En el capítulo cinco de la segunda temporada de Atlanta (2016), pese a que Paper Boi tiene un turno pactado con su barbero, es arrastrado por éste en una serie de situaciones límite durante todo el día. Ni los accidentes automovilísticos, el robo en una obra en construcción o la discusión marital consiguen que el personaje considere la posibilidad de escapar. La complicidad que se esculpe entre peluquero y cliente alcanza la incomprensión de lo privado. Paper Boi y Binny viajan en auto y encuentran al hijo del último. El adolescente reconoce a la distancia al cantante pero la fascinación se cercena frente a la decepción estética: su ídolo no puede tener ese pelo. Cualquier declaración polémica sería preferible a verlo llevar esas pintas.
El episodio de la serie de Donald Glover se llama, efectivamente, “Barbería”. Y al igual que Americanah de Chimamanda Ngozi Adichie (2013), o el documental de Chris Rock Good hair (2009), pone en el centro de la narrativa uno de los tantos valores que las comunidades afroamericanas afirman: el pelo y la forma en que este se comporta representa un símbolo inherente a su identidad. Alisar los rulos implica replegarse contra las ideas normalizantes de Occidente, blancas y clasistas. Su decisión de preservar su cabello natural a menudo se percibe como una forma de resistencia a los estándares hegemónicos de belleza. Es curioso que se hable de expresión sobre un tejido muerto como es el cabello, pero más curioso es que se censure a las personas por algo tan inocuo como la dirección que toma una parte de su cuerpo para crecer. La metáfora está servida: se necesita todo derecho para que no se cuelen ideas presuntamente disruptivas. Ningún pelo planchado hará la revolución.
Luis Andrés Rivera es conocido como El bori barber. Nacido en República Dominicana, actualmente radicado en Miami. En 2019 fue criticado por el fade que le hizo a Messi y asegura ser el único en haber atendido a tres leyendas del reguetón: Daddy Yankee, Nicky Jam y Don Omar. Más abajo del mapa, en Buenos Aires, el aspecto de las barberías se siente sobrecargado. Entre los bajos de un reguetón de la mata, la imagen remite a “los sueños” de la lotería nacional, la escala lúdica de la que el coiffeur dispone. Afiches promocionales dentro y fuera del salón condensan un collage de personalidades, entre deportistas, cantantes del perreo y galanes atemporales.
En el mundo capilar, así como en todas las otras líneas existenciales, la mujer socialmente está habilitada a manipular su apariencia con menos libertad. Mientras los varones ya abandonaron el pudor por el implante capilar y lo desfilan orgullosos, la mujer es cuestionada si acaso elige inclinar su apariencia decolorando el vello de sus axilas. Las canas son esperadas con ansias para un hombre pasados sus 30 si acaso quiere adjudicarse la etiqueta de “daddy”, una mujer canosa, en cambio, muchas veces es vista como alguien dejada, como una mujer en retirada. Las excepciones serán apabullantemente exigentes, aquellas que con su intelectualidad, sin pretenderlo, conectan una relación entre tiempo transcurrido y pérdida de pigmento (María Kodama o Beatriz Sarlo, por citar algunos ejemplos). Es una mujer afeitándose la cabeza la que cristalizó la turbulencia de la cultura americana de los 2000 (Britney Spears) y es también Sinéad O'Connor, 18 años antes, pintándose en su cráneo el logo de Public Enemy, para protestar por la desvalorización que los premios Grammy aplicaban al hip-hop. La intervención del pelo puede favorecer a fugitivos, traer molestias dérmicas, pero también generar placer y fantasía. Drag queens y kings han dominado el arte del engaño capilar como nadie más. En este texto nos detendremos más en el pelo que se quiere abandonar, en la gama de cortes y estilos que despiertan deseos y constituyen un elemento fundamental en la ficha de muchos ídolos. Pero también en esa crispación que puede provocar en los salones una presencia inesperada para muchos: una mujer queriendo tener su cráneo a 0 o un chico gay entrando a un contexto que podría remitirle al poco amable heterosexual vestuario deportivo.

El vínculo entre la música latinoamericana y el estilismo capilar es estrecho. En 2025, el artista tucumano Rill Fella se afeitó la cabeza arriba de un escenario de su provincia. Poco tiempo después, en un intermedio de su presentación en la sala porteña Niceto Club, el bonaerense Little Boogie se emparejó los costados desde el camarín, para volver a seguir regulando el agite de su público. La tapa de Serio del rapero Lil Supa lo ubica en un trono barberil y su cara de pocos amigos, en un contrapicado, su colega, brocha en mano y navaja en otra, repasa los detalles del venezolano. Un presagio que recalca lo impecable de uno de los mejores discos de la década (2018). Las rastas y el pelo de dos colores de XXXTentacion, los laberintos de Bad Bunny, los dreadlocks de Arcángel. Rap, hip hop, reguetón, los fraseos y el desarme de estructuras melódicas son una pareja que se produce dentro de la cabeza y queda incrustada del lado de afuera. Como si las composiciones poéticas estuviesen buscando la silueta que les permite salir de la neurona a la verbalización de la rima.
Más que una moda, para muchos afeitarse puede implicar el poder de proyección, la idea de que luciendo como nuestros ídolos encontraremos algo de su propia inspiración. Para Fella, afeitarse es volver a las raíces y buscar el respeto de los otros. “Cuando vivía en Buenos Aires me gustaba mucho ir a cortarme con los dominicanos. Te sentías en una película. El hip hop trae consigo una unión muy grande con la moda y creo que la estética de la cabeza también es parte. Me rapé por primera vez en 2009 por bandas como Cypress, Onyx o Violadores del Verso”.
Hace no muchos años, durante el mayor pico expansivo del streaming argentino (me refiero a streamers individuales, no a su televisación posterior), prender la compu y sintonizar un IRL (in real life) reunía tres aspectos sensoriales tamizados por el entretenimiento varonil: mirar, escuchar (amigos músicos) y tocar. Ser, hacer y parecer. Markito Navaja es un personaje que anotó dos de tres. Empezó a los 13 en el negocio de sus padres, le gustaba, le cortaba a los pibes del barrio, “alguna cagadita me mandaba pero todo bien”, confiesa. El fuerte del negocio familiar fue ser pioneros en el degradé (también conocido como fade), un estilo que aún no se veía mucho en Argentina y los ayudó a crecer rapidísimo. Para Markito, la unión entre la barbería, la peluquería y el stream se concretó por una intención de mostrarle a la gente esa intimidad y habilitarlos a que opinen en un contexto que permite la improvisación del stream.
El degradé, ese efecto que deja la puesta de un atardecer sobre los laterales de los cráneos, es el responsable de profundizar las conversaciones entre cliente y barbero. Según el grado de crecimiento, muchos necesitan un mantenimiento semanal. “La confianza hacia el pelo se traslada a las palabras, se termina dando una amistad. Además es algo que acompaña a la música, el arte, creo que la barbería es arte también, por eso son universos que confluyen, incluso con el stream”, cuenta.
¿Hay mujeres trabajando en barberías?
Sí, nosotros enseñamos, vienen un montón de mujeres a aprender y también nenes de 10, 11 años que ya quieren saber cómo cortar. Quizás no se ven tanto pero cada vez se animan más, van a ir copando de a poco.

¿Cómo repercuten estos ambientes ostensiblemente masculinos, donde la hombría combate para no dejarse interpelar por la sensibilidad estética, donde la contemplación frente al espejo debe ser concreta como el sonido de una tijera bien cortada? ¿Se trenzan fantasías homoeróticas en estos espacios? ¿Cómo se comporta la intimidad del local cuando otras identidades aparecen en escena?
Richard Villegas es periodista. Colabora para varios medios internacionales y hostea Songmess, un podcast enfocado en la música independiente Latinoamericana. Su perspectiva acerca de la experiencia en los salones como cliente apunta a un hecho específico acerca de la posible hostilidad que puede vivir la comunidad LGTB+: “hay un consenso homosexual de lo estresante que es ir a la barbería”.
“Creo que es más una cuestión de paranoia heterosexual que de fantasía homosexual. En general, ir a las barberías para los gays es una situación muy estresante, aunque sea a temprana edad, porque es un equivalente vestido de los probadores del gimnasio o la escuela. Las barberías tienen ese vibe muy macho, donde todos gritan, similar a un camerino deportista. Es muy consistente que existen ciertos códigos de masculinidad dentro de los cuales nos sentimos externos y tenemos que performearlos, pero sabemos que no nos sale, entonces nos delata”.
¿Tenés algún recuerdo puntual de tu infancia?
Durante mucho tiempo iba a cortarme al salón de belleza donde iba mi mamá. No lo hacía porque fuéramos grandes amigos de la estilista, pero ya me conocía, y tal vez por ser gay me interesaba más el chisme, oír como cacareaban entre ellas, que impostar un machito en otro lado. Una vez de niño me senté en el salón esperando que vengan a preguntarme si me iba a cortar y nadie vino. Estuve como tres horas leyendo las revistas.
¿Considerás que puede haber una fantasía con el barbero?
No es un ligue, pero hay cierta intimidad. Creo que hay un erotismo distinto al de las mujeres que van al salón de belleza, me da la impresión de que para ellas es algo del orden de lo terapéutico, mientras para los hombres es un trámite. Por supuesto que puede pasar que haya un momento de satisfacción de verse mejor después del corte, pero no conozco hombres que se emocionen porque tienen turno. Quizás hay quienes disfruten esa suerte de situación carnal, de un hombre poniéndote las manos encima, acercándote a tu cabeza, quizás hasta a tu boca si te está afeitando, o emparejándote las cejas. Yo no he tenido experiencias eróticas ahí porque simplemente no es lo que estoy buscando. No veo la hora de terminar y salir corriendo.

La historietista Power Paola se rapa desde los 17 años y tiene 48. Anécdotas no le faltan. El balance entre vivencias positivas y otras no tanto se resuelve desde la autonomía: Power ya tiene su propia máquina y no necesita lidiar con prejuicios externos.
“Entraba a barberías baratas donde rapaban sólo a hombres y eran excluyentes. A veces insistía y terminaban haciéndolo, pero no me trataban nada bien. La última vez que me pasó algo raro fue en el Amazonas, entré a una barbería de Leticia y le dije que me haciera un dibujo en la cabeza como el que tenía el chico que atendía, me lo hizo de una manera muy torpe. No sé si quieren hacerme sentir que yo también soy un macho y me tratan con brusquedad a propósito, al menos esa es la sensación que me da. También me han tratado bien. En Argentina directamente me dicen que no me rapan si no soy varón”.
Power me envía un video que grabó ella misma en 2019, mientras era atendida en el barrio de Once. De fondo se ve un mural de un vikingo. Me cuenta que le llamó la atención el dibujo y cuando le preguntó al barbero por la elección de la figura el hombre fue taxativo: si ponía un afrodescendiente (como él) nadie iba a entrar. Durante el proceso, el muchacho predicaba.
Otra veta que gana territorio es la migrante. La colectividad china se quedó con el supermercado por una razón práctica: consiguen saltar la barrera idiomática, un modesto kit verbal es suficiente para echar a andar su negocio. Desde el Altiplano de Perú y Bolivia, el dominio del sector frutihortícola por parte de sus ciudadanos les dio la cintura para montar verdulerías. Los taínos viajaron ligeros: con apenas dos herramientas (navaja y peine) pueden salir al ring de la supervivencia.

Mario es dominicano. A los 13 años se compró una navaja y con ayuda de un peine le marcaba el corte a los chicos sentado en la vereda. Era común que esos mismos niños compraran la navaja (valía $5) y le pidieran el servicio directamente, cosa que hacía gratis. Después de un tiempo trabajando con su tío, se fue a vivir al campo donde montó un modesto local para seguir sumando experiencia. En un punto Mario necesitó tener un mejor pasar, “quería construir algo que en mi país no iba a conseguir”.
No tenía idea de qué era Argentina o Buenos Aires, solamente sabía que se iba de su país hacia otro. Recuerda que llegó a las 12 de la noche a Constitución y esperó a que amaneciera para saber cómo seguir. Allí mismo dio con un compatriota que le ayudó a conseguir hospedaje y empleo. De Constitución se mudó a Chacarita, ya asociado con un compañero y donde sigue atendiendo hoy en día.
“El dominicano es muy fachero, le gusta vestirse y verse bien, llamar la atención. Puede andar sin un peso en el bolsillo, pero el corte de cabello no puede faltar”, asegura. Para este barbero, la música es análoga a los estilos de su salón: ambos cambian entre generaciones, de pronto llega un artista con un corte nuevo y todos quieren imitarlo. Su vínculo es familiar al exceder una cuestión estética, sino que es tomada como punto de encuentro. “Desde hace décadas, especialmente en República Dominicana, Puerto Rico, EE. UU. y gran parte de Latinoamérica, la barbería es vista como un espacio de conversación, estilo y cultura. La música aparece como el ambiente natural que acompaña esas reuniones, relajando a los clientes y creando identidad”.
Mario también lo percibe en las influencias de producción: mientras los cantantes de reguetón pueden mencionar locales populares o nombres de barberos insignia en un guiño hacia el público que los escucha, los mismos beats alocados pueden influir en sus cortes. La comunión se llega a fundir en sus disciplinas: hay barberos músicos (no son pocos los casos de cuentas de Instagram que en sus perfiles linkean temas de sus gestores) y viceversa.
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