Héctor Manrique: “Nos dejamos arrollar por el poder”

El actor y director que se propuso mantener vivo el teatro venezolano habla sobre el arte como trinchera, la vigencia de los clásicos y los monstruos seductores.

El actor venezolano Héctor Manrique, interpretando a Pío Miranda en 'El día que me quieras'. ALBERTO GULIN/ACTORAL 80
El actor venezolano Héctor Manrique, interpretando a Pío Miranda en 'El día que me quieras'. ALBERTO GULIN/ACTORAL 80

“Cuando me preguntan cómo definirías el momento que estamos viviendo en Venezuela, la única palabra que consigo es: ¡resistir, resistir, resistir! Y uno se pregunta: ¿hasta cuándo? En este espacio de ensayo puedes ver decenas de fotografías y más de la mitad de las personas ya no están en el país”, dice Héctor Manrique (Madrid, 1963), actor, docente y director teatral; pero, más que todo, un convencido de que cualquier período oscuro puede quedar atrás. 

Conversar con Manrique, uno de los dramaturgos más destacados de la escena venezolana, es como estar sentado en una butaca en primera fila mirando a distintos personajes, en ciclos de tiempos disímiles, en los que algunas veces puede ser el villano, el falso héroe o un confundido y fracasado personaje. La sala en donde sostenemos este encuentro, la sede del Grupo Actoral 80 (GA80) en Caracas, entidad que Manrique dirige desde 1993, está impregnada de ese síntoma de soledad y vacío que arropa a muchos venezolanos desde hace dos décadas; pero, con la pandemia, el desierto se ha hecho más profundo. Estamos rodeados de imágenes de grandes actores y momentos de oro del teatro venezolano, con figuras internacionales que han estado en este país y con talentos ahora dispersos por el mundo.

Manrique se ha propuesto mantener viva la voz del teatro y sus espectáculos trascienden año tras año, en las salas que aún quedan en Venezuela. Con sus giras internacionales, ha llegado a cientos de compatriotas, que desde el exilio reciben con aplausos y orgullo las obras que dirige, haciendo frente a las adversidades y la nostalgia del país que dejaron atrás. “Para un actor, la patria está en el escenario”, les dice a quienes dejaron atrás sus años en el arte del espectáculo.

- ¿Cómo sobrevive el teatro en Venezuela?  

- La época de oro del teatro venezolano la ubico a mediados de los setenta hasta hace 20 años.  A partir de los noventa empezó a ocurrir algo que yo llamo la década del dolor. En 1990 murió Enrique Porte, actor, director y docente. Desde entonces, nuestro mundo artístico sufrió una arremetida cruel, con la desaparición física de grandes creadores: Juan Carlos Gené regresó a Argentina; fallecieron los directores Carlos Giménez (1993), José Ignacio Cabrujas (1995), Fausto Verdial (1996) y los actores Héctor Myerston (2000), Mariano Álvarez (2001), así como muchísimos de los integrantes del grupo Rajatabla... Pudiera pasar un buen rato nombrando personas. Muchos grupos quedaron huérfanos cuando estas cabezas importantes se fueron. Con la llegada de Hugo Chávez, esa lesión en el vigor de la actividad teatral venezolana se agudiza terriblemente. En Venezuela teníamos más de 600 instituciones que recibían un aporte del Estado. El presupuesto no era por amiguismos; correspondía a un criterio. Eso fue bombardeado cuando Farruco Sesto llegó al Ministerio de la Cultura y comenzó una cacería de brujas: “O apoyas el régimen o te quitamos el subsidio”. El GA80 fue el primero al que se lo quitaron. Nos calificaron de “perniciosos y desestabilizadores psicológicos”. Creo que les irritó mucho cuando en 2008 hicimos el montaje de Al pie del Támesis, de Mario Vargas Llosa, quien además vino a Venezuela al estreno del espectáculo y declaró que el Gobierno venezolano no creía en la democracia.

Fue una política de Estado, la cual no solamente era, acabar con el teatro independiente venezolano, sino también procurar silenciar todas las voces diversas que invitan a pensar por cabeza propia. Al día de hoy, la única institución con apoyo gubernamental es la Compañía Nacional de Teatro, que si no recibiera asistencia no tendría razón de existencia. De resto, ninguna agrupación teatral ha obtenido apoyo. El golpe absolutamente frontal que recibió la actividad teatral fue dejar de darle apoyo al Festival de Teatro Internacional de Caracas porque era de una institución privada tan fundamental como el Ateneo de Caracas, a la que incluso desalojaron de su sede. Antes, solo en Caracas había más de 50 salas teatrales. En este momento, ¿qué tenemos? Los espacios del Trasnocho Cultural, Centro Cultural BOD, Escena 8, Teatro Municipal de Chacao, Teatrex, entre otros lugares que siguen ahí; pero sin programación constante. Han acabado con toda la actividad cultural.

El actor y director Héctor Manrique, en el camerino del Teatro Trasnocho, Caracas. FRANCISCO OLIVARES
El actor y director Héctor Manrique, en el camerino del Trasnocho Cultural, Caracas. FRANCISCO OLIVARES

- A esto se suma la diáspora de venezolanos. En tu grupo has tenido importantes bajas. Eres hijo de Héctor Rodríguez Bauza, un exiliado político en los tiempos de la dictadura del general Marcos Pérez Jiménez. Por eso naciste en Madrid. Podría decirse que tienes un vínculo muy cercano con las migraciones.

- Sin lugar a dudas, la diáspora es la gran mutiladora de vocaciones. En el caso del artista es un hecho muy doloroso, porque se arranca una de tus razones para existir. Tú no eres lo que hiciste, sino lo que haces. Y para mí es muy doloroso ver la cantidad de extraordinarios talentos venezolanos en muchas partes del mundo haciendo cualquier otra cosa. Ahí fueron invertidas cientos de horas de pasión, de riguroso estudio, de horas frente al público. Es muy duro, tú sientes que su gran pasión, su vocación, ya no está en uso. Como dice esa frase: la vocación es la voz que te llama, no la que tú llamas. Esta migración ha sido terriblemente dolorosa. Más de la mitad de los actores y directores que trabajaron conmigo ya no están en el país. Iván Tamayo se encuentra en México, Basilio Álvarez y Martha Estrada, en España; Wadih Hadaya, en Estados Unidos; Angélica Arteaga, en Perú... La diáspora no solo nos ha quitado espectadores, sino también a muchos compañeros de trabajo.

Me frustra que gente tan poderosa desde el punto de vista creativo no esté haciendo nada

-¿Has tenido contacto con tu gente en las presentaciones en el exterior?

- El día que llegué a México para representar Sangre en el diván tuve un encuentro con un grupo de artistas, casi todos amigos míos. Yo les había dado clases o había trabajado con ellos. Fue conmovedor, pero preocupante, porque en su gran mayoría no estaban haciendo nada. Lo único que se me ocurrió fue transmitirles la historia del GA80. El grupo tuvo su origen en migraciones. Lo fundó en 1983 nuestro maestro Juan Carlos Gené, un argentino que tuvo que salir de su país huyendo de la dictadura militar y encontró refugio en Venezuela. También estaban la chilena Verónica Oddó, el boliviano Carlos Cordero y el argentino Ricardo Lombardi. Cuatro personas que habían tenido que abandonar sus países, más dos venezolanos, Fermín Reyna y Alex Hernández. En el GA80 todos trabajaban en otras cosas, pero a las seis de la tarde nos reuníamos y cuadrábamos clases. Creo que la salvación de la vocación depende de nosotros mismos. Si hay algo que a mí me frustra es que gente tan poderosa desde el punto de vista creativo no esté haciendo nada. Y eso es consecuencia del país que tenemos. Para mí, la patria es el escenario para un actor.

La diáspora no solo nos ha quitado espectadores, sino también a muchos compañeros de trabajo

- ¿Esa misma sensación que tuviste en México la has percibido en tus presentaciones en otros países como España y Chile?

- Sí. Es siempre conmovedor reencontrarte con venezolanos en cualquier parte del mundo. Muchos de los espectadores que hemos tenido han sido venezolanos que te esperaban y te agradecían, no solo que les llevaras el espectáculo sino que siguieras en el país luchando. Esa era una constante. Yo soy hijo de inmigrante, y es duro dejar tus afectos, tu país. Pero también es fuerte el quedarse aquí, con una situación como la que estamos viviendo. Los que nos quedamos debemos tener la suficiente convicción de que permanecemos aquí no para ser víctimas, sino para procurar cambiar el mundo en el que estamos.

- Una de las grandes obras de la dramaturgia venezolana es El día que me quieras, de José Ignacio Cabrujas. Su protagonista, Pío Miranda, que tú has interpretado, ha sido muy polémico. Un comunista, desubicado y fracasado, lleno de fantasías y promesas. Cuando Cabrujas estrenó la obra en 1979, la izquierda tenía gran influencia en el mundo intelectual latinoamericano y se vio retratada en el personaje.

- Esa es una obra paradigmática para los actores de mi generación. Tuve la oportunidad de verla cuando Cabrujas la estrenó. Y para los que vimos la obra en ese momento, los personajes eran unos héroes, aunque fracasados, porque el mundo en el que vivían no los había dejado realizar su sueño. Todo el mundo entendió entonces que los utópicos están bien para el arte, pero no frente a la realidad, ya que lo que producen es dolor y fracaso, como es el caso de Pío Miranda. Cuando vi ese espectáculo, me enamoré del teatro. Esa es una de las obras por las que soy actor. Curiosamente cuando yo hice mi audición para estudiar con Juan Carlos Gené, la hice con Pío Miranda y su monólogo “de los 38 años de mi vida”. Es una obra que ha estado alrededor de mí. Me pasa con los clásicos, esas obras están hechas con una profundidad sobre el alma humana.

Héctor Manrique como Pío Miranda e  Iván Tamayo como Gardel, en 'El día que me quieras'. ORLANDO CORONA/ACTORAL 80
Héctor Manrique como Pío Miranda e Iván Tamayo como Gardel, en 'El día que me quieras'. ORLANDO CORONA/ACTORAL 80 

- A ti te ha tocado escenificar El día que me quieras en otro contexto, el del socialismo del siglo XXI, en donde Miranda ya no es el fracasado, sino el que hoy está en el poder en Venezuela. 

- Para mí, El día que me quieras es una de las grandes obras latinoamericanas porque pasa el tiempo y la obra sigue hablando. A mí me toca representarla en 2005, momento en el que un personaje como Pío Miranda podía estar en el poder. Ahora, hasta la última vez que hemos presentado la obra, he sentido que el público me rechaza. Que cuando entro a escena hay como un murmullo generalizado de fastidio. Eso yo lo he vivido y lo disfruto. Creo que el tiempo le ha dado la lectura original que Cabrujas tenía de la obra. En la última escena, cuando Pío Miranda rompe con María Luisa [su pareja] y se va, ella abre la maleta dejada allí por Pío y saca una bandera de la URSS mientras se escucha el himno de la Internacional Comunista. Cuando se estrenó en 1979, esa escena fue muy aplaudida. En cambio, cuando nosotros presentamos la obra en el Trasnocho Cultural, en estos tiempos, cuando salía esa bandera la gente pitaba. 

Nosotros somos una sociedad de cómplices y ese es uno de nuestros males

- Otro personaje que has representado y causó mucha polémica es el psiquiatra Edmundo Chirinos. Amigo de tu familia, exrector de la Universidad Central de Venezuela, candidato a la presidencia en 1988 y doctor de Hugo Chávez. Abusó de numerosas mujeres en su consulta, y en 2008 fue condenado por el asesinato de una paciente de 19 años. El caso centró el libro Sangre en el diván, de la periodista Ibéyise Pacheco, que da base a tu espectáculo, muy popular desde su estreno en 2014¿Dirías que Chirinos es ese “hombre nuevo” que pregonaba la revolución?

- Edmundo Chirinos fue un hombre representativo de la revolución chavista, pero también de la era democrática. Fue una figura muy familiar en mi casa. Era muy amigo de mi papá desde los años cincuenta, la época de la conspiración contra la dictadura del general Marcos Pérez Jiménez. Mi papá era el enlace entre los militares y los civiles, y por su actividad contaba con varios choferes que lo trasladaban a las reuniones con sus contactos. Uno de ellos era Edmundo Chirinos. Mientras mi padre estuvo cinco años preso, quien llevaba los regalos navideños a mi casa era Chirinos, que fue padrino de mi hermano menor. Todos tenemos nuestro monstruo adentro y lo que tenemos que hacer es ir a rezar para que no aparezca y se apodere de uno. Yo creo que el monstruo se apoderó de él: uno comienza a ver cómo empieza a transformarse, y el alimento esencial de su transformación fue su ego.  Lo primero que hice cuando apareció la noticia del asesinato en el diario El Mundo en primera página fue llamar a mi papá y le dije: “Estoy leyendo esta noticia sobre Chirinos, ¿te has enterado”? Me respondió: “Bueno, hijo de los ególatras se puede esperar cualquier cosa. Espero que no sea así”.

Ibéyise Pacheco me sorprendió mucho cuando me dijo: “Usted tiene que hacer de Chirinos”. Y cuando me puse a leer Sangre en el diván, el capítulo ‘Delirio’, en el que ella entrevista a Chirinos, no lo podía creer. Allí nombra varias veces a mi padre y comienza a contar cosas que supuestamente hicieron juntos. Mi sensación fue que esa historia tenía el germen de ser un espectáculo. Lo que más me indignó fue: ¡este carajo llegó hasta aquí porque lo dejaron llegar! Nosotros somos una sociedad de cómplices y ese es uno de nuestros males. ¿Cómo es posible que las Sociedades Venezolanas de Psiquiatría y Psicología del país no hubiera levantado una voz de protesta contra este monstruo? A algunos especialistas que conozco les pregunté por qué no habían dicho nada antes. La respuesta de una de ellas fue: “Es que eso pasa mucho en los consultorios y en las universidades”. Todo eso me dio aliento y me dije: voy a hacer ese espectáculo. Decidí utilizar solo ese capítulo del libro. Todo lo que se dice en el escenario lo dijo Chirinos en la entrevista con Ibéyise. Solo edité el texto e hice el trabajo de dramaturgia. Recuerdo que mi mamá me decía: “No hagas el espectáculo”. No lo vio porque murió antes. Ella creía que Chirinos era un hombre bueno. Mi papá, quien falleció en 2018, sí llegó a verlo. Al principio estaba muy negado y comentaba: “No había necesidad de hacer eso”.

El actor Héctor Manrique, caracterizado como Edmundo Chirinos, en 'Sangre en el diván'. ACTORAL 80
El actor Héctor Manrique, caracterizado como Edmundo Chirinos, en 'Sangre en el diván'. ACTORAL 80
- ¿Cómo construiste el personaje de Chirinos para que el público entendiera su falsedad?

- Chirinos era encantador, un seductor. La última vez que lo vi, yo estaba en el Ateneo de Caracas con una obra y Chirinos se presentó, se paró en la puerta del camerino y pidió hablar conmigo. Estábamos allí los actores, llegó con una mujer muy guapa y al entrar no saludó sino que preguntó: “¿Qué es el éxito para ustedes?”. Al rato me salí y como a los diez minutos regresé y estaban todos sentados allí escuchándolo, concentrados. Él parado en el medio, todos impactados. Ese era Chirinos. 

Lo primero es que no podía juzgar al personaje. Lo puedo juzgar como Héctor Manrique, pero como actor lo tengo que justificar, lo tengo que defender. Si haces a Enrique V te conviertes en Enrique V, si interpretas a Adolf Hitler, como Bruno Ganz en El Hundimiento, no lo juzgas. Hitler tuvo que haber sido un seductor para llegar a donde llegó. Uno ve esa película y te cae bien Hitler. Un día escuchaba las reflexiones del periodista César Miguel Rondón en su programa matutino radial cuando comentaba sobre el desarrollo del proceso legal de Chirinos: “Allí hay un monstruo”. Entonces yo cavilaba sobre mi personaje: “Si es un monstruo, entonces vamos a ver si no se van a encantar cuando vean la obra”. En las presentaciones al público le gustaba la interpretación del personaje. Las mujeres me esperaban afuera. En la escena, cuando yo sacaba a bailar a una mujer del público, tuve que prever la circunstancia de que algunas veces dijeran que sí y otras que no. En ninguna función me dijeron que no. A veces me ocurrió que estando bailando me ofrecían el número telefónico al oído o me decían “te espero afuera”. Yo bailaba y estaba pendiente de la siguiente escena que era complicada que tenía que ver con el cerebro y la chica diciéndome: “Mira Héctor, ¿será que nos podemos ver afuera?”.

- No eras tú el seductor, sino Chirinos.

- Sí, era Chirinos, porque yo no soy así. Lamentablemente, no produzco ese efecto, ese magnetismo, en las mujeres. Tenemos una propensión como sociedad a dejarnos seducir por esa especie de encantadores de serpientes. Una vez hicimos una función especial en Trasnocho Cultural, a las once de la mañana, invitados por el psiquiatra y psicoanalista Carlos Rasquin, quien acababa de escribir un artículo agradeciéndome que yo hubiese levantado la voz que el gremio no hizo en su momento. Había gente que salía indignada de la sala viendo cómo algunos se reían, otros veían fascinados al personaje o comentaban: “Ese tipo no era tan malo”. El primer sorprendido del éxito de Sangre en el diván fui yo. Al principio, cuando me reunía con el equipo de trabajo, pensaba que podía ser un fracaso. También me impactó el éxito que tuvimos en otros países como en España, Chile y México donde hemos presentado la obra. 

- ¿Sucumbimos fácilmente ante el seductor?

- Somos una sociedad muy débil sin muros de contención. Nos dejamos arrollar por el poder, por hombres poderosos. Chirinos es revelador de la sociedad en la que estamos, cómplice, corrupta. Es un personaje paradigmático. Como lo señalaste en una pregunta, Chirinos es la personificación del hombre nuevo en un cuerpo viejo. Ese es Chirinos.

Periodista y consultor. Ha trabajado en medios como El Diario de CaracasEl Universal, donde fue editor del área de Investigación. En 1995 ganó el Premio Nacional de Periodismo por el libro Las cuentas ocultas del presidente. Es autor de otros títulos como Las balas de abril (2006), Afiuni, la presa del comandante (2012) y Los últimos días de Hugo Chávez (2020).

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