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Le Clézio, contra la autocomplacencia

El premio Nobel francés conecta pasado y presente en 'Canción de infancia', su último libro. “Odio la autoficción y el narcisismo”, dice.

El Paso
El escritor francés Jean-Marie Gustave Le Clézio. LEONARDO CENDAMO

Nacido en Niza, uno de los actuales hitos turísticos de la Costa Azul, Jean-Marie Gustave Le Clézio llegó al mundo hace poco más de siete décadas, en 1940, justo después de que la invasión alemana a Polonia detonara el comienzo de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, a pesar de que el francés es la lengua en la que escribe, su familia pertenece a una genealogía de evidente exogamia europea.

Su padre, Raoul, era de ascendencia británica y su madre, Simmone, francesa. Los dos eran primos hermanos y pertenecían a una familia de la región de la Bretaña que en el siglo XVIII había emigrado a la isla Mauricio, frente a Madagascar, y que dos siglos después, en el período de entreguerras, había regresado a su tierra de origen. 

El conflicto bélico sorprendió a la familia dividida, ya que Raoul trabajaba en ese momento como cirujano de la armada británica en África. A pesar de los intentos por volver a Europa y desplazarse a Gran Bretaña, ante la inminente ocupación alemana, el pequeño Jean-Marie tuvo que permanecer en Niza junto con su madre y su abuela. Debido a su ascendencia británica y al pavor de ser deportados a un campo de concentración como presos políticos, los tres se ocultaron durante los últimos años de la guerra en el primer piso de un granero en las afueras de la ciudad.

Una vez la derrota alemana fue un hecho, en 1945 se reunieron con el padre y entonces comenzó un itinerario vital por Nigeria, Gran Bretaña, Mauricio, Tailandia, México, Panamá, China y Corea. Un derrotero personal que marcaría la identidad nómada de este escritor. Polígota y devoto de la interculturalidad, en su prolífica obra literaria late tanto el realismo mágico y sus experiencias en la selva latinoamericana como el deslumbramiento por las megalópolis asiáticas y las dunas desérticas del noroeste de África.

A pesar de que el autor ha aumentado exponencialmente su reconocimiento internacional desde 2008, cuando recibió el premio Nobel de Literatura, Lé Clezio parece estar muy lejos aún de haberse acomodado en los laureles de la fama. En su último libro retorna con esa traumática época de sus primeros años, antes y durante la Segunda Guerra Mundial, recuperando la mirada perpleja y nada condescendiente de la inocencia infantil a través de estas memorias autobiográficas. Así es como en Canción de infancia (Lumen, 2021), este Nobel de Literatura vuelve a los paisajes de su infancia en la Bretaña francesa y Niza con una mezcla entre la nostalgia y la aflicción. Sin embargo, detrás de estos sentimientos no se esconde ninguna idealización nostálgica del pasado ni una folclorización reaccionaria, sino un puente con los temas más urgentes de la agenda social contemporánea.

- Aunque en su último libro ha vuelto al territorio de su infancia, los temas que trata en cada una de sus dos partes, el pasado premoderno de Bretaña y el trauma de la guerra durante su niñez en la Riviera francesa, parecen demostrar una conexión con la actualidad de Europa ¿Qué le impulsó a escribirlo?

- Siempre es difícil escribir sobre la propia infancia, porque existe el peligro de caer en la complacencia y la distorsión. Quería intentarlo porque seguimos viviendo las consecuencias de aquellos años, que vemos en la incapacidad de la generación de la posguerra por sentir empatía por la población de migrantes desplazados. O de imaginar lo que ha sido para la población civil de Francia (o Polonia, o Italia) escapar del desorden y el hambre. También de darse cuenta de lo que la pérdida de identidad significa para los bretones.

- El paisaje ocupa un lugar importante en el libro, especialmente en la primera parte, en la que incide en el entorno bretón a través de una serie de postales muy pintorescas. Como escritor nómada, que ha vivido a caballo entre varias culturas, lenguas y continentes, ¿qué lugar ocupa el paisaje en su escritura?

- No estoy seguro de que la palabra sea “paisaje”, para mí tiene más que ver con la carga de imaginación, sentimientos y sensaciones que se pueden insertar en un entorno conocido, un sonido envolvente, la presencia tutelar de ciertos árboles, la amargura de la naturaleza, o la dulzura de algunos escondrijos. Si me siento “nómada”, es más a través de la lectura de mis autores favoritos, como Juan Rulfo y el entorno de Comala, la lectura de Herman Melville o de Rudyard Kipling, y sus descripciones del mar. O quizás los lugares que me resultan familiares de los relatos de Flannery O´Connor. Sin embargo, creo que para escribir, el mejor sitio debe ser una habitación vacía, con una ventana abierta que no dé a ningún lado.

- En Canción de infancia participa de la reciente tendencia a la autobiografía y la autoficción en varios autores contemporáneos, aunque en su caso no evidencia ningún tipo de  autoindulgencia. ¿Cuáles son sus estrategias para no ceder a la tentación de enamorarse de sí mismo?

- Dios mío, sería terrible. Odio la autoficción y el narcisismo. Aunque confieso que a veces sí me concedo el placer de leer en voz alta algo que acabo de escribir.

- En la primera parte de este nuevo libro, usted se remonta a sus orígenes para evocar la Bretaña de su infancia, reivindicándola como una región con un pasado de constante migración y exogamia. ¿Qué pueden decirnos ficciones como ésta ante el resurgimiento de los nacionalismos europeos en el presente?

- Por desgracia, en lo que concierne a Bretaña, no hay ninguna levadura capaz de fabricar el pan del nacionalismo: el poder centralista de Francia diezmó con saña la mayoría de las culturas locales; dando el último golpe contra cualquier sensación de pertinencia cultural al convertirlas en folclóricas. En cuanto a la exogamia, había poco riesgo en Bretaña de endogamia: el apellido de mi tatarabuela es Soliman, y los matrimonios entre bretones y otros grupos étnicos era muy habitual. En cuanto a la migración, los bretones eran como los irlandeses: dispuestos a ir a cualquier parte del mundo para sobrevivir, salir del hambre y de la desesperación. por eso mi pasaporte es de la isla de Mauricio (en el océano Índico austral, al este de Madagascar).

- En relación con esto, en sus recuerdos de la lengua bretona y de sus lejanos orígenes, así como de las muchas otras lenguas y dialectos regionales, deduce usted la caducidad de la posibilidad de una literatura nacional. ¿Considera que existe una literatura europea?

- No estoy seguro de lo que significa “literatura europea”. Supongo que libros y obras de teatro escritos en la lengua materna. En mi caso es el francés, porque mi madre era francesa y se me educó en ese idioma. Sin embargo, lo que veo injusto es que una persona que nació y tiene como lengua materna otro idioma (considerado idioma secundario, porque no se enseña en la escuela) como el bretón, el euskera, el catalán o el criollo, se vea obligada a olvidarse de ese idioma y traducir su obra al francés para lograr que sea publicada, leída o valorada por la alta sociedad. Esto podría cambiar si en Francia consiguiéramos lo que ya se ha conseguido en España o en algunos países de Hispanoamérica (en particular, en Bolivia y Perú): implantar la educación bilingüe.

- El clima de claustrofobia que describe en la segunda parte del libro mientras se escondía con su familia en un almacén en Niza durante la ocupación alemana hace de estas memorias una lectura muy adecuada para esta era de cuarentenas intermitentes. ¿Cuál considera que sería la misión de la ficción en tiempos de intenso trauma colectivo como nuestro presente?

- Recuerdo que después de la guerra leí las grandes novelas de aventuras de James Fenimore Cooper y Jack London. Y la impresión que me causaron fue como de respirar aire fresco, porque en todas partes, en Niza e incluso en Bretaña, en aquel tiempo aún  permanecían las huellas terribles de la guerra: los tejados todavía tenían camuflaje antiaéreo, aún convivíamos entre las ruinas de los edificios destruidos, así como con los búnkeres en la playa y las vías de tren que habían construido los nazis para transportar sus armas. Escribir sobre aquellos tiempos, sobre la posguerra, me trajo la sensación maravillosa de libertad que produce el mar.

- En su evocación de la Bretaña en los años cuarenta y cincuenta, incluye el detalle de un vino de origen argelino llamado 'Alá, Alá' y una capilla católica en la que solo oficiaban mujeres. A pesar de las huellas del fascismo, en el libro parece dar a entender que aquellos eran tiempos menos prejuiciosos que los de ahora. ¿Qué hemos perdido y ganado desde entonces?

- No estoy seguro de que en Francia haya cambiado mucho la actitud respecto de las minorías religiosas o étnicas. Lo cierto es que se ha aprendido a ocultar el racismo, y se inventó lo “políticamente correcto”, pero muchas veces, como sabes, vemos cómo saltan llamas de aquellos rescoldos, que permanecen vivos entre la ceniza.

Escritora. Colaboradora de medios como El País, Letras Libres y El Mundo, entre otros. Autora del libro de poemas Este es el momento exacto en que el tiempo empieza a correr (2015), el libro de relatos Constelaciones familiares (2020), el ensayo Érase otra vez. Cuentos de hadas contemporáneos (2021) y las novela La puerta del cielo (2018) y Hemoderivadas (2022).