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Día de Muertos y celebración de vida

La tradición de honrar a los fallecidos en un altar es uno de los signos de identidad de México. Ni los que no creen en el más allá escapan a su influjo.

Las calaveras son uno de los iconos del Día de Muertos en México. UNSPLASH/JEREMY LWANGA

Era de madrugada y estaba en mi casa en Madrid cuando recibí la llamada de mi madre. Mi padre acababa de fallecer por coronavirus en México. Había estado ingresado por tres días en el hospital tras contraer la covid-19 en el barco donde trabajaba. Luchó varias horas por su vida y no logró sobrevivir. Al igual que millones de personas, que a lo largo de esta pandemia han perdido a sus seres queridos, no pude viajar al funeral, ni ver a mi familia, ya que los vuelos comerciales entre Europa y América estaban cerrados. Era junio de 2020, uno de los meses más críticos en esta crisis sanitaria mundial.

Durante los primeros meses de luto interno, no supe cómo rendirle a mi padre un homenaje a distancia. Ni él ni yo éramos religiosos, ni creyentes de una deidad espiritual especial que justificara prepararle una ceremonia en su memoria y darle un adiós definitivo. Pero llegó octubre, y con él, las vísperas del Día de Muertos. Y, al igual que cada año, empecé a planear el altar para esa festividad. Esta vez, dedicado a mi padre.

En un inicio, había pensado en dejar pasar la fecha como si nada hubiese pasado. Cuando la tristeza y el dolor te invaden, llegas a sentir que todo carece de significado. Sin embargo, aunque no creyera en el más allá, yo había convivido con esa tradición toda mi vida, por lo que por mi cabeza no dejaba de circular una idea: “Si no hago un altar, ¿mi padre pensará que ya me olvidé de él? Él siempre puso un altar de muertos para sus padres y amigos, ¿cómo no lo voy a hacer yo? Sería una falta de respeto”.

Mi familia, al igual que muchas otras en México, siempre ha puesto un altar de muertos en memoria de sus difuntos. Pueden ser elaborados o sencillos. Y su motivación puede responder a la fiel convicción cristiana de la existencia de las almas después de la muerte o, como en mi caso o el de mi padre, a la pura cosmovisión cultural de la muerte en el país: una fuerte tradición que viene desde la época prehispánica y que, con el tiempo, ha trascendido las fronteras terrestres, las creencias religiosas y las diferencias socioeconómicas de gran parte del territorio.

En el México actual, cualquiera puede honrar la muerte a través de un altar, sin importar quién seas y en qué creas. La tradición está especialmente arraigada en los estados del centro, mientras que en los del norte, más permeables a la influencia estadounidense, la festividad en ocasiones se mezcla con el Halloween. Por su parte, determinadas poblaciones rurales o comunidades indígenas conmemoran el Día de Muertos con elementos muy apegados a la celebración original de la cultura mesoamericana.

Celebración del Día de Muertos en Ciudad de México. UNSPLASH/SALVADOR ALTAMIRANO

Historia y simbología de una tradición transversal

“Hay dos grandes miradas en la fiesta de los muertos. Una es la del Gobierno, que a raíz de la Revolución mexicana de 1910 instaura un nacionalismo que comienza a recuperar elementos y símbolos de las tradiciones indígenas. Se usa información de los historiadores para darle a esta fiesta la perspectiva de los pueblos originarios antes de la llegada de los españoles. La otra mirada es la de los campesinos mesoamericanos, que llevan las tradiciones y costumbres del Día de Muertos a las ciudades.  Además, indígenas del centro de México que viajan al norte del país también llevan estas costumbres ahí, y hasta a Estados Unidos”, explica Andrés Medina Hernández, etnólogo de la Escuela Nacional de Antropología e Historia de México.

“Hace unas décadas, la tradición de las ofrendas y el Día de Muertos se veía más en las casas de clase media-baja, era poco común ver altares en las casas de clase alta. En esos años, la celebración tenía un carácter popular y los que la hacían tenían la clara convicción espiritual de lo que representaba, pero con el tiempo la tradición trascendió a otros sectores sociales y algunos lo toman como costumbre religiosa o cultural, y otros, dándole un sentido puramente folclórico”, dice, por otra parte, Oscar Humberto Flores, doctor en Historia del Arte por la UNAM.

Altar en el Museo de El Carmen de México dedicado a la arqueóloga Beatriz Barba. INAH/MAURICIO MARAT

Ahora, el Día de Muertos no se reduce solo a México: miles de mexicanos (y no mexicanos) en el extranjero encuentran en esta festividad una forma de acercarse a sus seres queridos fallecidos y a su cultura, que tanto se añora en la distancia. Fue así como a principios de noviembre de 2020 instalé un pequeño altar de muertos para mi padre en la esquina de mi habitación, en el piso que compartía en Madrid. Imprimí una fotografía reciente de él, compré unas velas blancas y unas flores, preparé su comida favorita —mole con pollo y arroz y agua de mango—, y coloqué todo eso en el altar. Después, me llevé otra foto de él a la casa de otros amigos mexicanos residentes en Madrid, que también habían decidido montar su propio altar. En él incluyeron los retratos de sus familiares fallecidos y los de familiares de sus amigos, como el de mi padre y el del hermano de otro colega del grupo.

Tanto en mi altar como en el de mis amigos, todos los elementos tenían su razón de ser, ya que, como recuerda Medina, las ofrendas a los muertos “se hacen siguiendo ciertas pautas apegadas tradición cultural religiosa mesoamericana”. Los altares se componen generalmente de tres niveles que representan el inframundo, la superficie terrestre y el cielo. “En el centro hay frutas, flores de cempazúchitl, bebidas y platillos abundantes que representan la fiesta mexicana, como lo son el mole y los tamales y demás guisos que le gustaban al difunto, en la parte superior están los retratos de los seres fallecidos que se veneran junto a una vela”, detalla el antropólogo, quien agrega que es la señora de la casa la que prende cada vela y pronuncia los nombres de los que ya no están. “Hay una reconstrucción de la memoria genealógica y esto reúne a las grandes familias, uno de los pilares de la identidad de México”, concluye Medina.

Altar de muertos tradicional en Mipa Alta, México. FLICKR/ENEAS CC BY 2.0

Entre el pasado y el presente

Este 2021 también he preparado un altar de muertos dedicado a mi padre, en el que incluyo algunas de sus prendas, como un reloj que me dejó el último día que lo vi, antes de mi viaje a España. Además, he depositado su nombre en papel en una cesta de mimbre que prepararon para ese objetivo en uno de los grandes altares que estos días expone la Casa de México en Madrid. En mi altar casero, obviamente, no faltará la comida, ese elemento escencial, cargado de significado.

Según la tradición mexicana, los alimentos de los altares están totalmente reservados a los seres difuntos, que llegan en el transcurso del 1 y 2 de noviembre para saborear la esencia de los platillos. Se dice que, el día después, si un mortal se atreve a probar la comida, no encontrará sabor, porque ya se lo habrán llevado los fallecidos. Aun así, nunca falta un niño travieso que se acerca sigilosamente y mordisquea la calavera de azúcar o el pan de muerto. O que le da un pequeño sorbo al atole. El etnólogo Andrés Medina ahonda en el significado de estos alimentos típicos: “La calavera y el fémur, que se ven reflejadas en el pan de muerto, representan las semillas de la vida. En la mitología mesoamericana el hombre está hecho de masa de maíz, y de ahí la importancia ritual del atole, una bebida caliente elaborada con harina de maíz, y de los tamales. Esos dos elementos son la sangre y el cuerpo del hombre”.

Detalle del altar de muertos instalado en la Casa de México en España, diseñado por Fátima Cabañas. CME

Hoy, la comida tradicional convive con elementos puramente modernos, como la Coca-Cola, bebida que nunca falta en los altares y que, más que relacionarse con costumbres milenarias, refleja el modelo de alimentación de la sociedad contemporánea, ya que México es el segundo país del mundo que más consume este refresco. Otras muestras de cómo la vida cotidiana de los mexicanos se mezcla con la memoria de los muertos son las piruletas de caramelo o chocolate en forma de calavera, o las denominadas “calaveritas literarias”, poemas que se escriben en la escuela y que, con tintes graciosos o irónicos, describen la muerte de otros.

Películas, canciones y exposiciones nos recuerdan también que la muerte está a la vuelta de la esquina. Y, al mismo tiempo, la fiesta que se celebran cada año en estas fechas constituye una especie de exaltación de la vida: de ahí la riqueza de colores, olores, y sabores de las ofrendas. Ya sea espiritual o culturalmente, intentamos resucitar, aunque sea por un pequeño lapso de tiempo, la presencia de nuestros muertos para poder compartir la vida y darles los abrazos que nos quedaron a deber. Porque todo eso es mucho mejor que conformarse con los recuerdos.

Periodista. Especializada en cultura, sociedad y psicología, ha trabajado en medios como TV Azteca e ICON y BuenaVida de El País.