Libros

El viaje vital de Aixa de la Cruz

La escritora vasca habla de su novela ‘Las herederas’, donde propone nuevas formas de existencia que vayan más allá de lo preestablecido.

La escritora Aixa de la Cruz, autora de 'Las herederas'. ALFAGUARA

Las ideas y las palabras se desplazan con rapidez a través de la mente y las cuerdas vocales de Aixa de la Cruz (Bilbao, 1988). La escritora vasca habla con premura, y en su veloz discurso tiene tiempo para ir construyendo, apenas en un esbozo, multitud de imágenes, planteamientos y reflexiones. Su libro más reciente es Las herederas (Alfaguara, 2022). Antes, en 2019, la autora se hizo un hueco en el panorama literario español con Cambiar de idea (Caballo de Troya), una especie de ensayo autoficcional sobre la condición de ser mujer en el entorno post #MeToo que aún sigue cosechando elogios y buenas críticas

Entre la aparición de Cambiar de idea y la publicación de Las herederas, Aixa de la Cruz tuvo una hija, llegó una pandemia y ella, su niña y su marido se instalaron en una remota aldea castellana con el propósito de poner en práctica nuevos modos de vida (o tal vez no tan nuevos) lejos de la gran ciudad. Todo lo acontecido durante ese periodo de tres años es fundamental para entender la última novela de la autora. De hecho, ella misma reconoce que no fue consciente de la importancia del contexto hasta que empezó a dar entrevistas.“Fue ahí cuando comencé a darme cuenta de lo mucho que estaban vinculados los temas del libro con mi propia experiencia. Siempre digo que para mí el confinamiento duró más de lo normal, porque el posparto y la pandemia se me encadenaron”, relata De la Cruz durante la conversación con COOLT.

Las herederas narra la historia de cuatro mujeres que acaban de llegar a un pueblo de Castilla para recoger los últimos bártulos de una casa que recientemente ha sido escenario de un suicidio: el de la abuela de las protagonistas. A partir de esta premisa, la acción se despliega en distintas tramas que mantienen un hilo común —la presencia, más o menos intensa, de la familiar fallecida— y que abordan tres preocupaciones fundamentales de la autora: la mal llamada “salud mental”; el trabajo como esa fuerza que, por mucho que el mundo se derrumbe, nunca afloja; y el éxodo de los grandes núcleos urbanos hacia entornos rurales.

Una apertura hacia nuevos imaginarios

En los últimos años han abundado en España las novelas, ensayos y artículos periodísticos que reflexionan acerca de la posibilidad de abandonar las ciudades para construir una nueva forma de vida en los pueblos, muchos de ellos desatendidos por las instituciones. Títulos como Los asquerosos, de Santiago Lorenzo; el comentadísimo Feria, de Ana Iris Simón; o Las niñas prodigio, de Sabina Urraca forman parte de esta tendencia, en la que también podemos incluir Las herederas, un libro que conecta con las vivencias de su autora.

“Para nosotros no era lícito estar pagando alquileres altísimos por unos pisos que son inhabitables. Por esa razón nos mudamos a una casa que mi familia tiene en una pequeña aldea de Burgos”, cuenta De la Cruz, que con ese traslado al mundo rural vio cómo se alteraba radicalmente el modo en que la acostumbraba a vincularse con el entorno. “El cambio fue muy refrescante en términos de imaginario. Entré en un contacto muy profundo con el paisaje y con el medio porque no había otra cosa que hacer. No había tiendas, no había librerías, no había bibliotecas”.

Las formas de ocio con las que De la Cruz solía relacionarse de pronto dejaron de existir, y la escritora desarrolló nuevas aficiones, como identificar las plantas que crecían a su alrededor a través de una aplicación de móvil: “Tomé conciencia de que allá donde el hombre no cultiva, en los páramos y en las cunetas, la naturaleza no deja de presentarnos hierbas medicinales de todo tipo, entre las cuales se encuentran alucinógenos”. Sustancias naturales que ahora hemos sustituido por drogas “legales e ilegales” que nos permiten seguir el ritmo de producción impuesto por el sistema, como la cocaína, el alcohol o las benzodiacepinas. “Que necesitemos ayuda química para sobrevivir a la vida dentro del capitalismo dice mucho de cómo este funciona”, agrega la autora.  

La vida en un pueblo, alejada de la presión y la ansiedad que infringe una gran urbe, puede resultar sanadora, pero no debe pasarse por alto que dicho traslado también acarrea consigo sus propias dificultades y contradicciones. El de Aixa de la Cruz es un caso ilustrativo al respecto, ya que a ella finalmente le fue “imposible” permanecer en la aldea. “En aquel momento estaba desarrollando una conciencia ecologista muy grande y no quería conducir, y si optaba por vivir allí era absolutamente imperativo utilizar el coche para todo lo esencial. Con una niña pequeña, a diez kilómetros de los servicios básicos, a media hora de un supermercado o de un hospital, todo se hacía muy complicado”, dice la autora, quien explica que en su novela quería mostrar esas dos caras de la vida rural porque “si solo pensamos en la idea del pueblo como refugio, terminamos desprotegiéndolo al no poner sobre la mesa las demandas necesarias para que estas zonas vuelvan a ser lugares habitables”.

- Además, la simple posibilidad de abandonar la ciudad es ya de por sí un privilegio que muchos no pueden permitirse.

- Es un privilegio poder alejarse, sí. Y no es que haya nada intrínsecamente erróneo con la vida urbana: lo que no funciona en el medio urbano tiene que ver con violencias del sistema, con alquileres abusivos o con gestiones medioambientales nefastas. En la novela no quise proyectar la idea de que la utopía tuviera que estar necesariamente fuera de la ciudad.

- Por otro lado, y creo que esta idea se aprecia en el libro, la realidad que habitamos es mucho más compleja. Nuestras vidas están tan interrelacionadas, tan imbricadas, que no vale con salir de la ciudad para dejar de formar parte del sistema, o para dejar de contribuir al mantenimiento de aquello que se impugna.

- Esto es una problemática importante en la novela. Uno de los personajes, hacia el final, se pregunta si es posible construir un afuera del sistema sin pagar un peaje que sea sistémico. Hay una serie de contradicciones en Las herederas que tienen que ver con esto, y en parte creo que son cuestiones generacionales. Pienso en esas discusiones sobre veganismo de las protagonistas: una es súper estricta con el tema vegano, pero al mismo tiempo, para preparar sus comidas, compra los alimentos en Amazon. Es esta cosa de no participar de la crueldad animal, aunque simultáneamente sí se contribuye a otro tipo de crueldades y abusos.

Formas de pensar el cansancio

Una de las protagonistas de Las herederas es Nora, que trabaja como periodista freelance y vive sumida en un angustioso bucle de competitividad, estrés, ansiedad y agotamiento. Para sobrellevarlo, Nora consume drogas a diario, drogas que le ayudan a escribir artículos más rápido, casi como si los produjera un robot infatigable. Siguiendo este hilo, le pregunto a De la Cruz por la precariedad y la explotación a la que se ven sometidos los trabajadores de los ámbitos culturales y creativos en España, retratada en libros como El entusiasmo, de Remedios Zafra, o Los brotes negros, de Eloy Fernández Porta. “La lectura de Zafra ha sido una de las cosas que más me ha politizado en la vida”, responde la autora.

Tanto le interpeló la lectura de Zafra, confiesa De la Cruz, que al día siguiente de leerla por primera vez no pudo hacer otra cosa que borrar su cuenta de Twitter: “Puede parecer una tontería, pero en realidad creo que es bastante significativo. Uno de los principales problemas de los trabajadores culturales es ese: la ansiedad que produce tener que vendernos constantemente. Es cierto que las redes sociales ayudan a lograr visibilidad, pero a su vez terminas percatándote de que estás perdiendo demasiado tiempo en estas aplicaciones, y que dicha pérdida de tiempo te genera ansiedad. De pronto, te encuentras en una rueda cuyo objeto inicial se ha perdido”.

A pesar de todo, la escritora reconoce ser consciente de que abandonar las redes sociales es un lujo al que no todos los trabajadores culturales pueden acceder: “Ahora, al estar en una editorial tan fuerte como Alfaguara, hay una maquinaria enorme que me está granjeando visibilidad a pesar de que yo esté fuera de las redes sociales”.

- Tus primeros libros fueron publicados en editoriales independientes y pequeñas, pero, como dices, tu nueva novela sale al mercado respaldada por un sello tan potente como es Alfaguara. ¿Qué diferencias has percibido entre un mundo y otro?

- Cuando estás en editoriales muy pequeñas siempre tengo la sensación de que funcionas como una escritora de nicho. En cierto modo, estar en una editorial pequeña puede generar una falsa sensación de burbuja: te lee poca gente, pero siempre gente afín a ti. El paso a editoriales más grandes te conduce a públicos más grandes, sí, pero también te permite salir de esa burbuja. Al mismo tiempo, los medios que tiene una editorial grande son infinitamente mayores. La exposición en prensa que estoy teniendo con esta novela me está llegando a resultar incluso un poco abrumadora, aunque a la vez soy consciente de que es un privilegio tener este altavoz. Es casi todo positivo. Con la salvedad, claro, de que los grupos grandes son tan grandes que a veces da un poco de susto. Al haber estado antes en una editorial pequeña te das cuenta de que realmente no se puede competir, y me parece vital que pueda haber competencia.

Maternidad y sufrimiento psicológico

La maternidad es otro asunto muy presente en Las herederas. Lis, una de las protagonistas del libro, hace poco que ha sido madre, pero es etiquetada de loca por el inusual comportamiento que exhibe a la hora de relacionarse con su hijo. A ese respecto, De la Cruz explica que una constante en la novela es “la idea de cómo todas las mujeres que son madres tienen una carga de culpa encima que, por muy deconstruida que estés, eres incapaz de quitarte.

La autora se refiere a una culpa que tiene que ver con la mujer y el trabajo: “A mí, personalmente, me ocurre que me digo cosas como: ‘qué vergüenza cancelar esta cita con el pediatra porque me voy de promo. Cuando he hablado con las mujeres de mi familia me he dado cuenta de que la culpa es algo que siempre ha estado muy presente en ellas, es una culpa endémica y transgeneracional.

De hecho, en Las herederas, Aixa de la Cruz apunta que el sufrimiento psicológico no es un problema individual, sino que su origen tiene que ver con violencias que van más allá del sujeto, con daños y menoscabos que se remontan al sistema, al entorno en el que nos relacionamos, trabajamos y, en fin, vivimos.

En un momento de la entrevista, la autora explica que no cree que el término “salud mental” sea el más adecuado para abordar el asunto del malestar psicológico, ya que presupone la noción de “enfermedad mental”, algo que conduce a pensar las dolencias psíquicas como fenómenos exclusivamente privados y personales. “Bajo mi punto de vista, hablar de enfermedad mental es casi una metáfora. Para mí, el sufrimiento psíquico se explica siempre por detonantes ambientales. Por eso me parece peligroso el término de salud mental, porque creo que conlleva una asunción exclusivamente biomédica del sufrimiento psíquico”, afirma.

Y en este raro presente que vivimos emergen dos formas de abordar ese “sufrimiento psíquico” al que se refiere De la Cruz. Por un lado, medicalizando el problema, es decir, suministrando fármacos para bloquear la incomodidad. Por otro, por medio de las terapias psicológicas que con frecuencia resultan ser exageradamente individualistas, y que además suponen un marcador de clase significativo como consecuencia de sus altos precios. “Es un tema complejo, porque hay muchos tipos de terapia”, responde la escritora, “pero sí es cierto que en un momento de la novela uno de los personajes verbaliza una crítica contra este tipo de terapias que no solo son individualistas, sino claramente neoliberales. Hay un tipo de asistencialismo en salud mental que se ha convertido en herramienta práctica del capitalismo”.

Es entonces cuando en la novela se esboza la posibilidad de que la sanación se alcance a partir de otros métodos, que tienen que ver, sencillamente, con una profundización en el lenguaje. “Creo que el lenguaje es orden, y muchas veces el sufrimiento psíquico tiene que ver con el desorden. Por eso pienso que el lenguaje ayuda a ordenar y, por tanto, a curar”, dice la escritora.

Planteo a De la Cruz una última pregunta: ¿son los problemas que aborda en su libro (la precariedad económica, la mal llamada salud mental, la posible salida de las grandes ciudades, la reconceptualización de la familia) cuestiones que ella podría identificar como generacionales? “Me pillas un poco verde en esto…”, confiesa en un primer instante, aunque rápido se lanza a dar una respuesta: “Es verdad que estas preocupaciones sí las considero generacionales, si bien en este punto siempre cito a Eudald Espluga y a su libro No seas tú mismo, donde advierte del peligro de considerar que las violencias del tardocapitalismo son una cosa milenial. La precariedad no nos la hemos inventado nosotros, ni solo nos afecta a nosotros. En este tiempo que habitamos son precarios los de 20 años y los de 60 simultáneamente”. 

Periodista. Ha escrito para medios como Colofón Revista Literaria, Perfiles o Viajar, entre otros.