El Toro y la ‘Nada’

Por primera vez, Robert De Niro actúa en una serie para televisión. Lo hace junto a Luis Brandoni y bajo la dirección del binomio argentino Cohn-Duprat.

Luis Brandoni y Robert De Niro, en la serie 'Nada', de Gastón Duprat y Mariano Cohn. STAR+
Luis Brandoni y Robert De Niro, en la serie 'Nada', de Gastón Duprat y Mariano Cohn. STAR+

El idilio entre Robert De Niro y Buenos Aires nació en febrero de 1981, lejanos tiempos de plata dulce argentina en los que el actor nacido en Nueva York bajó hasta estas playas para promocionar la película Toro salvaje. En el frenesí de aquel viaje iniciático, De Niro, ya un cómodo integrante del Olimpo artístico universal, no dejó tópico rioplatense por recorrer: se entregó de cuerpo y alma a los sensuales compases del tango, admiró la calidad del teatro alternativo, disfrutó de los hidratantes beneficios de la carne vacuna y atravesó con éxito la experiencia del tumulto físico, ese precipitado despliegue de hormonas a través del cual los argentinos nos convencemos de que de ese modo se demuestra el cariño. Acaso impulsado por su sensibilidad italiana, el protagonista de Taxi driver quedó sorprendido por el aire cosmopolita de la ciudad, pero más aun por la escenificación de uno de sus atributos más elocuentes, la capacidad para establecer vínculos de amistad entre los visitantes y su gente. En aquel efímero y relampagueante contacto, De Niro conoció a Lito Cruz, un notable actor local que, al poco tiempo, le presentó a otro colega, Luis Brandoni. Cruz falleció, pero De Niro y Brandoni desarrollaron una amistad que ni el tiempo, la distancia o la diferencia idiomática —entre ambos hablan un italiano ad hoc— lograron interrumpir.

Toda esta introducción es necesaria para explicar una excepcionalidad, la que tiene como protagonistas a todos ellos, o sea, a Buenos Aires, la actuación, Brandoni y De Niro. Un poco por su amor a la ciudad, otro tanto por su amistad con Brandoni y bastante más porque lo excitó la propuesta (es decir, el guion y el proyecto), el legendario actor estadounidense aceptó trabajar por primera vez en su carrera en una serie, Nada, que se filmó en Buenos Aires, contó con una producción netamente local y se estrena este 11 de octubre en Latinoamérica a través de Star+ y en Europa vía Disney+.

Es entonces que ingresan en la escena los socios creativos Gastón Duprat y Mariano Cohn, dupla artística argentina que dirige el proyecto y que en los últimos 10 años se ha convertido, con sus films, en una microindustria de las pantallas. Tras el éxito de algunas de sus películas, sobre todo de El ciudadano ilustre y Competencia oficial, Cohn y Duprat firmaron un convenio con Disney para producir y dirigir contenidos audiovisuales. De ese acuerdo surgió la idea de llevar adelante Nada, la serie en la que el protagonista, interpretado por Luis Brandoni, es un erudito, obsesivo y refinado crítico culinario que, a punto de publicar un libro, aspira a que un viejo amigo, a la sazón estrella mundial de la literatura, venga a Buenos Aires a presentárselo. Ese viejo amigo no es otro que Robert De Niro, claro, que acepta la propuesta y, en los últimos capítulos, se convierte en el compañero de aventuras porteñas de un protagonista que, además, es un arquetípico exintegrante de la oligarquía vernácula, un dandy cuya lenta decadencia es irreversible.

Fue así que en mayo de 2022 el protagonista de Cabo de miedo, El francotirador y muchos otros films memorables llegó al país en un avión privado junto a su esposa e hija para ponerse a las órdenes de esos dos jóvenes cineastas. “Desde el principio habíamos pensado ese rol para Robert De Niro”, simplifica Gastón Duprat (Bahía Blanca, 1969) ante COOLT, mientras toma algo en un bar de Saavedra, uno de los tantos barrios de Buenos Aires que, durante septiembre, se satura con los aromas del lapacho y el ceibo, los árboles primaverales de la ciudad. “Lo cierto es que cuando hablamos con allegados, descubrimos que nunca en tantos años de carrera había aceptado hacer una serie, aunque se lo pidieron los nombres más importantes del mundo. Siempre dijo que series ‘no’. Sin embargo, tenía una suerte de amistad con Brandoni, y había venido a Buenos Aires hace 40 años y la había pasado bien. Sumado a eso, logramos que viera nuestras películas, El hombre de al lado, El ciudadano ilustre y Mi obra maestra. Le gustaron, y también le gustaron a Brandoni. Entonces empezamos a aproximarnos más; tuvimos muchas conversaciones, zooms, charlas, encuentros, arrimando a la situación. No era fácil, porque tenía que aceptar no ser el protagonista y, además, actuar en una serie que no era estadounidense, sino en una serie local que se filma en Argentina”.

Tráiler de la serie 'Nada', de Gastón Duprat y Mariano Cohn. YOUTUBE

El primer encuentro fue por Zoom y tuvo una emoción especial: los amigos actores hacía años que no se veían las caras. Las agendas cargadas —sobre todo, claro, la de De Niro— habían imposibilitado el reencuentro. La última vez que habían coincidido había sido en Nueva York, a fines de los años noventa, cuando Brandoni filmó en esa ciudad Made in Argentina. En ese entonces, enterado fortuitamente de la presencia del argentino allí, la estrella de Hollywood los invitó a él y a su mujer, la actriz Marta Bianchi, coprotagonista del film, a pasar Navidad en su casa junto a su esposa. El vínculo continuó a la distancia. “No se veían desde hacía décadas. Se entienden con un italiano cocoliche, como un idioma de ellos. La verdad es que la cosa fluyó. Él leyó todo el guion, e hizo muchísimas devoluciones. Si bien su personaje era pequeño, su rol es importante porque es el narrador de toda la serie. Son cinco capítulos y él aparece en el capítulo cuatro por primera vez y es el coprotagonista del cinco, además de haber narrado toda la serie durante todos los capítulos. Hizo escenas buenísimas, de mucha actuación”.

- Es una presencia habitual en el cine de ustedes, que haya elementos de la ficción específicos que provienen de la realidad.

- Sí, hay una réplica un poco de la amistad de ellos en la serie, bajo otras formas. Cada uno hace personajes de ficción, que un poco remiten a la historia de ellos.

- ¿Cómo fue el impacto para ustedes y el resto de los protagonistas? No es común estar frente a un actor de esa jerarquía...

- Muchos de los actores que participaron en la serie se impactaban un montón al verlo, es el número uno. Pero Brandoni, en cambio, no. No tenía ningún prurito con él. Estaba muy seguro de su trabajo.

- ¿Y De Niro desdramatizaba, le quitaba solemnidad a su presencia?

- Sí. Es más, después de una larga escena, le dijo a Brandoni: “Buenísimo Luis”. Estaba también impactado por su nivel actoral. Brandoni es un actor tremendo, tiene una voz y una presencia terribles. Es un actor del tipo emotivo, en cambio De Niro es un actor más frío y más técnico. Son dos registros muy diferentes. De algún modo ellos tenían que igualar un poco sus cualidades actorales. Uno subir y el otro bajar, hasta estar en un nivel similar. Tienen métodos muy diferentes, pero la pasaron bien y nosotros escribimos escenas para que puedan divertirse al actuar.

Fotograma de la serie 'Nada', de Gastón Duprat y Mariano Cohn. STAR+
Brandoni y De Niro discuten en Buenos Aires, en la serie 'Nada'. STAR+

- Y para ustedes, ¿cómo fue darle indicaciones u órdenes a un mito viviente que encima los dobla en edad?

- Nosotros tenemos la ventaja de que no somos cinéfilos. No hago alarde de eso, no me parece ni bueno ni malo, simplemente no soy un gran consumidor de cine, la verdad. Series tampoco veo. Repito: no lo digo como algo positivo, eh. Veo películas, sí, algunos autores que me gustan, pero no estoy al tanto de todo. De De Niro, por ejemplo, no vi muchísimas películas suyas, te diría que la mayoría. Pero bueno, el actor necesita, sea él u otro, que el director le transmita seguridades. Seguridades estéticas, artísticas, narrativas. Todo el tiempo. Nosotros somos estudiosos, no es que no sabemos qué vamos a hacer. Eso fue bueno para él. El actor, por más que sea una figura, puede caer bajo las órdenes de un director inestable emocionalmente, o malo, o que está equivocado... Es muy solitario el trabajo de director. Se equivoca y sigue, sigue, es como un método, un sistema vertical. Nosotros, en cambio, tenemos un método mucho más consensuado con nuestro equipo, hablamos todo, es más democrático si querés. Entonces, no hay un “porque sí”, no existe eso; todo tiene su debate atrás, no digo que eso sea el mejor método, pero es el nuestro, después de haber estudiado y discutido mucho. Entonces eso al actor le da mucha seguridad, porque cuando pregunta “¿cómo es esto?, ¿no deberían hacer tal cosa?”, nosotros siempre tenemos una respuesta. Y en todo caso se debate. Tenemos un equipo muy bueno, de guionistas, asistentes de dirección, todos muy calificados.

- Volviendo a De Niro, él además mantuvo un perfil bajo durante toda su estadía.

- Sí, por suerte. Él venía al rodaje, no se quejaba para nada del horario, estaba a disposición total, tenía una actitud muy humilde, de sentarse a esperar en una sillita, súper respetuoso en el buen sentido con los otros actores, de ayudarlos, sobrio, pero sin hacer demagogia. No habla de sus películas ni tampoco le preguntamos sobre sus hits y demás. No le hicimos ni una sola pregunta de sus películas. Ni un pedido de foto, nada. Se sintió muy cómodo con eso. Estaba muy concentrado. Un día dijo que le gustaría ir al Museo Nacional de Bellas Artes, así que fuimos con él, con Brandoni, y con Andrés, mi hermano, que además de ser guionista de la serie es el director del Museo. Después fuimos a tomar algo a un bar y charlamos de política, de su padre, que era artista y que ya murió, pero que él lo trata de honrar y promocionar.

Duprat confiesa que la tarea fue titánica, no tanto en términos del desafío artístico —aunque también—, sino más bien en el sentido de la responsabilidad ante tamaña estrella. Eso lo estresó: recién logró relajarse cuando vio que el avión, con De Niro a bordo, trepaba las espaldas del cielo y lo devolvía a su patria. No bien llegó a Estados Unidos, el actor de El Padrino II se contactó con ellos para repetirles que la experiencia había sido muy grata y que estaba muy contento con el resultado. No fue una declaración al paso, ya que a los pocos meses, en ocasión del estreno de la película Ámsterdam, consultado sobre con qué director le gustaría volver a actuar, el hombre que estuvo bajo las órdenes de gigantes como Martin Scorsese o Francis Ford Coppola declaró que le gustaría hacerlo “con dos directores maravillosos y un gran equipo de guionistas con los que trabajé en la Argentina”.

Tal fue la comodidad de De Niro en el set que se puso al servicio de la causa como si fuera un meritorio. Es decir, se subordinó por completo a las demandas a veces desmesuradas de la actuación moderna. Hubo escenas que tuvo que repetir 30 veces (sí, 30 veces) y lo hizo sin ofrecer ni un mínimo mohín de reparo. “Tuvo otro gesto también, que fue que, como tenía el avión de vuelta preparado para las siete de la tarde de un día específico y justo tenía una escena a las cinco, le sacamos esa secuencia y la reemplazamos por otra cosa, total sabíamos que narrativamente se podía evitar. Todo para que él pudiera bañarse antes de irse y llegar tranquilo. Cuando se dio cuenta de que la agenda de filmación se había modificado, preguntó la razón y, cuando le dijimos el motivo, dijo que de ninguna manera, que la quería hacer, que atrasaba todo. Fue muy solidario y muy inteligente para hacer preguntas y entender exactamente el personaje que estaba haciendo. Lo que fue realmente clave fue que le gustaron las películas nuestras. De Competencia oficial le gustó mucho lo actoral, el trabajo de los tres, de Óscar Martínez, Penélope Cruz y Antonio Banderas”.

Rodaje de la película Competencia oficial, de Mariano Cohn y Gastón Duprat. MANOLO PAVÓN
Gastón Duprat, Antonio Banderas, Penélope Cruz, Óscar Martínez y Mariano Cohn, en el rodaje de 'Competencia oficial'. MANOLO PAVÓN

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El kilómetro cero de la aventura Cohn-Duprat se remonta a mediados de los años noventa, cuando la televisión local, en términos de contenido, todavía estaba en el medioevo. Existían tan solo un puñado de canales y la palabra plataforma remitía, únicamente, a algún dispositivo vinculado a la mecánica o a las aeronaves. Las series eran programas enlatados y sin alma que llegaban desde los Estados Unidos y la experimentación no formaba parte del menú cultural, no era algo aceptado. Audaces y dueños de un lenguaje que se probaba como nuevo, la dupla, después de un inicio en el videoarte, sacudió la escena local con un ciclo que hoy es de culto y que fue la piedra sobre la que se fundó el contenido alternativo o de bajo presupuesto local, Televisión Abierta (1999). Contemporáneos a los nerds que en la penumbra de un garaje de Sillicon Valley iniciaban una revolución tech, dos veinteañeros con una mochila y un micrófono inventaban un género, el de la interacción en vivo de las audiencias. Todo dentro de un formato que era una suerte de híbrido entre documental bizarro y magazine participativo en el que los protagonistas —que a su vez eran parte del público— se exhibían sin tapujos o exhibían sus privacidades. Era un espacio libre, casi un salto al vacío que prescindía del atributo del pudor, una suerte de estado germinal de la comunicación del siglo XXI en el que podría rastrearse el gen de las redes sociales y hasta ciertos códigos y alguna estética del streaming.

Sin concurrir a escuelas de cine, sin ser cinéfilos y ni siquiera fans de la filmografía de directores prestigiosos, la dupla, tras pasar por el canal Much Music, se lanzó a hacer películas. Fue luego de conocer al empresario Fernando Sokolowicz, propietario del diario Página/12, entre otros medios, habitual inversionista de proyectos audiovisuales. Cohn-Duprat comenzaron a armar equipos de trabajo que incluían a los hermanos de ambos. El primer largo que hicieron, El artista (2008), presenta algunos de los tópicos y obsesiones que mantendrían a lo largo de su carrera: una permanente interpelación al mundo del arte, un abordaje irónico y desolador sobre sus formas antojadizas, su dinámica y argot snob, su solemnidad y sus absurdos. El hilo conductor son siempre personajes algo ambiguos y resbaladizos; en este caso, un enfermero que se adueña de la obra de un pintor postrado e ignoto a quien atiende, la consecuente presentación y exhibición de esos cuadros, y la repentina consagración.

Fotograma de la película 'El artista, de Mariano Cohn y Gastón Duprat. ALEPH MEDIA
'El artista', la primera película de Mariano Cohn y Gastón Duprat. ALEPH MEDIA

Esa mirada se repite y se potencia en El hombre de al lado (2009), film que los lanzó a la consideración nacional en el que Rafael Spregelburd (Leonardo) interpreta a un diseñador fetichista que es el paroxismo de lo snob y cuyo temperamento arrogante y egocéntrico resulta funcional para el mundo burgués en el que se mueve, pero entra en fricción cuando se enfrenta a lo inesperado. Lo inesperado es un vecino (Daniel Araoz) que representa su némesis: tiene gustos populares, es charlatán y desborda testosterona callejera. El duelo es inevitable. Ahí es donde aparece otro de los filos más punzantes de la personalidad artística de la dupla: su tenacidad para abordar una y otra vez algunos aspectos de la miseria humana, proyección que siempre es acompañada o bien por un lado más luminoso, para hacer tolerable la obra, o bien por el humor grotesco, aparición que también tiene el mismo objetivo: alivianar el drama que inevitablemente ocurrirá.

Multipremiado y taquillero, El ciudadano ilustre (2016), tercer largometraje del binomio, también es una comedia negra y es el que más sinsabores y satisfacciones les trajo. Las tribulaciones comenzaron en la filmación misma: se asociaron a un productor que, cuando estaban por iniciar el rodaje, se fugó llevándose dinero, ilusiones y promesas. Cohn-Duprat volvieron con Sokolowicz, que no pudo darles más que un tercio del presupuesto primitivo. En medio de esa tempestad, decidieron lanzarse de todas formas al océano de incertidumbre que implica hacer cine en esas condiciones, con una tripulación ansiosa, esperando órdenes y buenas decisiones. Filmar fue un infierno: no tenían equipo técnico, lo que determinó que Cohn se cargara la cámara alquilada al hombro y que Duprat fuera quien sostuviera la caña del micrófono de ambiente. El resultado fue sorprendente, porque la película suplió sus carencias estéticas —como las limitaciones de iluminación— con ingenio, actuaciones deslumbrantes y una trama poderosa y provocadora, que también generó controversias.

En la película Óscar Martínez asume el rol de un célebre escritor (Daniel Mantovani) que obtuvo el Nobel de literatura, reside en España y regresa, después de 40 años, al pueblo en el que nació (Salas), en el interior profundo de La Pampa argentina. Lejos de sentirse una suerte de hijo pródigo que regresa a su pago, Motovani  —que, como muchos personajes de la dupla, es fóbico, algo neurótico y elitista— está incómodo con la situación desde un comienzo. También como en El hombre de al lado, en la trama emerge un coprotagonista antitético, Antonio (Dady Brieva), un viejo amigo que se quedó allí y que, por su carácter expansivo y su turbia energía, parece una amenaza para la tranquilidad de Montovani, del pueblo y de la película en sí.

Recurrente en la obra del binomio, El ciudadano ilustre es un cine de contrastes, de antagonismos culturales que son exacerbados —y burlados— para producir o bien hilaridad o bien su adverso, un sinsabor espeso e incómodo. Montados sobre la sátira y el disparate, se exhiben y se florean algunos de los escalafones más bajos del temperamento humano, aquello que se produce de la colisión entre un narrador elitista, orgulloso de su condición de hombre de mundo, con los habitantes de una atmósfera anquilosada, una aldea plebeya y kitsch.

Esa decisión, esa toma de posición en el argumento, que en el mundo fue celebrada obteniendo galardones de renombre como el Premio Goya a la Mejor Película Iberoamericana y la Coppa Volpi, en el país le valió algunas críticas severas y hasta cierta pretensión de adscribir al cine de la dupla dentro de un casillero específico del tablero ideológico local. En medio de una sociedad crispada y polarizada, y hasta saturada de sobreinterpretaciones, algunos de los integrantes del círculo rojo de esa batalla, enrolados en el peronismo, se animaron a tachar al cine de la dupla como neoliberal, y a ligarlo al naciente Gobierno de derecha de Mauricio Macri.

“La película armó un gran revuelo —recuerda Duprat— y muchos quedaron ofendidos. Hubo gente que se sintió herida porque lo popular, el pueblo, aparecía matizado en cuanto a sus actitudes, a veces eran extorsionadores, y demás. Hubo una actitud una poco corta, a mi entender, como solo pudiendo aceptar esa mirada de que la gente humilde o de pueblo es buena, y punto. Los malos son los otros, y listo, terminó el asunto”.

- Todo lo contrario de lo que pasó en el exterior, donde fue muy premiada. Un poco lo que sucede en la trama, cuyo protagonista es una celebridad planetaria pero en su pago chico tiene resistencias.

- La película fue muy exitosa en todos lados y fue como una apertura nuestra a la cosa más internacional, nos abrió muchas puertas. Acá hizo un pequeño taquillazo, para el tamaño de la película, hizo 700.000 espectadores, pero en el mundo tuvo como 3 millones de espectadores. Se estrenó en 45 países, tiene 50 premios internacionales en todos lados. Es una película muy artesanal, que hicimos de forma muy rudimentaria, casi sin luces.

Fotograma de la película 'El ciudadano ilustre', de Mariano Cohn y Gastón Duprat. ALEPH MEDIA
'El ciudadano ilustre', un éxito internacional de la dupla Cohn-Duprat. ALEPH MEDIA

Ya con un presupuesto en euros, el último hit del binomio fue otra comedia dramática, esta vez filmada en Madrid, Competencia oficial (2021). Una vez más, la dupla escruta y se mofa del negocio del arte, esta vez en el interior de una filmación y de los antojadizos manejos de una directora, Lola Cuevas (Penélope Cruz), tan ensimismada como afectada. Sus partenaires son dos actores que —una vez más— son el yin y el yang del arte y de la vida, el aparentemente superficial Félix Rivero (Antonio Banderas) y el “profundo” y falsamente modesto Iván Torres (Martínez).

- Uno podría decir que hay hasta una especie de misantropía en el cine de ustedes, algo que aparece en Competencia oficial, por ejemplo. El papel de Óscar Martínez es el de un artista que termina mostrando un costado grotesco y miserable.

- Claro, es el típico personaje que se pregunta "¿cómo no me van a ver al teatro?”, o cosas así. Es la clase de artista que cree que el público es idiota. Nosotros no venimos del cine, venimos del mundo del arte, y a los artistas yo los quiero y me parece que está muy bien que hagan su obra, pero hay algo de superioridad moral que los embiste, y un poco las películas sin querer están atravesadas por eso. El artista se piensa como superior o más sensible que un mozo que trabaja acá, y es absolutamente equivocado y lo tengo comprobado por escribanos, no existe eso.

- Volviendo a Competencia oficial. La tensión y los celos entre ellos dos (Banderas y Martínez) y sobre todo el maltrato de la directora para con ellos, también tiene correlativo con la vida real. O sea, eso pasa en los rodajes.

- Sí, claro. De todas formas, la verdad es que nosotros no somos así. A mí me encanta ser amigo de los actores, me interesa y disfruto verlos actuar, durante los ensayos o cuando se filma. Bajo ningún punto de vista maltrataría a un actor, no entendería para qué, o por qué. Pero hay muchos casos que sí. No lo puedo concebir, no puedo entender que suceda. Pero sí, es cierto que en los rodajes cuando hay figuras, hay tensiones en el aire que se tienen que sortear.

- Hay una cuestión medio energética, de lo que se transmite.

- Sí, es la energía. Volviendo a De Niro, él transmitía serenidad, y después ves que otros, mucho menores que él, entran al set y el aire se corta con tijera. Hay tensiones, rivalidades, competencia, por eso se llama así la película. O sea, el mundo de los actores es fascinante, porque es de una gran debilidad mezclado con, cuando les toca, una gran potencia, todo mezclado, en un cóctel explosivo.

- También atravesados, sobre todo en Argentina, con cierta fragilidad económica y laboral.

- Es cierto. Y a mí me fascina ver todo eso. El director un poco tiene que fingir que domina esas situaciones, tiene que hacer de cuenta de que tiene todo bajo control, aunque por ahí la verdad es que no. Hay mucha tensión, por ahí por pavadas que crecen. La verdad es que en un cierto nivel hay mucha competencia entre los actores. En Competencia oficial se muestra eso y, en la vida real, si bien son tres tipos geniales, ves que había competencia en serio. Más en esa película, que eran tres protagónicos iguales todo el tiempo, y que es una película en la que el público finalmente iba a decir quién de los tres actores reales fue el mejor. Esa pregunta está presente siempre.

Periodista y escritor. Editor jefe de la revista digital La Agenda y colaborador de medios como La Nación, Rolling Stone y Gatopardo. Coautor de Fuimos reyes (2021), una historia del grupo de rock argentino Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, y autor de la novela Teoría del derrape (2018) y de la recopilación de artículos Nada sucede dos veces (2023).

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