En esas páginas están todos: el dibujante, el caricaturista, el pintor, el escritor, el maestro, el fotógrafo, el músico, el editor, el periodista y el demócrata. Son 10. El último gobernó a Hermenegildo Menchi Sábat (Montevideo, 1933 - Buenos Aires, 2018) más que ningún otro.
“Cuando tenía que llenar una planilla en un hotel, él ponía: 'soy demócrata'. Pudo haber sido el mejor caricaturista, músico o fotógrafo, pero sobre todo fue un demócrata. Esa es la admiración mía y creo que de todos: la tolerancia, la libertad, la ética que lo ha acompañado durante toda su carrera. Es la memoria colectiva de los argentinos porque, a partir de sus dibujos, podemos conocer qué pasó en la Argentina en los últimos 50 años”, compartió Diana Baccaro ante los amigos, compañeros de profesión y admiradores del caricaturista, reunidos en Madrid el pasado 8 de junio.
“Lo conocí en la redacción del diario Clarín cuando entré como becaria, yo era una niña y él ya era un maestro. Empecé a estudiarlo y a acercarme tímidamente a su oficina y, a partir de ahí, pude empezar a elaborar lo que 30 años después fue este libro”, introdujo la autora de Diez veces Sábat, editado por el diario Clarín. “Lo que intenté es contar, no solo su faceta periodística dentro del diario –sus dibujos, su humor gráfico, que es lo que generalmente conocen todos sobre él–, sino cuántos Sábat viven dentro de él. Ahí me di cuenta que había muchos”, añadió.
La periodista presentó su libro, a este lado del Atlántico, en Olavide Bar de Libros (Calle de Olid, 14), una librería regentada en Madrid por la pareja de periodistas y escritores argentinos Raquel Garzón y Daniel Ulanovsky, que estos días ofrece, en su planta baja, una muestra de dibujos del célebre caricaturista. Fue un encuentro cargado de admiración y nostalgia donde antiguos colegas de la redacción del diario Clarín se encontraron para revivir la memoria de Sábat. No podía faltar a la cita Ricardo Kirschbaum, editor general del diario al que Sábat entregó 45 años de su talento, toda una referencia global.
“El objetivo de esta reunión forma parte de un programa que tenemos de festejo de los 80 años del periódico, pero, básicamente, es celebrar en Madrid a un artista insuperable en su género. Menchi era un periodista y, antes que eso, era una persona muy sensible a identificar los rasgos más salientes de algún personaje de la política, de la cultura o de la vida cotidiana sin agregar una palabra a sus trabajos”, destacó el editor.
Ideas frente a palabras
Esa fue la genialidad de Sábat, quien había cruzado el Río de la Plata en 1966 para trabajar en Argentina ya formado como periodista: retratar la historia de un país sin usar una sola palabra. "Él solía decir: 'En un país donde todo el mundo se pelea por las palabras, yo quiero pelearme por las ideas'”, compartió la autora del libro. "Por eso hizo del silencio su regla de conducta. Decía: 'yo me gano la vida mirando caras, a veces soy como un policía. Puedo dibujar 20 veces la misma cara, pero nunca el mismo gesto'. Ahí estaba su arte, en abrir el personaje como una nuez y capturar la verdad humana. Era el tipo policía que te mira, te saca el ADN de adentro y te puede hacer sacar una sonrisa, un enojo o lo que sea, pero algo te saca”.
Para contar sin palabras se inspiró en uno de sus ídolos, Charles Chaplin, convencido de que, si el actor había logrado hacer reír al mundo con el cine mudo, él también podría hacer sonreír al lector sin utilizar una palabra. “Otra línea de su ética fue no acercarse nunca al poder. Decía que, cuanto más lejos estaba el poder, más libertad sentía para poder dibujar, para poder ser editorialista, porque eso es lo que era de alguna manera”, matizó Baccaro.
Su trazo, valiente, no se achantó nunca. Ni en los momentos más aciagos de la dictadura militar, cuando, aprovechando la celebración del Mundial de 1978, se atrevió a caricaturizar a la Junta –"fue el primero en hacerlo y eso habilitó al resto de los humoristas"–, ni cuando en 2008 fue duramente atacado por publicar un dibujo de la entonces presidenta Cristina Kirchner con la boca vendada, que muchos consideraron un mensaje cuasifascista –"fue un primer ataque fuerte en el que él se sintió muy ofendido, pero al día siguiente respondió con el dibujo de un mafioso de verdad"–.
Su “armadura”
Su pulso también se mantuvo firme cuando, cuatro años después, dibujó a la presidenta de Argentina con un ojo morado y se volvió a armar el lío. “Ahí también hubo una discusión sobre si Sábat estaba tratando de ser machista, misógino o sexista... Cuando todos sabemos que, en el humor gráfico, un ojo morado significa otra cosa. En ese momento, Menchi también se sintió muy dolido y todas las mujeres de la redacción nos hicimos una foto con él, arropándolo”, contó Baccaro. “Él nunca demostraba vulnerabilidad. Siempre fue, para mí y para muchos, un Quijote. Hicimos esa foto porque sentíamos la necesidad de decir: ‘Menchi es un caballero’. No necesita armadura, pero nosotras, todas las mujeres, vamos a darle esta armadura porque queremos demostrarle nuestro cariño”, añadió.
Ricardo Kirschbaum no dudó en asumir la defensa pública de Sábat ante los diferentes conflictos que le tocaron de cerca. “Es un derecho expresarse libremente y los gobiernos autoritarios de izquierda y de derecha actúan tratando de sofocar la libertad de expresión. Menchi defendió eso, siguió expresándose con libertad y él fue una virtud respecto a los que escribíamos. No se autocensuraba, buscaba caminos que a veces las palabras no te dan”, destacó el editor general de Clarín, quien quiso compartir una anécdota.
“Teníamos un acreditado ante las Fuerzas Armadas que habló con el entonces director de Clarín: ‘Dice Suárez Mason que la próxima vez que lo dibuje va a aparecer flotando en el Río de la Plata’, le trasladó. ‘Bueno —dijo Menchi—, soy rioplatense. Sería un entierro digno’. Pero había otro miedo, que era el de los editores. Cuando él se la jugaba con algún dibujo en un momento muy duro, alguien le tenía que decir: ‘Mira, Sábat, el dibujo no va’. Pero nadie se animaba a levantarlo y el dibujo se publicaba”.
Una cajita de lápices
Muchas décadas antes, el genio autodidacta había empezado a dibujar a los dos años con una cajita de lápices de colores. Su gran maestro fue su abuelo, un popular caricaturista a quien nunca conoció pero de quien copió sus dibujos. A los 12 años, comenzó a publicar profesionalmente. “Su primer dibujo fue de un jugador de fútbol de Peñarol, en ese momento de la selección uruguaya, y ya, entre los dos o tres primeros trazos, el mundo se dio cuenta de que había algo ahí que era serio”, narra Baccaro.
El periodista canario Juan Cruz ejerció de maestro de ceremonias en una mesa a la que también se sentaron los ilustradores Manuel Álvarez Junco y Agustín Sciammarella. “Tengo una ventaja sobre Sábat, que es que he aprendido de él, de su trabajo y de sus muchos libros, como tantos otros de nuestra generación que hemos tenido esa suerte”, apuntó este último. Manuel Álvarez Junco tuvo palabras para el libro que lo homenajea. “El conocimiento que yo tenía de Sábat era solamente como caricaturista. Este libro da realmente un panorama absolutamente completo y, sobre todo, se adentra en el mundo de la caricatura y también en algo que a él le gustaba especialmente, que era la pintura, donde se sentía libre. Está claro que la caricatura tiene una servidumbre: el tema está marcado, sabes que tienes que realizar un personaje, completar un determinado texto… Por eso es evidente que él se vale de su silencio, precisamente, para expresar algo fundamental que es hacer un retrato”.
El genio humilde
Detrás de su imponente labor periodística y de sus ácidas caricaturas políticas, había una persona profundamente empática en el trato cercano. También humilde. “Él nunca iba con arrogancia. En la redacción, tomábamos café, lo encontrábamos camino al baño y compartíamos el día a día, pero no sabíamos que estábamos al lado de un genio porque él nunca se veía así. Recién ahora, cuando ya no lo tenemos, el maestro nos va a acompañar siempre y, a medida que vaya pasando el tiempo, su iconografía nos va a quedar, como los grandes artistas que han hecho huellas”, celebró Diana Baccaro.
Ricardo Kirschbaum rememoró sus inicios con el dibujante. “Era un tipo sencillo que no exhibía su talento, lo exhibía con su obra, pero no estaba subido arriba del pedestal, que lo podía haber hecho tranquilamente. Inclusive, rechazó trabajar afuera, tuvo ofertas de Le Monde, del The New York Times… Además, tenía otra característica: era muy tímido y de ahí la manera que tenía de acercarse. Cuando de muy joven entré en la redacción de Clarín, me sentaron al lado de él y recuerdo cómo se acercó a mí. Estuvimos los primeros días sin hablarnos, yo lo miraba, yo sabía quién era. De pronto, pasó al lado mío y me tiró un dibujo. Era un tipo sencillo y a su vez complejo, no era simple, porque tenía su rollo”.
En la tarde del pasado 8 de junio, desde Madrid, una luz volvió a iluminar el pequeño estudio del diario Clarín donde Sábat se afanaba en sus caricaturas políticas diarias, rodeado de una (o quizás dos) centenas de retratos de sus ídolos pegados en las paredes. Unos minutos antes, este hombre del Renacimiento, este Don Quijote de físico monumental y ternura inmensa, cuya integridad personal y pública fue una sola, había llegado a la redacción con la boina calada en la cabeza, las manos entrelazadas detrás de la espalda y su habitual pregunta: "¿Cómo va el baile?”. El suyo es ya eterno.