La palabra poesía proviene del latín poēsis, y esta, a su vez, del griego ποίησις (poíesis), que significa "hacer" o "materializar". Una definición que sugiere un poder místico, casi divino. En la tradición gnóstica de los primeros siglos de nuestra era, los propios ángeles se asombraron del enorme poder que Dios concedió al género humano: el poder de nombrar.
T. S. Eliot afinó esta etimología, estrechando el tramo que separa el mundo visible del invisible, al declarar que "el propósito de la literatura es convertir la sangre en tinta".
Imaginamos al consagrado poeta llegando a esta conclusión tras leer a Lord Byron, con una aseveración sospechosamente similar, en la que, en tono acusador, nos advertía: "Si no vas a mojar la pluma con tu propia sangre, no escribas".
En ambos casos parece traslucir, en el fondo de los mensajes, un valor titilante: compromiso.
En un mundo atravesado por crisis constantes —sociales, climáticas e identitarias— la poesía ha abandonado su cariz clásico, quizás algo romantizado, de dar voz y palabra a pensamientos y sentimientos íntimos, para convertirse en un territorio de acción. El incomprendido poeta, alma sensible unas veces, atormentada en otras, ejerciendo de voz cantante de un pueblo o explorando los sucintos rincones del inconsciente a través de crípticas experiencias simbólicas, parece haber abandonado hoy sus terrenos otrora conocidos y transitados (para algunos, hasta francamente trillados) para amoldarse a una contemporaneidad que lo invita, o más bien lo insta, a comprometerse con el son de sus tiempos.
Porque, como decía Simón Bolívar, cuando declamaba: “Hemos guardado un silencio bastante parecido a la estupidez”, la poesía no debe ser ajena a los vaivenes del siglo, apelando a un solipsismo que recuerda más a cierto narcisismo infantil que a una aureola de ignota singularidad, sino que el alma sensible atribuida al oficiante, esto es, la figura del poeta, debe utilizar su voz para dar cuenta de lo que el mundo le ofrece, en su vertiente manifiesta u oculta.

Haciendo de tripas corazón, y abandonando la aseveración de Alejandro Jodorowsky, cuando decía, a modo de panegírico, que “a veces el poeta se cansa de los demás, y guarda silencio para que nadie ensucie su lengua. Y entonces la humanidad ya no tiene por dónde respirar”, hoy la poesía se ha convertido en un arma de defensa.
¿Pero, defensa contra qué?
Desde sus orígenes, la poesía ha sido una forma de pensamiento crítico. Recordemos infortunados héroes, como Víctor Jara, y muchos otros anónimos que jamás conocieron la popularidad. En el presente, parece que tras unas pocas décadas de olvido, su papel en los movimientos sociales ha adquirido una visibilidad renovada. Y es que más allá de los credos particulares ("La poesía es la oración de los ateos", como recordaba Anton Riexa), encontramos versos en marchas feministas, concentraciones por el clima o protestas por los derechos humanos, que aparecen como consignas cargadas de emoción y significado.
Aquí, la poesía no busca únicamente la belleza estética, sino la eficacia simbólica. Como sugería Fernando Pessoa:
El poeta es un fingidor.
Finge tan completamente
Que hasta finge que es dolor
El dolor que de veras siente.
Sin embargo, en el contexto social actual, ese fingimiento se transforma en una forma de verdad colectiva: una verdad emocional que interpela y moviliza. En este sentido, la poesía actúa como lo que el filósofo Jacques Rancière denomina una “redistribución de lo sensible”: una manera de reorganizar lo que puede ser visto, dicho y sentido dentro de una comunidad. La palabra poética abre grietas en el discurso dominante.
¿Y cuál es ese discurso dominante que la poesía está éticamente llamada a combatir?
Esa sombra deshumanizante, que avanza arrasando todo a su paso, ofrece muchos nombres, pero una sola es su esencia. Podemos citarla como disolución del pensamiento crítico, exceso de burocracia, retorno a formas totalitarias de poder, digitalización de los vínculos o individualismo recalcitrante, y en ningún caso erraremos el tiro. Todos estos procedimientos tienen algo en común: la robotización de lo humano.

Ya Sidney Harris advertía: “el verdadero peligro no es que los ordenadores empiecen a pensar como humanos, sino que los humanos empiecen a pensar como ordenadores”.
La dictadura del consumo, siempre temperada por el cálculo, ensalza las bondades de la 'productividad' y la 'eficiencia', enuncia la inexorable necesidad de los 'procedimientos legales' con aparente fastidio y secreta complacencia, y ha reducido, con una facilidad asombrosa, la cuota de espontaneidad y de creatividad de la que los seres humanos gozaban desde hace tan solo unas décadas.
La historia es de Khalil Gibran:
Durante una guerra civil, un joven fue a parar a un pueblecito para refugiarse. La gente del poblado, sabiendo que era bueno e inocente, le acogió. Pero un día llegó al poblado un general enemigo, que le dijo al alcalde:
—Sabemos que escondéis a un joven entre vosotros. Si no nos lo entregáis, mañana todo el pueblo se volverá sangre y fuego.
El alcalde, alarmado, fue a ver al sacerdote del pueblo. El sacerdote les sugirió buscar en las Escrituras, y en un fragmento encontraron las siguientes palabras: "Conviene que uno muera por el pueblo, que no perezca la nación". Así que decidieron entregarlo. Torturaron al muchacho hasta el alba; sus gritos se escucharon durante toda la noche. Al cabo diez años, pasó un Profeta por el pueblo, y fue directo al alcalde:
—¿Dónde está el joven que envié para salvar todo el país?
El alcalde, completamente sorprendido, le dijo la verdad: que leyeron las Escrituras y decidieron entregar al joven.
—Este ha sido vuestro gran error —dijo el Profeta—: mirar las Escrituras, cuando lo que deberíais haber hecho fue mirarle a los ojos.

Y en ese proceso de pura instrumentalización, de censurar la inspiración por no encontrar plusvalía en ella, es el sentir humano el que se ve menoscabado tras la vereda de una miríada inacabable de estímulos que nacen y mueren en la inmediatez.
Y el acto creativo, por sí mismo, ¿dónde encuentra terreno fértil para crecer en medio de la aridez robotizadora y robotizante?
Contra eso, o quizás al margen de eso, la poesía se yergue, humilde en su majestad, como una herramienta de combate. Porque la pasividad no es neutra sino cómplice, y como decía Mario Benedetti: “Ignorar es otra forma de matar, pero sin ensuciarse las manos”.
Gracias a este nuevo rol, democratizada por exigencias del guion, una de las transformaciones más significativas de la poesía contemporánea es su descentralización. Ya no pertenece exclusivamente a círculos académicos o élites culturales; emerge desde los márgenes, desde experiencias atravesadas por la exclusión, la migración o la precariedad. En estos espacios, la poesía funciona como un acto de afirmación identitaria. Escribir es existir. Nombrar es resistir. Materializar.
La poeta Laia Noguera trabaja precisamente en esa línea, explorando la fragmentación del lenguaje y la experiencia corporal. En su escritura, el poema no es solo discurso, sino materia:
El cuerpo habla antes que la palabra,
Y en el silencio escribe su herida.
Este tipo de poesía no pretende cerrar significados, sino abrirlos. Se sitúa en lo inacabado, en lo que duele y no puede resolverse. Aquí resuena también Juan Ramón Jiménez, quien buscaba una “poesía desnuda”, despojada de artificios:
Inteligencia, dame
el nombre exacto de las cosas.
Pero en la poesía social contemporánea, ese “nombre exacto” no siempre existe. A veces, el lenguaje se rompe porque la realidad misma está rota. Es en ese contexto, en la ruptura, la desesperación y la incertidumbre, donde a menudo la poesía encuentra abundantes elementos para florecer. En ellos, y a través de ellos, ha nacido el fenómeno spoken word.
Si la poesía escrita ha salido de los libros, el spoken word la ha llevado al cuerpo. Este fenómeno, que combina oralidad, performance y denuncia social, ha crecido de manera exponencial en los últimos años.
En el spoken word, el poema no se limita a ser leído: se encarna. La voz, el gesto, el ritmo y el silencio forman parte del significado. El poeta se convierte en testigo y canal. Esta dimensión performativa conecta con ideas de Judith Butler, quien plantea que el lenguaje no solo describe la realidad, sino que la produce. En el escenario, el poema no es representación: es acción.

Muchos de estos espacios dan voz a quienes históricamente han sido silenciados. Jóvenes de barrios periféricos, personas racializadas y colectivos LGTBIQ+ encuentran en el spoken word un lugar de expresión directa, sin mediaciones.
La poesía social contemporánea no ofrece soluciones, pero sí preguntas. No resuelve el conflicto, pero lo hace visible. En un mundo saturado de información, el poema se convierte en un espacio de pausa, de escucha, de intensidad.
La poesía, en su forma actual, no es un lujo ni un adorno. Es una práctica de resistencia, una forma de pensamiento y una herramienta de transformación. Ya sea en una manifestación, en un verso escrito desde la periferia o en un escenario de spoken word, la poesía sigue recordándonos que el lenguaje importa. Que nombrar el mundo es, en cierta medida, cambiarlo.
Y quizá, como intuía Juan Ramón Jiménez, la tarea del poeta no sea tanto encontrar respuestas como afinar la mirada:
No corras, ve despacio,
que adonde tienes que ir es a ti solo.
