Libros

¡He publicado mi primera novela!

Ocho debutantes de la escena literaria española explican cómo escribieron su libro y qué sintieron al tenerlo en las manos.

Barcelona
Ocho novelistas debutantes: Bibiana Collado, Cristina Araújo, Fernando Navarro, Xita Rubert, Aida González, Marta San Miguel, Carles Armengol y Greta García. E.C.

Basta visitar regularmente la librería más cercana para constatarlo. Se editan muchos libros. Muchísimos —en España, por ejemplo, 90.000 al año—. Aun así, publicar una novela por primera vez tiene algo de heroico.

Para empezar, se necesita esa chispa inicial, esa idea brillante que activa todo. Después, la disciplina y constancia que requiere la escritura. Luego, la suerte para encontrar la editorial adecuada.

Por todo ello, un debut literario siempre es motivo de celebración: no es tan fácil llegar hasta ahí.

En COOLT hemos hablado con ocho autoras y autores que se han estrenado en la narrativa en los últimos meses. Tienen entre 27 y 43 años. Vienen de la poesía, del cine, del periodismo, de la danza o de la trastienda de un bar familiar. El caso es que sus debuts han captado la atención de la escena literaria española. Así que queremos saber: ¿cómo fue el proceso de escritura? ¿Y la búsqueda de una editorial? ¿Qué sintieron con el libro en las manos? ¿Se han releído su novela? ¿Cómo valoran la reacción de los lectores y de la crítica? Y, para acabar, la pregunta del millón: ¿qué consejo darían a alguien que quiera publicar su primera novela?


Bibiana Collado Cabrera

Bibiana Collado Cabrera, autora de 'Yeguas exhaustas'. EL MOSTRADOR/PEPITAS DE CALABAZA

Antes de debutar en la narrativa, Bibiana Collado Cabrera (Burriana, 1985) ya había publicado cuatro poemarios. El último de ellos, Violencia, contenía el germen de la que ha acabado siendo su primera novela, Yeguas exhaustas, editada por Pepitas de Calabaza a inicios de 2023. Una historia de mujeres que es también el retrato de esa España de clase trabajadora que se quedó a las puertas del paraíso prometido. 

“Yo tengo la necesidad de escritura, y quería abordarla también a partir de la narrativa, una entrada distinta a la de ese mundo que he ido generando a través de la poesía. Por otro lado, vengo de la filología, de la crítica literaria, y me apetecía hablar de los temas que había ido tocando en el ámbito académico desde la libertad de la narrativa”.

“Tardé entre tres y cuatro años en dar forma al texto. Siempre tengo varios proyectos de escritura en marcha, y la narrativa estaba ahí, era el fondo al que iba volviendo: dejaba reposar el texto, seleccionaba, cortaba... Al principio, como este proyecto era para mí, no me puse unas pautas: iba avanzando sin saber si iba a llegar a buen puerto. Entonces, cuando llegué a la mitad del manuscrito vi que ahí había un libro, un trabajo real que tenía que ver la luz”.

“Una vez tuve el manuscrito, contacté con un par de editoriales, pero no encajaba. Y la tercera a la que escribí fue Pepitas de Calabaza. Una autora me había hablado muy bien y pensé que podía conectar con el espíritu de Yeguas exhaustas. Entré en su web, fui al correo de contacto y envié el manuscrito, pensando que no lo iba a leer nadie. Al cabo de dos semanas, recibo un mail de Julián [Lacalle] pidiéndome el número de teléfono. Me llama y me dice que está leyendo el manuscrito y que está interesantísimo, y hay una segunda llamada en la que me dice que adelante. Y así fue, salí con todo el apoyo de la editorial. Fue una de esas cosas que piensas que no pasan si no tienes contactos”.

“Al tener el libro por primera vez en mis manos, sentí mucha emoción. Y también mucho vértigo, por ese salto de la poesía a la narrativa. La sensación es hermosa, pero también de angustia, de ‘ya está ahí, el libro ahora tiene su propio camino’. Creo que eso es compartido por la mayoría de personas que nos dedicamos a la escritura: hay una felicidad inmensa y a la vez, un malestar”.

“Desde que el libro se publicó, he releído partes, pero me quiero sentar y releerlo de cabo a rabo. Sí puedo decir que es lo que yo quería que fuera, la voz que pretendía conseguir, así que, en ese sentido, estoy contenta”.

“Me ha sorprendido muchísimo la cantidad de gente que me escribe, que me comenta cosas. Es un libro que aborda muchos temas, que toca muchas heridas del mundo contemporáneo, entonces genera debate, diálogos maravillosos. La cantidad de clubs de lectura que estamos haciendo está siendo muy emocionante. Estoy gratamente sorprendida”.

“Voy leyendo críticas y la recepción es muy buena, muy positiva; estoy muy contenta. Quizás con un libro así, con una voz en primera persona, tan anclada al presente, es inevitable que a veces se haga una lectura muy biografista. Eso pasa mucho con la escritura de las mujeres”.

“El gran consejo para la escritura es centrarse en la lectura. Leer, leer y leer; que ese proceso de lectura nos desborde hasta que creamos que ya es necesario que fluya la escritura, que esta sea la consecuencia de ese mar de lecturas que nos embarga. Por otro lado, a la escritura hay que dedicarle mucho tiempo, entender que es un trabajo, una profesión, que hay que ir elaborando poco a poco hasta llegar a esa obra final que pueda salir adelante”.


Cristina Araújo Gámir

Cristina Araújo Gámir, autora de 'Mira a esa chica'. IVÁN GIMÉNEZ/TUSQUETS

Lo de Cristina Araújo Gámir (Madrid, 1980) ha sido entrar por la puerta grande. Su ópera prima, Mira a esa chica, fue la ganadora del Premio Tusquets Editores 2022. Todo un aval para esta novela protagonizada por una adolescente que sufre una violación grupal en una noche que sale de fiesta. 

“El impulso de escribir siempre ha estado ahí, pero hace unos años me empecé a fijar en lecturas que transmitían emociones o pensamientos que no te atreves a expresar en voz alta, que te hacen sentir raro; y me di cuenta de que quería ofrecer lo mismo. Un día leí un artículo sobre las pruebas médicas a las víctimas de violación, y al cabo de un tiempo eso se juntó con casos mediáticos como el de La Manada y mis ganas de escribir algo sobre el mundo adolescente. Y entonces ahí tuve claro que había una historia, una novela”.

“Desde el momento en que empecé a imaginarme la historia y hasta que acabé, fue todo muy rápido: un año para escribir el borrador, que dejé muy pulido, y después ocho meses de revisión final antes de la publicación”.

“Yo había escrito otra novela hacía dos o tres años, y mi agencia, A.C.E.R., la movió, pero las editoriales dijeron que no tenía un gancho potente. Eso me dio mucho bajón, porque además luego llegó la pandemia y se empezó a decir que las editoriales ya no apostaban por los autores noveles. Entonces, se me ocurrió esta otra historia, y la agencia la presentó al premio Tusquets. Yo no tenía mucha esperanza, la verdad, y cuando me llamaron para decirme que había ganado... eso es lo mejor que me ha pasado. Todavía hoy flipo”.

“Tardé en ser consciente de que había publicado un libro, me costó mucho tiempo hacerme a la idea, era el sueño de mi vida. Cuando me llegaron los primeros ejemplares, estaba tan en las nubes que realmente era como estar en ningún lado. Esos primeros libros los puse directamente en la estantería. No quería ni verlos. Un mes y medio después, en una entrevista, me dijeron que leyera un extracto que me gustara. Busqué un capítulo, lo leí, vi que no había nada raro… y ya está. Ahora que ha pasado el tiempo, voy volviendo a él, sobre todo si algún amigo me dice que va por tal o cual capítulo, pero no lo he releído entero”.

“Con la recepción de los lectores estoy muy contenta, agradezco que lean el libro, que les haga reflexionar, que tengan curiosidad. He ido a clubs y talleres de lectura y todo lo que me han dicho siempre es muy positivo. Sobre todo me hace ilusión cuando lo lee gente más mayor o muy joven, me interesa mucho cómo lo ven. Por ejemplo, en uno de los últimos clubs que hice, un señor mayor me dijo que la novela le había ayudado a entender a sus nietas”.

“La primera crítica que salió fue la de El País. Yo no sabía que iba a salir, mi agente y el editor me la mandaron por WhatsApp. Esa crítica fue como quitarme un peso de encima, porque desmentía todo lo que me daba miedo del libro, como que se malinterpretara a la protagonista o las acusaciones de oportunismo, y destacaba mucho el estilo, justo lo que más había trabajado. Eso es algo que también han ido destacando el resto de críticas, y eso me alivia muchísimo, me da mucha tranquilidad”.

“A alguien que quiera escribir una novela, sobre todo, le recomendaría disciplina. Llevo escribiendo toda la vida, nunca he parado, pero hubo un momento que dije: ‘Quiero que pase’. Y para que pase es tan fácil como convertirlo en un trabajo: tienes que hacerlo todos los días, solo faltar porque estás muriendo. Yo había días en los que no tenía ni un gramo de energía, pero me daba igual, me iba a escribir. No hay que pensar, hay que hacer. A veces aborrezco escribir, porque lo paso mal, pero te tienes que enfrentar a eso, a no estar motivado, a no tener ganas. Lo que cuenta es el día a día, el haber hecho el esfuerzo”.


Fernando Navarro

Fernando Navarro, autor de 'Malaventura'. ALFREDO ARIAS/IMPEDIMENTA

Además de una barba poblada, Fernando Navarro (Granada, 1980) tiene una larga carrera como guionista de cine, con películas de éxito como Toro, Verónica, Orígenes secretos y Cosmética del enemigo. En 2022 dio el salto a la literatura de la mano de Impedimenta con Malaventura, una ¿novela?, ¿colección de relatos? que ha conquistado a la crítica con sus aires de western lorquiano.

Yo escribo de manera natural, por oficio, y desde siempre he ido tomando notas, acumulando historias que no tenía claro si iban a ser guiones. Hasta que vi que varias de esas historias tenían en común un mismo lugar, un estado de ánimo, incluso un estilo literario. Fui haciendo crecer todo eso poco a poco, y me di cuenta de que el libro tomaba forma”.

“Desde que sentí que ahí había un libro con entidad hasta que lo terminé, igual tardé dos años; pero desde que empecé a escribir algunas de las historias, pasaron 20 años. El libro cambió un par de veces. Hubo un primer manuscrito muy torpe que solo leyó un amigo, Daniel Gascón, quien me dijo que echaba en falta personajes. Esa lectura me animó a darle una última vuelta al texto, que ya me llevó a la editorial. Después, hubo una segunda reescritura profunda”.

“Mi amigo Javier Rebollo, director de cine, me dijo que llevara el manuscrito a Impedimenta, una editorial que ya había publicado western. De alguna manera, la existencia del sello hizo que existiera el libro: no contemplaba sacarlo en otro sitio, pensaba que nadie más tendría interés. Era su lugar natural. Quería un sello y tuve ese sello. Fue un golpe de suerte”.

“Cuando recibí el libro fue un subidón, con esa portada tan bonita... Fue una locura, la sensación de que eso existe, de que es real. No puedo imaginar un libro mejor para mí que este. Desde que se publicó, he escuchado párrafos en presentaciones, en voces ajenas, pero no me he releído, como tampoco veo mis películas si no es por accidente. Pero siento que el libro es lo que quería que fuera: una escritura seca, precisa, dura, pero también con humor, y que refleja la manera en la que me expreso en mi entorno privado”.

“Me ha sorprendido la recepción. No esperaba nada del libro. Además, mis referentes literarios no pertenecen a la alta cultura: Elmore Leonard, Richard Matheson, letristas como Randy Newman, Bruce Springsteen. Que la gente se haya tomado en serio algo que me parecía menor me ha hecho gracia. Y, sobre todo, aunque suene a cliché, lo más bonito ha sido compartir con los lectores, que te expliquen cómo tu obra les ha tocado”.

“No tengo redes sociales, no intento alimentar mucho mi ego, y tampoco leo mucho las críticas. El crítico hace su trabajo al escribir la crítica y yo el mío al escribir el libro. Agradezco las palabras buenas, pero no quiero tomarme en serio las palabras buenas ni las malas, intento tomármelo con calma”.

“A quien quiera escribir un libro, o hacer una película, le diría que nunca deje de leer. La lectura es lo que te ayuda a escribir algo que pueda tener algo de sentido. Luego la publicación depende de los golpes de suerte, hay una sucesión de casualidades. Y, sobre todo, también le diría que no piense en publicar. Yo escribía sin pensar que mi texto iba a ver la luz, y eso te deja muy relajado. Nos hemos vuelto muy resultadistas, y creo que hay que escribir por el gusto de escribir, sin buscar nada más”.


Xita Rubert

Xita Rubert, autora de 'Mis días con los Kopp'. MARÍA FONTI/ANAGRAMA

Su primera novela la ha publicado con 25 años. Un debut precoz, pero hasta cierto punto previsible, porque Xita Rubert (Barcelona, 1996) creció entre libros: es hija del filósofo Xavier Rubert de Ventós y de la escritora Luisa Castro. En Mis días con los Kopp (Anagrama, 2022), la autora —que compagina la escritura y el trabajo editorial con el doctorado en Literatura Comparada becada por la Universidad de Princeton— aborda temas como la enfermedad mental o la hipocresía social a través de una historia de iniciación postadolescente.

“Escribí Mis días con los Kopp recién mudada a Estados Unidos. La trama surgió de forma muy natural por mi interés enigmático hacia el personaje central, Bertrand Kopp. Al entregarme al desarrollo de la historia, me di cuenta de que quería explorar la crueldad sofisticada de las clases altas, la superficialidad del lenguaje verbal, y qué comunicación y vida son posibles cuando este falla. Quienes me conocen creen que es una novela de duelo; pero yo creo que también es sobre la manipulación, el afecto engañoso, incluso sobre la sexualidad”.

“Envié la novela a varias editoriales independientes donde publicasen tanto narrativa española como extranjera, porque, aunque escribo en español, siento que bebo más bien de la tradición angloamericana. Fue una alegría inmensa ver que algunas editoriales estaban interesadas, pero cuando Anagrama contestó no tuve dudas. Es un sueño (y un honor) compartir catálogo con autores a los que admiro tanto”.

“Al tener el libro en las manos sentí lo que me había impulsado a la escritura con tanta fuerza: que esa historia y sus personajes no eran solo míos, que forman parte del mundo porque hablan de nosotros. Desde que se publicó sólo he releído fragmentos. Lo que sí me gusta leer más son las traducciones, es muy curioso verse en boca y formulación de otro”.

“La novela ha llegado a sus lectores. Ha sido una experiencia hermosa. En varios clubs de lectura aparecían personas que trabajan con autismo, discapacidad o demencias (nociones que sobrevuelan la obra) y se emocionaban, y yo aprendía de todo lo que me decían y no paraba de pensar: la literatura es premonitoria y verdaderamente creadora. Tú inventas unas vidas y unos mundos y resulta que, en un universo lejano (o no tanto), esas vidas existen. Eso es el trabajo de la imaginación y de la verdad mediante la ficción. Todos somos más parecidos de lo que creemos”.

“No hay consejos posibles para publicar un primer libro, solo lectura, escritura y acompañamiento. Creo que un primer libro solo nace de mucho trabajo previo: el trabajo de la sensibilidad, la mirada, el lenguaje... Durante todo ese proceso, en mi experiencia, es bueno acompañarse de amigos o gente que te quiera o pueda entender tu vocación. La literatura es un trabajo de conexión con los demás, pero también se construye en soledad, en contra de los demás y de uno mismo; es algo magnífico y raro”.


Aida González Rossi

Aida González Rossi, autora de 'Leche condensada'. SOFÍA CRESPO/CABALLO DE TROYA

Es periodista y poeta. Y, desde este 2023, novelista. Aida González Rossi (Tenerife, 1995) ha debutado como narradora con Leche condensada, el libro que Sabina Urraca eligió para iniciar su etapa como editora invitada de Caballo de Troya. Un relato sobre el difícil tránsito de la infancia a la adolescencia, escrito con una prosa salvaje y la vista puesta en las pantallas de videojuegos.

“Llevaba mucho tiempo queriendo escribir una novela, pero no me atrevía. Al final todo se confabuló para que comenzara a hacerlo tímidamente, y después Sabina [Urraca] quiso ver lo que tenía y me propuso estar en Caballo de Troya, y yo me dije: ‘Ah, que esto que empecé puede terminarse, que esos mil primeros capítulos de novela que escribimos en la vida podrían ser novelas porque para escribir una novela no hace falta que seas un tipo de persona muy concreto, una persona destinada a ello’… No sé, ese impulso de Sabina me hizo darme cuenta de que sí que podía hacerlo, y quizá eso provocó que pudiera hacer lo que me dio la gana con el libro, pues tuve que usar todos mis recursos en planificar y escribir una novela cuando yo solo me sentía capaz de escribir poesía”.

“Estuve aproximadamente año y medio escribiendo la novela, y de ese año y medio, uno lo pasé prácticamente encerrada en mi casa. Escribir una novela exige un compromiso que no había conocido antes con ningún otro texto. Pienso mucho en todos los textos que no escribí por escribir Leche condensada, por ejemplo. Eso no me había pasado antes”.

“Casi desde el principio ya sabía que el texto se iba a publicar en Caballo de Troya. Era una gran oportunidad y eso me daba a veces mucho síndrome de la impostora, pero también me hacía estar muy comprometida con la novela. Sabina y yo trabajamos muchísimo el libro. Durante la escritura, yo iba mandándole los capítulos y ella me comentaba cosas sin meterse demasiado, guiándome y cuidando el texto pero respetando muchísimo su crecimiento natural y todo lo que yo quería hacer. Después yo lo reescribí entero por mi cuenta, y después de eso hicimos una edición muy minuciosa. Trabajar con Sabina es una de las mejores cosas que he vivido”. 

“Cuando tuve el libro en mis manos me sentí muy rara. Yo pasé año y medio pensando todo el rato en la novela, llamándola así, ‘la novela’, para no enfrentarme a la idea de que era un texto que la gente iba a poder leer. Así pude enfrentarme a la escritura de Leche condensada, no pensando que iba a ser Leche condensada. Y tenerlo en las manos me rompió todo esto. No lo he releído demasiado. Al final, cuando trabajas mucho un texto en la pantalla, leerlo en papel es muy raro. No es por miedo de volver a lo escrito, pues sigo sintiéndome muy segura con este libro, sino por una especie de observación del yo en otro formato que resulta muy rara”. 

“Viene mucha gente a darme las gracias por el libro. Eso me hace muy feliz, la verdad, porque cuando lo escribía pensaba mucho en la importancia de representar ciertas realidades. Siento que la novela se enriquece con las nuevas lecturas, al final creo que los puntos importantes de la novela no son los que yo entendía como importantes sino unos puntos totalmente distintos que mucha gente está señalando. Me alegra mucho, además, ver que la mayor parte del público no se centra solo en la violencia de la novela, porque mi intención era esa, que fuera más, que el texto se fuera volviendo luminoso, que la ternura ganara”. 

“Las críticas en general han sido buenas, creo. Da miedo leerlas, claro, sobre todo las reseñas en Goodreads o cosas así, porque cuando hablamos de un libro nos despegamos mucho de la humanidad de les autores y de lo vulnerable que hace sentir mostrar algo en lo que has trabajado tanto”. 

“A alguien que quiera publicar su primera novela le diría que se deje de boberías y escriba lo que quiera y como quiera. Pienso mucho en Kurt Vonnegut, que decía algo así como que lo más importante para escribir es que el tema te importe de verdad, que sea algo que te mueva de verdad. Decía que eso es mucho más importante que el estilo o cualquier otra cosa, que de eso nace todo. Supongo que me copio ese consejo”. 


Marta San Miguel 

Marta San Miguel, autora de 'Antes del salto'. MIRIAM MORA/LIBROS DEL ASTEROIDE

Dice que la prosa de largo recorrido siempre estuvo ahí, pero primero realizó incursiones en la poesía —Meridiano El tiempo vertical— y la no ficción  —Una forma de permanencia—. Una estancia en Lisboa lo cambió todo. Ahí nació Antes del salto, el debut narrativo de Marta San Miguel (Santander, 1981), publicado el año pasado por Libros del Asteroide. Una novela que ha supuesto un punto de inflexión para la autora, quien ha decidido dejar su trabajo como periodista en El Diario Montañés para volcarse en la escritura. 

“Justo cuando publico Una forma de permanencia, la primera vez que me asomo al panorama editorial nacional, a mi marido le dan un proyecto en Lisboa. Yo pido una excedencia en mi periódico y nos vamos con nuestros hijos. Ahí, iba todo el día tomando notas en una libreta, porque no sé vivir de otra manera. Y al cabo de un tiempo, vi que en esa libreta había una historia. Abrí un Word y me dije: ‘A ver qué pasa’. Y lo que pasó fue este libro, Antes del salto”.

“Escribir el bruto me llevó entre cuatro y cinco meses; tengo el ritmo de escritura cogido, voy rápido. Luego acabó la estancia en Lisboa y volví al periódico. Entonces seguí trabajando en la novela por las noches, cuando podía, y eso me llevó casi dos años. Yo todavía no sabía bien qué tipo de libro había escrito, porque no se trataba de una narración lineal”.

“A medida que fui avanzando, vi que en el texto había una resonancia brutal con la literatura de Libros del Asteroide, un sello fundamental para mí como lectora y escritora. Pero en ningún momento se me pasó en la cabeza enviarlo ahí, antes se lo envié a otras editoriales. Hice tres, cuatro envíos, hasta que dije: ‘No puede ser, que Asteroide lo lea’. Por mi trabajo como periodista, ya me ubicaban un poquito, así que le envíe el manuscrito por mail a Luis Solano y a los cuatro días me contestó. Él vio claro qué tipo de libro era, y yo pude darme cuenta de hacia dónde tenía que ir”.

“Cuando recibí el libro y vi que las cualidades de Asteroide estaban en algo que lleva mi nombre, sentí una gratitud inmensa. El primer libro es algo que pasa una vez en la vida, y, como me dijo Javi Gómez una vez,  tienes que publicar en un sello en el que pasen los años que pasen te sientas orgulloso de regalar ese libro a alguien. Y es así, veo mi libro y es sencillo, elegante, sutil”.

“Nunca me releo. Si lo hago, es con el rabillo del ojo. Soy muy impertinente con mis propios textos, porque creo que siempre se puede escribir un poco mejor. Pero cuando llegó a casa la caja con las copias de Antes del salto, la abrí con mi familia, y en un momento mi hijo mayor me preguntó: ‘¿Y en qué parte salía esto?’. Entonces abrí el libro, fui directamente a esta parte, y de repente sentí un vértigo. Me empecé a leer un poco en diagonal, y al final me leí el libro entero. Creo que es la primera vez que me leo a mí misma con esa sensación de ‘ahora sí, he contado lo que quería contar, y con la claridad que quería’. Fue precioso”.

“Me sorprende que alguien dedique su tiempo a leer algo que has escrito. Eso me sigue halagando y lo recibo con mucha gratitud. Y luego, al tener tantas capas, puedes entrar al libro desde distintos puntos. Hay gente que se queda con la historia del caballo, la de Lisboa, la de la madre… Sin saber cómo, le he dejado al lector todo el espacio del mundo para que escoja qué parte de la historia le puede llevar a reflexionar. Por la reacción de los lectores, veo que es un libro corto, pero que se te queda dentro y no termina”.

“Obviamente, tenía mucho miedo de que el libro no gustara, pero cuando me quise dar cuenta ya habían salido varias críticas donde se decía: ‘Bueno, es un debut interesante’.  Tenía un respeto infinito por entrar en las páginas de los suplementos literarios, porque son parte de mi formación. Me alucinó estar en esas páginas, que me llamaran desde sitios donde siempre he escuchado o leído a otros. Y he ido guardando todo como guardaba mis primeros artículos en el periódico, porque me parece un puñetero lujo”.

“A alguien que quiera escribir su primera novela le recomendaría leer muchísimo, leer, leer, leer. Y escuchar muchísimo: presentaciones de libros, programas culturales, entrevistas... Leer y escuchar. Porque, al final, ese conocimiento se te va quedando dentro, va sedimentando”.


Carles Amengol

Carles Armengol, autor de 'Collado'. SERGI BARNET/COLECTIVO BRUXISTA

Su infancia y adolescencia transcurrieron en el bar familiar, el Collado, una casa de comidas que durante más de 80 años llenó los estómagos de los trabajadores del barrio de Collblanc, en L'Hospitalet. A partir de esos recuerdos, Carles Armengol (Barcelona, 1981) construyó un texto híbrido, entre la novela y el diario personal, para contar una historia poco tratada en la literatura española. Desde su publicación en 2022 por la editorial independiente Colectivo Bruixista, Collado ha ido conquistando lectores a través del boca-oreja, como ese restaurante que nos chifla y cuya existencia solo revelamos a nuestros mejores amigos.

“En 2012, cerramos el bar familiar y, de repente, me di cuenta de todo el peso emocional que acumulaba ese lugar, de todas las historias que habían pasado ahí dentro. Pensé, ‘esto hay que explicarlo’. Al cabo de un año, empecé a escribir. Primero iba a ser un libro de relatos. Tenía muchas notas, personajes, pero no sabía cómo estructurar todo. Le pasé un manuscrito a Kiko Amat, que me dio el empujón para hacer una novela, y al cabo de una semana, llegó la pandemia. Entonces me pude releer y reescribir todo: tenía nueve horas al día para dedicarme a eso, como una jornada laboral. La historia fue saliendo sola”.

“En total, dediqué un año a dar forma a todo el material que había acumulado y un año más a la revisión del manuscrito. En ese proceso, he aprendido algo que decía Vila-Matas, que escribir es reescribir constantemente. Por ejemplo, las primeras versiones de la historia eran muy barrocas, pero luego fui aprendiendo a transmitir lo mismo de forma más directa”.

“Fui a varias editoriales con el manuscrito en la mano, y la mayoría no me contestaron. Conocía a la gente del Colectivo Bruixista, les pasé el manuscrito, y me dijeron que lo publicarían. Para ellos era una gran apuesta porque este libro se salía mucho de su línea. Al ser un sello pequeño, que publica pocos títulos, pudieron dedicarse a fondo. Trabajando con ellos aprendí a ponerme límites, a dejar ir el texto. Y también a escribir mejor, a tener más seguridad. No sé qué habría pasado con otra editorial más grande, con un punto de vista menos romántico”.

“Cuando se publicó el libro, viví una disociación en plan: ‘¿Esto lo he hecho yo? ¿Tantos años de curro están aquí dentro?’. Un poco como la gente que se mira al espejo y no se reconoce, o como cuando repites mucho una palabra y pierde significado. Lo que sí fue muy bonito fue la primera presentación, ahí sí que hubo un punto más emotivo, una sensación de homenaje a la familia”.

“No he releído el libro, aunque sí que de vez en cuando he releído algún fragmento. De hecho, ahora estoy en un punto de dejar atrás Collado, tengo ganas de, nunca mejor dicho, pasar página y asumir otras historias”.

“Una vez publicado el libro, me ha sorprendido ver que mucha gente habla de él como el retrato de un momento sociopolítico y económico de España. Tú piensas que estás escribiendo algo tuyo y de repente ves que otras personas se identifican con esa experiencia. La verdad es que yo esperaba vender el libro a los amigos y poco más, pero al mes de publicar ya estábamos sacando una segunda edición”.

“He leído todas las críticas en prensa y me gusta mucho cuando lo describen como un libro honesto, porque es un poco lo que quería. También me ha sorprendido la buena crítica en cuanto a la escritura, al estilo. Entonces digo: ‘¡Pues no lo hemos hecho tan mal!’”.

“A quien quiera publicar un libro, lo primero que le preguntaría es por qué: ¿es un tema de alimentar ego, de ganar pasta? Porque si es eso… olvídate. Si crees que es una buena historia, entonces adelante. Y aconsejo no tener prisa. Si hay una buena historia y lo notas en el estómago, escribe, pero sin prisa. Yo he tardado 10 años. Es lo que tenía que tardar”.


Greta García

Greta García, autora de 'Solo quería bailar'. JOSÉ TORO/TRÁNSITO

Pili es una bailarina sevillana que está en la cárcel. ¿Cómo ha acabado ahí? Es lo que relata Solo quería bailar, la primera novela de Greta García, que, pese a que acaba de ser publicada por Tránsito, ya empieza a sonar como uno de los mejores libros de este 2023. Como la protagonista de su debut narrativo, la autora también es bailarina. Y coreógrafa, payasa y directora teatral. De su experiencia en las artes escénicas, cuenta, ha aprendido a tirarse a la piscina. “Reescribo, reposo, reescribo, corto, cambio, aprieto, deshago”, explica. “Y así hasta que dices: BASTA YA”.

Solo quería bailar surge como un reto, unas ganas de desarrollar un proyecto con palabras que tuviese formato de novela. Me apunté a algunos talleres, me lo pasé pipa y me piqué. Fui tirando de cosas cercanas y en un momento boom de encontronazo burocrático encontré el detonante y el hilo de la trama. Fue como resolver un enigma que solo yo podía resolver. Todo lo que rodea la escritura del libro ha sido un regalo, y está siendo todavía”.

“En el desarrollo de escritura me ayudó lo más grande Brenda Navarro, a raíz de los talleres que comentaba antes. Ella me dijo: ‘Venga, Greta, ya está bien, mándalo’. Y escribí a todas las editoriales que encontré, muchas tenían abierta la recepción de manuscritos, otras creo que me bloquearon por Instagram, jeje. La cosa es que recibí algunas respuestas positivas e interesadas bastante rápido. De ahí conseguí una agencia, Indent Agency, y ellas pudieron llamar a más puertas, claro”.

“Cuando tuve el libro en mis manos, me quedé rara al principio, si soy sincera. No lo releí del tirón. Lo tuve una noche mirándome en la mesita de noche, y al día siguiente lo abrí. A veces lo sigo cogiendo, abro una página random, a ver si me sigue provocando cosas. Me reconozco en el texto final, aunque me sorprende a mí misma haber escrito todo eso, que se haya publicado y que esté teniendo tan buena a acogida. Eso me tiene en chop”.

“Las noticias que me llegan son todas positivas. Estoy sorprendida con todo. Todo todo todo. Hace poco me llamó una amiga, que dijo que después de leerse el texto se permitió enfadarse con su pareja, gritando y todo. Otra me dice que llora, otra que se ríe. Que llegue a emocionar como yo me he emocionado escribiéndolo me tiene maravillada. Noto que el material no muere y que sigue ahí, para quien quiera leerlo cuando le dé la real gana. Esto me encanta”.

“Leo todas las críticas, me encanta. Es verdad que están siendo todas muy buenas, pero si hubiesen sido malas me hubiese reído como una payasa acostumbrada al fracaso. Ya con la acogida y lecturas de las mujeronas que lo habían leído antes de la propia publicación estaba feliz. El apoyo de Brenda, de Indent Agency, de mis padres, mi hermana, mis amigas, y que se publicara con Tránsito: ¿Qué más quiero pordiós?”.

“A alguien que quiera publicar su primera novela le diría que nada está bien ni mal, que no se juzgue, que juegue, que tenga disciplina, un ritual de escritura diario, aunque sea para escribir blablablacacapeo, y que haga lo que le de la real gana con sus palabras que para algo son suyas. Que no le dé miedo a enseñar el texto a nadie. Que lo hable y que lo goce”.

Editor jefe de COOLT.