Emil Nolde, Ernst Ludwig Kirchner, Kurt Schwitters y George Grosz son algunos de los grandes nombres de las vanguardias. Adolf Wölfli, Else Blankenhorn, August Natterer, Barbara Suckfüll y Gabriele Urbach son pacientes psiquiátricos cuyas obras se conservan en la Colección Prinzhorn del Hospital Universitario de Heidelberg. Ahora, la exposición La otra orilla de la vanguardia ha puesto a dialogar ambos mundos. Desde el 24 de septiembre hasta el 10 de enero, en la Sala Recoletos de la Fundación Mapfre.
Allí, más de setenta obras divididas en cinco secciones y una amplia selección de documentación trazan el desarrollo de un capítulo fundamental de la historia del arte moderno: el que muestra una relación entre las obras realizadas por pacientes psiquiátricos y los artistas de vanguardia. Así, los segundos encontraron en las primeras una vía distinta para pensar el arte, lejos de las normas académicas y de los modelos establecidos. Dibujos, pinturas, esculturas, tejidos y objetos que habían sido únicamente interpretados como documentos médicos se revelaron con una gran fuerza expresiva y una libertad de formas. Por eso la exposición también reflexiona sobre quiénes han sido reconocidos o excluidos del relato oficial.

Lo que Hans Prinzhorn supo ver
La huella de las obras de estos pacientes puede rastrearse desde finales del siglo XIX, pero su presencia se hizo fuerte en las primeras décadas del siglo XX entre los artistas que buscaban renovar el arte moderno. Fue entonces cuando el psiquiatra e historiador del arte Hans Prinzhorn logró reunir en la clínica psiquiátrica de la universidad de Heidelberg una extraordinaria colección de obras realizadas por personas ingresadas en dicha institución y en otras del mismo tipo en Alemania y otros países europeos. Prinzhorn fue uno de los primeros en contemplar las obras de pacientes psiquiátricos más allá del diagnóstico médico. Supo reconocer en ellas una poderosa capacidad de invención y una libertad que conectaban con algunas de las búsquedas más radicales de la vanguardia.
El psiquiatra e historiador del arte dio a conocer tanto sus ideas como parte de su colección en el libro Expresiones de la locura (1922), que tuvo una amplia repercusión internacional entre artistas e intelectuales de la época. Expresionistas, dadaístas y surrealistas encontraron en las obras ahí reproducidas una energía creativa que conectaba con su voluntad de renovar el arte moderno.
En los albores del siglo XX en Munich, las ideas de Prinzhorn confluyeron con el ambiente expresionista de grupos como el muniqués Der Blaue Reiter (El jinete azul) y el norteño nacido en Dresde Die Brücke (El puente), que defendían una creación nacida de impulsos primarios, físicos y psíquicos. Esta nueva concepción del arte permitió valorar lo infantil, lo primitivo y lo no reglado, y preparó el terreno para una lectura artística de las obras realizadas por pacientes psiquiátricos. Figuras próximas a Prinzhorn, como Mary Wigman o Emil Nolde, compartieron ese interés por una expresión más libre a través de la forma, el color o la imagen en movimiento propia de la danza. En paralelo, Der Blaue Reiter, fundado por Vasili Kandinsky y Franz Marc, defendió un lenguaje espiritual y alejado de las convenciones.

En todos los movimientos
Tras la Primera Guerra Mundial, la locura adquirió un lugar central en el imaginario artístico como huella del trauma colectivo. En ese contexto, Expresiones de la locura tuvo una rápida difusión y llegó también al movimiento dadá, nacido en Zúrich, en torno al Cabaret Voltaire, como crítica radical al orden racional y burgués. Su defensa de un “arte elemental” acercó a Dadá a formas de creación situadas al margen de la norma, entre ellas las obras de pacientes psiquiátricos. Prinzhorn alcanzó una gran recepción en Berlín, donde artistas como George Grosz o Kurt Schwitters exploraron lenguajes deformados, satíricos y construidos a partir de materiales de desecho, cercanos en algunos aspectos a procedimientos presentes en la colección formada por Prinzhorn en Heidelberg. Desde Colonia, Max Ernst contribuyó después a llevar este universo visual a París, donde circularía entre los surrealistas.
Así, el libro de Hans Prinzhorn también se convirtió en referencia visual para artistas interesados en explorar los límites entre realidad, imagen e inconsciente. Paul Éluard lo definió como “el libro de imágenes más bello del mundo” y sus reproducciones conectaron con las búsquedas iniciadas por André Breton y Philippe Soupault en torno al automatismo psíquico. En 1929, la exposición L’Art des fous, celebrada en París, mostró varias obras de la colección Prinzhorn y reforzó el interés surrealista por las formas de creación vinculadas al sueño, el trance, la hipnosis o los estados alterados de la conciencia.
!['“La caprice” para la República [hoja VIII]' (4 de octubre de 1923), de August Klotz (August Klett). PRINZHORN COLLECTION / UNIVERSITY HOSPITAL HEIDELBERG '“La caprice” para la República [hoja VIII]' (4 de octubre de 1923), de August Klotz (August Klett). PRINZHORN COLLECTION / UNIVERSITY HOSPITAL HEIDELBERG](/uploads/s1/11/29/58/09.jpeg)
Un episodio oscuro
Al llegar la década de 1930, en el periodo de entreguerras, el régimen nazi manipuló el vínculo entre las producciones elaboradas por pacientes psiquiátricos y el arte de vanguardia para desacreditar el arte moderno. Expresionismo, dadaísmo o abstracción quedaron incluidos bajo la etiqueta de “arte degenerado”. Tras la Segunda Guerra Mundial, Jean Dubuffet retomó el legado de Prinzhorn. Había conocido su libro en la misma década de 1920 en que fue escrito, y, terminado el conflicto bélico, visitó la colección de Heidelberg. Aquellas obras le ofrecieron un modelo alternativo al arte oficial y sus convenciones. A partir de ese interés, acuñó en 1947 la expresión art brut para referirse a determinadas creaciones realizadas al margen de los circuitos artísticos establecidos, especialmente por personas excluidas o alejadas de la cultura dominante.
La exposición La otra orilla de la vanguardia ofrece una mirada a los impulsos creativos surgidos al margen de la norma y permite comprender cómo estas expresiones, ajenas al circuito artístico, dejaron una huella profunda en el arte moderno.


!['Sin título [Miniatura Merz]' (1920), de Kurt Schwitters. FERNANDO MAQUIEIRA, 2026 / KURT SCHWITTERS, VEGAP, MADRID, 2026 'Sin título [Miniatura Merz]' (1920), de Kurt Schwitters. FERNANDO MAQUIEIRA, 2026 / KURT SCHWITTERS, VEGAP, MADRID, 2026](/uploads/s1/11/29/48/08.jpeg)

!['El pastor prodigioso [II]' (entre 1911 y 1917), de August Neter (August Natterer). PRINZHORN COLLECTION / UNIVERSITY HOSPITAL HEIDELBERG 'El pastor prodigioso [II]' (entre 1911 y 1917), de August Neter (August Natterer). PRINZHORN COLLECTION / UNIVERSITY HOSPITAL HEIDELBERG](/uploads/s1/11/29/78/11.jpeg)
!['Sin título [mantel del hospital psiquiátrico del castillo de Werneck]' (c. 1910), de Barbara Suckfüll. PRINZHORN COLLECTION / UNIVERSITY HOSPITAL HEIDELBERG 'Sin título [mantel del hospital psiquiátrico del castillo de Werneck]' (c. 1910), de Barbara Suckfüll. PRINZHORN COLLECTION / UNIVERSITY HOSPITAL HEIDELBERG](/uploads/s1/11/29/98/13.jpeg)
!['Sin título [Composición n.º 107]' (28 de octubre de 1940), de Fleury-Joseph Crépin. CLAUDE BORNAND 'Sin título [Composición n.º 107]' (28 de octubre de 1940), de Fleury-Joseph Crépin. CLAUDE BORNAND](/uploads/s1/11/30/18/15.jpeg)
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