Ideas

Las ciudades que ya no vemos

La arquitecta Natalia Kerbabian dibuja edificios borrados del paisaje urbano de Buenos Aires para que nadie los olvide.

Buenos Aires
Tres dibujos de edificios de Buenos Aires del proyecto 'Ilustro para no olvidar'. NATALIA KERBABIAN

Sobre la calle Maipú, entre Corrientes y Lavalle, en pleno microcentro porteño, está el negocio de filatelia del abuelo de Natalia Kerbabian (Buenos Aires, 1982). Lo recuerda con nitidez: de la mano de enfrente, dice, estaba, la confitería Simo, y, a la vuelta, Le Carebelle; Angelito, el mozo, le prepara el mismo capuchino desde que tiene 10 años. Era común caminar por Lavalle, la calle peatonal de los cines, la primera paralela a Corrientes, desde “el bajo” hacia el oeste, de la mano de su abuela, cruzando el Obelisco, hasta el teatro San Martín. La experiencia de la ciudad sucedía en esas cuadras; Natalia caminaba entre la gente con la mirada puesta en las calles, en las cúpulas, los edificios, las puertas, los detalles y las simbologías ocultas en las puertas de los grandes edificios de la ciudad.

Hoy, Natalia no es una niña. Tiene dos hijos y un título como arquitecta. Está sentada en un café eslovaco del barrio de Colegiales, y duda sobre qué pedir; si el café con medialunas (un clásico porteño, dice) o una torta de dudoso nombre europeo. De sonrisa contagiosa, desvía la mirada cuando los temas la apasionan. Su voz se acelera pero no se oscurece cuando intenta aclarar las ideas. Puede conectar “rizomáticamente” un tema a otro sin perder el norte de quien escucha, pasa de la astrología y la astronomía a la mitología egipcia y la arquitectura como música congelada. Hay una palabra que aparece en las dos horas de conversación, y reaparece cuando se le pregunta por sus orígenes como ilustradora y su relación con la ciudad de Buenos Aires: “topofilia”, el vínculo afectivo que se tiene con el lugar de pertenencia.

—Mi familia es filatelista —dice—. Eso lo podés ver mucho en postales. Crecí entre estampillas y postales. Ahí me encontré mucho a la Buenos Aires del pasado, cuando estaba muy despoblada. Los domingos íbamos a Caballito, al Parque Rivadavía, para comprar y vender estampillas.

Natalia evoca ese mundo con nostalgia. La felicidad infantil nace de una sumatoria de experiencias diversas, de derivas impresionistas, de objetos y de huellas que conforman un mundo perdido aunque propio, ese material preciado que materializa —al igual que los poetas modernos— en las ilustraciones de su proyecto Ilustro para no olvidar sobre edificios y casas antiguas que son demolidas para levantar en el lote torres de viviendas baratas. Natalia dibuja para fijar un tiempo perdido.

—Me acuerdo de estar con mi abuela en las paradas de colectivos y ver la arquitectura, las molduras; tengo imágenes muy grabadas. Todos esos registros de chiquita generan mi topofilia. Cuando empiezo a conocer otros lugares, regreso más enamorada de mi lugar. Buenos Aires me sucede. Encuentro en esas anécdotas secuencias emocionales muy fuertes, ligadas a mi identidad. Nunca me pude ir. Siempre dije, “bueno, viviría en un lugar más tranquilo, más natural”; no me puedo ir. No puedo irme de acá.

La arquitecta argentina Natalia Kerbabian. CORTESÍA

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Las ciudades, como los seres humanos y las cosas, son permeables al paso del tiempo. El tiempo las cambia, las modifica; las vuelve más viejas o más antiguas; y sufren ante la presión de lo nuevo, sobre todo en Latinoamérica, en donde las ciudades, de apenas un par de siglos, han cambiado sus fisonomías y su arquitectura de acuerdo con los cambios socioeconómicos que han impactado en la historia.

En su libro, Ciudades latinoamericanas como arenas culturales (Siglo XXI, 2016), el arquitecto argentino Adrián Gorelik señala que en la década de los ochenta se produjeron debates sobre la modernidad en Latinoamérica, luego de años de dictadura, que repusieron a la ciudad en términos de imaginarios sociales. Ocurrió un “giro cultural” que trajo a las ciudades la idea de un lugar de tradición y de identidad. Aunque este giro está, según el autor, aun en puja; las ciudades que habitamos siguen siendo permeables a los intereses del poder económico y de la especulación. Casi cuarenta años después, el debate sobre la ciudad que elegimos para vivir sigue en la arena; entre la ciudadanía, las dirigencias políticas y las grandes constructoras.

Dice Natalia:

—Somos ciudades nuevas. Tenemos una especie de adolescencia inconsciente en donde no terminamos de ver y tomar conciencia del valor cultural e identitario que nuestros ancestros plantaron como semilla. Cuando sos adolescente, más bien te revelas, te separas de lo conocido o establecido. No te importa nada. Sos invulnerable e inmortal. No le das importancia. La población de Buenos Aires es joven todavía. Buenos Aires es joven pero tiene todo para ser una ciudad antigua, lo que pasa es que recién estamos en el bicentenario. Ya hubo una serie de demoliciones tremendas, y lo naturalizamos.

Dibujo de una casa en Güemes con Salguero demolida entre 2020 y 2021 y foto del edificio que la sustituyó. NATALIA KERBABIAN

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La ciudad de Buenos Aires tuvo dos fundaciones. La primera, en manos de Pedro de Mendoza en 1536, fue fallida. El Río de la Plata, bautizado como “el mar dulce”, cubría gran parte de lo que hoy se conoce como Barracas y la Boca. Era barro, lodo, juncos. Lo único que atraía a quienes llegaban desde España, por mar o por tierra, era la salida al río. Nada había de importancia acá; campo, tierra húmeda y una línea verde en el horizonte como la condena que se cumple en un laberinto horizontal.

La segunda fundación fue firmada por Juan de Garay, que la nombró Ciudad de Trinidad el 11 de junio de 1580, bajo el signo de Cáncer. La ciudad se organizó alrededor del puerto tanto en su época colonial como en los años posteriores a la independencia argentina, ocurrida el 9 de julio de 1816. Hasta ese entonces, la urbe tenía una cuadrícula organizada en lo que hoy se conoce como Montserrat, la plaza de Mayo y San Telmo. El resto eran grandes hectáreas con cascos de estancias, en donde había unas pocas casas que se levantaban en la llanura a lo lejos.

Plano topográfico de la ciudad de Buenos Aires, 1822. ARCHIVO

En 1887, como una derivación de la federalización de Buenos Aires, la provincia le cedió territorio al Gobierno nacional para ampliar la capital y se trazaron sus límites: al oeste, la Avenida Gral. Paz; hacia el sur, el Riachuelo. La ciudad pasó de 4.000 hectáreas a 18.000. De las edificaciones que había en el actual centro urbano apenas había algunas casas más en Flores y en Belgrano; el trazado se amplió hacia nuevas zonas que eran casas quintas.

Cinco décadas después, en 1936, el impacto modernizador configuró la identidad urbana de la ciudad, producto de una cruza diversa de elementos: el gran ingreso de dinero gracias al modelo agroexportador, las corrientes migratorias —provenientes, en su gran mayoría, de Europa (sobre todo España e Italia, aunque también de Polonia, Alemania, Siria, el Líbano y Japón, entre otras)— y la ampliación de los barrios y las viviendas, que años después, durante el primer peronismo, tendrían una segunda gran modificación urbana en las zonas metropolitanas. En las primeras décadas del siglo XX, Buenos Aires se convirtió en pocos años en una de las metrópolis más importantes del mundo.

Villa Virginillo, en Avenida Córdoba y Dorrego, edificio de 1908 demolido en 2022. NATALIA KERBABIAN

—Fijate cuando caminas por la calle —dice Natalia—, hay arquitecturas que te dejan ver, y eso es hermoso. Se tejen como luces. Ves el limonero de adentro, ves la silla, el comedor. Hay una conexión, un intercambio. Empezás a conocer al vecino. Esta luz traspasa del pulmón, a la vereda, de la vereda al pulmón, arma una trama. Arquitectura vincular y permeable. Hoy la propuesta es contraria, es destejer. Es cerrar. Es irse para adentro, concentrar el poder económico, y ya. Se deshumaniza la ciudad. Se pone más gris, tiene menos cielo. Se talan más árboles. Los pulmones se pueden reducir mucho más. Se desalma. Con lo cual hay una pérdida de patrimonio, de posibilidades, de humanidad. De lugar. De territorio. No hay topofilia.

Esa gran afluencia de culturas, de habitar mundos y tiempos, de construir ciudadanía, trajo aparejadas diversas formas de concebir las viviendas; desde influencias francesas de la belle époque con el trazado urbano que tomó como modelo a París hasta edificios racionalistas, barrios de inmigrantes italianos y casas-chorizo hacia el sur de la ciudad. Las diversas arquitecturas, en su eclecticismo, estaban construyendo lo que hoy podemos reconocer como la identidad propia de la ciudad. Parafraseando a Italo Calvino, se armaba esa otra ciudad invisible que condiciona la ciudad que vemos.

Casa chorizo en la calle Guatemala demolida en 2022. NATALIA KERBABIAN

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Podríamos pensar que las primeras grandes demoliciones vinieron con las ambiciones de ingeniería civil que tuvo Osvaldo Cacciatore, intendente de la ciudad de Buenos Aires durante la última dictadura cívico-militar, entre 1976 y 1982. Cacciatore trazó autopistas que abrían la ciudad como un tajo, expropió casas y habilitó la construcción de edificios de más de diez pisos en barrios periféricos. Natalia, en cambio, va más atrás. Plantea que la idea de demoler viene con la llamada “Conquista del Desierto”, entre 1878 y 1885, comandada por el militar Julio Argentino Roca, cuando el ejército argentino avanzó sobre tierras mapuches, tehuelches y ranqueles para ampliar los límites geográficos de la República.

—Posteriormente, se produjo una repartija, luego de la conquista, entre familias aristocráticas. Ese avance sobre un territorio que tenía pertenencia y que luego se reparte es un modus que hoy veo en arquitectura identitaria irremplazable que se pone en venta como lote, como terreno. Y ahí no hay un terreno; hay una casa que van a tirar abajo y que tiene años de historia y está en buen estado. Ahí hay un uso del poder, y la tergiversación de la palabra en concepto de estatus como una forma de conquista.

La Ideal, en Avenida Córdoba y Serrano, edificio demolido en 2022. NATALIA KERBABIAN

En los años noventa, durante el menemismo, la ciudad empezó a tener rasgos de “chalet californiano”. Se empezaron a demoler casas antiguas para levantar casas al estilo “gringo”; la cultura de Miami, el peso igual a un dólar y la apertura económica influyeron notoriamente en la arquitectura de la ciudad. Los rasgos identitarios se empezaron a borronear por formas arquitectónicas como injertos, cuya máxima expresión fue la creación del barrio Puerto Madero, el antiguo puerto de la ciudad de Buenos Aires, que estaba en desuso y abandonado, cuya licitación fue ganada por un grupo de empresarios privados y dio comienzo a una transformación bestial: un enorme conglomerado de rascacielos que obstaculizan y privatizan el acceso al cielo y la vista al río para unos pocos que pueden encerrarse en sus espacios de privilegio.

La creación de Puerto Madero fue apenas el comienzo para la construcción desmedida y la compra de casas viejas para su demolición y la posterior creación de torres. En 2019, la ciudad cambió el Código Urbanístico. Ya no se establece una altura máxima para la construcción de edificios, sino que se toma como punto de partida los edificios cercanos a la nueva construcción. También se habilita un 89% de una manzana para llenar con nuevas viviendas: eso hace desaparecer una clave identitaria de los edificios porteños, el pulmón de manzana. El nuevo código da vía libre a las constructoras; más edificios nuevos, de mala calidad, menos espacios verdes y menos reconocimiento identitario desde lo urbano. Caminar por Buenos Aires se vuelve cada vez más restrictivo. Se habita entre los fantasmas de lo nuevo.

Natalia Kerbabian, con uno de los dibujos de 'Ilustro para no olvidar'. VERÓNICA MARIANI

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Natalia cursó la carrera de Arquitectura en la Universidad de Buenos Aires entre 2000 y 2008. Mientras tanto, entró como docente ad honorem en la materia de Teoría de la Arquitectura, con Sergio Forster. Un par de años más tarde comenzó a colaborar con diversos proyectos para Poiesis, el centro de estudios aplicados en arquitectura de la Universidad de Buenos Aires, para la creación de complejos y viviendas populares orientando a la investigación de modos de habitar. Al tiempo que trabajaba en refacciones con particulares, Natalia sintió que necesitaba dedicarse enteramente al campo para luego retornar a lo académico con experiencias concretas y algo más para decir.  En 2022, se incorporó a la maestría en que se había convertido el posgrado cursado once años atrás. Se encontró con un diálogo demasiado cerrado entre académicos. Propuso una idea para una cooperativa de arquitectos que achique la brecha presupuestaria muchas veces alejada de la capacidad financiera de las personas cuando encaran una refacción y terminan haciendo las obras con obreros en forma directa, decisión que implica mayormente pérdida económica, de calidad espacial  y, muy importante, de alma. Decidió dejar la universidad, temporalmente, para reconectar con el territorio y la participación ciudadana. Su intención es retomar el diálogo entre la facultad y lo social.

Natalia dice que, si bien sabe manejar, no le gusta andar en auto por la ciudad. Por contrario, camina. Y camina mucho. Toma colectivos. Recorre la ciudad a pie como una forma de conectarse con el espacio. En 2021, poco después de la pandemia, empezó a detectar que había muchos terrenos en venta. No sabía que había cambiado el Código Urbanístico. Vio que esas casas que tenían el cartel de en venta empezaban a desaparecer. Comenzó a hacerse preguntas: ¿a dónde van los escombros? ¿Quienes compran? ¿Qué van a hacer? Hasta que un día, caminando por la calle Olazabal y Vidal, vio en vivo cómo unas casonas estaban siendo demolidas. Fue un shock. Algo se rompió dentro de ella. Volvió a su casa. Natalia dice que pensó: “No puede ser que lo esté viendo yo sola, lo tiene que ver toda la gente”.

—Siempre ilustré arquitectura. Pero nunca dibujé la muerte. Ese día dije, “voy a ilustrar la muerte”.

Sentada en el escritorio de su casa, Natalia buscó las fotos que le había tomado a Olazabal y Vidal tapiada, el año anterior. Encontró que el cartel de tapia anunciaba un proyecto en altura, miró la fotografía de la casa en vías de demolición. Soltó el trazo y empezó a dibujar, muy rápidamente, lo que había quedado vibrando en su cuerpo. A esa imagen se le sumaron otras experiencias igual de vívidas; ese cúmulo de imágenes que atesoraba desde las caminatas con su abuela y su abuelo, la mirada atenta a los detalles de las casas, inmersa en un clima de ciudad. La ilustración puede verse en su Instagram Ilustro para no olvidar. Fue la primera de una serie de 115 dibujos de casas que ya no están. Natalia tiene fotografías de 500 casas demolidas. Esas ilustraciones formaron parte de una exposición reciente en el Palacio Sarmiento . En el texto del catálogo, el historiador Felipe Pigna señala: “Ilustrar es un verbo polisémico. Se puede aplicar a dibujar, representar algo, y también a educar, de hecho, se habla de una época de la Ilustración, en la que la cultura, el humanismo, el progreso de la ciencia, y su difusión comenzaron a desplazar del centro de la escena al oscurantismo”.

Observar las ilustraciones genera una contradicción. Por un lado, hay una belleza en las imágenes. Nos toca como viejas estampillas impresas en mensajes enviados desde el pasado de nuestra identidad. Sin embargo, revelan la atrocidad y la desidia política frente al avance del poder económico por la vida en comunitaria. Lo que vemos es cómo la cara visible de la ciudad desaparece para dejar la huella, el rastro invisible que nos une afectivamente a todos a un mismo espacio, a un mismo lugar.

Dice Natalia:

—El espacio que uno que crea, el cuerpo que uno construye, va a ser del átomo que viva dentro, de la célula que viva adentro, y va a estar afectado por el espacio, en función de la luz que entre, de la calidad del aire, de la energía, la belleza que te propone el espacio. De lo transicional que es. Todo eso incide. Un espacio habitado tiene que estar directamente asociado a la psicología y al alma de la persona. De lo contrario, vamos a vivir en espacios desalmados y sin vida.

Cineasta, periodista y escritor. Ha dirigido los documentales, Beatriz Portinari. Un documental sobre Aurora Venturini (2014, Premio Argentores) y El volcán adorado (2018). Es autor del libro de cuentos Bailando con los osos (2013) y del ensayo Una isla artificial: crónicas sobre japoneses en la Argentina (2019). Su último libro, coescrito con Damián Huergo, es la crónica ¡Viva la pepa! El psicoanálisis argentino descubre el LSD (2023), premiado por el Fondo Nacional de las Artes de Argentina.