Artes

Roberto Tierz se baja del Sidecar

La mítica sala de conciertos barcelonesa cambia de manos y su hasta ahora director repasa su historia: “Hemos hecho lo que nos ha dado la gana”.

Roberto Tierz, director de la sala Sidecar de Barcelona. JORDI SOLER

“La verdad es que era una idea que me rondaba por la cabeza hace tiempo. No tenía la fecha exacta, pero sí tenía claro que lo más razonable era irme en un buen momento de la sala”, me dice Roberto Tierz cuando le pregunto si ya sabía que iba a vender el negocio que marcó su vida y lo hizo conocido en Barcelona cuando empezó a escribir Este no es el libro del Sidecar

El libro apareció publicado por 66 rpm Edicions en marzo de 2023. Nueve meses después, en diciembre, se confirmó la noticia de la venta de la mítica sala de conciertos ubicada en la Plaza Real de Barcelona. En principio, la programación musical seguirá siendo coordinada por el equipo con el que venía trabajando Tierz en los últimos años. También empezará a funcionar una coctelería en la primera planta, sobre el sótano donde se escribió la parte más jugosa de esta historia. Y el local mantendría el nombre. Habrá una serie de conciertos de despedida los días 30 y 31 de enero, con una cartelera que ha costado cerrar. “Me ha llamado tanta gente para estar que no sé cómo hacer para no dejar a nadie afuera de la celebración”, dice este hijo de dos republicanos exiliados que pasó sus primeros 12 años en la provincia argentina de Córdoba, donde nació en 1958. “Vivía en un barrio llamado General Bustos, justo frente a un parque. Era fantástico, porque salía del colegio y me iba directo al parque y no volvía a mi casa hasta que llegaba la noche. Era un espacio de libertad fantástico para mí”, recuerda Roberto ahora. 

A la sala Sidecar le calza bien el calificativo “mítica”. Allí estuvieron alguna vez Viggo Mortensen, Ariadna Gil, Scarlett Johansson, The Killers, Franz Ferdinand, Beach House, Manu Chao, New York Dolls, Alex Chilton, The National y Pete Doherty, por citar a algunos ilustres. Y una noche incluso pinchó Elijah Wood. Fue un sitio clave para el underground español dentro de una enorme red de bares y clubes que existían en los ochenta “para todo tipo de público”, como dice Tierz en su libro: El Otro, Zig Zag, Boira Beat, Up & Down, Humedad Relativa, Ultramarinos, Sala Metro, Nick Havanna... 

En el Sidecar, la fauna siempre fue muy variada: “Modernos con gabardina y aspiraciones intelectuales, rockers de Harley y tupé, punks cargados de chapas y cadenas, mods impecables con sus parkas y Lambrettas, estudiantes, oficinistas, gente del barrio, delincuentes del [barrio] Chino que siempre respetaron el bar, gente de la zona alta. Cualquiera era bienvenido si tenía buen rollo”, cuenta Tierz, que empezó a soñar con un espacio así después de un viaje a Ámsterdam en el que conoció unos cuantos coffee shops y quedó prendado especialmente con el Melkweg, uno de los centros culturales más famosos de la capital holandesa, sede de espectáculos de música, danza y teatro, muestras de fotografía, proyecciones de películas y exposiciones de arte.

La banda argentina Él Mató a un Policía Motorizado, en la sala Sidecar, en 2017. POL VILA

La decisión de abrir una sala para probarse en esa aventura sin destino asegurado se tomó en otro sitio con una larga tradición en Barcelona, la Casa Almirall, una tasca del Raval fundada en 1860, después de varias rondas de copas que motivaron a Roberto y sus socios para planificar con mucho brío un espacio que albergara “exposiciones de cómics y fotografía, cine, cabaret y mucho rock and roll”. Finalmente, en noviembre de 1982, Sidecar empezó una historia que se extendería por más de 40 años y más de 6.000 conciertos. El primer tema que sonó en la sala lo eligió Tierz: ‘You Can’t Be Too Strong’, de Graham Parker & The Rumour, “un baladón” (Tierz dixit) de una clásica banda inglesa de pub rock. “Nuestro lema era ‘Cerveza fría y música caliente’. Y aunque lo primero no siempre fue posible, en lo segundo creo que no fallamos”, dice él.

Además de la programación musical, el proyecto Sidecar siempre tuvo características especiales. En mayo de 1983, sus socios decidieron reservar 40 entradas para un show de David Bowie en la Costa Azul francesa, alquilaron un autocar y pusieron a la venta un paquete de entradas para el concierto (más viaje) que se vendió como pan caliente. También se organizaron en 1989 unas noches dedicadas exclusivamente a las mujeres: una vez por semana, en la parte superior del local —el lugar donde ahora funcionará la coctelería— se armaban fiestas a las que los hombres tenían el ingreso vedado. Y habrá quien recuerde el Cinefagia, un festival de “cine psicotrónico y de culto” que tuvo lugar todos los miércoles por la noche durante tres temporadas. “Hubo sesiones memorables: The Rocky Horror Picture Show con pistolas de agua a tutiplén, un Re-Animator en VHS con la cinta pegada con pintauñas y los cables de proyector ajustados con chicle o una función de El luchador manco con mucho público llevando cintas de kung fu en la cabeza”, dice Tierz. “El calificativo de underground nos llegó siempre por partida triple: estábamos en un barrio que bebe de la tradición de lo oculto, el local estaba en un sótano y nuestra cultura es ajena a la cultura oficial”, agrega. 

En 1985, tres años después de la apertura, el negocio ya se había consolidado. Después vinieron épocas mejores y peores, incluso la agobiante incertidumbre de la pandemia, pero Sidecar atravesó todas las tormentas y siguió su camino. En 2017, el Ayuntamiento de Barcelona premió a Tierz con la Medalla de Honor de la ciudad. La recibió de manos de la alcaldesa Ada Colau y la disfrutó, pero cuando expiró esa jornada tan particular, el galardonado se hizo algunas preguntas: “¿Nos estamos equivocando?  ¿Es que nos han absorbido y somos parte de la cuota inofensiva que justifica al poder para decir que se respetan todas las opiniones? ¿Cómo nos debe ver la gente joven?”. En el libro, Tierz publica una única respuesta para todos esos interrogantes: “Sin ánimo de ser ingrato, creo que nuestra obligación es alejarnos de los círculos de poder, mantenernos independientes y estar siempre al lado de las opiniones que cuestionan al sistema. Esa fue nuestra idea inicial y aunque los tiempos estén cambiando, nosotros no”.

- En el libro también dices que el oficio de programador es de los más arriesgados de la industria musical porque lo que ganas en una noche se puede volatilizar a la siguiente. 

- Efectivamente, pasar del éxito a la ruina en tiempo récord es parte de este oficio que requiere vocación, conocimiento y la sangre fría de un jugador de póker. Sidecar siempre tuvo sus singularidades, de todos modos. En la gran crisis de 2008, a todo el mundo le iba muy mal y a nosotros especialmente bien. Creo que, más allá del atractivo de la programación, nunca fuimos un local caro. Ajustamos los precios para que fueran razonables. Nos hemos movido de esa forma, independientemente de lo que estaba pasando alrededor. 

- ¿Tienes la certeza de que Sidecar mantendrá la línea que tuvo todos estos años?

- Bueno, los nuevos dueños me propusieron seguir con algún rol en la sala, pero tengo muchas ganas de no trabajar (risas), de dedicarme a otras cosas. Escribir el libro me ha despertado cierta inquietud literaria y sé que hay unos cursos fantásticos en el Ateneu Barcelonès, con profesores como Maruja Torres. Y también voy a dedicarle más tiempo a componer y tocar canciones, que es algo que dejé mucho tiempo archivado por falta de tiempo. Cuando estaba en una banda, Los Rebeldes, me tocó la mili y me tuvieron que reemplazar. Fue ahí, después de un año y medio en el servicio militar, que decidí abrir el Sidecar. La banda ya había evolucionado y tenía otros integrantes. Naturalmente, cuando hablo de hacer música pienso en algo para mí y un círculo de amigos. Si alguien lo quiere escuchar, ya lo hará, pero responde primordialmente a un placer propio, no tengo edad para saltar al estrellato (risas).

Volviendo a la nueva línea del Sidecar, entiendo que todo cambiará para seguir igual: hay una plantilla de 24 personas que mantendrá su trabajo. Es gente que sabe muy bien lo que hace, como si llegaras para ser el nuevo entrenador del Barcelona y te encontraras con Messi, Xavi e Iniesta. Supongo que en el aspecto de los conciertos no habrá muchos cambios. Veremos qué música pincharán. Yo soy de una generación guitarrera, del palo del rock and roll. Esta gente nueva es más joven, probablemente estén más interesados en la electrónica y la música urbana.

- ¿Exige mucho sacrificio sostener un sitio como el Sidecar? 

- Es un trabajo básicamente vocacional. Las nuevas generaciones que se dedican a abrir lugares como este seguramente hayan estudiado Empresariales, pero a mí lo que me interesaba era la música, venía de tocar en una banda antes de abrir la sala. Lo de ser empresario vino después, como algo añadido. Es un trabajo que disfruté pero que también me demandó muchísimo tiempo. Tenía que actualizarme constantemente, y la gestión diaria es pesada: seguridad social, impuestos y una larga lista de trámites muy engorrosos. Es una rutina bastante densa. Pero tengo nostalgia prematura (risas). No es lo mismo irse del Sidecar que irse de un banco o un trabajo cualquiera de oficina. A mí me gustaba mucho lo que hacía; me absorbía todo el día, pero me gustaba. Pero hay que saber irse de las fiestas a tiempo.

El grupo barcelonés Raiser, en el escenario de Sidecar, en 1990. XAVIER MERCADÉ

- ¿Qué te parece que simboliza el Sidecar hoy?

- La independencia. Nunca hemos seguido tendencias o estilos del momento, sino que nos guiamos por lo que nos gustaba de verdad. También simboliza una actitud progresista. Siempre hemos colaborado con distintas ONG y con gente rebelde. Hemos hecho siempre lo que hemos querido, lo que nos ha dado la gana, pero siendo muy permeables a las propuestas que nos hacían los que se acercaban con alguna idea. Lo del bar exclusivo para mujeres fue kafkiano, la gente no entendía el por qué y muchos se pusieron en contra. Nosotros lo pensamos cómo un espacio para que las mujeres se pudieran expresar fuera de un entorno masculino lleno de tíos intentando ligar. Ese tipo de cosas nos motivaban.  

- Barcelona cambió mucho con el paso del tiempo. Primero, con los Juegos Olímpicos de 1992, y después, con el proceso de gentrificación que sufren todas las ciudades. ¿Añoras el clima de los años ochenta?

- Hoy la zona del centro de Barcelona está completamente tomada por el turismo, que ha desplazado al público local. A los barceloneses no les gusta estar con toda esa masa de turistas. Ya no es un lugar propio, es un lugar que hemos cedido. Cuando abrimos el Sidecar, en 1982, todos éramos nuevos, todo estaba por inventarse, la industria musical para la gente joven era de risa, no existía. Tenías el campo libre para ser creativo, estaba todo menos encorsetado. Pero soy cero nostálgico. Hay cosas que están mejor ahora que antes. Pensemos que cuando empezamos no había internet, y para escuchar una canción tenías que ir a una tienda a comprar un vinilo. Si ibas a gastar dinero en ese disco, previamente era lógico haberte informado, algo que no era tan simple como ahora, que puedes coger el ordenador, saber todo de un músico y escucharlo gratis y de inmediato.

A mi generación todo eso le costaba más esfuerzo. Pero no por ello pienso que todo tiempo pasado fue mejor. Sí es cierto que Barcelona tiene una tradición en la que me siento implicado. A finales de los setenta, la ciudad era un espacio de libertad que estaba por encima del resto del país: los movimientos anarquistas y los de liberación de los gays eran muy potentes, había mogollón de revistas de cómics, de música. Barcelona siempre ha tenido ese punto más progresista que el resto de España, y eso me ha marcado.

- ¿Se ha vuelto más difícil sostener un proyecto como el Sidecar por las regulaciones, los impuestos, etc.? 

- Las administraciones europeas han ido regulando preventivamente las actividades y la seguridad a varios niveles, pero hay países que han empezado a desregular porque se daban cuenta de que estaban ahogando la iniciativa de la gente más emprendedora. Un exceso de regulaciones no es bueno, y en Barcelona estamos al límite. Me parece que hay que facilitarles las cosas a los que proponen cosas nuevas, creativas. En Barcelona hoy no se dan licencias nuevas para abrir salas de conciertos, aunque muchas han cerrado. ¿Que generamos molestias a los vecinos? Pues que ayuden a que se solucionen.  En la administración pública hay dos sectores: los que se encargan de la actividad cultural, con los que te entiendes muy bien, y la policía, que limita, y reprime. Habría que resolver esa confrontación interna.

- ¿Los festivales de grandes dimensiones son un problema para las salas pequeñas?

- Sidecar ha tenido una relación directa con los festivales. Salas de este tamaño son necesarias para ellos. En Barcelona hay cuatro escuelas superiores de música, cada año salen centenares de personas preparadas para tocar. Pero no pasan de las escuelas al Primavera Sound: primero tienen que picar piedra, pasar por salas pequeñitas para curtirse. Parte de los grandes beneficios que obtienen festivales como el Primavera y el Sónar debe ser reinvertido en las salas a través de la programación de conciertos. Y lo hacen. O, al menos, eso ocurre con Sidecar. Yo soy público de festivales, voy sobre todo al Primavera, y entiendo que un concierto en una sala de 200 personas en el que puedes notar el sudor del músico en la frente es una cosa y un festival junto al mar en un espacio enorme es otra, lo que hoy se define como “una experiencia”. No me parece que no pueda haber convivencia.   

- En el libro hay varias historias curiosas protagonizadas por diversos personajes de la música. ¿Cuál fue el más exótico que pasó por Sidecar?

- Pete Doherty. Un personaje realmente extraño. Es alguien que tiene toda esta cosa del rockstar tipo Keith Richards —drogas, alcohol, autodestrucción— y al mismo tiempo podría aparecer en el suplemento literario de un periódico. Tiene un entorno de modelos, de chicas que lo buscan para hacerse fotos con él, todo un mundo muy frívolo que nos complicaba bastante las cosas. Nos llevaba al límite en cada concierto, decía que iba a venir a tocar pero nunca había ninguna garantía de que eso estuviera confirmado al cien por cien. Y no es una buena idea anunciar a alguien, que haya 300 personas haciendo fila en la calle y suspender. Una de las noches en las que tocó en Sidecar llegó una hora y media tarde. No sabíamos dónde estaba y de repente apareció vestido como un dandi, caminando como si flotara, y finalmente tocó. Nunca supimos qué había ocurrido. Vino tres veces e hizo tres días de concierto en cada una. Era espectacular porque anunciabas los shows por las redes sociales a las cuatro de la tarde y a las cinco ya no quedaban entradas. Creo que nos llamaba cuando necesitaba dinero rápido. Una de las veces llegó cuando un camarero estaba montando las mesas y le pidió 150 euros. “Voy a tocar esta noche, ¿me puedes dar ese adelanto?”, le preguntó. Era bastante imprevisible, pero terminó cumpliendo siempre.

Con Sky Saxon, el cantante de The Seeds, también hubo buenas historias. Después de un gran bolo se retiró de la sala en condiciones no del todo buenas, acompañado por dos groupies que teóricamente lo iban a acompañar al hotel. Volvieron a las tres horas al Sidecar diciendo que no lo encontraban. El hotel era el Roma Reial, a 40 metros de la sala.    

Periodista. Redactor jefe de Ciclosfera y colaborador de la emisora de radio El Destape y de La Agenda de Buenos Aires, ha trabajado en medios como Agencia Télam, Clarín y Radio Nacional y publicado en revistas como Los Inrockuptibles, Rolling Stone y El amante. También ha codirigido la película Ocio (2010) y escrito diversas obras teatrales.