El México novohispano más allá de los libros de historia

'Tianguis', vacas, pulque, virreinas y criollas. Repaso a la vida cotidiana en el Nuevo Mundo en los siglos XVI y XVII a través de dos nuevos ensayos.

Pintura de Joseph Alzíbar perteneciente a la exposición de Casa de México 'Biombos y castas, pintura profana de la Nueva España'. CASA DE MÉXICO
Pintura de Joseph Alzíbar perteneciente a la exposición de Casa de México 'Biombos y castas, pintura profana de la Nueva España'. CASA DE MÉXICO

En estas fechas numerosos artículos recuerdan la toma, el 13 de agosto de 1521, de Mexico-Tenochtitlan —en su nombre original, sin tilde— a manos de las tropas de Hernán Cortés. Pero, ¿qué pasó después? ¿Cómo se organizó la convivencia entre naturales y conquistadores españoles?

Dos ensayos de la editorial madrileña Cicely —publicados en su sello Libros con Gafas— recuperan cómo se organizó la vida en el virreinato de Nueva España durante los años inmediatos a la toma de la ciudad. Alberto Baena Zapatero, especialista en Historia de América y profesor de la Universidad de Salamanca, se centra en el papel de las mujeres en la sociedad novohispana, mientras que Beatriz Rubio Fernández, doctora en Historia de América, analiza cómo era y cómo se transformó el pequeño comercio con la llegada de los españoles al Imperio azteca.

Por cierto, azteca y mexicano se usan a menudo como sinónimos y no lo son. Y para eso también están los especialistas: “No lo son del todo”, explica Beatriz Rubio, editora y autora en Cicely: “Los aztecas eran los habitantes de Aztlan, el lugar mítico, desde donde iniciaron el viaje que les llevará a fundar México en ese islote donde el águila comía a la serpiente, en Mexico-Tenochtitlan. Son los habitantes de esta ciudad a quienes se llaman mexicas, los de Mexico”.

La especialidad de Rubio es el estudio del pequeño comercio en la ciudad de México del siglo XVI: cómo el comercio prehispánico se integró con las nuevas tiendas y productos traídos por los españoles y cómo a través de relaciones comerciales aprendieron a conocerse y finalmente se integraron las dos culturas. Su libro Tiendas y tianguis concentra esta investigación. Para quien no esté familiarizado con la terminología, los tianguis eran (y son) los mercados mexica. Había cinco conocidos en la ciudad de México y estaban regentados por indígenas. Lo hispano, no obstante, tuvo pronta entrada porque tenía pronta salida: se vendía bien. Los españoles llegaron con sus tiendas fijas, frente a los mercados efímeros, móviles. La Plaza Mayor era su ubicación predilecta. Sus vendedores, así como los de las tiendas del centro, eran españoles. Adosados a las tiendas estaban los portales, puestos situados delante donde se vendían productos de bajo precio y diversos profesionales ofrecían sus servicios.  

'Vista de la Plaza Mayor de la Ciudad de México',  Cristóbal de Villalpando (1695). ARCHIVO
'Vista de la Plaza Mayor de la Ciudad de México', Cristóbal de Villalpando (1695). ARCHIVO

Pagar en cacao

Con los españoles llegaron las moneda hispanas (maravedís, escudos, reales de plata). Aunque al principio eran una rareza, con el tiempo se fueron imponiendo porque era más operativo que pagar en mantas o en cacao. Sin embargo, “los españoles incorporaron el cacao a su sistema monetario y por tanto el Cabildo se preocupó de que fuera sellado y vendido al precio establecido para evitar abusos”, se lee en Tiendas y tianguis. 

Existía una especie de policía de los mercados que se ocupaba de que se cumplieran las normas, denominada pochtecatlatoque o “señores de los pochteca”, siendo pochteca una palabra que designaba a los comerciantes profesionales y viajeros. Estos guardianes eran a un tiempo policías y jueces: mediaban en conflictos y robos, supervisaban mercancías, pero también castigaban a los infractores.

Vacas, cerdos y ovejas, bienvenidos

Uno de los mayores cambios que supuso la llegada de los españoles y que pronto se reflejó en el comercio y las costumbres alimentarias fue la introducción de animales grandes para su consumo, tales como vacas, cerdos y ovejas. “(…) No parece que fuera un trastorno, sino que se adoptaron con relativa facilidad”, escribe Beatriz Rubio. La carne se vendía en las carnicerías de la ciudad de México y estaba estricta y directamente regulada por el Cabildo. Esta entidad decidía donde se podía vender y las normas de dicho comercio. En la carnicería, por ejemplo, no se podían mezclar los tipos de carne: cada animal requería su propio carnicero.

Las panaderías no figuran entre los comercios de este siglo en México. El pan se hacía en casa de las panaderas —las más de las veces eran mujeres— y luego se vendía en el mercado y en el tianguis. En 1529 las panaderas se pusieron en huelga y el Cabildo les obligó a que volvieran al trabajo bajo penas de prisión y castigo físico, porque era necesario abastecer de pan la ciudad.

Tiendas y tianguis Beatriz Rubio

Otro producto cuya escasez hizo intervenir al Cabildo fue el vino. Los retrasos de los barcos que abastecían a los españoles con esta bebida alcohólica y el asalto de Francis Drake a Cádiz tuvieron como resultado la escasez y el alza de precios. Ante la importancia de este bien “esencial” —hubiéramos dicho en la actualidad—, el Cabildo reclamó las existencias y reguló la cantidad a que podía tener acceso cada persona.

Si el vino era la bebida alcohólica de los españoles, y se vendía en las tabernas, el pulque, la de los indígenas, lo hacía en las pulquerías. Sus caminos estaban separados y era uno de los casos en la que la diferenciación fue bastante estricta. Para favorecer que el vino lo bebieran solo los españoles se prohibió ubicar las tabernas cerca de los tianguis porque “el abasto no sería suficiente”, se lee en el ensayo junto con esta curiosa razón: “porque los yndios y negros comprando el dicho vino por yspiriencia se ha visto emborracharse y de las borracheras venir otros daños y perjuycios”, como si los efectos del alcohol en sangre fueran por barrios o continentes.

Aztecas bebiendo pulque, en una ilustración del Código Mendoza, del siglo XVI. ARCHIVO
Aztecas bebiendo pulque, en una ilustración del Código Mendoza, del siglo XVI. ARCHIVO

Llegan los españoles y construyen las carreteras

La historia del comercio también fue la historia del transporte de los productos: en el siglo XVI el medio privilegiado para llegar a los grandes mercados eran las canoas que manejaban los indígenas.

Los caminos eran estrechos y difíciles para las carretas y el transporte mediante animales, los métodos preferidos de los españoles.  Enseguida se pusieron manos a la obra. Los primeros caminos en construirse fueron el de Veracruz y Oaxaca. A partir de 1530 entraron las carretas para facilitar un intercambio constante que abasteciera a ciudades con una demanda cada vez mayor, convirtiéndose “los espacios y productos en agentes integradores de la extensa y variopinta población de la ciudad de México”, concluye la investigadora Beatriz Rubio. 

Mujeres en el México, siglos XVI y XVII: desentrañando el masculino genérico

El investigador Alberto Baena Zapatero se encontró con una dificultad conocida entre los historiadores a la hora de estudiar el papel de las mujeres en el México de la época: “La falta de material escrito directamente por ellas y su ‘invisibilidad’ en los documentos que tratan sobre la esfera pública”. Para salvarla hubo de recurrir a fuentes como sermones fúnebres y hagiografías, cartas, expedientes judiciales a las que añadió la literatura. Otras veces, hubo de interpretar su silencio o ausencia a la hora de desentrañar el significado del masculino genérico. El resultado se plasma en Mujeres novohispanas e identidad criolla en los siglos XVI y XVII, una obra reveladora que comienza examinando esta última, una identidad que nace entre el resentimiento y la crisis existencial: los criollos, hijas y nietos de quienes ganaron esas tierras para el reino, nacen con el agravio de una ambición no resarcida y de peticiones no escuchadas. ¿Quiénes son si para hablar de sí mismos no hablan de sí mismos sino de otros, de sus antepasados? ¿De dónde son ellos que están donde no son y de donde son no están? ¿Qué pasa con las mujeres en este contexto?

Al igual que los hombres, tanto las mujeres que directamente habían participado en la conquista —con María de Estrada a la cabeza— como las que no lo habían hecho tenían sus aspiraciones y presentaron sus peticiones. Hubo reconocimientos para ambos, sí, aunque para ellas fueron más la excepción que la norma. Lo que hubo también era una gran polémica que obligó al rey a intervenir: si en un primer momento Carlos V declaró la incapacidad de las mujeres para las encomiendas, en la práctica muchas tuvieron ese privilegio “por concesión directa del monarca” como recuerda el autor, que añade: “aunque la libertad de las mujeres pudiese ser mayor en el nuevo continente, las leyes reflejaban las limitaciones del sistema patriarcal y siempre se podía recurrir a ellas”.

Mujeres novohispanas e identidad criolla Alberto Baena

En caso de necesidad, recurra a las mujeres

Otra situación en la que el rey tuvo que intervenir fue cuando, a petición de los escandalizados obispos, se hizo obligatorio el matrimonio para los encomenderos. Los casados tenían preferencia a la hora de las concesiones de mercedes, encomiendas y otros privilegios por lo que se hizo algo así como un “mujeres wanted” utilitarista al 100%: “Las mujeres en Indias se convirtieron en un vehículo imprescindible si se pretendía promocionar económica o socialmente”.

Los españoles que hubieran viajado debían volver a por las esposas en dos años y quienes querían hacerlo necesitaban el consentimiento de sus mujeres: minipunto para ellas en un contexto en el que solían decidir eran los hombres. Las mujeres, por cierto, no podían viajar a menos que fueran a servir o a reunirse con sus maridos, familiares. Las solteras no eran admitidas. 

En el México de la época el matrimonio era un medio y poco —y nada— tenía que ver con los sentimientos: los criollos rivalizaban por las damas novohispanas ya que estas significaban pureza étnica y los españoles buscaban unirse a criollas con buenas fortunas familiares surgidas en el nuevo continente. Como escribió Dorantes de Carranza, cronista de la Nueva España: “(…) según lo que he visto/y lo que en la tierra pasa/lo que no alcanza el amor/ todo el interés lo alcanza”.

El lobby de la virreina

Una de las diferencias capitales que existía entre la realeza en el Viejo Continente y el Nuevo era que mientras el mandato de los Austrias se caracterizaba por marcar la distancia y la inaccesibilidad, en México lo público se fundía alegremente con lo privado. Como pasaba con el matrimonio, el acceso al entorno de confianza de los virreyes —y muy especialmente de la virreina— era el objetivo ya que de ahí emanaban numerosos nombramientos y privilegios. Si había que regalar un barco a la virreina, se le regalaba, como hizo Francisco de Medina y Picazo con Juana de la Cerda; y quien dice un barco dice telas, ropajes, comilonas, representaciones teatrales… Todo por ganar los favores e intercesión de la decisiva primera dama de entonces.

Escena novohispana en un biombo de la exposición de Casa de México 'Biombos y castas, pintura profana de la Nueva España'. CASA DE MÉXICO
Escena novohispana en un biombo de la exposición de Casa de México 'Biombos y castas, pintura profana de la Nueva España'. CASA DE MÉXICO

El sitio de las mujeres

Tanto en las iglesias como en el entorno doméstico, el sitio de las mujeres estaba decidido y regulado, cuando un elemento extraño conocido como “jaula” vino a perturbar las normas. La catedral de México incorporaba una especie de palco para la virreina y su hija o sus damas más cercanas que, al final, acabó afectando el discurrir de las ceremonias porque los asistentes estaban más pendientes de lo que pasaba allí que de los oficios. Y es que, aparte del despliegue de ropajes, joyas, que distraían la atención de los feligreses, provenían de ahí carreras, risas o gritos que hicieron pedir su clausura a las autoridades religiosas. La controversia se internacionalizó y llegó hasta Madrid, que en 1676 se pronunció: se podía mantener, pero bajo llave, para que fuera solo usado efectivamente por la virreina y sus damas. Se puede decir que la virreina no solo tenía que ser impecable en su moralidad y conducta sino parecerlo, ya que era modelo para el resto de las mujeres.

En el hogar, el lugar de las mujeres era la planta de arriba y, concretamente, el estrado, un ámbito donde se recibían visitas, se bordaba o se tocaba música. Las mujeres se sentaban sobre cojines o taburetes de poca altura; mientras los hombres se quedaban en asientos de altura normal. En ocasiones, cuando se requería una mayor privacidad, el espacio se delimitaba por biombos. Decoradas profusa y lujosamente, estas piezas se convirtieron en piezas artísticas que, en ocasiones, reflejaban en sus dibujos acontecimientos históricos o hechos de la vida cotidiana.

El chocolate, el tabaco y el juego eran actividades de recreo que hacían más entretenida la vida de las mujeres de esa época. Sus diversiones en el exterior eran contadas, pero bien aprovechadas: paseos por las alamedas, celebraciones religiosas, representaciones teatrales y ver pasar otras (como las procesiones) a través de las rejas. Incluso este pasatiempo resultó sospechoso de pecado para algunas autoridades religiosas que instaron a prohibir asomarse, ya que era el vínculo con el exterior por donde “se escapaba la honra”.

Regular el lujo y la envidia

“(…) y que de la Damería
se ajaban las preeminencias
(que en Méjico también hay
su poquito de etiqueta)”.

Así hablaba Sor Juan Inés de la Cruz, la más conocida escritora novohispana, de los engalanamientos y otros códigos que conocía bien de su paso por la Corte en sus años de juventud. Era mucho más moderada en la expresión de lo que la “damería” era en realidad. En todas las ocasiones de recreo, ir de punta en blanco resultaba imprescindible y formaba parte de la diversión y el espectáculo.

El lujo en el vestir se convirtió casi en una obsesión para las criollas que lo usaban para presumir y medrar. Eran tan buenas y profesionales que surgieron malentendidos y conflictos —además de muchas envidias— hasta el punto de que los representantes de la Corona en el virreinato se aprestaron a regular y “atajar la desorden que en el vestir y usar de ropas finas y otras cosas mantenido”. La intención era que cada uno pareciera lo que se era y adecuara su vestimenta a su “casta”. Aunque mujeres y hombres participaban de esos excesos, la cédula aseguraba “que el desorden es mayor en las mujeres”. Como explica el autor, “esta opinión era fruto tanto de la misoginia propia del periodo como de la inversión mayor que se destinaba al vestido femenino”. Pero, al final, lo que ellas hacían no era distinto a lo que hacían la Corte: medir su poderío en virtud del despliegue y la ostentación de las que se hacía gala en las fiestas.  

Representantes del estatus social, guardianas de la integridad moral y encargadas del honor, fueron con sus obediencias y transgresiones protagonistas de la vida social del Nuevo Mundo en su camino hacia la independencia, de la que este año se conmemora también el bicentenario.

Periodista cultural. Colaboradora de medios como La Maleta de Portbou, El Salto y La Marea o de las revistas Diseño Interior y La Aventura de la Historia, con temas que van desde la filosofía y la poesía hasta la arquitectura y el diseño. Es autora de la novela La otra vida de Egon (2010) y los libros de relatos Siete paradas en el país de las sombras (2005) y La carretera de los perros atropellados (2012). 

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