Artes

El médico que sobrevivió a la selva a través de la fotografía

Héctor Padula convivió durante tres años con los yanomami. De esa experiencia quedó una forma de ver la vida, presente en cientos de instantáneas.

Integrantes de una comunidad yanomami de la selva amazónica venezolana. HÉCTOR PADULA

Recién graduado de médico, cuenta Héctor Padula que su padre, anestesiólogo como él, lo invitó a asistir a una conferencia del infectólogo Kenneth Gibson en Caracas sobre sus experiencias en la selva amazónica con las comunidades yanomami. La primera foto que Gibson presentó en su charla era una gran pared verde de una inmensa selva y un camino angosto con un horizonte negro que seguía el médico explorador. Él estaba inclinándose para entrar en la selva. “Esa foto me dijo: yo quiero hacer eso”, afirma Padula.

Un hecho fortuito puede cambiar la vida de una persona y así lo entiende Padula, quien además de médico, es un apasionado de la cocina —maneja varios restaurantes en Caracas— y, especialmente, un artista de la fotografía, que en libros como Ipa Wayumi. Mi viaje (2017) y PA_DU_LA revelaciones (2022) ha reflejado aquella ventana por donde miró la vida durante tres años internado en lo más profundo de la selva amazónica venezolana, conviviendo con comunidades yanomami que apenas tenían contacto con el exterior. Un mundo tapizado de árboles con alturas de 20 a 60 metros, en donde la vida y la luz se encuentran sumergidas bajo un inmenso océano verde.

Padula optó por conocer ese mundo extraño apenas se graduó: en 1984 viajó al Amazonas, y de 1986 a 1989 se internó en territorio yanomami con un grupo de jóvenes médicos de la Universidad Central de Venezuela con los que fundó el programa Parima Culebra - Médicos de la Selva, que duró 16 años.

Padula vivió (y sobrevivió) todo ese tiempo en el Amazonas acompañado de dos cámaras fotográficas (Olympus OM2 y Canon A1) que llevaba en su morral junto a varios libros, equipos y medicinas, sus vehículos de conexión para comprender, comunicarse y hacerse parte de unas comunidades cuyo mundo es la luna, la selva, los árboles y el fuego. La vida y la obra de Padula emanaron de aquel morral, y en sus actividades actuales permanece ese nexo extraído de la jungla y sus habitantes.

El médico, fotógrafo y hostelero venezolano Héctor Padula. VASCO SZINETAR

- En tu trabajo fotográfico destacan los rostros de los yanomami en primeros planos, en sus shabonos (vivienda tradicional) o en la selva con sus distintas expresiones, luz, contrastes, texturas y sombras. Más que rostros, las imágenes muestran la razón de una cultura, una etnia, unas vidas. ¿Cómo lograste ese acercamiento?

- Éramos siete médicos ubicados en distintas regiones a lo largo de 7.000 kilómetros cuadrados del Amazonas, en comunidades como Mavaca, La Esmeralda, Ocamo y Platanal, y yo comencé a retratar a los yanomamis como un método de registro de los pacientes atendidos, porque a ellos no se les puede llamar por su nombre cuando mueren. Si uno lo hace, la familia del fallecido está obligada a matar a quien lo mencionó para que el alma del muerto pueda volver a tener tranquilidad, ya que quien lo nombró lo trajo de regreso del sitio en donde estaba, un lugar sin sufrimientos. 

Así, empecé a retratar a los pacientes a manera de ficha técnica, haciendo primeros planos. Pero no quería fotos tipo carnet cuando podía buscar mejores ángulos o encuadres. Además, era necesario que se viera el fondo, para saber el lugar en el que había sido tomada la foto. Eso lo hice sin apego autoral. Realicé aproximadamente 800 retratos en todos esos años. Pude hacerlos porque vivía con ellos: mientras construíamos el sitio donde íbamos a vivir, dormíamos en sus shabonos. De esa manera se estableció ese nexo entre la enfermedad y la salud, la vida y la muerte. Eso nos hacía más íntimos. Creo que fue ese vínculo el que hizo que se dejasen retratar, aunque ellos no sabían lo que era una cámara de fotografía. La llamaban la caja negra.

A los registros fotográficos les cambiábamos los nombres. Por ejemplo, al chamán de la comunidad, que se llamaba Jepeo, le pusimos el nombre de Carlitos. Cuando preguntábamos por él decíamos: “¿Cómo sigue Carlitos?”. Así teníamos una constelación de nombres ficticios como Beethoven, Tchaikovski, etc., acompañando la foto, pero entre paréntesis poníamos el nombre original de la persona. Con el tiempo, nos dimos cuenta de que todo eso no nos servía de nada por la condición nómada del yanomami. Era prácticamente imposible encontrar a alguien por el registro porque no había dirección física del paciente, sino su ubicación del momento. Eso obligó a abandonar este modelo, y mucho material fotográfico se quedó sin revelar.

Retratos de indígenas yanomami. HÉCTOR PADULA

- Además de los rostros de los yanomami, en tu obra hay mucho de la selva del Amazonas, sus noches, la oscuridad y la sombra.

- Hubo un acontecimiento que marcó mi vida en la selva. Ocurrió con la muerte de un antropólogo alemán que estaba investigando la fonética yanomami. Me tocó ir a buscar su cadáver en el Alto Siapa, una zona inhóspita. Caminamos durante días. Cuando llegamos al sitio, había una escena propia de la película Apocalypse Now. El fallecido había atado su escopeta al cuerpo para apretar el gatillo y darse un tiro en la cabeza. Así lo encontramos, cuatro meses después de su suicidio, en medio de la selva, a unos 50 metros de su shabono. Me tocó hacer un acta de defunción. Tomé fotos del suceso y recogí las posesiones del fallecido. Teníamos que entregar el cuerpo a un representante de la Embajada de Alemania que esperaba en Mavaca, pero el yanomami guía había decidido ir a visitar a unos familiares en la zona. Se había ido y ninguno de los yanomami quería ser guía para mi regreso, así que tuve que quedarme más de lo previsto. Me instalé en el shabono cercano.

Los días y las noches se prolongaron. Los yanomami encendieron fuego cerca del shabono para contrarrestar el olor del cadáver del alemán. Los olores del humo y del cadáver avivaban mis pensamientos. ¿Por qué se habría suicidado un hombre que estaba en pleno trabajo productivo? ¿Qué pudo haberle llevado a tomar esa decisión? No se había podido enterar de alguna mala noticia porque llevaba más de tres meses internado en esa zona a donde no llega nadie... ¿Cómo el ser humano puede ser capaz de que le llegue un pensamiento y decida ‘hasta aquí quiero vivir’? 

Una de esas noches pensando en cómo le pudo cambiar la vida a ese investigador alemán, los niños yanomami salvaron la mía, me hicieron levantar e ir con ellos a jugar a la selva. Me llevé mis cámaras. Los niños me pasaban enfrente y yo solo veía movimientos muy rápidos. Utilicé la técnica de forzar la película de la cámara y tomé algunas fotos de ese momento. A la noche siguiente, volví a la selva con los niños, pero esta vez utilicé la linterna al disparar las fotos. Esos rollos fotográficos los guardé sin revelar por varios años.

Finalmente, el guía regresó y nos llevamos el cadáver del alemán. Lo montamos en una mariguela, una especie de camilla hecha de fibras de palma, forramos el cuerpo con hojas de plátano y a los lados llevábamos troncos de árboles encendidos para evitar a los animales. ¿Cuánto tiempo estuve en ese rescate? No lo podría precisar. En la selva no se tiene la percepción del tiempo, el reloj es una cosa inútil. Si uno le pregunta a un yanomami cuánto falta para llegar a un sitio te responde: “Si vamos lento, llegamos lento; si vamos rápido, llegamos rápido”.

Una canoa se adentra en la selva amazónica. HÉCTOR PADULA

 - Este encuentro con el arte, sin buscarlo como objetivo, ¿parte de la cultura de los yanomami, del entorno y de los misterios de la selva?

- En mis largos días en el Amazonas, una de mis actividades de distracción era ver cómo caía la lluvia sobre las lajas de piedra negra. Se iba generando un marco abstracto sin pensar que todos esos detalles serían elementos para otra serie de trabajos que tenían que ver con el espacio, tiempos, velocidad, luz y sombra. Con el tiempo me di cuenta de que casi todo lo veía a través de un lente. Todos mis viajes en la selva fueron guiados con una visión fotográfica. Ahora sí me doy cuenta. Cada foto tiene una visión.

- Aunque las cámaras fotográficas siempre te acompañaron nunca dejaste de lado las tareas como médico, el proyecto Parima Culebra - Médicos de la Selva...

- No. El objetivo central del programa Parima Culebra era crear conductas y metodologías para que los médicos que nos fueran a relevar tuvieran un camino andado. Tratamos de aprender el idioma —lo cual no era fácil porque los yanomami tienen distintos dialectos—, y sobre la marcha fuimos haciendo nuestro propio diccionario y uno de terminología médica.

Por ejemplo, cuando íbamos a una comunidad para llevar el tratamiento para el paludismo, teníamos que convertir a la madre en la supervisora de las medicinas de su núcleo familiar. Los yanomami tienen un sistema numérico muy sencillo, que se basa en las dos manos: mori es uno; porokapi, dos; y bruca, muchos. Para ellos, tener más de dos cosas es mucho, pues solo tienes dos manos. Ese es un método también conservacionista: ¿para qué cazar más animales de los que se necesitan para alimentarse? Entonces, usábamos mori, porokapi y bruca para indicar las dosis de pastillas. También utilizábamos troncos de árboles como indicadores: de acuerdo a la posición del sol, poníamos el tronco hacia el este o oeste en el shabono para indicar la hora en que debía tomarse la pastilla.

'Chabono' de una comunidad yanomami. HÉCTOR PADULA
Indígenas yanomami desansan en su 'chabono'. HÉCTOR PADULA

- ¿Cómo fue la convivencia de la ciencia médica occidental con la medicina de los yanomami, que suele ser aplicada por el chamán?

- El código de comunicación entre el paciente y el médico es muy importante en cualquier circunstancia. En el caso de los yanomami, íbamos en contracorriente. Ellos no están acostumbrados a la medicina occidental y tienes que convencerlos de que la inyectadora es tanto o más efectiva que el acto de “brujería” del chamán. Teníamos que “venderles” la idea acompañados de esos ritos. Por eso, el chamán de la comunidad hacía sus rituales al paciente mientras nosotros poníamos una inyección. Muchas veces, había que ponerla donde el brujo decía. El chamán me decía aquí y yo pinchaba allí, porque desde el punto de vista médico era igual.

Una vez me suspendieron el título de médico porque Venevisión grabó un programa especial donde tuve que utilizar los ritos del chamán mientras atendíamos a un paciente para que accediera a recibir nuestras medicinas. Creían que era una maldición, lo tenían apartado y estaba desnutrido. Fui a verlo y era paludismo, tenía convulsiones y no se dejaba tocar. No me quedó otra solución que hacer el rito. Dejé que el chamán me acercara el yopo [semilla con sustancia alucinógena], inhalé una dosis muy pequeña y las cámaras grabaron ese acto. Era una acción teatral para poder inyectarle la medicina al paciente. Lamentablemente, la escena salió en televisión, me acusaron de brujería y me suspendieron. Tuve que regresar a Caracas a resolver el problema.

Un niño yanomami parte una flecha mientras grita a la luna. HÉCTOR PADULA

- ¿Qué historia hay detrás del niño yanomami que fotografiaste partiendo la flecha, con la que obtuviste un premio?

- Ese es uno de los niños que me levantaba de noche para que los acompañara a jugar en el Alto Siapa. Robaba las flechas a su papá, las partía y con ellas se golpeaba en su pecho, al tiempo que le gritaba cosas a la luna, porque los yanomami son los hijos de la luna. La leyenda cuenta que un guerrero yanomami flechó a la luna y donde cayó la gota de sangre de la luna nació un yanomami. El niño en ese momento estaba gritando algo que yo no comprendía. Tenía entre 5 y 6 años.

Hice la foto sin saber lo que resultaría. Fue tomada con el reflejo de la luz de la luna, con un cielo muy nublado. Si bien es mérito del fotógrafo, más mérito tiene el trabajo de Franca Donda, laboratorista especializada en blanco y negro, que fue quien la recuperó. Yo no estaba muy interesado en esos rollos fotográficos, en mi actividad con el programa Parima Culebra, me interesaban más las fotos a color porque las usaba en diapositivas para las charlas que daba para financiar nuestros campamentos en el Amazonas. Las películas en blanco y negro las dejé durante cinco años en un morral sin revelar. En una ocasión, una amiga me recomendó que llevara esos negativos a Donda, así que fui a su casa, y me dijo: “Doctorcito, déjelo por allí y le avisaré, porque en este momento tengo mucho trabajo”. Pasó el tiempo y me olvidé de esos rollos. Un día, sorpresivamente, Donda me llamó y me dijo: “Doctor, ¿usted sabe lo que tiene aquí? ¿Me da autorización para forzar [el revelado de] algunas de ellas?”. Yo le respondí que sí, y cuando vi reveladas las fotografías me impresioné hasta el punto que hoy día considero que son las mejores fotos que he tomado en mi vida, y sin saber cuándo las hice.

- De tu morral al laboratorio fotográfico de Franca Donda, y de allí a las paredes del restaurante, al consultorio médico, luego a salas de exposiciones y libros... ¿Cómo ocurrió esa transición?

- Todo vino por casualidad. Donda hizo una selección y copiamos aproximadamente 200 fotos. Las guardé en una caja. Con el tiempo, comencé a digitalizarlas. En esa tarea estuve seis años: en el medio de mis actividades como médico, realizaba dos o tres digitalizaciones, y así se me iban los días de una manera divertida. Veía las fotos en el monitor y allí se quedaban.

En una ocasión, el director curador de la Fundación Archivo Fotografía Urbana, Vasco Szinetar, vino a mi consultorio para un chequeo. Le estaba enseñando fotos del Catatumbo, de donde acababa de regresar, y en ese momento me llamaron del quirófano. Él continuó viendo las fotos en el monitor y aparecieron las digitalizaciones de los rostros de los niños yanomami. Cuando regresé, Vasco me dijo: “Mira, olvídate del Catatumbo, hay que hacer un libro de los yanomami porque tienes una mirada única en retratos. No hay nadie que haya hecho este trabajo”. Me convenció y nos pusimos a trabajar en ese proyecto del cual fue el curador. Tardamos casi tres años.

En un comienzo, no encontrábamos financiamiento porque editar ese tipo de libros es muy costoso. Escribí todas las cartas que pude a organismos que pudieran estar interesados, sin éxito. Tengo expuestas algunas de las fotos en mi restaurante de Galipán. Por cosas del destino, vino a Venezuela el presidente de Movistar de España, lo invitaron al restaurante y vio las fotos. Preguntó quién era el autor y le dijeron que el cocinero. Me llamó, me senté con él y tuvimos una conversación muy agradable. Me dijo: “Vamos a hacer algo con esto”. Me puso en contacto con la presidenta de la Fundación Movistar en Venezuela. Un día ella me llamó y me dijo: “Es una cosa insólita lo que me ha pasado”. Resultó que era la joven que trabajaba en Venevisión en la producción y dirección del programa que suscitó el problema con la grabación en la que yo “brujeaba” al yanomami, y ahora era directora en esa Fundación. Es decir, a sus manos regresó un material que ella vio cuando lo tomé en aquellos años. Eso facilitó la edición del libro Ipa Wayumi por Movistar de España. Contamos con la editorial Lavaka, el riguroso trabajo de curaduría de Vasco Szinetar, el diseño de Kataliñ Alava y los textos de Lorena González Inneco.

Héctor Padula, con una de las familias yanomami con las que convivió durante el programa médico Parima Culebra. HÉCTOR PADULA

- Has mencionado que esos años en la selva fueron los más felices de tu vida.

- Siempre dije que vivir con los yanomami fue un infierno, pero vivir sin ellos ha sido otro infierno. No fue fácil la convivencia. Muchas enfermedades, frecuentes depresiones. Yo era el líder del equipo y me escondía para llorar. En el primer viaje que hicimos, la comida no pudo viajar en el avión de la Fuerza Aérea Venezolana que nos llevó porque no había más espacio. Nos dijeron que en una semana regresaría otro vuelo con esas provisiones. Pasaron seis meses y nunca volvieron.

Esa aventura fue la primera cosa en mi vida que hice que dependiera solo de mí. Me dio las herramientas para medirme y para saber si servía o no como médico, como líder de equipo y como esposo, porque ya estaba casado y ella también se fue conmigo. Fui en contra de la opinión de mi padre, quien me advirtió que era una locura. Estábamos a contracorriente porque el Ministerio de Sanidad al principio no quiso aceptar esa actividad como la pasantía rural que se exige en la carrera. Nosotros teníamos el argumento de que, si no lo hacíamos nosotros, no lo haría nadie. Desde el primer día, salvamos vidas. En Caracas uno atiende una emergencia, se va y viene otro médico a quien le tocará salvar la vida de ese paciente. Allá no. 

- Los integrantes del proyecto Parima Culebra, jóvenes médicos de la Universidad Central de Venezuela, compartieron una vivencia única...

- Hace poco murió uno de nuestros compañeros, uno de los fundadores y de mis mejores amigos. Recuerdo que la primera operación que realicé en el Alto Orinoco la hice con él. Yo estaba en Ocamo y él estaba en Mavaca y me llamó porque necesitaba ayuda. Había un niño mordido de serpiente y había que hacer una necretomía para salvarle el brazo. Yo iba todo asustado. Fueron tres horas de trayecto e iba repasando mentalmente todo lo que sabía de anatomía, de cómo hacer el procedimiento con el menor dolor posible. Fue muy triste la experiencia, porque al final el niño murió. 

Hoy, después de una operación, si todo sale bien, tengo una gran satisfacción de saber que fueron excelentes las decisiones que tomé. Hay como un ceremonial de que se hicieron las cosas bien, y eso pasaba mucho en el Amazonas. Creo que lo hicimos bien. Todos sin excepción decimos que fueron los mejores años de nuestras vidas.

Ahora estamos presenciando el fin de esa etnia, unas comunidades indígenas donde no hay votos, no hay documentos de identidad. Están invadidos por la minería y afectados por la desnutrición y las enfermedades, entre otros factores, que están acabando con la selva del Amazonas y con las etnias. Este podría ser el fin de los yanomami. Es lamentable. Los yanomami tienen al menos ocho generaciones sin mezclarse con otra raza. Son los primeros habitantes de América.

Periodista y consultor. Ha trabajado en medios como El Diario de CaracasEl Universal, donde fue editor del área de Investigación. En 1995 ganó el Premio Nacional de Periodismo por el libro Las cuentas ocultas del presidente. Es autor de otros títulos como Las balas de abril (2006), Afiuni, la presa del comandante (2012) y Los últimos días de Hugo Chávez (2020).