Esta historia empieza en un bar. Estamos en el 2014, en Pollo Piers, un bar de Miraflores, Lima, donde retumban voces de nocturnos, turistas, estudiantes y trabajadores que van a cerrar el día con el premio dorado de una cerveza helada. Quizás con dos o tres, o con las que alcance el ánimo y la billetera. Entre esas voces están las de Teo Pinzás, Paloma Reaño y Gracia Angulo, estudiantes de la carrera de Literatura en la Universidad Católica. Hablan de libros, de novias, de novios, de trabajos precarizados, de autores olvidados, de otros que les gustaría publicar. De golpe, uno de ellos, dice “es hora”. ¿De qué?, pregunta otro sosteniendo el vaso medio lleno. De que publiquemos los libros que faltan y queremos leer y que se lean. Con una cerveza más o unas palabras menos, algo así fue el inicio de la editorial Pesopluma.
Al poco tiempo, Gracia Angulo no pudo continuar con el proyecto. En su lugar, el tercer lado del triángulo lo ocupó Carlos Vela, amigo desde la escuela primaria de Teo y Paloma. Formado en marketing digital y administración de empresas, Carlos aportó la estructura financiera necesaria para que el proyecto fuera sostenible. “Fue nuestro cable a tierra”, dice Teo, por videollamada desde Perú.
El nombre de la editorial proviene de un verso del poeta peruano Luis Hernández, su "autor de bandera", quien se autodenominaba en su obra como "ex campeón de peso Welter". Los fundadores, sintiéndose jóvenes y pequeños en la industria, decidieron que ellos no eran peso pesado ni Welter, sino "peso pluma". Comenzaron con un capital de 3000 soles (menos de 1000 dólares) y su primer gran hito fue publicar Crónica de San Gabriel, una novela de iniciación descatalogada de Julio Ramón Ribeyro, lo que les permitió entrar con fuerza en las librerías y la prensa cultural de su país.
En esta ocasión, para dialogar con COOLT, participaron Teo Pinzás y Carlos Vela. La tercera parte del editorial, Paloma, se encuentra en el invierno fatal de Nueva York, estudiando y representando a la editorial en el Premio Hipanoamericano de Narrativa Las Yubartas, que -en el marco de La Feria Internacional del Libro de la Ciudad de Nueva York- reúne a editoriales prestigiosas del idioma castellano para identificar una nueva voz en la maraña de lenguas, bombas, migraciones, pantallas y ansiedades que digitan nuestros días.

Los integrantes de Pesopluma se conocieron en el Isabel Flores de Oliva, un colegio que tiene nombre religioso pero que no lo era tanto; según Teo, “era lo que acá se llamaba laicas comprometidas”. En Lima, cuentan, es habitual que la gente se conozca en el colegio y eso se termine traduciendo en hacer algo juntos de adultos; como quien dice, el destino está en el pasado.
-Nosotros éramos de la misma promoción, casi del mismo salón -dice Teo-. A Carlos lo conozco desde que tenemos 5 años.
Después del colegio, Paloma y Teo se anotaron para estudiar Literatura en la Universidad Católica. En paralelo, con Carlos, que había empezado a estudiar administración de empresas en la Universidad del Pácifico, no se dejaron de frecuentar para jugar al fútbol y tomar cervezas heladas, cerca de una playa en lo posible.
¿Cómo surgió la idea de dedicarse a la industria del libro?
Teo Pinzás (TP): Letras en la Católica es una especie de estudios generales, donde tú pruebas un poco de todo. Ahí decidimos que los libros eran lo nuestro. Conforme fuimos avanzando en la carrera con Paloma, había un poco de desazón porque nos hacían leer tanta huevada aburrida. Decíamos: ¿Por qué tenemos que estar leyendo tanto colonialismo? Y nosotros decíamos, pero, ¿por qué no vemos cosas más contemporáneas?
¿Ustedes sentían que no había espacios para las nuevas voces o que no había nuevas voces porque no había espacios?
TP: Sentíamos que en nuestra formación había una carencia de aquello que nos gustaba, pero también que en el medio había una carencia de escritores, escritoras, títulos que nosotros considerábamos que sería pues chévere tener al alcance. Entonces ahí comienza a surgir un poco esta conciencia de que hay un vacío con lo contemporáneo, y también con traer autoras y autores nuevos que no estaban publicando necesariamente las grandes y que acá no circulaban.
¿Ahí apareció la idea de crear una editorial?
TP: Estábamos con Paloma y con otra amiga, Gracia Angulo, también editora. Ya como en la quinta cerveza o la sexta, me hicieron una kimura y me dijeron, "Ya deja de escaparte, tenemos que hacerlo este año sí o sí." Y yo dije, "Ya, ya no puedo escaparme más." Porque sí venía un poco escapándome de esta necesidad de sentarse y comenzar a ser responsable con el sueño que teníamos.
¿Esa noche surgió el nombre de la editorial?
TP: El nombre surgió mucho tiempo después. Pesopluma viene de un verso de Luis Hernández, que es nuestro autor de bandera, un poeta peruano, que tiene un versito que dice "Soy Luchito Hernández, ex campeón de peso Welter Interbarrios”. Y nosotros pues éramos unos chiquillos, yo pesaba creo que 55 kg, era una piltrafa y dijimos, bueno, no somos ni ligero ni peso medio ni peso pesado, seremos pues peso pluma. Aclaro que fue mucho antes del cantante mexicano -dice entre risas.
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No había pasado un año desde la fundación de la editorial que Gracia Angulo decidió salir de la sociedad. En un viaje en auto, Teo le contó está situación a Carlos, un poco en la partitura de la queja “Ay, nos hemos quedado sin Gracia, dios mío, ¿y ahora qué vamos a hacer?", cuenta Teo. Justo Carlos había salido del banco donde trabajaba y le ofreció sumarse.
"Para mala suerte suya, cayó en una editorial que es lo menos rentable", dice Teo y Carlos sonríe en otro cuadrado de la pantalla.
¿Qué te acordás, Carlos, de ese viaje en auto?
Carlos Vela (CV): Dentro de la diversidad de cosas autodidactas que he hecho en paralelo a mi trabajo profesional, una de las empresas que formé estaba dedicada a hacer páginas web. Me junté con ellos para montar la web de Pesopluma. Me comentaron del proyecto y del espacio vacío. Nos juntamos a tomar unas cervezas, un poco más aterrizando en cómo había sido constituida la empresa, cosas que entiendo lo habían hecho sin tener mucho conocimiento sobre estas partes formales, porque la formación en Perú de Letras tampoco es multidisciplinaria, está más enfocada en letras, letras, letras. Me entusiasmó sumarme a un proyecto relacionado con libros, a pesar de que conocía poco y nada de su industria.
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En el momento en que Carlos se sumó a la editorial, Pesopluma ya tenía su primer contrato firmado para publicar Crónica de San Gabriel de Julio Ramón Ribeyro, que no estaba en circulación. En palabras de Teo: “Un golpe de suerte”: Paloma coincidió con el hijo de Ribeyro en una fiesta. Su heredero venía disconforme por cómo una editorial grande trataba la obra de su padre. Esa noche, se volvieron amigos y Paloma terminó diciéndole, “Oye, tenemos este proyecto, ¿por qué no lo piensas? Va a ser nuestro primer libro, o sea, que te vamos a dar atención absoluta” . Y al poco tiempo, la familia terminó aceptando.
TP: Era una novela que no se publicaba desde el año 92. Nosotros la hemos sacado en el 2014. Ahí comenzamos a pensar en una colección que es Crisálida, que comienza con Ribeyro, y tiene como propósito buscar libros descatalogados, libros que solo se hayan publicado una vez, pero que son interesantes y tienen que volver a serlo.
¿Cómo era la industria del libro en ese momento en Perú?
CV: Justo había una especie de nueva camada de editoriales, que estaban naciendo o tenían también uno o dos años en el mercado. Empezamos a relacionarnos porque justo el año que nosotros salimos al mercado, se creó un gremio que se llama Editoriales Independientes del Perú. El fin último era discutir temas relacionados con políticas públicas alrededor de la renovación de la ley de libro, crear un fondo para compras públicas, pensar la política nacional del libro y la lectura; también tenía un trasfondo de taquito comercial. Coincidimos en la misma ruta. Estoy hablándote de editoriales como Lápiz, Paracaídas, EstruendoMudo, Madriguera, La Travesía. Ahí fue que empezamos a compartir espacios, por ejemplo, para ir a algunas ferias locales o en el 2015 en la feria del libro de Bogotá, donde Perú fue país invitado.
Después de un comienzo tan auspicioso, ¿cómo fueron conformando el resto del catálogo? ¿Con qué ideas?
TP: Fue bueno comenzar con Ribeyro y también fue malo. Comenzamos bien arriba y era muy difícil jalar a otro autor de esa talla para mantener un poco el nivel, pero tuvimos suerte y fuimos persistentes. También cometimos errores.
¿Cuáles?
TP: Nos pasó con el libro de Tilsa Otta. Amiga, poeta, ahora novelista, que es una artista plural, que ha publicado en México, Argentina, y nos gustaba mucho lo que ella hacía. Sacamos su tercer libro en la serie Iceberg para autores jóvenes. Y lo hicimos de la forma más cara posible. Le pusimos solapas en triángulo, troquelado, todo lo que podíamos hacer le pusimos. Era poesía encima. Y si bien el libro era bueno, no entendíamos que la poesía tiene una rotación mucho más lenta, que un autor que está comenzando vende menos. En fin, entonces casi quebramos con nuestro segundo libro.
A un costado de la pantalla, Carlos repite “Estuvimos a punto de quebrar”, torciendo la boca como si le tocara tragar el maní malo del plato.
TP: Ahí comenzamos a escuchar a Carlos un poco más sobre qué es lo que podemos hacer, sobre cómo debemos manejar los riesgos.
Para ese momento, Pesopluma ya tenía planificadas tres colecciones: Crisálida, Iceberg y LiteraRutas contemporáneas. Después, alrededor del 2016, abrieron una colección de pensamiento, de ensayo divulgativo y ensayo literario. Y luego, alrededor del 2017, fundaron el universo Luis Hernández.
TP: Nos dimos cuenta que Luis Hernández iba a ser nuestro autor de bandera. Nuestra editorial llevaba el ADN de la obra de Lucho, que es muy lúdica, híbrida, siempre yendo a la subversión.

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Cuando Pesopluma surgió en el 2014, cuenta Carlos, en Perú había un vacío muy grande a nivel de políticas públicas. Sin embargo, en paralelo surgió la EIP, cuya punta de lanza fue establecer una presencia de las editoriales independientes en las mesas de diálogo con el Estado para impulsar políticas a favor del sector. Hasta el momento, la ley del libro que regía en esos años, promulgada en el 2001, tenía como único beneficio la exoneración del IVA para el libro.
CV: Incluso hacer el trámite de la recuperación del IVA por el gasto de imprenta, era un trámite que necesitaba una estructura y tenía una burocracia inmensa. La idea era simplificarlo para que no solamente en la transnacional, que tenía un equipo contable especializado, pueda hacerlo, sino que también accediéramos nosotros.
¿Qué otros objetivos tenían?
CV: El segundo punto era crear un fondo para que el Estado compre libros de manera anual y permanente, de manera transversal a todo el sector. Y el tercero era una promoción de la política nacional del libro y la lectura. Esas tres batallas, entre comillas, se llegaron a ganar hacia el 2021.

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Tanto Teo como Carlos y Paloma no son editores que se abocan a una única función. Sus tareas son múltiples: selección del catálogo, revisar los números, cargar cajas, hablar con autores y agentes, promocionar los libros, y la lista sigue.
TP: Como editor hay que hacer un poco de todo. Somos 4x4. Entonces, hay una división de tareas. En lo personal, lo que más me gusta es cuando hago edición. Meter mano en los libros, si el autor o la autora lo permiten. Mejorar el texto y emprender estos trabajos compartidos. También me encanta pensar portadas. Creo que en mí habitó un diseñador frustrado, una de las cosas que más disfruto es trabajar con mi diseñador y entrar en esta especie de complicidad de ir viendo cómo podemos deslumbrar a los lectores.
CV: El trabajo de editor lo veo más como un campo multidisciplinario. Entiendo que la figura usual del editor se refiere o está entendida como el editor de mesa. Pero en la actualidad la función se ha ido un poco modulando, excede ese campo estrictamente de editor de mesa y va relacionado con los otros aspectos como la parte comercial, la parte de distribución, la parte de relaciones públicas, incluso con la parte legal.
TP: En el fondo es gestión cultural.
CV: Sí, los editores en Perú tienen que hacer mil oficios. Y además estás viendo también cómo excedes tu proyecto para impactar en grupos humanos, cómo identificar un nicho para trabajar con un público específico. Entonces hay ahí un esfuerzo por ir más allá de la producción del libro para que el libro tenga realmente un impacto. En esa línea hemos hecho eventos, jornadas, conversatorios. Si uno lo reduce simplemente a hacer libros, no está entendiendo la verdadera magnitud de lo que significa ser editor, desde nuestro punto de vista.
