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Brasil y el fracaso de la tercera vía

La derrota de Ciro Gomes en las elecciones presidenciales brasileñas evidencia las dificultades que afronta el centrismo en América Latina.

Mural sobre las elecciones en Brasil, en una calle de São Paulo, el 2 de octubre de 2022. EFE/ETTORE CHIEREGUINI

Ni la carrera de Lula da Silva, agitador sindicalista de la metalurgia en su juventud, ni la de Jair Bolsonaro, militar repelido que fue a parar a la política por falta de alternativas laborales, tenían tantos visos de culminar en la presidencia de Brasil como Ciro Gomes, político veterano acostumbrado a ganar. 

A los 33 años, edad en la que Lula aún no había fundado el Partido de los Trabajadores (PT) y Bolsonaro no había entrado en la política, Gomes ya se convertía en el gobernador de Ceará, el segundo más joven de la historia del país. Educado, de carrera meteórica y hasta hace no mucho respetado por brasileños de las ideologías más opuestas, el actual líder del Partido Democrático Laborista (PDT, de sus siglas en portugués) se presentó a las elecciones presidenciales del pasado 2 de octubre como la tercera vía ante la polarización que representan Lula y Bolsonaro, dos líderes carismáticos acusados de comunismo y de fascismo respectivamente por sus contrincantes.

Fracasó más que nunca: quedó en cuarta posición.

Sobre el papel, la fórmula, sumada al carisma y buena oratoria del candidato en cuestión, tiene todas las de ganar. Un conservador que votó a Bolsonaro solamente por quitar del poder a un PT asociado a la corrupción, pero que está decepcionado por la deriva ultra del exmilitar sería a priori votante de Ciro Gomes. Un votante progresista a quien los escándalos de corrupción alejan del PT, también. 

Ciro Gomes, tras votar en las elecciones presidenciales del 2 de octubre, en Fortaleza. EFE/JARBAS OLIVEIRA

Una Latinoamérica polarizada

Pero la “tercera vía”, expresión que popularizó el presidente británico Tony Blair en los años noventa para darle un tinte más liberal a la socialdemocracia sin llegar a los extremos del thatcherismo, no parece estar de moda en América Latina.

La investigadora sénior en Latinoamérica por el CIDOB, Anna Ayuso, reconoce que “hay una tendencia” a la polarización en el continente, pero, sobre todo, “a un desgaste de los partidos tradicionales, que es la que deriva en esa polarización”.

Así, en Perú, el populismo rural de Pedro Castillo venció a Keiko Fujimori, heredera de la derecha escorada o casi extrema del fujimorismo, después de una fragmentación de voto en el primer turno que no dio más del 15% a ninguno de los dos candidatos y de una “desaparición de la oferta de centro”.

En Chile, las últimas elecciones también se decidieron entre dos movimientos “que no provenían del statu quo”, apunta Ayuso: por un lado, la ultraderecha liderada por José Antonio Kast. Por otro, la nueva izquierda representada por Gabriel Boric, que alcanzó la presidencia tras superar a una izquierda tradicional aliada con los democristianos. 

Parece pues que el centrismo que años atrás llevó al éxito a presidentes como el colombiano Juan Manuel Santos o el brasileño Fernando Henrique Cardoso se ha quedado sin opciones ante un electorado que premia los discursos rurales u obreristas, que buscan arrastrar votos conectando con las clases populares.

Esto castiga a las corrientes más moderadas, vinculadas a una socialdemocracia que en Europa aún tiene cierto peso. Así, en Colombia han sufrido el mismo destino que Ciro Gomes hasta tres candidatos con carreras políticas ejemplares como son Fico Gutiérrez y Sergio Fajardo, ambos forjados en la alcaldía de Medellín, y Humberto De la Calle, hombre clave en las negociaciones por la paz con las FARC. Nada pudieron hacer en la pugna entre el populismo trumpista de Rodolfo Hernández y la izquierda reformista de Gustavo Petro.

En México, el populismo de Andrés Manuel López-Obrador ha roto el bipartidismo de centroderecha del país, mientras que en Argentina tan solo el kirchnerismo pudo tumbar al expresidente Mauricio Macri, muy escorado a la derecha. Allí, no obstante, Ayuso cree que “sí que se ha impuesto una tercera vía”, con el discurso más templado de Alberto Fernández, aunque sea dentro del partido de Kirchner.  

Castigo a la equidistancia

De nuevo en Brasil, tan solo 3,6 millones de los 118 millones de votos válidos optaron por Ciro en el que era su cuarto intento por alcanzar la presidencia. Es su peor resultado después de haber obtenido 13 millones de votos en 2018, 10 millones en 2002 y 7 millones en 1998, sus otros tres intentos con tendencia ascendente que prometían una consolidación ante los dos líderes más carismáticos pero también más odiados del país. 

Esta vez, a Ciro le adelantó en velocidad fulgurante la candidata del Movimiento Democrático Brasileño (MDB), Simone Tebet, desconocida hasta la campaña pero con una firmeza y una oratoria que le han disparado hasta los 4,9 millones de votos en la tercera posición, bastante por encima de Ciro. Ambos, Tebet y Ciro, declararon el pasado miércoles que apoyarán a Lula en la segunda vuelta, prevista para el 30 de octubre. 

Habrá que ver “si los votantes de estos candidatos se posicionan igual”, apunta el politólogo brasileño Ricardo Ismael, quien cree que Bolsonaro y Lula se dedicarán ahora a “hablar para conquistar al votante de centro” de cara al segundo turno. En el primero, cree que pudo haber más votos de Ciro que se transfirieron a Bolsonaro que a Lula, aunque Gomes perdió tanto fuelle porque “la estrategia de Lula fue dirigir sus ataques hacia él” y porque el líder del PDT “no consiguió encontrar un discurso y un lugar claro en medio de esta polarización”. 

Ricardo Ismael recuerda que, entre los años noventa y hasta 2014, “la polarización en Brasil era entre el PT y el Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB), que era un partido más de centro, pero este último está en declive y ni siquiera ha conseguido presentar a un presidenciable, mientras que la derecha de Bolsonaro ha ocupado su lugar en la polarización”. 

El PSDB, partido autodenominado socialdemócrata, gobernó a la práctica como un partido de centro-derecha, que es como la gran mayoría de votantes, sobre todo de centro y de izquierda, lo consideran. Es una muestra entre muchas otras de partidos latinoamericanos fundados con esencia izquierdista, pero cuyo ideario a día de hoy poco tiene que ver con siglas revolucionarias o socialistas y se han convertido en grupos hegemónicos que, en función del líder de turno, se mueven siempre en el espectro centroderechista. 

Una mujer vota en la primera vuelta de las elecciones brasileñas, en Fortaleza, el pasado 2 de octubre. EFE/JARBAS OLIVEIRA

La equidistancia de Ciro ya ha sido castigada en redes sociales por las izquierdas brasileñas. La frase “Lula se ha quedado a un Ciro Gomes de vencer en el segundo turno”, que utilizaron los periodistas de Globonews, resume bien el sentimiento de los votantes del PT, que a medida que han ido viendo cómo Ciro equiparaba al candidato de izquierdas con el de ultraderecha en los debates se han ido encendiendo cada vez más. Mientras gran parte de la izquierda le pedían que se retirara para que Lula pudiera vencer en primera vuelta, él calificaba esta actitud como “fascismo de izquierdas”. 

Los defensores de Lula han venido recordando a Ciro que el expresidente fue absuelto de sus delitos de corrupción por falta de pruebas, así como el innegable legado de su mandato en el reconocimiento de las minorías, la apuesta por la educación y el combate a la pobreza. Legados todos ellos que, en el caso de Bolsonaro, se reducen a bravuconadas, negacionismo durante la pandemia y una permisividad insólita con la destrucción del Amazonas en el peor momento de la emergencia climática. 

De niño prodigio a candidato estancado

La web de Ciro Gomes muestra la biografía de un niño crecido para destacar entre el resto, hijo de profesores y educado en escuelas públicas, que con 15 años viajaba a Portugal después de ganar un concurso de redacción sobre la vida y obra del mítico poeta del siglo XVI Luis Camoes. Vinculado a la izquierda católica y número uno de su promoción cuando llegó a estudiar Derecho, a los 23 años ya era profesor en la Universidad; un año después, diputado del estado de Ceará; y con 31, alcalde de Fortaleza, capital de dicho estado. 

Antes de acabar el mandato en la ciudad, ya era gobernador, y proyectos como un canal para garantizar el abastecimiento de agua en una región muy seca o la lucha firme contra la mortalidad infantil mientras el PIB del estado estaba en crecimiento le valieron numerosos reconocimientos internacionales de las Naciones Unidas. Incluso llegó a figurar entre los 100 líderes emergentes más destacados según la revista Time

Ciro Gomes estudió economía en Harvard en los noventa, ha escrito novelas en sus ratos libres y fue ministro de Hacienda en el primer gobierno de Lula. Presume de no tener mácula de corrupción en sus 40 años de vida pública. Sin embargo, en su empeño por alcanzar la presidencia, no hay título académico ni proeza política que haya podido luchar contra el magnetismo de dos candidatos que nunca fueron a la Universidad, pero que arrastran con fervor a un voto cada vez más polarizado. 

Periodista. Ha sido corresponsal freelance en Brasil para medios como El Mundo, La Tercera y Revista 5W. Actualmente colabora con Eldiario.es y Ara.