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Erika Hilton, cuando el cuerpo es política

Negra y trans, la edil más votada de São Paulo encarna la oposición más frontal a la ultraderecha de Bolsonaro. “Tengo espíritu de liderazgo”, dice.

La política brasileña y concejala de São Paulo Erika Hilton. PSOL/ELENA CANTÓN

Existe un Brasil mitológico en el que todos y todas conviven con alegría y tolerancia, donde reina la libertad sexual y no existe el racismo. 

Esa Ítaca tropical de 200 millones de habitantes jamás existió, pero la victoria del ultraderechista Jair Bolsonaro en las elecciones de 2018 acabó de enterrar el carnaval que así pretendía enseñarlo al mundo. La pandemia y los 469.000 fallecidos con su gestión negacionista han sido el mensaje más duro de su odio. 

Pero antes, mucho antes, en el Brasil donde siempre ha vivido Erika Hilton (Franco da Rocha, 1992), mujer más votada como edil en las municipales de São Paulo en noviembre del año pasado, la mera existencia es una lucha, una resistencia, un activismo político. 

Erika lo supo muy pronto.

No de muy pequeña, cuando en la ciudad de Francisco Morato donde se crió, una de las más pobres de la periferia de São Paulo, les contaba a sus primas que quería ser presidenta. “Soy sagitario, tengo espíritu de liderazgo”, dice en entrevista telefónica con COOLT. 

Tampoco sucedió en un principio de “infancia maravillosa”, con su abuela, su madre y sus tías. “No tenía ninguna referente trans, pero es que tampoco me sentí así nunca. Me sentía como una niña y así me criaron, las cosas que tenía que hacer del universo masculino eran muy leves. Fue el mundo el que me dijo que era travesti, las violencias que descubrí más tarde en la calle, en las esquinas…”, dice evocando una infancia en la que no se imaginaba lo que estaba por venir. 

Fue a los 14 años cuando todo se torció. La misma madre que le había dado la confianza, acabó echándola de casa: su fervor religioso evangélico no le permitía aceptar a una chica trans en casa. “Pase mi adolescencia entera en la prostitución, de los 14 a los 19 años”. Son años, aclara, “sin sombra de duda de explotación sexual e infantil”, porque la joven Erika tenía solo 14 años cuando entró en ese mundo. Fue como prostituta, sola en las calles, como descubrió “la hipocresía de una sociedad que mira al cuerpo de la mujer trans como a un depósito de esperma, sin trayectoria, sin impactos emocionales”, aunque también cree que “la prostitución en cierta forma puede empoderar”. 

La política brasileña Erika Hilton, en São Paulo. PSOL

“Recuerdo una noche de lluvia, en una plaza mojada, sin rumbo, sin saber adónde ir, y buscar cobijo bajo un templete de la plaza, para esperar que la lluvia pasara y pensar hacia dónde iba mi vida”. Erika había tocado fondo. Pero la luz se abrió de nuevo en casa de su madre, que cinco años después cambió de opinión con respecto a ella y le reabrió las puertas. Hoy, tienen una relación excelente. “Sigue siendo religiosa, pero de otra manera”. 

De nuevo en casa, pudo reemprender los estudios y matricularse primero en Pedagogía y después en Gerontología. Y fue allí, primero desde el movimiento estudiantil y después desde la experiencia personal, donde descubrió la que realmente sería su vocación y, finalmente, su vida: la política y el activismo.

Cuando se asume que todo lo cotidiano es político o incluso que el propio cuerpo es política, pocos ejemplos son más claros que el de la lucha por la igualdad de Hilton, que como guiño histórico a la lucha racial en Estados Unidos también nace en un autobús. 

Corría el año 2015, Erika aún estudiaba y por ello tenía derecho a una tarjeta estudiantil para utilizar el bus. En él, cada día, Hilton, que tenía 22 años, veía cada día un nombre que ya no era el suyo, un nombre con el que no se identificaba y que no estaba de acorde a su género. Durante un mes, lideró movilizaciones y demandas para corregir la situación, pero también tuvo que aguantar los prejuicios y la discriminación de compañeros de clase o de autobús que veían aquel documento. Fue su primera aparición pública en prensa, venció y su nombre acabó en la tarjeta estudiantil. Pero su lucha no acababa ahí.

Enrolada en el PSOL (Partido Socialista y Libertad), alcanzó el momento “más feliz” de su vida paradójicamente en uno de los momentos más trágicos de Brasil en los últimos años, golpeado por la pandemia y por el  negacionismo de un presidente que ha permitido que las tasas de mortalidad estén entre las más elevadas del mundo. 

En un país de contrastes y con la extrema derecha en el poder, Hilton se convirtió en la mujer más votada de São Paulo en las elecciones a edil municipal y, así, en un icono de la lucha negra y la lucha trans. “Vivimos un momento dramático en el que la pandemia se enlaza con situaciones de hambre, miseria y desempleo”, advierte. 

Erika Hilton, el 1 de enero de 2021, en la sesión inaugural de la 18 legislatura de la Cámara Municipal de São Paulo. YOUTUBE

Para alguien que nunca tuvo una referente trans, llega a ser crucial convertirse en una referente trans negra. “Es el momento de hackear los espacios y transformar las políticas públicas para que mejoren nuestras poblaciones. Es la importancia de un cuerpo activista, militante, este cuerpo entra en la política para cambiar las cosas y dar más oportunidades”, dice Erika, de verbo duro y contundente. 

Pese a la mala gestión de Bolsonaro y el rechazo mayoritario a su gestión, Erika advierte de que “existe aún un grupo fuerte que le apoya” y que, pese a que muchos de los que le apoyaban “ya se han dado cuenta del error”, otros “se han manifestado a favor de la vuelta de la dictadura”. 

El auge del extremismo pilló por sorpresa a muchos en Brasil, aunque para Hilton se trata de “un proceso natural en un país dominado por una elite blanca y racista” y advierte que la cordialidad que hasta la emergencia del bolsonarismo se respiraba entre las diferentes clases sociales e ideologías “no era una convivencia empática y horizontal”. “Es la hipocresía de la burguesía, que dice: ‘yo no mato, yo trato bien a mi trabajadora doméstica’, legitimando una falsa visión de la sociedad”. 

Contra ese avance, el regreso de Lula a la palestra ha irrumpido con una doble capa: por un lado, el de la ilusión y, por el otro, el de volver a lo de siempre. “Es un hombre muy fuerte, pero me preocupa la imagen de salvador, de mito, aunque hizo una excelente gestión. Cualquier opción es mejor que Bolsonaro, pero las periferias y las mujeres trabajadoras tienen que ser protagonistas”, reflexiona Hilton, un cuerpo político que nunca dejará de serlo. 

Periodista. Ha sido corresponsal freelance en Brasil para medios como El Mundo, La Tercera y Revista 5W. Actualmente colabora con Eldiario.es y Ara.