Lucha Reyes, su voz existe

De vida torturada, La Morena de Oro del Perú fue el gran mito doliente de la música criolla. A 50 años de su muerte, su legado permanece.

La cantante peruana Lucha Reyes, en 1972. ARCHIVO EL COMERCIO
La cantante peruana Lucha Reyes, en 1972. ARCHIVO EL COMERCIO

Construcciones derrumbándose en cada cuadra, edificios convirtiéndose en ruinas. Vecinos, familiares o amigos corriendo despavoridos por sus vidas, el polvo denso cubriendo las veredas ondulantes, anocheciendo el día, mientras los gritos de pavor y auxilio le hacían mortal coro a unas calles que temblaban sin tregua, retumbando con violencia desde el centro mismo de la tierra. Eran las 11.35 de la mañana del 24 de mayo de 1940 y Lima vivió su propio apocalipsis cuando la fuerza telúrica ocasionó el mayor terremoto del Perú durante el siglo XX y el segundo peor de su historia, con 8.2 grados en la escala de Richter.  

En los días subsiguientes se seguía temblando de espanto. Tierra y hombres a un mismo ritmo tenebroso. Miles de heridos y muertos aparecían en las calles, mientras los sobrevivientes intentaban sobreponerse a la desesperación y al dolor. Entre ellos, una familia numerosa que pronto perdería al padre y cuya integrante más pequeña respondía al nombre de Lucila Sarcines Reyes. A sus 4 años, las imágenes de una Lima doliente fueron las primeras impresiones que recibió de un mundo que parecería, de ahí en adelante, siempre estar derrumbándose a su alrededor, haciéndose añicos, desapareciendo su belleza bajo escombros.

Nacida un 19 de julio de 1936 en el jirón Aromito del Rímac —actual Sechura—, entre oscuros callejones, solares desvencijados y humildes casas de adobe y quincha, a pocas cuadras de la Alameda de los Descalzos que el virrey Amat construyera en el siglo XVIII para su amada Perricholi, la pequeña Lucila tuvo que cantar para sobrevivir como el recién nacido que lanza su primer alarido al mundo en una mezcla de lamento y exigencia. Ese grito primario se tallaría para siempre en una garganta que se abrazaba al alma con su canto, entregándose al público hecha fuego y llanto mientras se convertía en doliente mito criollo contemporáneo.

Tras dejar el Rímac y luego los Barrios Altos, la familia volvió a juntarse después de pasar algunos años separada en casas de distintos familiares y se mudó al barrio Marco Polo en el puerto de El Callao, donde el Gobierno instalaba a los desplazados por el terremoto en medio de casas hechas con restos de otras casas, a orillas de la Mar Brava, con vista a un horizonte que incentivaba al escapismo o al naufragio. En esas calles, plazas y bares, a la manera de Edith Piaf pero sin saberlo, sin circos itinerantes ni una luminosa París, comenzó a cantar Lucilita, Luchita, mientras estiraba la mano para recibir unos centavos de los transeúntes. Todo era ruina y olvido en la Ciudad de los Reyes. Pronto, las necesidades económicas y el incendio accidental de la casucha de madera que habitaban, llevan a su madre a encargarla en un convento de religiosas franciscanas, en el que no le faltaría ni techo ni comida los siguientes ocho años. Su canto, sin embargo, nunca abandonó el sentir desamparado de los barrios que recorrió de niña.

Video de Lucha Reyes interpretando la canción 'Una carta al cielo'. YOUTUBE

Limeña que tienes alma de tradición

“Barrio bajopontino / de locas mocedades, / de Peral, el Molino, / de lejanas edades. / Viejo barrio de vergel, /de poetas y cantores, / de pintores al pastel, / y de guapos bebedores”, dice el vals que el legendario Luciano Huambachano le compuso al distrito en el que nació Lucila Sarcines Reyes, Lucha: el Rímac, médula espinal en la columna vertebral del criollismo, donde las guitarras y sus trinos le quitaban el sueño a todos los vecinos, como dice otra canción. La aparente tristeza cotidiana de los que tanto necesitaban convertía sus anhelos en alegría trasnochadora. Esas jaranas legendarias, perdidas ya en la memoria de una ciudad extinta, fueron el primer alimento musical de Lucila. Algo se adhirió a su corazón desde aquel momento y, ya adulta, la hizo capaz de cantar valses, polkas, tonderos, marineras, guarachas, huaynos, chachachás o boleros con la misma destreza.  Así, entonada por sus propias cicatrices, metía toda la desventura de su vida en su voz, en el impulso mágico que la lleva a arder en escena y renacer de las cenizas para entonar cada línea no cantándole al amor o al abandono, sino amando ella misma, siendo abandonada, postergada, abatida, agredida, ignorada, rechazada, acosada por jefes o casi violada por la nueva pareja de su madre en aquel espacio confuso que habitaba entre lo que cantaba y lo que vivía.  

Carlos Ortiz, querido tío suyo y guitarrista de lo que los limeños de antaño conocían como “Guardia Vieja”, en referencia a los criollos fundacionales de las primeras décadas del siglo XX, la recibe en su casa y le da sus primeras lecciones de jarana y bohemia a punta de guitarra, cajón y castañuelas: en esos callejones bajopontinos —se considera que el Rímac está “debajo del puente” que la une al Centro Histórico de Lima— se aprendía a tocar y cantar cantando, tocando y tomando en desvelos infinitos.  

Para mediados de los años cincuenta, Lucila, Lucha ya, había logrado superar con tenacidad los embates de una vida difícil. A pesar de que había dado muestras de un talento extraordinario, la música parecía no ser suficiente. Vendió periódicos en la calle; lustró los zapatos de peatones sin rostro; lavó ropa ajena hasta desgarrarse las manos; cocinó para familias pudientes, medias y casi tan pobres como ella; fue empleada del hogar y padeció distintas penurias mientras imaginaba otra vida, una donde estuviera al centro de un escenario, iluminada por un fuerte reflector, con peluca muy kitsch, y algún par de aretes llamativos dándole otro brillo a su rostro, mientras su voz se apodera de todo y de todos. Pero solo tenía la vida en Barrios Altos, un esposo policía, violento y borracho, la infelicidad como ruta y como destino. Por ahora.

Vídeo de la canción 'Yo tengo una pena', de Lucha Reyes. YOUTUBE

Cuando me doy cuenta que ya eres ajena

“Vagaba sola, por las calles harapienta/ Tenía el rostro demacrado con crueldad./ No demostraba cual golpeada cenicienta,/ haber sufrido toda una eternidad”, cantó y nada nunca fue igual. Se trataba de ‘Abandonada’, un triste vals de Felipe Pinglo Alva, compositor seminal del criollismo —fallecido dos meses antes del nacimiento de Lucha— al que ella le insufló un desbordante y extrañamente atractivo patetismo cuando se presentó, casi por casualidad, en un concurso de aficionados en el programa El sentir de los barrios, en la entonces popularísima Radio Victoria. Aquel fue un espacio clave en la historia del criollismo peruano y, por supuesto, en la vida de Lucha. 

Sin embargo, en 1959 se presentan los primeros problemas con su salud. Tenía solo 22 años, pero pagaba las consecuencias de una infancia dura. Superadas las dificultades respiratorias que la postran en un hospital por algunos meses, en 1960 se presenta en el Teatro Pizarro, canta nuevamente ‘Abandonada’, y convierte al público a su credo. Un promotor presente en aquella velada la contacta con Augusto Ferrando, entonces un célebre narrador hípico, pronto productor de eventos y, en corto plazo, el mayor animador popular de la historia de la televisión peruana. Contratada para la “Peña Ferrando”, el grupo de músicos, actores y comediantes que formó el firmante, recorrió el Perú imitando a Celia Cruz, Olga Guillot u Olga Chorens, y haciendo breves sketches cómicos.

Usualmente animada por un buen vaso de whisky antes de salir a cantar, Lucha Reyes exprimió su talento en las mejores peñas de aquellos años, entendiéndose en este otro caso como “peñas” a los lugares donde se celebra la identidad cultural —artística, musical o culinaria— del criollismo peruano con diversos shows en vivo, en medio de amplias y bulliciosas mesas y a ritmo de valses, polkas, marineras, landós o festejos. En aquellos años, locales como El Palmar, El Chalán, El Mesón de Sillar, El Huerto de mi Amada, El Alcatraz, El Tumi o El Mesón la Ronda en Acho vieron a Lucha Reyes esculpir la voz para siempre en sus paredes, dejando su nombre escrito.

La cantante peruana Lucha Reyes, en una actuación con la Peña Ferrando. ARCHIVO JAVIER PONCE GAMBIRAZIO
Lucha Reyes, en una actuación con la Peña Ferrando. ARCHIVO JAVIER PONCE GAMBIRAZIO

“Al igual que otros artistas de la cultura popular, la voz de Lucha Reyes también se encuentra impregnada en nuestras memorias musicales urbanas. Un híbrido musical que finalmente transmite identidad mucho más que otros”, dice a COOLT Jalo Núñez del Prado, productor de Ellas Rugen Records, sello que acaba de relanzar la música de Lucha Reyes en un álbum que contiene sus mejores valses, titulado Remembranzas Vol. 1. Esto, como parte de su proyecto discográfico: reivindicar el talento de voces femeninas icónicas de Latinoamérica y mostrarlas al mundo. “Es muy importante mantener vivo el fuego y ser conscientes de la riqueza musical que ha tenido el Perú en aquellos años. Creo que mi generación —tengo 37—, al haber transitado por diversos formatos y maneras de consumir la música, es una de las últimas en ser conscientes de quién fue Lucha Reyes. La gente más joven sólo consume lo que el Internet le proporciona, por eso creo que es importante hacer este tipo de publicaciones, pero con una visión y una estética contemporánea”, agrega.

Para Javier Ponce Gambirazio, director del documental Lucha Reyes. Carta al cielo (2009), que reveló imágenes inéditas y pasajes de la vida de la artista nunca antes revelados, sostiene que Lucha también es un ícono gay. “Fascinada por las pelucas y haciendo gala de una presencia escénica inmejorable, nos captura con un repertorio colmado de amores desgarrados. Elegante, dulce y violenta, se enfrenta al fracaso como una verdadera drama queen”, escribió hace algunos años, al recordar su encuentro con la célebre transexual Coccinelle en 1970. Vedette, cantante y actriz, la francesa hizo gala de un carisma que desafió los prejuicios de la época, del mismo modo que Lucha lo hacía en su propio contexto para salir adelante. Se presentaron juntas y se llevaron muy bien. “Si fuera hombre, me caso contigo”, cuentan que le habría llegado a decir Lucha, como muestra de su personalidad pícara y chispeante. “Nadie puede negarlo, Lucha Reyes es un referente de fortaleza contra la adversidad. Una mujer que se sobrepone a todos los prejuicios de su época y que, a través de su talento, alcanza el éxito. Un monumento al desagravio”, agregó Ponce.

La cantante peruana Lucha Reyes, con un disco. ARCHIVO JAVIER PONCE GAMBIRAZIO
Lucha Reyes, con un disco de oro por sus éxitos de ventas. ARCHIVO JAVIER PONCE GAMBIRAZIO

Con sangre de mis venas

Las noches interminables que propone la vida artística volvieron a pasarle factura a su cuerpo. En 1969, colapsa nuevamente. A pesar de los rumores de tuberculosis, lo que la aqueja es diabetes, hipertensión e insuficiencia coronaria. Pasó un tiempo internada en el Hospital Bravo Chico, un nosocomio estatal para una artista del pueblo que, a pesar de su creciente fama, no podía pagarse una clínica privada. En el hospital la visitaban amigos y fans y siempre tenía en su mesa de noche una estampita de Sarita Colonia, una joven que murió en 1940 cerca de su casa en el Callao y que se convirtió en santa popular y milagrosa, efigie insospechada de un culto disidente de la Iglesia católica que comenzó con estibadores y pescadores del puerto hasta extenderse, desde los años setenta, entre las clases populares. Lucha Reyes fue su primera fiel famosa y, posiblemente, responsable por la pronta masificación de aquel culto que hoy ha rebasado fronteras: en El Callao hay un penal llamado “Sarita Colonia”.

Sin aún terminar su tratamiento, Lucha sale del hospital, ayudada por sus amigos músicos. Sabía que necesitaba grabar un tema que tuviera amplio impacto. Por esos días, Tania Libertad, jovencita aún, ganó un concurso interpretando ‘Tu voz’, un vals del poeta Juan Gonzalo Rose. Alguien de la disquera FTA, con la que Lucha preparaba su futura grabación, le sugirió interpretar ese mismo tema, pero a su propio estilo. El resultado fue extraordinario, pero más extraordinario aún el azar que le puso lado B a aquel sencillo: mientras iba en un taxi con la cantante Jesús Vásquez, conocida como la Reina y Señora de la Canción Criolla, le comentó que estaba buscando un tema para completar su grabación. “Justo Augusto Polo Campos —el más prolífico y exitoso compositor peruano de la segunda mitad del siglo XX— me ha cedido uno para cantarlo yo. Pero te lo cedo yo para que lo cantes tú”, le dijo a Lucha. En ese acto de desprendimiento entre dos amigas se originó una de las más grandes interpretaciones de la historia de la música criolla, cuando Lucha Reyes canta: “Te estoy buscando/ porque mis labios extrañan tus besos de fuego/ Te estoy llamando/ Y en mis palabras tan tristes mi voz es un ruego”. El nombre del tema, ‘Regresa’, dolorosa faena de desamor, nostalgia y súplica que ella lleva a lugares excelsos con la tesitura de su canto. Gracias a ambas canciones demostrará pronto que el melodrama vivía en su voz con la terquedad con la que sobreviven los corazones abatidos, a pesar de todo.

Video de la canción 'Regresa', de Lucha Reyes. YOUTUBE

Como una rosa roja entre mis manos

A ritmo de cajones, guitarras o castañuelas entonaba ritmos que tenían de herencia española, europea, africana y nativa. Indígenas, esclavos y colonos, desde fuentes inmemoriales, le otorgaban potencia al pálpito con que le daba forma a las canciones que le cedían importantes compositores para que su voz les insuflara vida propia. Fue curiosamente en los años cuarenta, del terremoto y el terror, que Manuel Prado Ugarteche, entonces presidente del Perú, oficializaría el 31 de octubre como Día de la Canción Criolla. Fue la reivindicación de una peruanísima manera de gozar y de sufrir. Mujer, negra, pobre y poco atractiva, en los padecimientos de Lucha Reyes queda reflejada la sociedad de su tiempo, del mismo modo que su voz se convirtió en el fondo musical de los postergados. Lucha es, como ya se dijo, de algún modo nuestra Edith Piaf, también nuestra La Lupe, nuestra María Teresa Vera. Y, como esta última, sabía que el bolero no se canta: se sufre. Fueron sus lágrimas negras la lluvia que acompañó las penas de sus fieles. 

Seducidos por el encanto de los ídolos, son pocas las ocasiones en las que cuestionamos el mito. “Morena de Oro del Perú”, se le dice a Lucha Reyes, y a veces uno no se detiene a pensar. ¿Es solo una exagerada expresión de cariño? ¿Es la idealización absoluta del canto y el metal más preciosos? ¿O es acaso la conversión en figura totémica de su voz transformada en religión? Ella pareció responder a estas preguntas cuando cantó en ‘Dos almas’: “Este es el canto que siempre canto/ Porque es la queja de mi dolor”.

Vídeo de la canción 'Dos almas' de Lucha Reyes. YOUTUBE

En 1970, otro año con un terremoto desolador que acabó con pueblos como Yungay en la sierra peruana, mientras la selección de fútbol brillaba en el Mundial de México, Lucha Reyes lanzó al mercado su primer LP: La Morena de Oro del Perú, presentado apoteósicamente en el Hotel Crillón, uno de los más exclusivos de aquellos años. Sin embargo, cuando su nave parecía despegar, tuvo que ser internada nuevamente. La protección de los médicos fue, lamentablemente, temporal. Tras salir del hospital y pasar por la tumba de Sarita Colonia a dejarle flores y respetos, estaba lista para volver a cantar.  

Cuando mi voz, ya cansada por el tiempo...

En la coyuntura del Gobierno de tendencia izquierdista del general Juan Velasco Alvarado que enalteció el rostro popular del país, el Perú la adoptó con los brazos abiertos. Aunque llegó a tener una cercana relación con la esposa del dictador, Consuelo Gonzáles Posada, nunca se manifestó políticamente. El contexto, sin embargo, favoreció que el país la conviertiera en hija predilecta y que, en una ocasión, al cantar ‘Una carta al cielo’ en un acto público, conmoviera hasta llorar a la primera dama. Grabó un segundo y un tercer disco con gran éxito, tuvo un simpático programa en una radio de alcance nacional, pero su salud desmejoraba aceleradamente. 

Falta de aire, subidas y bajadas de presión o insoportables dolores en el pecho eran síntomas constantes de la insuficiencia cardiaca que padecía. El aumento de su popularidad era directamente proporcional al empeoramiento de su salud. Al mal del corazón y a la diabetes se le sumaba una arterioesclerosis avanzada, a la que se sobrepuso valientemente para grabar un especial de televisión al lado de Pedro Vargas, el enorme intérprete mexicano que quedó maravillado con su talento, calificándola como “cantante formidable”. También pudo emprender viaje a Nueva York, invitada por la colonia peruana, y tuvo una exitosa presentación en el Waldorf Astoria que algunos de sus músicos consideraron la cima de su carrera.  

La cantante peruana Lucha Reyes, actuando con el guitarrista Rafael Amaranto. ARCHIVO JAVIER PONCE GAMBIRAZIO
Lucha Reyes, actuando con el guitarrista Rafael Amaranto. ARCHIVO JAVIER PONCE GAMBIRAZIO

Sin embargo, la mañana del 31 de octubre de 1973, Lucha Reyes exhaló su último suspiro a bordo de un auto, mientras se dirigía a una misa por el Día de la Canción Criolla en el centro de Lima, acompañada por su nueva pareja —un estupendo guitarrista y hombre decente— y sus hijos. Para ese momento ya tenía que ser conducida en silla de ruedas y, según contó su amiga, la también cantante Lucila Campos, había perdido la vista como consecuencia de la diabetes. Tenía solo 37 años.

Su sepelio fue uno de los eventos más impactantes de la época: 30.000 personas de todas las razas, edades u orígenes, desde los policías hasta los bohemios, desde los militares a los artistas, desde los burócratas a las amas de casa, desde las grandes señoronas a los carteristas, salieron a las calles de Lima a acompañarla y despedirla, mientras coreaban “Pero regresa, para llenar el vacío que dejaste al irte, regresa,/ regresa aunque sea para despedirte” o “Tu voz, tu voz, tu voz, tu voz existe/ Tu voz, tu dulce voz, tu voz persiste/ anida en el jardín de lo soñado/ inútil es decir que te he olvidado”, emocionados hasta las lágrimas y meciendo su féretro con amor infinito, como si el Perú entero la estuviera conduciendo en un último vals para demostrarle que nunca más estaría sola.

Vídeo de la canción 'Tu voz', de Lucha Reyes. YOUTUBE

 

Periodista. Colaborador de medios como El Comercio, Jot Down y Revista Mercurio.

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