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Los campos magnéticos de Pablo Cuevas

Tras dos décadas en el circuito, se retira el mejor tenista uruguayo de la historia, autor de dos de las jugadas más virales de los últimos tiempos.

Buenos Aires
El tenista uruguayo Pablo Cuevas. POOL

La excitante galaxia del tenis alberga planetas, estrellas —fugaces y no— y otros cuerpos menores, como asteroides, meteoros y cometas. Los grandes planetas son la ATP y la WTA (circuitos profesionales de hombres y mujeres) y las estrellas son los Nadal, Djokovic, Serena Williams y Federer, eternas luminarias que con su aura llenaron de placer nuestros necesitados corazones. El resto de los jugadores son esos cientos de piezas, menores y no tanto, cuya gravitación le da forma a la Vía Láctea pero cuya existencia, aun cuando alcancen la excelencia, está destinada a caer en el vacío, el precipicio del olvido.

Hasta allí, la composición y las jerarquías de la glamorosa constelación tenística. Pero, al margen de esos elementos, existen otro tipo de fenómenos cuya presencia es inesperada y, finalmente, indispensable. Son incidentes esporádicos que se comportan como púlsares, breves resplandores que colapsan sobre sí mismos pero que antes emiten flashes de una energía inusitada, lo que hace que se vean como faros en medio del negro infinito del cosmos. Son excepcionales e inolvidables.

Uno de esos incidentes o púlsares ocurrió en la tarde del domingo 5 de mayo de 2019 en la aldea costera de Estoril, 30 kilómetros al oeste de Lisboa, Portugal. Ese día, Pablo Gabriel Cuevas (Concordia, 1986), el mejor tenista uruguayo de la historia, disputó la final del torneo local ante la entonces proto estrella griega Stéfanos Tsitsipas (Atenas, 1998). Durante el segundo game del segundo set, Cuevas —que acaba de anunciar su retiro tras casi dos décadas en el circuito— detuvo el tiempo y colgó su nombre en el cielo de la eternidad. Decir que Cuevas ejecutó un golpe es reducir su arte a la vulgaridad de un acto mecánico. Lo que hizo fue ofrecerle al universo un pequeño instante de genio, un centelleo que, como la poesía, es difícil de explicar pero muy sencillo de reconocer. Véanla si no: es un breve y silencioso stand-up, una efímera obra maestra del engaño en la que se mezclan y se enloquecen los conceptos de lo inesperado, de lo sutil, de lo audaz y hasta de lo absurdo, algo para lo que alta competencia, adicta a la eficacia del alimento procesado, no parece estar preparada.

Punto de Pablo Cuevas contra Stéfanos Tsitsipas en Estoril, en 2019. YOUTUBE

Además de poner en duda la noción de realidad —¿realmente hizo lo que hizo?—, el acto tiene el encanto de la resistencia, pero no de una resistencia cualquiera sino de una resistencia del goce, una resistencia lúdica y desinteresada, ya que Cuevas, que perdió esa final, con su pequeño hito parece enviarle un mensaje a su rival y al mundo: “Vos podrás ganarme, vos podrás pelear por ser una de esas estrellas por las que se maravilla el universo, pero yo soy capaz de inventar algo nuevo, algo que no estaba en los planes de nadie. Soy capaz de provocar una pequeña fractura de la Matrix. Más aún, soy capaz de reírme de todo”.

Pero hay más. Porque ese Everest de creatividad no fue la primera cima a la que Cuevas logró llegar, ya que un tiempo antes, en la primavera europea de 2017, se había trepado a otro pico, con las mismas poleas de Portugal: las de su campo magnético, las de su magia. Fue en Madrid, contra otra estrella emergente, el alemán Alexander Zverev (Hamburgo, 1997), y la respuesta de la audiencia fue la misma: estupor y perplejidad. Lo curioso, lo extraordinario de ambas efímeras y magnéticas microperformances, tanto esta ante Zverev como aquella ante Tsitsipas, es que ocurrieron en el mismo momento del partido y con un resultado —momentáneo— prácticamente calcado: durante el segundo game del segundo set, luego de que Cuevas hubiese perdido 6-3 el primero. De eso, del fin de una larga carrera que incluye, entre otros highlights, un título de dobles en Roland Garros junto al peruano Luis Horna, y de su retiro del circuito profesional conversó el extop 20 del mundo con COOLT. Afable y macanudo, Cuevas charló desde su descanso estival en el balneario uruguayo de Punta del Este.

- Protagonizaste dos de las jugadas más viralizadas del tenis mundial. Además de la enorme cuota de talento que tienen, lo curioso es que ambas fueron ejecutadas en el mismo momento del partido (segundo game del segundo set, cuando habías perdido el primer set 6-3) ¿Lo sabías?

- No, nunca lo había notado y ahora que lo decís me doy cuenta de que fue así. Quizás tengan una particularidad, y es que en los dos yo había perdido el primer set y estaba al borde de... no de tirar el partido, pero bueno, ya estaba como caliente [enojado], más que nada, ¿no? De todas formas, son dos jugadas totalmente diferentes.

- ¿En qué consiste esa diferencia?

- La de Tsitsipas puede ser una jugada que puede gustar, porque es espectacular y es divertida, pero yo tenía otros recursos para hacer. Más que un recurso, es como un lujo. La de Zverev es otra cosa: yo no tenía mucha opción, fue el último recurso. Entonces, con la de Tsitsipas te pueden decir: “Sobraste”. Algunos lo toman bien, porque yo iba perdiendo. Pero la de Zverev, a ver, no tenía otra opción, fui por eso y salió. Es algo que no lo practicás nunca. Va y sale. Y en todo caso salió en ese escenario.

Punto de Pablo Cuevas contra Alexander Zverev en Madrid, en 2017. YOUTUBE

- ¿Son absolutamente espontáneas las dos?

- Sí, total. La de Tsitsipas ni siquiera la hacés en una práctica, en todo caso la usás boludeando en un entrenamiento.

- Cuando se observa esa jugada por primera vez hasta es difícil de entenderla. El espectador común, al que la jugada le llegó por TikTok o Instagram, y que no es aficionado al tenis, se pregunta, ¿le pegó?, ¿no le pegó?, ¿la golpeó con la panza?, ¿Qué pasó?

- De hecho, mucha gente que no está tan metida en el tenis, la ve y no entiende bien de qué se trata y te dice, “ah, vos hiciste esa jugada, sí”, pero de repente no tienen ni idea ni del ranking que tuve, ni si le gané a Rafa, ni nada. Se quedan con eso.

- Nombraste a Rafa y, justamente, tu triunfo ante él en Río de Janeiro, en 2016, fue otro hito en tu carrera. Son pocos los tenistas que lograron ganarle a él en polvo de ladrillo. Además, fue un partido importante, una semifinal. ¿Qué sensaciones te quedaron de ese partido, qué recordás?

- Yo había jugado un año antes y había perdido por poco, y me había quedado como con muchas cosas de ese partido, porque gané el primer set y cuando me vi con posibilidad de ganar, comencé a recriminarme, durante el partido, las posibilidades que iba teniendo y que no concretaba. Eso me llevó a ir frustrándome. Inclusive terminé perdiendo el tercer set 6-0 y prácticamente me fui silbado de la cancha. Al año siguiente, algo que cambié fue la manera de encarar eso, de decirme: “Pará, vas a jugar contra este tipo, y si tenés oportunidades, quiere decir que estás haciendo las cosas bien". Y a decirme también que aun así, él podía quitarme la posibilidad, porque él está acostumbrado a eso, pero que si tenía la chance significaba que iba por el camino correcto. Eso fue un poco lo que me mantuvo, digamos, alejado de la frustración y siempre como en el presente y enfocado en mi juego. Después terminó siendo un partidazo que terminó de madrugada.

- Hablando de Rafa y en relación al circuito, está claro que coincidiste con una época fabulosa del tenis, a la que algunos consideran la mejor de la historia. Pero esa excepcionalidad parece haber cambiado. ¿Es correcto?

- Sí, fue una época con jugadores muy buenos y, sobre todo, muy consistentes, que es lo que los diferencia de los de ahora, porque hoy no están tan establecidos esos jugadores consistentes. Hay tremendos talentos, jugadores que pueden ganar torneos de Masters 1000, pero de repente, si vos mirás quiénes están en los cuartos de final de los Master 1000 y de los Grand Slams, seguramente veas un montón de nombres muy distintos en cada torneo, cuando hasta hace unos años, y durante varias temporadas, eran siempre los mismos. Como jugador, cuando mirabas el cuadro, no encontrabas un lugar donde podías decir: “Uy, por este lado quiero ir, es más fácil”. Porque, además de los más grandes, estaban [David] Ferrer, [Thomas] Berdych, [Kei] Nishikori, [Juan Martín] Del Potro, [Stan] Wawrinka... Había 16 tipos, más o menos, que eran muy, muy, muy parejos. Entonces no daba lugar a que se metan muchos, a las sorpresas.

* * * *

Además de resultar sorprendente o divertido —atributo que comparte con los franceses Benoit Paire y Gael Monflis y el australiano Nick Kyrgios—, para los puristas del tenis, ver jugar a Cuevas resulta, o resultaba, una gratificación especial, por su técnica depurada y su serenidad. Su revés a una mano, al igual que el de los suizos Federer y Wawrinka, sintetiza, de algún modo, el charme y la pureza del deporte blanco. Decían del delantero inglés Jimmy Graves que anotaba goles como si cerrara la puerta de un Rolls Royce: con suavidad, elegancia y poco ruido. Así es el revés de Cuevas, y así también era el de su inspirador, el tenista a quien el uruguayo no solo le copió los golpes, sino también los movimientos lánguidos para caminar y desplazarse en la cancha: el inefable Gastón Gaudio, “El Gato”, el taciturno y a la vez explosivo campeón de Roland Garros de hace dos décadas, miembro destacado de una camada inigualable de tenistas argentinos.

- ¿Qué jugadores tenías de referencia cuando eras más joven? ¿Cuáles eran tus modelos?

- Más que nada me identificaba con la personalidad y no tanto con el juego. Por ahí no coincidían tanto en el juego, como pueden ser Gaudio y [Carlos] Moyá, pero me gustaban, como te digo, sus personalidades. También Marat Safín y “Guga” Kuerten. 

- ¿Y te dijeron alguna vez, que caminabas y que tenías un estilo de moverte parecido al de Gaudio?

- Sí, más de una vez me compararon con él. Incluso Franco David [exentrenador de Gaudio] me ha dicho que físicamente yo era muy parecido a Gastón. Y, de hecho, de esos cuatro que te nombré, fue con el que más compartí y con quien más entrené.

- Gaudio, justamente, fue también un ejemplo de lo que las presiones en el tenis pueden lograr en un jugador. Eran antológicos sus gritos en la cancha y así como ganó grandes partidos perdió algunos increíbles con gente de muy bajo rating. En ese sentido, suele repetirse una frase que asegura que el top 100 tiene miedo a ganar, y el top 10 tiene miedo a perder. ¿Pasa eso?

- Sí, totalmente. Me la han dicho esa frase. Creo que fue la polaca, [Iga] Swiatek, no hace mucho, que cuando terminó con esa racha impresionante de triunfos, dijo algo así como: “Ya no estoy saliendo a ganar, estoy saliendo a no perder”. De hecho, también otra cosa que se dice mucho es que a los buenos es mejor enfrentarlos en la primera y segunda ronda, porque tienen una responsabilidad enorme. En los torneos grandes, en los que no estás para salir campeón, si perdés en la primera ronda es un desastre, si perdés en la tercera ronda empieza a estar más o menos bien, y si perdéis en cuartos de final ya está, cumpliste, hiciste las cosas bien. Y ahí te liberás un poco más. Recuerdo en mi primera semifinal del torneo de Hamburgo, creo que llegué a tener ventaja en el set definitivo. En la cancha, arriba de todo, estaban escritos los nombres de los últimos campeones: Federer, Nadal, [Guillermo] Coria, [Thomas] Muster. Me pasó de mirar eso y empezar a pensar de más y a darte cuenta dónde estás, dónde llegaste.... Y no digo que te paralizás, pero pensás de más y no jugás al nivel que venís jugando.

Cuevas, en Roland Garros, en 2020. EFE/JULIEN ROSA

- Cuando observás o cuando te enterás de casos como el de Mardy Fish, jugadores top que no pueden soportar la presión y que tienen ataques de pánico y demás, ¿podés llegar a entender por qué sucede? ¿Podés decir: Bueno, sí, claro, este es un deporte donde hay mucha presión, donde la cabeza juega un rol decisivo”?

- Seguro. Cada uno con su nivel y con diferentes escalas. Me acuerdo que, con 16 años, si me decían que iba a estar dentro de los top 100, firmaba; pero si te imaginabas al 50 del mundo, decías: “Uy, qué lindo debe ser, porque no tenés presión”. Y cuando estás top 50 decís: “Uy, qué lindo debe ser estar top 20”. Y cuando vas cumpliendo cada objetivo, te vas dando cuenta de que es al revés, de que aumenta todo. Probablemente tengas más herramientas para manejar la situación, y hasta hayas podido generar una atmósfera para no caer tanto en ese problema, pero sin duda que tenés más presiones porque, por caso, empezás a tener más notas, la prensa está mucho más atrás tuyo; los contratos tienen otros números, entonces no los querés perder; te tenés que comportar mejor, etc. Empieza a haber muchísimo más compromiso y mucha más presión, y todo el mundo empieza a esperar mucho más de vos. No se espera lo mismo del 100 del mundo que del 20 y es real que lo que se espera del número 1 es mucho. O sea, uno lo ve a [Carlos] Alcaraz y se olvida de que tiene 19 años o 20, y como ya ha demostrado tanto, decís: “¿Cómo que perdió en cuartos de final? Y esa presión sin duda la siente el jugador, independientemente de la edad.

- Siendo el tenis un deporte individual y tan competitivo, ¿hay espacio para hacer amigos en el circuito o, al menos, buenos compañeros de ruta? ¿Cómo fue tu experiencia en ese sentido?

- Me pasó un mix de todo. Primero, que en el momento que me introduje en el circuito, era el único uruguayo y caí en un momento en el que estaba la famosa legión argentina. El uruguayo, como el brasileño y el argentino, siempre cae bien. Me apadrinó un poco toda esa camada. De todas maneras, siendo un deporte individual y al no haber empate, eso hace que por ahí el vínculo no sea tan genuino, que todos terminen escondiendo un poco las cartas. Por más que había buena onda y nos juntábamos con casi todos los argentinos, y salíamos a cenar y había mesas grandes, todo es más superficial, no es tan profundo. Cuando uno está mal por algo, sea que le duele la rodilla o está afectado porque se peleó con la pareja, no preguntás mucho, porque el otro seguro no te quiere contar, porque probablemente todos los que están en la mesa, si uno gana el partido, se enfrentarán en la siguiente ronda, y si no es en la siguiente, es en el próximo torneo.

- Hablaste de deporte individual, y tengo entendido que practicás otro que además de individual tiene toda una filosofía detrás, como el surf. ¿Qué te aporta el surf? ¿Competirías ahí?

- Es un deporte difícil que me atrae mucho. Siempre me gustó el agua, y encuentro relajación ahí. No miro un campeonato de surf en la computadora ni de casualidad ni se me ocurre anotarme en un campeonato de surf. Ahora estoy haciendo kite también, pero son pasatiempos con los que me divierto.

- También estás jugando al pádel...

- El pádel es el único deporte colectivo que estoy jugando. Por ahora me divierte bastante. Encuentro más gente con quien jugar acá en Uruguay. Obviamente es el más parecido al tenis y por eso mismo, sí, soy más competitivo.

- ¿Cles son tus planes ahora?

- Tengo dos hijas, de nueve y de seis años, y las dos me reclaman bastante, así que ya no voy a viajar tanto. El tenis me enseñó muchísimo y me encantaría poder transmitir esas enseñanzas a los jóvenes, sobre todo a los que realmente tienen intenciones de jugar. Me gustaría encontrar chicos que tengan las mismas o en verdad más ganas de las que yo tenía cuando tenía la edad de ellos. Estamos arrancando una academia, muy de apoco, con Facundo Savio, que era mi entrenador. Ya tenemos siete chicos y de a poco vamos creciendo. Además de eso, también estoy metiéndome en el mundo del real estate, que aquí en Uruguay tiene mucho potencial.

- ¿Siempre en Uruguay?

- Sí, en Montevideo. Muy cerquita de Punta del Este, de Rocha. Aquí las distancias son otras, el tráfico es otro, y es fácil escaparte a la playa.

Periodista y escritor. Editor jefe de la revista digital La Agenda y colaborador de medios como La Nación, Rolling Stone y Gatopardo. Coautor de Fuimos reyes (2021), una historia del grupo de rock argentino Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, y autor de la novela Teoría del derrape (2018) y de la recopilación de artículos Nada sucede dos veces (2023).