El futuro es el cómic

Javier Zalbidegoitia repasa más de dos décadas al frente de Astiberri, un sello clave en la transformación del sector. Una conversación nocturna sobre el oficio de editar con el alma.

Una escena de El viaje, la novela gráfica de Paco Roca publicada por Astiberri, la editorial que Javier Zalbidegoitia cofundó en 2001. CORTESÍA
Una escena de El viaje, la novela gráfica de Paco Roca publicada por Astiberri, la editorial que Javier Zalbidegoitia cofundó en 2001. CORTESÍA

Paco Roca dibuja sobre la primera página de un libro mientras un chico le habla con devoción. Al lado, Javier Zalbidegoitia escucha en silencio. Afuera, decenas de personas hacen fila sobre la vereda de Punc, la icónica librería de Villa Crespo, buscando una firma. Es la última parada de una gira salvaje por Argentina que ya pasó por la Crack Bang Boom en Rosario y la presentación de El Viaje en la librería de Musaraña de Vicente López. Para ellos es el cierre del viaje; para mí, un impulso de último momento: era ahora o nunca.

“Hola, Javier. Quiero hacerte tres o cuatro preguntas”. Zalbidegoitia se levanta y acepta con amabilidad, casi como si nos conociéramos de hace tiempo. Como el espacio adentro es mínimo, salimos. Lo peor del frío ya había pasado, la noche porteña nos acompañaba. Nos sentamos en dos sillas de plástico naranja, justo frente a los barrotes del estacionamiento para bici de la librería. Al lado hay una mesa improvisada con mantel rojo, papas fritas y botellas de vino.

Le pido que sostenga mi celular cerca de la boca para que el ruido de la calle no tape su voz. Javier accede. Nos quedamos ahí, en diagonal a la multitud que espera a Paco, compartiendo dos vasos descartables con un poquito de vino tinto. Lo que empezó como un trámite periodístico estaba a punto de convertirse en una de las noches más memorables de mi vida en Buenos Aires.

Para entender cómo Astiberri se convirtió en uno de los mayores referentes del cómic de autor en España hay que mirar el mapa, comprender la historia y, por supuesto, entregarse al azar. En un mercado históricamente centralizado en Barcelona, y más tarde también en Madrid, que un sello irrumpiera en 2001 desde Bilbao, en el País Vasco, fue el primer acto de rebeldía.

“Lo que eso supuso fue una riqueza tremenda”, dice Javier, y el tono de su voz se tiñe de entusiasmo. Se acomoda en la silla naranja y gesticula con el vaso descartable. Después de los primeros 2000 aparecieron sellos en Galicia, en Valencia, en Sevilla. “De pronto, ya no eran solo los grandes grupos decidiendo qué se leía, aparecieron otros proyectos como el nuestro, con una propuesta nueva. Hoy tenemos más de mil referencias en el catálogo, pero al principio íbamos a por todo y casi nos estrellamos”. Y es que el proyecto original de Astiberri estuvo a punto de quebrar. Hacia el 2003 el contexto era hostil, un ecosistema diseñado para absorber a los más chicos, “aunque también es verdad que nos faltaba recorrido, estábamos aprendiendo sobre la marcha a gestionar un proyecto editorial”, reconoce. Pero Astiberri resistió. La editorial estuvo entre las que redefinieron las reglas del juego, posicionó al cómic y logró su circulación dentro de las librerías generales de España.

Javier Zalbidegoitia, cofundador de Astiberri, en la Feria del Libro de Madrid. CORTESÍA
Javier Zalbidegoitia, cofundador de Astiberri, en la Feria del Libro de Madrid. CORTESÍA

Javier viene del periodismo y habla con la sabiduría del que ya sabe caminar sobre el barro de las crisis. Se ríe cuando recuerda los primeros años, una época en la que el cómic infantil que intentaron editar en castellano, euskera, gallego y catalán terminó en un fiasco absoluto por falta de distribución. Ensayo y error. Todo cambió cuando aparecieron nombres que hoy son canónicos, pero que para entonces constituían un riesgo, una apuesta a ciegas: el suizo Frederik Peeters con Píldoras azules, Jason Lutes con Berlín y, sobre todo, el norteamericano Craig Thompson.

“A veces se cree que las editoriales tienen todo preconcebido, que estudiamos el mercado con lupa. Pero la realidad es un cúmulo de casualidades”, confiesa Javier, entre risas. Cuando le pregunto por Blankets, el tomo de casi seiscientas páginas, que Javier define como "tochazo" y que redefinió el concepto de novela gráfica en español, él sonríe y me interrumpe con el entusiasmo de quien cuenta una travesura de juventud.

“¡Íbamos a sacarlo en cuatro tomos separados! Teníamos las cuatro portadas listas. Pero de repente surgió la oportunidad de invitar a Craig Thompson al Salón del Cómic de Barcelona, compartiendo gastos con el festival. No nos daba el tiempo físico para maquetar e imprimir los cuatro volúmenes. Entonces nos miramos y dijimos: ¿Y si lo jugamos todo a un solo tomo entero y aprovechamos la visita? Lo editamos entero con sobrecubierta".

Fue una gran visión y una apuesta increíble para muchos. Un libro gordo y caro “35 euros en la España de 2004 para una editorial pequeña”, aclara. En los pasillos del sector, el veredicto era unánime: “Jo, estos de Astiberri se van a pegar un golpe en la cara por temerarios”. Pero salió bien. Redoblaron la apuesta, además, sacándolo en catalán. En el Salón del Cómic volaron.

Javier saborea el recuerdo con gratitud. Su rostro dibuja irremediablemente una sonrisa. Todo es plenitud. Se aferra al celular para que el ruido de la gente al pasar no pueda llevarse sus palabras. Hoy su rol es más maduro, enfocado en cuidar a los autores españoles y expandir el catálogo desde la Patagonia hasta Alaska.

“Hoy, como lector aficionado, si quisiera comprar todo lo que me interesa, no podría. No me daría el tiempo ni el dinero. Se edita material increíble en España. Pero ahora soy editor. Mi mayor satisfacción es descubrir una obra importante y saber, con certeza, que la tenemos entre manos”, afirma.

Anuncio la última pregunta, pero miento. Quiero estirar el tiempo. Javier se acomoda en la silla naranja y me deja seguir. La charla arranca de nuevo. Le menciono la máxima del crítico argentino Andrés Accorsi, quien suele decir que no deberían existir tantas editoriales porque todas publican lo mismo. Javier lo ve en este sentido: “En España los anaqueles están llenos, se editan más de cuatro mil novedades al año y el hueco en las librerías cuesta cada vez más. El retorno es inmediato: lo que antes aguantaba meses en una mesa, ahora dura semanas. Quizás habría que editar menos, pero ¿a quién le vas a impedir lanzar su proyecto? Yo me quedo con la diversidad. Prefiero eso antes que ver a los grandes conglomerados comprando sellos y uniformizando el ecosistema creativo”.

Para sobrevivir en esa selva sin vender el alma a una multinacional, Astiberri se vale de dos distribuidoras en paralelo (una exclusiva para comiquerías especializadas y otra para librerías generalistas de ensayo y novela), blindando así su llegada a todo el mapa español. Pero el verdadero secreto de la casa es una mesa de debate que imagino mística. El comité de editores define de forma unánime quiénes entran al catálogo. Si uno solo baja el pulgar, la obra se descarta. Cuando le pregunto cómo surgió esa mesa colectiva y hacia dónde proyectan el futuro, noto un leve cambio. La pregunta parece incomodarlo un poco, como si habláramos de un territorio demasiado íntimo para ventilar en una vereda ajena. “No queremos hacernos más grandes”, responde seco. “Somos un equipo de trece personas. No queremos crecer por crecer. Queremos pulir el proyecto, que siga siendo una realidad año tras año. Buscamos el éxito comercial, sí, pero también el creativo. Cada año sacamos un par de proyectos por los que nos arriesgamos. Es muy bonito apostar por algo que, si no estuviéramos nosotros, quizás nunca vería la luz”.

Esa tensión entre el romanticismo del catálogo y el músculo industrial de una editorial que hoy edita unas sesenta obras anuales se traduce en números reales. Javier habla de dinero con la naturalidad de quien maneja presupuestos dignos, un contraste feroz con la realidad latinoamericana de las tiradas mínimas y las colaboraciones militantes.

Paco Roca firma ejemplares de sus libros en la librería Punc de Buenos Aires. PUNC
Paco Roca firma ejemplares de sus libros en la librería Punc de Buenos Aires. PUNC

Mientras la fila de Paco Roca avanza en diagonal a nosotros, Zalbidegoitia desglosa la ingeniería de Astiberri: las tiradas habituales son de dos mil ejemplares, con anticipos que rondan los dos mil euros, escalando a apuestas de treinta mil ejemplares para lanzamientos fuertes como la adaptación de la novela, premio Pulitzer, La conjura de los necios por Albert Monteys, o los asombrosos cuarenta mil ejemplares de salida para el nuevo libro de Paco Roca. Los derechos de autor, además, se liquidan en una escala móvil que va del diez por ciento tradicional hasta un catorce por ciento para los superventas.

“Dos mil euros de anticipo no son suficientes para reconocer un trabajo de diez meses o un año”, reconoce con honestidad brutal. “Pero la forma de crecer es obra tras obra. Si el autor agota, reeditamos, y para el siguiente libro el anticipo se puede duplicar o triplicar, en función de las ventas del título anterior. El éxito te pone en el radar, te caen encargos de carteles, ilustraciones o talleres. Ojalá hubiera más autores que vivieran solo de esto”.

Desde la editorial se hace imprescindible acompañar al autor durante todo su proceso creativo. “Con Paco, el acompañamiento es total”, dice, mirando de reojo hacia la vidriera donde el dibujante sigue concentrado. “Él te pasa el guion, comentamos cosas, decidimos conjuntamente, con él y con el resto de quienes editamos, las características de la obra que se imprimirá, el formato de la obra, el papel utilizado, etc. Todo para intentar dar con un binomio ajustado de precio/calidad. Él es un mago creativo absoluto, un genio. Pero a veces, cuando estás tan metido en la obra, puede surgir alguna duda creativa. Ahí entramos nosotros para argumentar, desde una percepción más alejada. Al final, el autor siempre tiene la última palabra. Pero el diálogo siempre ha de ayudar para que resulte”.

Cuando entramos en el terreno de la gestión cultural del cómic en España, el perfil de Javier como editor adquirió una nueva pincelada, un trazo firme que proyecta el trabajo de la editorial durante estas últimas dos décadas de cambio a nivel país en las que Astiberri estuvo en el centro de esa transformación.

“Nosotros nos dimos cuenta de que estábamos llegando a un público social muy amplio cuando empezamos a crecer en la Feria del Libro de Madrid”, explica Javier. “Son diecisiete días de feria generalista. Pero el verdadero salto cuantitativo se dio en las librerías generales de ensayo y novela. En quince años hemos duplicado las ventas en ese ámbito. El cómic dejó de ocupar un pequeño espacio reducido con obras como Mafalda, Tintín, Mortadelo y Filemón o Astérix para ganar estanterías completas. Y ese espacio sigue creciendo poco a poco, afortunadamente”.

A este fenómeno comercial se le sumó un aliado muy valioso: las bibliotecas públicas. En España, el cómic es uno de los materiales que más se prestan. Javier lo ve como una base promocional implacable: los jóvenes leen y releen en las salas públicas y, cuando alcanzan poder adquisitivo, compran el libro físico para conservarlo o regalarlo. El ecosistema se fue retroalimentando desde abajo, pero el golpe de gracia vino desde el Estado en 2007, cuando el Ministerio de Cultura institucionalizó el Premio Nacional de Cómic, un galardón que hoy otorga 30.000 euros directos al autor y dispara las ventas de forma inmediata gracias a su impacto en la prensa, que lleva años dejando espacio a la historieta en las páginas de la sección de cultura de los medios, en programas de radio y con incursiones también en la televisión.

'Blankets', de Craig Thompson, una de las grandes apuestas de la editorial en sus primeros años. ASTIBERRI
'Blankets', de Craig Thompson, una de las grandes apuestas de la editorial en sus primeros años. ASTIBERRI

Es en este punto de la conversación donde le planto a Javier una idea simbólica, una semilla energética sobre su propia autoría en este mapa: ¿hasta qué punto Astiberri tiene la capacidad de incidir directamente en las políticas públicas del sector? 

“Hace unos diez o doce años nos convocó el viceconsejero de Cultura del Gobierno Vasco junto a otros dos editores. Querían lanzar unas ayudas a la creación y recabar información de primera mano de algunos editores vascos. Tenían en mente dar muchas becas de poca cuantía. Nosotros pensamos que lo mejor era contemplar becas más grandes, aunque fueran menos en número, porque de lo contrario era posible que no sirvieran de suficiente ayuda para que un proyecto se materialice”, relata. 

El gobierno regional les hizo caso. Instauraron cuatro becas anuales de 15.000 euros para que los autores pudieran encerrarse a dibujar sin la soga al cuello. El experimento vasco funcionó tan bien que se convirtió en el espejo donde años más tarde se miraría el propio Ministerio de Cultura de España para replicar la estrategia a gran escala. El año pasado, el Estado español otorgó cuarenta becas de 25.000 euros a la creación. Un millón de euros inyectado directamente a los autores, una cifra que, aunque palidece frente a las ayudas al cine, por ejemplo, ha resultado un impulso institucional importante para la creación de historieta en España. 

Gracias a la beca del Gobierno vasco, obras monumentales como La divina comedia de Oscar Wilde, de Javier de Isusi, pudieron ver la luz antes de terminar ganando, precisamente, el Premio Nacional de Cómic. El circuito cierra de forma perfecta: la beca financia el tiempo del autor, la editorial independiente arriesga industrialmente en la publicación, las librerías generales lo defienden en los anaqueles y el Estado premia la excelencia. “La satisfacción es ver que hoy se editan cosas tan potentes, que surgen éxitos creativos que además son éxitos económicos, y ofrece una diversidad que oxigena el sector”, concluye con orgullo.

'La divina comedia de Oscar Wilde', de Javier de Isusi, Premio Nacional de Cómic. ASTIBERRI
'La divina comedia de Oscar Wilde', de Javier de Isusi, Premio Nacional de Cómic. ASTIBERRI

En 2011, los profetas del apocalipsis cultural decretaron que el papel estaba muerto. Dijeron que todo iba a ser online, que la tinta digital devoraría las imprentas. Javier recuerda la histeria colectiva de aquella burbuja mientras nuestro vasito de vino queda vacío. 

La cortina del local contiguo hace un ruido infernal al bajar. Propongo parar un momento para servirnos un poquito más de vino. “Me suena muy bien eso”, responde. El desvío es perfecto para recargar los vasos y mojar la palabra. La pausa refresca la conversación. Al reanudar, Zalbidegoitia desmantela el mito digital con contundencia: más de quince años después de la supuesta revolución, el cómic digital apenas representa el dos o tres por ciento de las ventas totales de Astiberri. El e-book funciona en las bibliotecas públicas para gestionar clubes de lectura o talleres, pero el lector de a pie sigue exigiendo el objeto. El cómic, en su madurez, entendió que su fortaleza reside en su propia materialidad.

“La experiencia lectora es completamente distinta, como pasar la página o el olor del papel. El cómic se beneficia de ser un libro-objeto. Y hay algo que la pantalla nunca va a poder replicar: el valor del regalo, la dedicatoria en una feria, el autor que se toma el tiempo de hacerte una acuarela o un dibujo a tinta en la primera página con ‘un abrazo’ para ti. Eso lo notamos en cada festival”, relata.

Frente al auge de la inteligencia artificial generativa, ese fetiche se vuelve militancia. Javier se pone serio al hablar de los límites éticos de la editorial. En los contratos de Astiberri ya existe una cláusula explícita. No se acepta nada que haya trabajado con IA generativa, ni en el dibujo ni en las traducciones.

“Eso no es inteligencia; es un archivo de datos que conecta variables para sacar algo regular. Se ahorran dinero, sí, pero las propuestas que se han hecho en cómic no tienen alma, les falta entereza. El problema gordo está en la ilustración, en cómo se han apropiado del trabajo de multitud de artistas”.

Javier cuenta, con indignación contenida, que al mismo Paco Roca le plagiaron un cartel en España de la Feria del Libro de Valencia. Una calcada absoluta hecha con IA para una feria del libro local organizada por un ayuntamiento de la provincia de Madrid, que tuvo que retirar de inmediato tras el revuelo. Pero esa vulnerabilidad del dibujo suelto desaparece cuando se entra en la complejidad secuencial de la historieta. La inteligencia artificial puede imitar un trazo, pero no puede comprender el ritmo invisible que hay entre una viñeta y otra, el impacto de pasar la página y encontrarse, de golpe, con un splash page. Hay todo un trabajo narrativo que no puede hacer la IA. “No tiene pinta de poder con eso. Hace falta un ser humano”, dice Javier. Finalmente la entrevista ha sido larga, chocamos los vasos de plástico y firmamos una sentencia de fe: el futuro es el cómic.

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Literata, investigadora y gestora cultural bogotana radicada en Buenos Aires. Lee, escribe e investiga sobre cómic y gestiona En Clave de Historieta (@en_clave_de_historieta); un proyecto cultural que explora los vínculos entre el cómic y las causas sociales. Ha escrito sobre historieta y cultura para medios colombianos y argentinos como Blast, Indie Hoy y ArteZeta.

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