan 15 kilos de arroz a la familia del muerto y a seguir talando. Mañana, de camino a la plantación, cruzaremos por un cementerio donde hay varios jóvenes que murieron así”, me advierte.

Abraham no es el típico defensor medioambiental. Aunque en la práctica organiza a su comunidad para defenderse de situaciones de explotación, él nació en Cajamarca y llegó a la selva como trabajador de la industria petrolera, haciendo largas expediciones por la Amazonia hasta llegar a “donde brota el oro negro”, como cantan Los Mirlos en ‘La danza del petrolero’. Durante uno de estos viajes probó por primera vez la ayahuasca, pero el motivo de quedarse en la selva fue gracias a un jefe que le dejó meses sin pagar. Abraham se quedó en Iquitos buscando al empleador moroso y en el proceso se afincó y formó una familia en la selva. Una historia rocambolesca, de las que abundan por aquí. 

Al día siguiente, madrugamos para llegar a la plantación de Abraham. Casi sin darme cuenta, ya estamos allí. El terreno cuenta con miles de plantas de ayahuasca y se camufla bastante bien: son árboles de muchas especies distintas sobre los que la liana trepa, cogiendo fuerza y engordando. Guevara prende su mapacho, saca su machete y, a ritmo tranquilo, comienza a pasear por la plantación mientras va cortando todas las plantas que le sobran.

Abraham Guevara, cultivador de ayahuasca, en Mazán, en su huerto lleno de plantas de la selva. P. M.

Además de la plantación de ayahuasca, el cajamarquino tiene un huerto lleno de diferentes plantas de la selva. Me enseña una flor grande como una mano y de color blanco: “¿La conoces? Es toé, esta planta tiene propiedades somníferas muy fuertes”. Abraham también tiene una maloka, una cabaña de madera que usa para hacer tomas de ayahuasca él mismo. “La primera vez que la probé fue con un sabio indígena durante una expedición con la petrolera, pero no me hizo nada… La siguiente, bebí mucho y ahí sí, noté el mareo”, explica.

Es el misterio de la ayahuasca o yagé, nombre con el que se agrupan muchos brebajes caseros con diferentes proporciones de sustancias. Hay quien no nota nada y se va contento y hay quien ve catedrales que se prolongan hasta el infinito, como escuché a un alemán en un lodge cerca de Iquitos contando su experiencia de la noche anterior. Hay quien la toma para saber quién le ha robado las gallinas, y hay comunidades en la selva que la utilizaban durante procesos importantes como la decisión de ir o no a una guerra. 

Se nos echa el día encima y pasaré otra noche en la casa de Abraham Guevara. Después de cenar un pescado cuyo nombre soy incapaz de recordar, reposamos la comida mientras vemos la televisión. Abraham, tumbado en un banco de madera, observa la pantalla mientras da un pequeño empujoncito con el pie a su tortuga hasta voltearla sobre su caparazón. Por el televisor aparecen los cerros grises de Lima llenos de casas con paredes de conglomerado de madera y chapa metálica. Una reportera visita la casa familiar de un cantante ciego que trabaja en el centro de la ciudad y en nombre del programa le reparte kilos de arroz, pasta y otros productos de supermercado. Mientras, la tortuga sigue intentando darse la vuelta.

Periodista y fotógrafo. Especializado en temas sociales, ha cubierto historias en Perú, México y Colombia y ha colaborado en medios como El País, El Salto, Los Angeles Times y Vice, entre otros.