Fernando Martín Peña, el hombre de lata

Con una colección de 8.000 filmes, el archivista e historiador es el gran guardián del cine argentino. Y un divulgador infatigable de su pasión.

El archivista argentino Fernando Martín Peña, rodeado de latas de filme, en el documental 'La vida a oscuras'. ALINA FILMS/ALAMBRADO CINE
El archivista argentino Fernando Martín Peña, rodeado de latas de filme, en el documental 'La vida a oscuras'. ALINA FILMS/ALAMBRADO CINE

Esta maravillosa historia empieza cuando Fernando Martín Peña —argentino, archivista, historiador del cine— tenía tres años.

En su dormitorio había un mueble pequeño. Arriba, como si fuese un sombrero o una peluca mal puesta, una caja verde. Peña, el niño Peña, la miraba todos los días en contrapicado. Una tarde, acercó un banquito. Y lo subió haciendo equilibrio hasta alcanzar la cima. Con la caja entre las manos, bajó con cuidado. En el suelo, la abrió. Adentro encontró un proyector, casi un juguete, una máquina muy barata que se conseguía en los años cincuenta en comercios de barrio. El aparato pasaba rollos de 16 mm: películas mudas, de un minuto y medio de duración. En la misma caja, como una mamushka, había tres cajas más chicas con filmes. Durante el día, el niño Peña estuvo mirando las imágenes fijas que aparecían en las cintas. Cuando llegó su papá al departamento dos ambientes donde vivían, las metió en el proyector. Peña y su papá, que trabajaba de contador en una agencia de publicidad, se sentaron a oscuras frente a una pared blanca. De golpe, las imágenes empezaron a moverse.

—Para mí fue una cosa extraordinaria. Eran objetos con cierta forma, que no decían nada. Pero los metías en un aparato y aparecía lo que tenían adentro —dice Peña (Buenos Aires, 1968) abriendo los ojos negros, en una mesa del bar Hasta Trilce—. Por suerte es una sensación que aún me acompaña. Sigo amando ese efecto. Yo veo una lata y me pregunto qué se moverá ahí adentro.

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Es una noche amable en el barrio de Boedo, en Buenos Aires. Es el último mes de otoño, pero los parroquianos no entran a la penumbra del bar Hasta Trilce con las manos en los bolsillos ni con bufandas enroscadas en los cuellos. Peña, vestido con pantalón y suéter negro, está de pie al fondo del bar, en la entrada de la sala Liliana Bodoc, como anuncia un cartel colgado sobre sus rulos también negros. Delante suyo hay una fila que zigzaguea entre mesas y sillas de madera: jubiladas con sobretodo, parejas de treintañeros cansados de scrollear plataformas digitales, hombres y mujeres solas que, vaso de whisky en mano, buscan sacarle un premio al día. De a poco, avanzan. Peña sonríe al recibir la entrada que cada espectador compró en la barra a 600 pesos, algo así como 2 euros y céntimos.

Cuando pasa el último de la fila, Peña lo sigue y se mete en la sala. Primero entra a la cabina de proyección y observa el rollo de 35 mm colocado en el carrete. Luego baja la escalera, bordeando la fila de butacas, y se para a un costado de la pantalla frente al público. Dice:

—Bienvenidos. ¿Hay alguien que viene por primera vez? —Cuatro o cinco manos se levantan en la semioscuridad—. Siempre hay gente nueva, inexplicable. Antes de empezar hago una aclaración. No le pueden contar a nadie lo que van a ver en esta función. No lo pido por puro secretismo. La razón es que cuando anunciábamos lo que íbamos a pasar venían cinco personas. Y ahora ven, la sala está llena —dice señalando el medio centenar de butacas ocupadas—. Nunca repetimos la película, ni siquiera el mismo día. Todas las proyecciones son en fílmico. Hay un pequeño parate técnico a la hora, pero se resuelve inmediatamente.

Peña frena, y antes de volver a la cabina de proyección, dice:

—Recuerden el pacto. Nadie quiere a los buchones.

Fotograma del documental 'La vida a oscuras', dedicado a Fernando Martín Peña. ALINA FILMS/ALAMBRADO CINE
Peña, proyectando una película en el documental  'La vida a oscuras'. ALINA FILMS/ALAMBRADO CINE

En el bar Hasta Trilce, Peña proyecta dos películas por semana, todos los martes a las 19.00 y 21.00. No es en el único lugar donde hace circular alguna de las 8.000 películas en fílmico — sean en super-8 o en 9.5, 16 y 32 mm— que conserva en una bóveda especial que hizo construir en su casa de Villa Madero, en La Matanza, el partido más populoso de la provincia de Buenos Aires. También tiene ciclos semanales en el Centro Cultural Kirchner y en la Escuela Nacional de Experimentación y Realización Cinematográfica (ENERC), y coordina la programación de cine del Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (Malba). Además, en sus clases en la ENERC, en la carrera de Imagen y Sonido de UBA y en la Licenciatura de Artes Audiovisuales en la UNLP, suele llevar material propio para que disfruten sus alumnos. Si sumamos las dos películas semanales que comenta y difunde en Filmoteca junto al crítico Roger Koza, el programa que se convirtió en un clásico de la televisión argentina, Peña pone en circulación más de una docena de películas por semana.

—Lo que más disfruto es la proyección —dice—. Cuando le reponés la película a un público que está en condiciones de disfrutarla igual que vos. Todo lo que produce placer en soledad, lo primero que pensás es: “Qué bueno que estaría esto con público”.

Peña no es un coleccionista que acumula rollos de fílmico para verlos a solas o con amigos cercanos. Menos para que se avinagren o se llenen de polvo en un depósito. Él se considera un archivista, es decir, alguien que compra material, lo conserva, y lo pone al servicio de los otros.

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A partir de los nueve años, Fernando Martín Peña iba a locales del centro de Buenos Aires y a la feria de San Telmo a buscar películas. Al principio lo acompañaba su papá, luego empezó a ir solo. Juntaba rollitos de cinta y se preguntaba qué eran. En su casa había unos pocos libros de cine. El niño Peña los miraba con atención e intentaba ubicar por las fotos las películas que él empezaba a acumular. Hacía, digamos, el ejercicio de fichar.

—Armaba cajitas para los cortos. En la cajita ponía información. Tal año, tal actor, para reponer el contexto a cada película.

A los vendedores les daba curiosidad ver entrar a un nene de nueve años. Peña les preguntaba si tenían algo de Chaplin o de Buster Keaton. Siempre le guardaban alguna cosa extraña que pensaban que le podía llegar a interesar. Un corto de Los tres chiflados o un programa del humorista Pepe Biondi, por ejemplo.

—Eran tipos muy avezados, comerciantes, medio piratas del asfalto. Pero les causaba simpatía. Lo que me cobraban era más simbólico que otra cosa. También descubrí unos comerciantes que ni me quiero acordar —dice Peña riendo, como si estuviese viendo la proyección de un recuerdo que prefiere no contar.

“Descubrir” es un verbo que aparece seguido en las frases de Peña. Un verbo que funciona como una palanca, sea para correr la tapa de una caja verde o para abrir una lata de fílmico o para dar cuenta de una amistad ligada al mundo del cine, a su mundo. Un verbo que se volvió un mandamiento, una aventura en sí misma, incluso un arrojo más valioso que el objeto a ser descubierto.

Fotograma del documental 'La vida a oscuras', dedicado a Fernando Martín Peña. ALINA FILMS/ALAMBRADO CINE
Rollos de película de la colección de Peña. ALINA FILMS/ALAMBRADO CINE

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En la adolescencia, Peña tuvo una cámara super-8. Entre 1979 y 1986 filmó alrededor de 200 cortos.

—Una porquería todos —dice—. No disfrutaba del hecho de hacer. No disfrutaba del proceso. Sí de juntarme con amigos a ver las películas que tenía; eso me daba más placer. La cosa va más por el lado de lo histórico que de lo artístico, de lo que evidentemente carezco. Por suerte me di cuenta temprano que no había nada de lo artístico en mí. Admiro demasiado el arte de los demás para pretender tenerlo yo.

Peña ingresó al CERC (como se llamaba antes la Enerc) en 1987. Estuvo un año dando el curso de ingreso. De 750 inscriptos solo entraron 20. Salvo Peña, todos querían ser directores o fotógrafos. Ese mismo año habían suspendido la Especialización de Crítico e Investigador. A Peña tuvieron que inventarle una carrera. Las autoridades le permitieron realizar seminarios de cursos avanzados vinculados a la crítica y a la historia del cine. Al mismo tiempo, necesitaba trabajar. Salvador Sammaritano, le dio trabajo en el Cine Club Núcleo, donde hacía los programas, con la ficha técnica completa, la filmografía del director y críticas en inglés, italiano y francés que aprendió a traducir.

Sammaritano fue uno de los tres maestros que suele nombrar Peña. Los otros, el investigador Jorge Miguel Causelo y el crítico uruguayo Homero Alsina Thevenet.

—Para Causelo, entendías el cine argentino si sabías de tango, del género chico teatral, de música popular y de literatura. Para entender el cine argentino no había que saber solo de cine argentino —dice.

—Homero me enseñó a escribir periodísticamente —dice.

—Sammaritano siempre le hizo honor a su nombre —dice.

—Todos ellos eran extraordinarias personas. Conmigo fueron muy generosos. Me sentía muy protegido por esa gente —dice.

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La biblioteca de la Enerc queda en la sede ubicada en la esquina de las calles Moreno y Salta. Julio, el bibliotecario del turno tarde, recibe a estudiantes, profesores y público general, con barbijo negro que cubre una previsible sonrisa. Busca en la computadora el material de Peña que tiene a disposición. Nombra artículos que publicó en la revista Film, que creó en los noventa junto a Sergio Wolf, Paula Félix Didier y Aldo Paparella, y una docena de libros, que van desde un estudio del gag hasta el hallazgo que protagonizó de una copia original de Metrópolis de Fritz Lang, pasando por el cine de Raymundo Gleyzer, de quien ayudó a reconstruir una copia de Los traidores juntando los fragmentos que se habían enterrado durante la última dictadura.

El único libro de Peña que no tienen en la biblioteca es el último, Diario de la Filmoteca.

—Todavía no lo tenemos —dice Julio—. En cualquier momento lo trae.

—¿Peña viene seguido?

—A consultar no tanto, ya se leyó todo —responde—. Nos trae cosas cada tanto. Siempre se aparece con algo nuevo. Lo deja para que lo lean en la biblioteca.

En Diario de la Filmoteca, publicado por la editorial Blatt & Ríos, se recopilan diferentes entradas que Peña escribió en Facebook. Corregidos para esta monumental antología, son 365 textos donde el autor repasa películas, roles, actrices, actores, historias de hallazgos. Es su libro más personal, donde deja a un lado la prosa de crítico-historiador y se anima a una primera persona lúdica. En las páginas aparece un encadenamiento de verbos que da cuenta de su trabajo imprescindible: localizar, adquirir, recuperar, restaurar, preservar, conservar. Y también, el más importante, difundir: el motivo que justifica todo su trabajo.  

Fotograma del documental 'La vida a oscuras', dedicado a Fernando Martín Peña. ALINA FILMS/ALAMBRADO CINE
Peña, grabando el programa televisivo 'Filmoteca'. ALINA FILMS/ALAMBRADO CINE

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Además de buenos maestros, Peña tuvo un grupo de pares, su propia manada. Junto a Octavio Fabiano, Fabio Manes y Christian Aguilera, formaron la Filmoteca de Buenos Aires, nacida en 1994 como una prolongación de lo que venía haciendo Fabiano en el Club del Cine desde 1988.

—Yo me sumé ahí con mis películas. Nos hicimos muy amigos. En un momento se acercaron Fabio y Christian. Nos juntamos y pusimos todo el material en común. Pensamos un nombre. Y llegamos a la conclusión que tenía que ser Filmoteca de Buenos Aires. Armar la colección nos costaba muchísimo. No teníamos un peso guardado. Todo lo que ganábamos lo gastábamos en películas.

La Filmoteca no tenía un lugar físico. Cada integrante tenía las películas en su casa. Hasta que Fabio Manes se mudó en 1998 a la provincia de Córdoba y tuvo que dejar su material. Llegaron a un arreglo: el que podía conservar las copias era el dueño, porque tenía que correr con los gastos de mantenimiento. Tomaron una decisión práctica: Fabiano tenía la casa más grande, las dejaron ahí.

—Para nosotros, que estuviera en un lugar era una oportunidad para comprar material, para seguir alimentando la Filmoteca. Habíamos tocado un límite. Si lo seguíamos haciendo por separado no podíamos seguir. En esa época había mucho material que se estaba perdiendo. Había películas argentinas que no las veías nunca más.

Las películas, en distintos períodos, las fueron pasando en el Cine Maxi, en el Atlas Recoleta y en el Malba, donde Peña y Fabiano fueron convocados en 2002 —cuando inauguró el museo— para coordinar el área de cine. La colección siempre estuvo en movimiento. Lo que no se muestra, se arruina. O se avinagra, como le suele pasar al fílmico cuando no se le da aire, oscuridad, pantalla y público.

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Enrique Bellande fue alumno de Peña en 1991 en la Universidad del Cine. Bellande tenía 18 años; Peña, 22.

—Era muy chico, pero ya parecía alguien que había visto todo el cine del mundo —dice Bellande, pegado a la ventana del café notable Río en el barrio de Almagro—. Tengo el recuerdo de él compartiéndonos material de su colección para que hagamos nuestros trabajos de fin de año. Después fui siguiendo sus ciclos de programación. Nadie me regaló tantas películas en mi vida.

Durante 30 años, Bellande fue a las diferentes salas donde Peña mostró películas. Un recorrido que incluye sótanos, salas venidas a menos, centros anarquistas, festivales (Peña fue director del BAFICI y del Festival de Cine de Mar del Plata, los más importantes de Argentina), salas con glam y mecenazgos empresariales, el Bazofi y, también, jardines privados donde alcanzaba con llevar una pantalla, sillas, una lata y un proyector.

—Buenos Aires se vanagloria de ser un gran foco cultural —dice Bellande—, pero si no estuviese Peña, la exhibición cinematográfica de esta megalópolis sería patética. No hay nada, quedaría la Lugones y nada más.

En 2015, Bellande empezó a realizar un documental que tiene a Peña como protagonista. Se llama La vida a oscuras y se acaba de estrenar en la competencia oficial del BAFICI. Fue el mejor motivo que encontró Peña para volver al festival que dirigió desde noviembre de 2004 hasta diciembre de 2007. No había vuelto a pisarlo desde su renuncia por incomodidades con la gestión del entonces jefe de Gobierno, Mauricio Macri. La película da cuenta de la cruzada de Peña por la conservación del fílmico y su exhibición. No es demagógica ni biográfica de la figura de Peña, tampoco llorona de un pasado analógico en extinción. Bellande, con talento y ritmo, logra hacer convivir la magia del maravilloso mundo de Peña y la dimensión física, terrenal, que lo hace posible.

Fotograma del documental 'La vida a oscuras', dedicado a Fernando Martín Peña. ALINA FILMS/ALAMBRADO CINE
Latas de filme guardadas por Peña, en el documental 'La vida a oscuras'. ALINA FILMS/ALAMBRADO CINE

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La casa donde vive Peña pertenecía a Octavio Fabiano. Cuando su amigo falleció en 2013, se juntó con los hermanos y llegaron a un acuerdo para vendérsela. En la operación, incluyeron el material que los integrantes de la Filmoteca venían juntando desde su fundación. La casa parece un rayo azul eléctrico salido de un manga que cayó en un barrio suburbano. Peña la convirtió en una mole especial: una bóveda de dos pisos, con paredes gruesas para lidiar con la humedad, y con temperaturas fijas de 20 grados que larga un aire acondicionado faraónico desde un costado.

—Es el primer edificio en la Argentina que se construye para conservar películas, una vergüenza —dice Peña, no por levantar el megáfono del indignado, sino para describir una situación en particular.

La casa es lo más parecido a una cinemateca que hay en la Argentina. Una cinemateca paraestatal que, paradójicamente, la sostiene un hombre que cree en los valores del Estado.

—Todo esto se lo voy a dejar al Estado. Si quieren hacer una institución ahí van a tener la piedra fundacional. Está la casa, la bóveda, los rollos. Por eso pienso en el Estado, porque el Estado nos sobrevive a nosotros. Por supuesto, puede terminar todo en una catástrofe, pero qué voy a hacer.

En el mundo, la mayoría de las cinematecas son estatales o de organización mixta, privada y pública. Peña destaca la de México, que depende de la UNAM; la de São Paulo, que “es como la NASA”; y la francesa, la más prestigiosa, con financiación mixta. También nombra la de Cataluña y la de Madrid.

Peña no se opone a lo digital. Incluso combate la idea de que una técnica reemplaza a la otra. No es fílmico o digital. Es fílmico y digital, en su concepción de difusión de cine.

—Hay que quedarse con lo mejor de los dos mundos —dice.

Peña escucha un murmullo y se detiene. La primera función en Hasta Trilce acaba de terminar. Hombres y mujeres atraviesan la puerta de salida, cruzándose en el camino con la fila preparada para ingresar a la función de las 21.00. Antes de levantarse, Peña retoma la idea.

—Lo mejor del mundo digital es la accesibilidad. Si querés estudiar la filmografía de tal persona, no te queda otra que buscar lo digital, es el único modo de poder ver todo. En cambio, lo mejor del fílmico es la textura, la cualidad fotográfica, es una experiencia estética de otro orden.

Y, por si quedaban dudas, subraya:

—La imagen fílmica me produce un placer enorme. Es como con los vinos, cuando probás el vino bueno te cuesta volver al vino más choto.

Luego se levanta con movimientos lentos. Avanza hasta la puerta de la sala y se queda de pie. Con una sonrisa debajo de la barba negra y blanca, estira la mano y empieza a recibir las entradas del público.

Escritor. Colaborador en medios como Página/12, Gatopardo, Revista Anfibia, Iowa Literaria y El malpensante, entre otros. Autor de las novelas Un verano (2015) y La ley primera (2022) y del libro de cuentos Biografía y Ficción (2017), que fue merecedor del primer premio del Fondo Nacional de las Artes de Argentina (FNA). Su último libro, coescrito con Fernando Krapp, es la crónica ¡Viva la pepa! El psicoanálisis argentino descubre el LSD (2023), también premiado por el FNA.

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