Somers y Di Giorgio, las madres olvidadas del realismo mágico

Las dos escritoras uruguayas son imprescindibles para capturar el espíritu más experimental de la literatura latinoamericana del siglo XX.

Las escritoras uruguayas Armonía Somers y Marosa di Giorgio. ELENA CANTÓN
Las escritoras uruguayas Armonía Somers y Marosa di Giorgio. ELENA CANTÓN

Como exploradoras de esos sensuales jardines de las delicias donde el lenguaje cabalga en extrañas criaturas creadas con sintaxis e imaginarios inusitados, las epifanías eróticas y abyectas abundan en la vida cotidiana, y la muerte como experiencia trascendental no es un final definitivo, Armonía Somers (Pando, 1904 - Montevideo, 1994) y Marosa di Giorgio (Salto, 1932 - Montevideo, 2004) poseen varias coordenadas en común.

Ambas escritoras nacieron y vivieron en Uruguay. Y las dos compartieron una tradición literaria específica de ese país, que acunó a los que el crítico literario Ángel Rama denominó como “Los raros”. Retomando ideas del poeta modernista Rubén Darío, en parte heredadas de la concepción de los “poetas malditos”, Rama intentó capturar así a los escritores que cuestionaron el canon nacional. Una genealogía iconoclasta inspirada por los efluvios de la vanguardia con influencias epigonales tanto del barroco como del surrealismo y que se pueden rastrear desde la narrativa extravagante de Felisberto Hernández hasta el prolífico y ecléctico Mario Levrero

Nacida Armonía Liropeya Etchepare Locino, Somers adoptó este apellido ficticio para proteger su trayectoria profesional en la pedagogía, con una carrera meteórica que la llevó a recorrer diferentes países europeos como investigadora invitada durante los años sesenta. Sin embargo, su verdadera pulsión innovadora estuvo en la literatura. Un oficio que por su embiste iconoclasta le mereció mantener aquel pseudónimo hasta su muerte.

Tras la publicación en 1950 de La mujer desnuda, reeditada recientemente por Ediciones Trampa, Somers incursionó en temas generalmente inéditos para su época como el erotismo y el deseo femenino. Con una escritura relampagueante, la novela especula con el fantástico desde un enfoque feminista. Rebeca Linke, su protagonista, se arranca la cabeza al despertar en su cumpleaños número 30, se la vuelve a poner para después perderse desnuda en un bosque donde vivirá inusitadas y delirantes peripecias.

Como toda escritora pionera, la novela fue juzgada como obscena. En el contexto de los años cincuenta en Uruguay era considerado un escándalo expresar la sexualidad y erotismo femeninos. Sin embargo, protegida tras su pseudónimo, Somers siguió con su obra narrativa, adscrita a un realismo tenso y exasperado, que muchas veces pendula entre lo fantástico y lo costumbrista.

En sus cuentos, cuya edición completa llega este julio a la editorial Páginas de Espuma, la decrepitud, la descomposición y la muerte tanto como el erotismo y la crueldad son temas recurrentes. Sin embargo, lejos de una mirada exploitation, su prosa es fascinante, distante de una exploración banal e indulgente de la repulsión lectora. Asimismo, elementos dicotómicos como el mal y el bien se vuelven vulnerables y permeables a su propia implosión, sin víctimas ni victimarios y cualquier personaje es agente tanto de violencia como de empatía.

En este sentido, uno de sus cuentos más conocidos, ‘El derrumbamiento’, tiene como protagonista a un asesino que, escabuyéndose en un hogar de día para vagabundos, experimenta una epifanía. Asediado por la culpa, ante la imagen de la Virgen, su experiencia mística despierta el rechazo de sus cohabitantes quienes acabarán hundidos junto a él, después de la sorprendente implosión apoteósica de la precaria vivienda.

Con una gran autoconsciencia de sus pesadillas en el limbo de la vigilia, de estas búsquedas frenéticas de sus personajes por la redención, la autora presenta esta epígrafe para ‘El desvío’, otro de sus cuentos paradigmáticos:

“Se trata de una historia vulgar. Pero yo la narro a toda esta gente que está tirada conmigo sobre la hierba donde se produjo el desvío y nos dejaron abandonados. En realidad, no parecen oír ni desear nada. Yo insisto, sin embargo, porque no puedo concebir que alguien no se levante y grite lo que yo al caer. A pesar de los que me preguntaron en lugar de responderme. Algo tan brutalmente definitivo como este aterrizaje sin tiempo”.

Incluso en las situaciones de aparente redención, sus personajes son asediados por el pavor a lo que se esconde, lo ominoso, como les ocurre a un grupo de trabajadores ante el encuentro de un alacrán que se escabulle entre la leña que tienen que cargar, en el cuento ‘Muerte por alacrán’. Una situación donde serán obligados a enfrentarse con sus propios demonios interiores. En otros relatos como ‘Carta a Juan de los espacios’ o ‘Jezabel’,  su estructura fragmentaria y su intertextualidad irreverente conversa con elementos arquetípicos y alegóricos a la Biblia con un tono surrealista y lautreamontiano.

Navegando por estas mismas fronteras, entre la poesía y la prosa, entre lo fantástico y lo costumbrista, la disolución de las barreras en la vida y la muerte, entre la violencia y el erotismo, la otra “rara” de la literatura uruguaya es Marosa di Giorgio. Ella escribió un perfil sobre Somers que puede leerse en Otras vidas, su no ficción compilada por Adriana Hidalgo:

“Armonía Somers habita un apartamento del Palacio Salvo, ese lugar clave de Montevideo, y su ambiente hogareño, es barroco y presidido por un grande y blanco ángel. Ella habita, pues, la casa del ángel. Pero, también, es la casa del demonio y la mandrágora, la manzana del bien y del mal; extiéndese hasta tornarse campo de espejos e inauditos tulipanes y alacranes. Rara vez aparece en público. La oímos decir, ha poco, que cree que un escritor debe guardar su enigma, vivir en los libros, sólo en los libros, para sus lectores”.

A diferencia de Somers, Marosa di Giorgio no gozó de una vida cosmopolita y de éxito académico. Al contrario, trabajó casi toda su vida en el Registro Civil de Montevideo. Fue una actriz frustrada y su nombre, la contracción de sus dos nombres de nacimiento, fue su precoz performance creativa: actuaba de Marosa. Quizá por eso prefería los recitales poéticos a las conferencias. Le encantaba memorizar sus poemas y los recitaba con sutiles inflexiones de la voz, con naturalidad, sin afectación.

Di Giorgio y Somers, con los libreros Adolfo Linardi y Juan Ignacio Risso, en 1988. LIBRERÍA LINARDI Y RISSO
Di Giorgio y Somers, con los libreros Adolfo Linardi y Juan Ignacio Risso, en 1988. LIBRERÍA LINARDI Y RISSO

Di Giorgio fue la primogénita de una pareja de inmigrantes de la Toscana. Su familia administraba dos fincas familiares contiguas donde se dedicaban a la plantación de árboles frutales. Y estos son los entornos donde transcurrió su infancia y los que se asoman, “resplandecen”, como diría ella, en la mayor parte de su obra.

La editorial Wunderkammer acaba de publicar Misa de amor. Relatos eróticos completos. Aquí la autora funda su propio parnaso “marosiano”: un universo ficcional donde el panteísmo sexual impera sobre una multitud de especies que conviven promiscuamente con lo humano:

Me había aficionado a algunos animales. Las manadas dejaban lobos en el pueblo. Todas las niñas eramos sus pretendientes.
Antes de ingresar a la escuela, señora Desireé, señora Opalina Desireé Azucena Uva, ennovió entre los gatos.
Una noche cayó un vampiro ancho y pesado del techo y se aplicó al muslo de ella, estando en mitad de un coito deslumbrante y terrorífico.
Yo daba innumerables grititos que atraían a los espiadores y a todos los bichos. Todos los bichos querían estar conmigo, entrarse, hasta los insectos.

Así, todo rasgo esencialista deviene imposible ante la proliferación indómita del erotismo que permea su obra. Por eso, las mujeres-niñas que pueblan los relatos de Marosa suelen participar de juegos eróticos y/o sexuales con lobos, gatos, insectos, murciélagos y otras variedades del mundo animal. Sin embargo, estas experiencias no se vinculan exclusivamente con ejemplares de este reino; los personajes de di Giorgio también se involucran con especies del mundo vegetal:

Estos higos son del Diablo. Decimos no y que no, con la cabeza. Pero desde los higos saltan dos penes rojos, morados, diminutos. Uno para cada una. Vienen a nosotras; nos pasan los cendales, haciendo una leve escritura en la superficie, se va a lo hondo y allí trazan fuertes letras, rodeadas de diabluras.

Un hongo me llamó; era redondo, blanco y rosa vivo, tenía perlas, amatistas y como unos dientes abrillantados por el lomo. Una noche me lo sustrajeron. Quedé con el sexo abierto y lo aguardaba. Fue cuando advertí al hibisco. Y me conformé y me enamoré. Con el hongo sólo hubiera pecado; con este me enamoré.

Siempre había amado al nardo. En realidad él fue siempre su amante desde niña. Ella perdía ya, perlitas de amor, gotitas, néctares desde su fuero íntimo, hasta la bombacha; reverberaba sola con el nardo a cuestas.

De esta manera,  el fenómeno de la vida, el sexo y la muerte se observa con asombro, con curiosidad infantil sin un atisbo de filtro moral. En sus fábulas, las vírgenes se inician en el misterio del sexo copulando con animales, plantas, ángeles y hasta con Dios, creando un continuum indisociable entre experiencias sexuales y místicas tan característico de su obra. Por eso, quizás el gran tema de su obra no fue la naturaleza, esa naturaleza que era puro referente, entorno, contexto, atrezo provisorio, sino el paraíso perdido de la inocencia, el desamparo ante el sexo, la muerte y los miedos de la infancia.

Además, la obra de Marosa di Giorgio suele deambular por los contornos entre los discursos lírico y narrativo. Y eso porque una irreprimible voluntad de experimentación poética, singularizadora del conjunto de sus relatos, difumina los umbrales, arrastrando los límites de las casillas genéricas.

En conclusión, las sugestivas y perturbadoras exploraciones estéticas en la obra de Armonía Somers y Marosa di Giorgio pueden considerarse las fuentes de las que bebieron las neovanguardias, así como el realismo mágico y el boom latinoamericano, acunados bajo la alargada sombra de su invisibilizada influencia. Además, al igual que Clarice Lispector, no fueron popularmente reconocidas en su voluntad innovadora hasta décadas después. Sin embargo su tradición no está muerta, sino que encontramos epígonos que, en su singularidad puede encontrarse en estilos muy diferentes entre sí, pero herederos de esa misma exploración iconoclasta y sensual como la de Gabriela Cabezón Cámara, Ariana Harwicz o Mónica Ojeda

Escritora. Colaboradora de medios como El País, Letras Libres y El Mundo, entre otros. Autora del libro de poemas Este es el momento exacto en que el tiempo empieza a correr (2015), la novela La puerta del cielo (2018) y el libro de relatos Constelaciones familiares (2020). Acaba de publicar el ensayo Érase otra vez. Cuentos de hadas contemporáneos (2021).

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