La Antártida: viaje al fin del mundo para prever el futuro

En el continente helado, investigadores de países como Chile intentan desvelar las claves del cambio climático.

Alberto Valdés (EFE)

Isla Rey Jorge
Un grupo de investigadores camina por la isla Rey Jorge, en la Antártida, el 18 de diciembre de 2021. EFE/ALBERTO VALDÉS
Un grupo de investigadores camina por la isla Rey Jorge, en la Antártida, el 18 de diciembre de 2021. EFE/ALBERTO VALDÉS

En el imaginario colectivo, la Antártida es el fin del mundo. Pero hoy este vasto territorio helado también constituye el termómetro de la Tierra: en el continente austral los científicos investigan los efectos que produce el cambio climático y que tendrán consecuencias por todo el planeta.

A pesar de su lejanía —que obliga a los visitantes de la isla Rey Jorge, la más cercana a Chile, a viajar dos horas en avión desde la ciudad austral de Punta Arenas—, la influencia del “continente blanco” abarca fenómenos naturales en otras partes del globo que ni siquiera alcanzamos a imaginar: la temperatura del mar del Norte en Europa, el florecimiento de los cerezos en Japón o los aluviones en el norte chileno vienen determinados por procesos antárticos.

“La Antártida tiene un poderoso rol regulador del clima del planeta, no solo por el albedo (la capacidad del continente blanco de reflejar la radiación solar), sino también porque la corriente marina que la circunda produce una serie de interacciones en los mares de todo el mundo, lo que a su vez produce una relación océano-atmósfera muy interesante que condiciona parte importante del clima global”, dice Marcelo Leppe, director del Instituto Antártico Chileno (Inach).

Isla Rey Jorge, la entrada al fin del mundo

Para entender estos procesos, miles de investigadores visitan cada año la isla Rey Jorge, la más grande del archipiélago Shetland del Sur y el punto antártico más cercano al continente americano. Un lugar de gélidas aguas y nevadas laderas negras salpicadas del color rojizo de la piedra volcánica y el tenue verde de los líquenes.

En este paisaje de bruta e inmensa hermosura, los investigadores llevan a cabo proyectos que analizan desde la radiación, los niveles de nutrientes de las aguas y hasta la manera en que la vida se abre paso en un contexto tan extremo.

La isla antártica se convierte así en una especie de puerta de entrada hacia lo desconocido, en la que tienen representación un grupo diverso de países como Argentina, Chile, Rusia, Estados Unidos, Uruguay, China, Corea del Sur, Brasil y Perú.

Una lancha recorre la bahía de Fildes, en la isla Rey Jorge de la Antártida. EFE/ALBERTO VALDÉS
Una lancha recorre la bahía de Fildes, en la isla Rey Jorge de la Antártida. EFE/ALBERTO VALDÉS

En el caso de Chile existen dos bases situadas en la Villa de las Estrellas, la capital de isla Rey Jorge: una militar con un aeródromo, la base Presidente Eduardo Frei Montalva, y una administrada por el Inach, la Profesor Julio Escudero, con una misión puramente científica.

Esta última rinde homenaje, desde su construcción en 1995, al jurista chileno artífice del decreto que fijó los límites del Territorio Antártico Chileno, y es uno de los principales puntos de investigación del país latinoamericano, donde científicos destacados, operarios logísticos, cocineros, personal técnico y estudiantes de diversas materias conviven mientras dedican largas jornadas a la investigación.

El reino helado de los microorganismos

Uno de los científicos destinados a la base Profesor Julio Escudero es el oceanógrafo español Juan Höfer, profesor en la escuela de Ciencias del Mar de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso, quien investiga la vida en las aguas costeras antárticas en busca especialmente del plancton, los pequeños organismos que florecen en las heladas aguas del verano gracias a la luz del sol.

“Las micro-algas que forman parte del plancton son lo que llamamos fitoplancton, las cuales tienen la capacidad de hacer la fotosíntesis, lo que les permite capturar grandes cantidades de CO2 provenientes tanto de la atmósfera como del océano y que se encuentran en el agua, lo que ayuda a reducir la cantidad de CO2 en el aire que es una de las causas del calentamiento global”, explica Höfer.

Para realizar sus investigaciones, este doctor en biología por la Universidad de Oviedo (España) realiza salidas a terreno con el fin de recolectar muestras y filtrar el agua de distintas profundidades. Un trabajo que requiere de la ayuda de otros investigadores y equipos de logística del Inach.

Gracias a ello, el biólogo español ha podido estudiar el impacto que tiene el derretimiento de los glaciares por culpa del cambio climático, un cambio sustancial en nuestra realidad planetaria ya que son los encargados de “devolver el 90% de la radiación que nos llega a la Tierra de vuelta a la atmósfera”, lo que evita que nos calentemos tan rápidamente.

Ejemplar de krill, pequeños crustáceos que son la base alimenticia de muchos depredadores marinos, en las instalaciones de la base antártica Profesor Julio Escudero. EFE/ALBERTO VALDÉS
Ejemplar de krill, crustáceos que son la base alimenticia de muchos depredadores marinos, en las instalaciones de la base Profesor Julio Escudero. EFE/ALBERTO VALDÉS

“A medida que los glaciares retroceden, la Tierra o el mar que se expone capta mucha más energía y eso hace que se calienten más. Además, al derretirse, el agua dulce entra al océano y cambia su dinámica. Por eso es importante entender cómo estas micro-algas nos ayudan o no a frenar el cambio climático”, dice Höfer.

Los trabajos en terreno llevados a cabo por Höfer y sus compañeros dependen de las llamadas “ventanas”, oportunidades de buen tiempo que aparecen por períodos cortos de horas en el mejor de los casos, las cuales pueden no surgir, o cambiar rápidamente, y complicar todos los trabajos de investigación y de logística de la base.

Pero, cuando resultan, estas ventanas permiten descubrir enigmas ocultos en la inmensidad de la Antártida, incluso a escalas más microscópicas, como es el caso de la investigadora del Instituto de Investigación para el Desarrollo (IRD) de Francia, Léa Cabrol.

Esta científica se encuentra en este momento realizando un proyecto junto a la Universidad de Chile, en el Instituto de Ecología y Biodiversidad, centrado en la “biogeografía de la Antártida”, es decir, “cómo se distribuyen las bacterias por los océanos australes”.

“Las bacterias son microrganismos que producen y consumen metano, y el metano es uno de los gases de efecto invernadero más potentes. Las estudiamos aquí porque en los polos, tanto en el ártico como en el antártico, son las zonas donde se dan más cambios de temperatura actualmente. Y por lo tanto son las primeras zonas que van a responder a los efectos del cambio global”, detalla Cabrol.

Esta última idea es compartida por Francisco Santa Cruz, jefe de la base Escudero e investigador de Inach en el programa de áreas marinas protegidas, quien indica que la Antártida constituye “un sensor del cambio climático”.

Por ello, afirma, la ciencia que se realiza en el continente es capaz de “monitorear el cambio climático de una manera distinta” y de obtener información “única” que nos permite asomarnos al futuro y entrever cómo estas alteraciones “van a repercutir en todo el planeta”.

Un investigador pasa por detrás de una pareja de elefantes marinos en las inmediaciones de la base Profesor Julio Escudero, en la Antártida. EFE/ALBERTO VALDES
Una pareja de elefantes marinos y un investigador en las inmediaciones de la base Profesor Julio Escudero, en la Antártida. EFE/ALBERTO VALDES

Un oasis de paz y ciencia

En el territorio antártico existen 42 bases permanentes pertenecientes a 21 países, todas ellas reguladas por tratados internacionales que han creado un oasis nunca antes visto en la historia, en el que reina el respeto por la biodiversidad y la cooperación entre potencias mundiales.

Para Marcelo Leppe, el director del Inach, esta suma de esfuerzos supone el “triunfo diplomático más grande de la historia”, ya que ha permitido “dedicar por completo un continente para los conceptos más altruistas: la paz y la ciencia”.

Un logro que puede resultar clave para afrontar uno de los grandes retos que tenemos como especie: habitar un planeta que se encuentra en una nueva era climática en la que el promedio mundial de CO2 supera las 400 partes por millón. La última vez que el planeta registró unas concentraciones similares fue durante el Plioceno, hace entre 5 y 3,5 millones de años, cuando todavía no existían los seres humanos.

“Todo esto que estamos viviendo para nosotros es nuevo. Podemos encontrar muchos vestigios en la historia natural, incluso en los hielos de Antártica, que cuentan una turbulenta historia climática del pasado, pero nuestra capacidad para responder a esos cambios es lo que está en entredicho y además tenemos conciencia de ser la especie que está provocando la parte más importante de este cambio”, dice Leppe.

La Antártida en el nuevo Chile

De cara a enfrentar estas problemáticas mundiales, organismos como las Naciones Unidas han intentado sentar las bases para acuerdos mundiales a través de cumbres para el clima como la COP, con el objetivo de limitar las emisiones de gases de efecto invernadero o eliminar el uso de prácticas contaminantes.

En este sentido, Chile se encuentra en un momento de grandes transiciones, con la reciente elección de Gabriel Boric como presidente, un joven político de izquierdas con un fuerte mensaje ecologista, y en pleno proceso de redacción de la que puede ser la nueva Constitución del país.

Para el director del Inach, la responsabilidad que tiene la nueva Constitución es otorgar un “rol central a la Antártida”, siempre en base a una fundamentación “basada en el conocimiento científico” primando “la necesidad de comprensión” de lo que ocurre en este territorio y “cuáles pueden ser sus influencias tanto en Chile como en el continente sudamericano y al revés".

Investigadores en una playa de la isla Rey Jorge, en la Antártida. EFE/ALBERTO VALDÉS
Investigadores en una playa de la isla Rey Jorge, en el territorio chileno de la Antártida. EFE/ALBERTO VALDÉS

Esta visión a largo plazo tiene raíces en el presente con iniciativas como la Feria Antártica Escolar, el encuentro nacional juvenil realizado por el Inach que invita a estudiantes de todo el país a presentar propuestas de investigación antártica que compitan por una plaza a una expedición al continente blanco.

Una oportunidad que sirve para transmitir a los jóvenes lo que es la ciencia antártica y “ver si es el camino que ellos quieren recorrer”, explica Francisco Santa Cruz. “De lograrlo, podemos garantizar una futura generación de científicos con una gran formación”.

Pero incluso si no logran atraerlos con la investigación, agrega Leppe, lo más importante es que, cuando vuelven a casa, estos jóvenes “lo hacen con un software distinto” que les permite generar una “conciencia social y ambiental muy grande”.

“La Antártida te toca y finalmente te quedas contagiado con una de las pandemias más bonitas del mundo, que es creer que la humanidad sí se puede poner de acuerdo para asegurar la existencia futura de cosas que van mucho más allá de lo económico. De valores que nos superan y nos reconectan con lo mágico de ser una especie biológica en un concierto en donde compartimos con millones de otras especies”, concluye Leppe.

Alberto Valdés (EFE)

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