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Carlos Dada, el periodista que reta a Bukele en El Salvador

El director de ‘El Faro’ alerta de la deriva autoritaria en su país. “Nunca nos habíamos enfrentado a un Gobierno de esta naturaleza”.

Barcelona
El periodista salvadoreño Carlos Dada, director de 'El Faro', en la sede barcelonesa de Casa América Cataluña. D.R.

Carlos Dada (Lovaina, Bélgica, 1970) cree que el periodismo tiene que ser incómodo para el poder. Así lo demuestra su trabajo al frente de El Faro, el medio digital que dirige y que fundó en 1998, cuando internet todavía era un páramo. Esta publicación, un referente informativo en Centroamérica, ha iluminado algunos de los capítulos más oscuros de la historia reciente de El Salvador, como las alianzas de parte del Estado con el narcotráfico, los acuerdos secretos del Gobierno con las maras o la implicación de los escuadrones de la muerte en el asesinato del sacerdote Arnulfo Romero.  

Dada ha recibido numerosas amenazas y presiones a lo largo de los años por su labor, pero nunca se había sentido tan acosado como hasta ahora. Y es que El Faro se ha convertido en la diana favorita del actual presidente de El Salvador, Nayib Bukele, cuyos ataques a la prensa del país ya han sido denunciados por organismos internacionales. Valiéndose de los resortes del Estado, el mandatario que se autodefine en Twitter como “el dictador más cool del mundo mundial” ha emprendido todo tipo de acciones contra el medio: desde investigaciones por supuesto lavado de dinero hasta la expulsión del país de alguno de sus periodistas. 

A Dada le preocupa esta deriva autoritaria, que amenaza no solo la pervivencia de su medio, sino la del propio sistema democrático salvadoreño. “Hoy no tenemos ya la defensa de ninguna institución del Estado”, nos cuenta en un encuentro en Barcelona, donde ha recibido el Premio Antoni Traveria a la Libertad de Expresión en Iberoamérica concedido por la Casa América Cataluña.

- Con el Gobierno de Bukele, ¿El Faro se enfrenta a su situación más delicada?

- Sin duda. Nunca nos habíamos enfrentado a un Gobierno de esta naturaleza, que acapara todo el poder del Estado y que utiliza ese poder para perseguir a los críticos. Jamás habíamos sufrido un ataque tan intenso, tan agresivo y con tanta potencia. Los cuerpos de inteligencia nos someten a seguimientos y escuchas telefónicas, incluso hemos tenido visitas de drones a nuestras casas. Y en las redes sociales, funcionarios del Gobierno distribuyen nuestras fotos y nos acusan de cualquier cosa. A eso hay que sumarle la persecución institucional, con auditorías del Ministerio de Hacienda y las acusaciones desde Casa Presidencial. El propio Bukele ha salido en cadena nacional mostrando mi foto y acusándonos de lavado de dinero. Ya no hay separación de poderes en El Salvador, ya no tenemos garantías constitucionales. Hoy la presidencia de la República controla la Fiscalía, la Policía, el sistema de jueces, la Corte Suprema... Nunca antes un presidente tuvo tanto poder como para agredirnos de la forma en la que se nos agrede.

Ya no hay separación de poderes en El Salvador, ya no tenemos garantías constitucionales

- Y en este contexto, ¿cómo se defiende El Faro?

- Primero, trabajando con rigor, siempre he creído que esa es nuestra mejor defensa. No tenemos que caer en la trampa de que el Gobierno está en un lado y nosotros en otro, hay que apretar las tuercas en todos los procesos editoriales. Y tampoco debemos dejarnos amedrentar y parar nuestras investigaciones. Al final, a los gobiernos autoritarios no les interesa matarte o encarcelarte, sino silenciarte, y nosotros no cedemos a esas presiones. Otro mecanismo de seguridad es nuestro prestigio y credibilidad fuera de El Salvador. Y para mantener ese prestigio debemos mantener ese periodismo riguroso.

- ¿Qué vía de ataque del Gobierno es la que os preocupa más? 

- Mira, no nos preocupamos solo por nosotros. Debido a nuestros años de trabajo, tenemos una proyección internacional importante. Pero, detrás de nosotros, hay un montón de buenos periodistas que carecen de esa visibilidad, por lo que son más vulnerables todavía. Y creo que parte de nuestra obligación es aprovechar que tenemos un megáfono más grande para hablar de eso. Lo que nos preocupa es el desmantelamiento de la institucionalidad democrática en nuestro país, porque el autoritarismo impide el ejercicio periodístico.

La gran sorpresa no fue Bukele, sino el sistema, lo fácil que cayó

- ¿Cómo se ha llegado a esta situación en El Salvador? ¿Había indicios de que Bukele era capaz de ese giro autocrático antes de llegar al poder?

- Ya podías ver síntomas de lo que venía en sus ejercicios al frente de la alcaldía [de San Salvador]. Éramos conscientes del estilo de Bukele, de su falta de tolerancia a la crítica, de su poca inclinación al diálogo. Lo que nunca imaginé es que el sistema estaba tan débil como para que él se lo volara de un plumazo. Me doy cuenta de que yo mismo me engañé pensando que El Salvador tenía unas instituciones más sólidas. Y entiendo por qué me engañé: el sistema era estable, sí, pero no porque fuera sólido, sino porque estaba balanceado por la extrema derecha y la extrema izquierda desde el fin de la guerra. Los acuerdos de paz [de 1992] previeron la convivencia política de los dos extremos, los cuales coparon todo el espectro político y cumplieron con el acuerdo de arreglar sus diferencias en la institucionalidad del Estado. Los contrapesos no estaban en las instituciones, sino en los mismos partidos. Cuando entra Bukele y acaba con los partidos, el sistema se cae solo. Para mí esa es la gran sorpresa: no Bukele, sino el sistema, lo fácil que cayó.

Bukele, haciéndose una foto en la Asamblea General de las Naciones Unidas, en 2019. PRESIDENCIA EL SALVADOR

- Bukele viene de la izquierda, había militado en el FMLN, pero en las elecciones presidenciales se presenta como independiente, con el discurso de que llega para poner fin al bipartidismo. Luego instaura esa imagen de presidente cool, que no es de izquierdas ni de derechas. ¿Quién es Bukele? ¿Podrías decir qué le mueve en realidad?

- No puedo, porque Bukele no lo ha expresado. Él es el primer miembro prominente del nuevo populismo latinoamericano y, a diferencia de los anteriores populistas, Bukele no tiene o no ha manifestado una visión política. No plantea una utopía ni un proyecto de nación. Solo hay una concentración de poder y riqueza. No sé qué hay detrás de él. Lo que sí sé es que no es de izquierdas, que cuando militaba en el FMLN se expresaba casi como un extremista, pero que sus acciones decían otras cosas. Y, ahora, su presidencia nos habla de un hombre de derechas.

- Bukele no tiene un partido fuerte detrás. ¿Quién conforma su círculo de poder?

- Lo que hemos investigado es que el grupo que ocupa el poder es el clan familiar de los Bukele, alrededor del cual hay varios amigos y colaboradores cercanos. Y entre el gabinete también hay asesores venezolanos que aplican el librito de Chávez y Maduro, paso a paso, pero con la sorpresa de que son gente que viene del equipo de Leopoldo López y de Juan Guaidó, de la oposición venezolana. Ese círculo diseña las políticas públicas y es una enorme y efectiva maquinaria de propaganda. Después de eso, Bukele ha pactado con algunos empresarios y ha aventado la maquinaria del Estado a los demás. Así, nadie se atreve a levantar la cabeza.

- Desde 2019, cuando asume el poder, Bukele encadena reformas profundas a una velocidad pasmosa: la destitución de jueces de la Sala Suprema del Constitucional, la aprobación de la reelección presidencial… ¿Obedece a un plan muy meditado para garantizar su pervivencia en el poder?

- Bukele ha dado muestras de eso. El 9 de febrero de 2020, irrumpió en la Asamblea legislativa con soldados pertrechados para la guerra y estuvo a punto de destituir al Congreso. Afortunadamente tuvo una plática con Dios, o eso dijo, que lo detuvo a última hora. Esto ya fue el primer síntoma de gravedad. Nosotros publicamos un editorial que se titulaba ‘Maneras de dictador’ porque en ese momento Bukele derrumbó los dos pilares de nuestra democracia en los acuerdos de paz: mantener al Ejército fuera de la vida política y dirimir las diferencias en la institucionalidad. Todo eso lo derrumbó en un solo acto, ya estaba claro que este hombre no tenía espíritu democrático. Después, desobedeció órdenes judiciales, de la Suprema Corte, y no hubo ninguna consecuencia para él. Se dio cuenta de que podía hacer lo que le daba la gana. Todo lo que ha seguido es inconstitucional, pero qué importa. Estamos en los mismos escenarios de Nicaragua, Venezuela… Los presidentes autoritarios hay un momento en que cruzan un punto de no retorno, en el que no pueden volver atrás porque se enfrentarían a consecuencias legales. Creo que Bukele está a punto de superar esa frontera, o ya la pasó. Los escándalos de corrupción de su Gobierno son tremendos. Dejar el poder puede traer serias consecuencias para él y su clan familiar, así que eso no está en sus planes.

Bukele conecta emocionalmente con los salvadoreños que se han sentido frustrados y engañados por el sistema anterior

- Bukele mantiene unos elevados índices de popularidad. ¿Cómo te lo explicas? ¿Te sorprende?

- No me sorprende que la gente apoye el desmantelamiento democrático, aunque sí que la gente no quiera abrir los ojos ante la corrupción. Pero uno no puede culpar a los ciudadanos de este tipo de cosas: más bien debemos explorar las razones de ese apoyo. A mí todo esto me ha hecho reflexionar mucho sobre qué carajos es la democracia. Y, al final, te das cuenta de que la democracia, que para mí es tan necesaria porque soy periodista, para la mayoría no es más que una palabra elegante. Con democracia, muchos salvadoreños siguen viviendo en comunidades donde el Estado no llega, donde están a merced del crimen organizado. ¿Para qué quieres la democracia entonces? Si llega un tipo que te promete que te va a solucionar esos problemas, es lógico que lo apoyes. Y hay otro factor: Bukele conecta emocionalmente con los salvadoreños que se han sentido frustrados y engañados por el sistema político anterior. Si viene un tipo que dice que va a castigar a los que te traicionaron, genera una conexión emocional muy fuerte.

- En ese escenario social, ¿os sentís solos en un medio como El Faro?

- Por la naturaleza de nuestro trabajo, en un país como El Salvador, nunca hemos estado con la mayoría. Nosotros nos situamos frente al poder, que precisamente se alcanza a través de la mayoría de los votos. Por tanto, la mayoría, que ha votado por un Gobierno al que nosotros auscultamos, nunca nos ha visto como sus aliados. No estamos en un concurso de popularidad. Pero sí que nos sorprende la capacidad del Gobierno de convencer a la gente de que quien no se hace eco de su narrativa es un enemigo del pueblo. Ha sido muy hábil en que esa idea permee en la mayoría de la gente, y estamos recibiendo unas respuestas más agresivas que nunca. Pero eso supongo que ya viene con este trabajo.

Hay un agotamiento de la democracia en todo el mundo

- El Salvador, Nicaragua, Honduras, Guatemala… ¿Hay un patrón general de retroceso democrático en Centroamérica? ¿A qué se debe?

- Las razones son las mismas en todos los lugares: el hartazgo ante la incapacidad de la democracia para solucionar los problemas de la gente. Pero cada país tiene un proceso distinto. Nicaragua, por ejemplo, tiene una historia de cacicazgos en el poder, y una diferencia fundamental respecto a El Salvador: Daniel Ortega nunca ha tenido la popularidad de Bukele, lo que ha tenido es una enorme capacidad de reprimir, de llenar las cárceles de prisioneros políticos y torturados. En Honduras, tienes a las mafias controlando al Estado, casi todos los partidos están copados por crimen político. Juan Orlando fue reelegido presidente por fraude electoral y se mantuvo en el poder por el aval de Estados Unidos. En Guatemala, el proceso vino de otra manera, por un experimento que murió de éxito: la CICIG, un organismo independiente avalado por la ONU, investigaba la incrustación de crimen organizado en el Estado, y fue exitosa hasta que tocó elementos clave que decidieron darle una patada. Poderes muy oscuros que estaban en el armario han vuelto a salir. Así, todo junto, en Centroamérica tenemos un enorme retroceso en la vida democrática, que era muy joven. Pero este fenómeno no es exclusivo de Latinoamérica. Hay un agotamiento de la democracia en todo el mundo, estamos en una etapa de transición hacia algo que nadie sabe qué es. 

- ¿Esperas que la llegada de Joe Biden pueda cambiar las cosas en Centroamérica?

- No. Su administración me recuerda a la de Jimmy Carter. Biden llegó con la autoridad moral de Estados Unidos bajo los suelos, y se dedicó a diseñar una política exterior basada en principios. Si Carter hablaba de los derechos humanos, Biden, de la democracia y la lucha contra la corrupción. Pero con Centroamérica hay un problema que lo hizo estrellarse de frente y que se llama migración. Para los presidentes estadounidenses, la migración no es un asunto de política exterior, sino de política interna. Ese fue uno de los principales temas de la campaña de Biden y su principal punto en la agenda de Centroamérica. Y la política de principios no es compatible con la necesidad de frenar la migración. Por ejemplo, viene Biden y habla de corrupción y democracia, pero ¿qué haces con un presidente como Bukele? Si lo dejas caer, tienes a miles de migrantes tocando la puerta de tu frontera. Es la misma trampa en la que se metieron en Honduras: avalaron a Juan Orlando, vinculado al narcotráfico, porque les daba temor el grupo de Manuel Zelaya, más afín a Venezuela y difícil de controlar. Nicaragua es otro ejemplo: Ortega hace lo que hace porque a nadie le importa. La influencia de Estados Unidos es tal que, cuando ellos están en su propia trampa, este tipo de gobernantes aprovechan la parálisis.

- ¿Y China qué papel juega en este escenario?

- En Washington hay una gran paranoia. Vos decís China y todos se suben a su silla a gritar. Bukele se ha aprovechado de esta situación y ha usado a China para tener en la mesa de negociación eso que los gringos llaman leverage. Se ha peleado con Estados Unidos, ha hecho una visita de Estado a Pekín... Él sabe que China es algo que asusta mucho. Yo toda mi vida me he quejado de la enorme injerencia de Estados Unidos en un país soberano como el mío, por lo que, en teoría, esa táctica no me parece una mala jugada. El problema es que no sabemos nada de la negociación de Bukele. 

Algunos de los periodistas de 'El Faro', en la redacción de El Salvador. ARCHIVO EL FARO

- Hablemos de periodismo. El Faro nace en 1998 en internet, sin versión impresa, porque no teníais dinero para eso. Supongo que entonces era una incógnita hacia dónde podía crecer un medio digital…

- Por supuesto. Internet era entonces tan poco serio que no había ningún medio digital nativo en Latinoamérica. Y creo que solo había seis digitales nativos en el mundo. Google no existía, era la época de Altavista, Yahoo... En nuestro primer editorial decíamos que nuestro objetivo era acabar teniendo una versión impresa, ¡así de poco visionarios éramos!

- Estamos en 2021, han pasado 23 años desde que nace El Faro, y los medios de comunicación todavía tienen problemas para encontrar modelos de negocio viables. ¿Qué ha fallado?

- Los medios tradicionales llevaban demasiados años muy cómodos sobre un modelo industrial. Internet cambia todo eso: permite que un medio sin apenas recursos como El Faro pueda entrar en la arena a competir. Además, internet cambia la forma de comunicarnos, lo que repercute en el modelo editorial: ya no hace falta esperar al día siguiente para publicar las noticias. Para nosotros, sobrevivir 23 años solo se explica porque nunca dejamos de hacer lo que queríamos hacer. No nacimos para hacer negocio —y nunca lo hemos hecho (risas)—, sino para hacer periodismo. Eso es lo que hicimos siempre y lo que seguimos haciendo. Una vez, a principios de los 2000, un gurú del periodismo digital al que respeto y aprecio, me dijo “Carlos, me encanta El Faro, y por eso me va a doler más que se mueran, porque ustedes no han entendido el periodismo online. El periodismo online son noticias cortas y breaking news, y ustedes hacen unas sabanotas…”. Pues 23 años después seguimos haciendo sabanotas y los que hacían breaking news desaparecieron. 

- ¿Y qué pasó con ese gurú digital?

- Años después, en una charla le escuché decir: “Ahora la gente pasa más tiempo leyendo en internet que en papel”. Y yo le dije: “¿Entonces, teníamos razón?”. “Después hablamos, después hablamos”, me contestó (risas).

Sobrevivir 23 años solo se explica porque nunca dejamos de hacer lo que queríamos hacer

- Según las cuentas que publicáis en la propia web, El Faro se financia sobre todo vía agencias de cooperación (63%). Los lectores solo aportan un 4%. ¿Urge elevar esa cifra?

- Buscamos vías para hacerlo, es una de las prioridades. Ahora hemos sacado El Faro English, que permitirá atraer a más público. También hacemos conversatorios con los lectores y buscamos cómo mejorar la comunicación con ellos, cómo establecer un diálogo permamenente. Curiosamente, Bukele ha logrado que nuestra relación con los lectores se consolide. Ante ese ataque que sufrimos ahora, la reacción de la comunidad lectora ha sido la de aumentar su colaboración. Nos hemos vuelto necesarios, y nuestra supervivencia es una manera de resistir. 

El periodista salvadoreño Carlos Dada, director de 'El Faro', el 30 de septiembre, en Barcelona. CASA AMÉRICA CATALUÑA

- El periodismo también se ha visto muy afectado por la dictadura del algoritmo. Google y Facebook enseñan lo que quieren y tendemos a vivir en burbujas informativas, se ha evaporado la idea de que existen hechos irrefutables. ¿Es ese un problema incluso más serio que el financiero?

- Sin duda, pero no solo para el periodismo, sino para el debate público general. Estamos mucho menos expuestos a las otras opiniones y nos vemos reforzados en nuestros prejuicios, y eso es un problema para toda la sociedad. Las grandes corporaciones de internet han encontrado un negocio muy exitoso con ese modelo y son reacias a cambiarlo pese a las presiones. Es un problema muy serio. En El Faro no nos satisface la idea de predicar en el mismo templo, y por eso hacemos intentos de llegar a otros públicos, pero no hemos encontrado la fórmula. Si creemos que nuestra información es útil, tenemos que seguir experimentando.

- ¿Qué medios recomendarías a un lector que quiera seguir lo que pasa en América Latina?

- En El Salvador, Revista Factum y Gato encerrado, dos proyectos relativamente nuevos, hechos por jóvenes, con una actitud increíble. De Nicaragua, Confidencial y Divergentes, otro medio también muy joven.  De Honduras, Contra Corriente. En Guatemala, ahora hay nuevos proyectos que están empezando, pero siempre están Plaza pública Contrapoder. En el resto de países, con el fracaso del modelo industrial, en las redacciones de los medios tradicionales el periodismo narrativo y de investigación fue marginado, y eso ha propiciado la aparición de nuevos digitales creados por periodistas, como IDL Reporteros en Perú, Ciper en Chile, La Silla Vacía en Colombia... También me encanta Radio Ambulante, el podcast de Daniel Alarcón. O Animal Político en México. Y El País América que hace cosas muy interesantes. Luego en Venezuela hay medios que trabajan contra viento y marea: Armando.info, Efecto Cocuyo

Un medio que no tiene claro lo que quiere decir no va a sobrevivir.

- Y, con tu experiencia, ¿qué tres consejos le darías a alguien que quiera fundar un nuevo medio?

- El primero, que tenga claro para qué quiere el medio, el contenido. Un medio que no tiene claro lo que quiere decir no va a sobrevivir. Eso es lo principal: ¿qué te diferencia de los otros? Porque solo sobreviven los que tienen claro qué lugar ocupar en la oferta informativa, no en el modelo de negocio. El segundo consejo, ser riguroso. El periodismo es un método de precisión, y eso implica contar con procesos editoriales de verificación de información. El periodismo no es decir lo que te da la gana. Y por último, ser honesto con los lectores.

- ¿Cómo ves El Faro a cinco, diez años vista? ¿Quizás como un medio centroamericano?

- Ahí ya me respondiste, sí. Desde el principio nos definimos como un medio centroamericano y con vocación centroamericanista. Somos el único medio centroamericano que camina Centroamérica, o buena parte de ella. Ahora instalamos una unidad en Guatemala, yo acabo de volver de Honduras, a donde ahora irá un compañero, Nicaragua está en el radar… Centroamericar implica que desde Guatemala expliques cosas a los guatemaltecos, no solo a los salvadoreños, y esa es la vía que tenemos que seguir.

- ¿Y cómo ves a El Salvador en esos cinco, diez años vista?

- Si no hay un momento de quiebre, esto va para largo. A mí me sorprendió mucho el 15 de septiembre, cuando Bukele tuvo que cancelar los actos del Bicentenario porque hubo la primera protesta masiva contra el Gobierno. Quizás no era una protesta muy numerosa, pero en la manifestación vi muchas banderas nuevas, de jóvenes de colectivos que antes no existían o que no participaban en este tipo de marchas. Sobre todo los colectivos LGTBI y feministas, que además dijeron: “Este no es el momento para reivindicar nuestros derechos, sino de unirnos a una protesta contra una dictadura”. Esto es nuevo, y estas banderas pueden ser el germen de una organización de la sociedad civil, que ahora no existe. Se nos viene una crisis económica tremenda, que no sé qué efectos tendrá en la población, y el bitcoin no ha jugado a favor del Gobierno, porque nadie lo entiende... Bukele ha pasado su peor mes en septiembre. Pero no veo un punto de quiebre cerca, me temo que tendremos de esto para rato.

Editor jefe de COOLT.