Artes

‘El salto’ de la nada al futuro

Benito Zambrano plasma en el cine las dramáticas vivencias de los migrantes subsaharianos que intentan llegar a España. “Algo tiene que cambiar”, dice.

El actor Moussa Sylla, protagonista de la película 'El salto', de Benito Zambrano. FILMAX

Hablar de Benito Zambrano (Lebrija, 1965) es devolverle a la retina instantes de una filmografía que rezuma compromiso social, armada, a menudo, a base de vidas afligidas y crudas realidades. Por eso el director y guionista andaluz acumula prestigios en festivales como Berlín, Cannes y San Sebastián, y miles de espectadores en las salas de cine. Suyas son las películas Solas (que lo presentó al mundo en 1999 y arrasó con cinco Premios Goya, entre ellos, los de Mejor dirección novel y Mejor guion original), Habana Blues (2005), La voz dormida (2011), Intemperie (Goya en 2020 a Mejor guion adaptado) y Pan de limón con semillas de amapola (2021).

Ahora, con El salto, Zambrano firma como director una de sus historias más necesarias —lo dice él mismo— para acallar xenofobias y despertar empatías en un espectador que asistirá al drama terrible de la migración subsahariana: a la realidad de tantas personas que se dejan la vida en una patera en el Estrecho o saltando la valla de Melilla para llegar a España. Y también a la de quienes consiguen entrar en nuestro país pero viven en una vulnerabilidad y precariedad asfixiantes.

El filme sigue los pasos de Ibrahim (Moussa Sylla), quien llegó a España desde Mali y consiguió instalarse en Madrid, donde vive con Mariama (Nansi Nsue), embarazada, y trabaja como albañil. Un día, la policía le detiene y es deportado a su país de origen por carecer de permiso de residencia. A partir de ese momento, su único objetivo será regresar a España para reunirse con su familia. Tras conseguir atravesar África, se instala en el monte Gurugú, en Marruecos, en un campamento clandestino donde se preparará para una hazaña física que no está al alcance de cualquiera: el salto de la valla de Melilla. Un salto que significa “libertad”, que gritan los protagonistas y convierten en un canto de esperanza, infundiéndose del coraje necesario para escalar ese muro que separa África de Europa. O la muerte de la vida. O la nada del futuro.

Zambrano atiende a COOLT para hablar de la película antes de su estreno en las salas españolas, este 12 de abril.

Tráiler de la película 'El salto' de Benito Zambrano. YOUTUBE

- ¿El cine sirve para cambiar el mundo?

- ¡Por supuesto que sí! Siempre pienso que el cine, el arte, la cultura tienen que servir para construir un mundo mejor. Por lo menos, yo intento ser mejor persona a través de mis películas. Esta ha sido de las más necesarias que he hecho, justamente, porque creo que será más útil, porque espero que sirva para algo, porque quiero que sea una herramienta de visibilización, de conciencia, de denuncia, y también un acto solidario. Me gustaría que la gente sintiera, de verdad, lo que es el dolor, la tragedia y el drama de la migración, sobre todo, de la subsahariana. Porque en este país inmigración hay mucha, pero, aunque parezca mentira, la africana es la menor dentro del porcentaje de extranjeros que hay, y, sin embargo, es la más lacerante, terrible y machacada. Me gustaría que el espectador tuviera ganas de saltar la valla con ellos o, mejor todavía, de destruir las vallas y los muros. Si conseguimos que algún espectador, de pronto, sienta ese deseo, esa empatía, ya habremos cambiado alguna cosilla.

- Vuelves a tu mejor cine social, aunque primero fue Solas. ¿Ambas historias han sido igual de necesarias?

- Solas era mi primera peli y no sabía la repercusión que iba a tener: yo estaba contando la historia que sentía que tenía que contar. Fue después cuando dije “¡ostras!”, cuando se empezó a hablar de los malos tratos y la película adquirió una dimensión que no esperaba. Yo había hecho una peliculita, lo que podía y sabía hacer de la mejor manera posible. En El salto sí que éramos conscientes, desde el primer momento, de que estábamos trabajando en una película muy importante y muy necesaria por lo que estábamos contando. Así se lo decía a los actores y al equipo: tenemos que hacerlo bien por ellos.

- Si Solas era una historia de soledades, ¿El salto lo es de acompañamientos? En la película el grupo hace la fuerza y la esperanza…

- Desde ese punto de vista, El salto es la lucha juntos, el apoyarse, el ayudarse, el luchar por salvarte y apoyarte en el grupo, en el equipo. El salto de la valla no se puede hacer solo porque es muy probable que fracases. Es la lucha compartida.

- ¿En qué momento nos hemos anestesiado como sociedad?

- Si miras la historia hacia atrás, nos anestesiamos cuando en la Segunda Guerra Mundial gaseábamos judíos y ¿dónde mirábamos? Está pasando todos los días, lo estamos viendo con Palestina… Los seres humanos somos capaces de lo mejor y también de lo peor. Miseria y hambre hay en África para aburrir. Lo estúpido y absurdo de todo lo que está pasando es que, para colmo, necesitamos a la población extranjera. Europa y España están paralizadas con el tema de natalidad. Si empezamos con un discurso xenófobo, cerremos las puertas y a ver qué pasa. ¡Dentro de un año o de dos tendremos que sacar una ley que obligará a toda mujer en edad de procrear a tener uno, dos o tres hijos! Además, posiblemente, muchos de quienes pronuncian estos discursos tengan a una filipina de interna en su casa. ¿Qué le decimos a la filipina? ¿Que se vaya a su país porque no queremos extranjeros? ¿Volvemos al tema del ADN ibérico español? Si nosotros somos un país que hemos recibido y viajado, ¡un país mestizo! De pronto, hay como una especie de absurdo de no mirar la historia para atrás…

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- ¿Qué ha hecho Europa con África? Han sido 300 ó 400 años de esclavitud. Fuimos allí, les robamos, los secuestramos, los metimos en barcos, los tratamos como animales durante varios siglos… Gracias a la esclavitud se desarrolló Norteamérica. Y, a principios del siglo XX, todos los pobres de Europa fueron para América a buscarse la vida: italianos, irlandeses, españoles… Pero es que, después, en los años cincuenta y sesenta, ¿quiénes eran los negros de Europa? Los españoles: en Suiza, Francia, Alemania… ¿Cómo nos sentíamos siendo extranjeros, sin saber idiomas? Y en los años sesenta y setenta, ¿quiénes eran los negros del País Vasco, Cataluña o Madrid? Los andaluces, los extremeños… que aportamos a su desarrollo. ¿En qué momento nos hemos olvidado de que hemos sido emigrantes? La palabra extranjero es tan fea… Hay que recordar aquella canción tan bonita que cantaba Alberto Cortez de ‘No me llames extranjero’. Todos somos ciudadanos del mismo mundo, otra cosa es cuando lleguen los alienígenas [risas].

Benito Zambrano, durante el rodaje de 'El salto'. FILMAX

- Las políticas internacionales en materia de inmigración, ¿también están llamadas a dar su salto”?

- Sí, algo tiene que cambiar. No podemos seguir con este nivel de sufrimiento y dolor cuando ellos vienen a dar la solución. Como decía una amiga mía, cuando saltan la valla, vienen con dos bolsas de las pensiones en cada mano. Es gente joven que dentro de cinco o seis años va a estar trabajando. Es verdad que gran parte de la inmigración que llega no es una inmigración formada. Esa emigración formada, precisamente, es la que nosotros estamos exportando: más de un millón de andaluces fuera de Andalucía. Yo tengo una sobrina licenciada trabajando fuera, tengo hijos de amigos trabajando fuera… Nosotros estamos exportando a Europa mano de obra altamente cualificada y también estamos recibiendo, pero también hace falta la otra [mano de obra]. ¿Quién va a limpiar las escaleras, arreglar las calles o cuidar a tus viejos? Lo que está claro es que hay gente, empresas y negocios, que se están aprovechando de la cantidad de mano de obra barata, precaria, sin papeles.

- ¿Qué descubriste de esta problemática en el trabajo de investigación previo al rodaje?

- Primero, me di cuenta de que no sabía prácticamente nada: lo que veía en las noticias y poco más. Desconocía todo el entramado y la complejidad administrativa que significa un sin papeles, una persona que entra aquí, como dice la película, por puerto no habilitado, que es cruzar la frontera sin pasar por un aeropuerto o una aduana. La terrible situación en la que se quedan cuando llegan: la precariedad, el estrés y la tensión con las que viven las casi 500.000 personas que hay ahora mismo en situación irregular en nuestro país. Son personas que tienen escrito en la frente “haz conmigo lo que te dé la gana”, porque no tienen derechos. Son personas vulnerables que no pueden defenderse, ni protestar, ni ponerse enfermas. Desconocía todo esto hasta que me metí en la película y empecé a hablar con abogados y con gente especialista.

- Sin olvidarnos de la odisea del propio viaje para llegar a España…

- ¡Los varios viajes que tienen que hacer! Uno es decidir que en tu país no tienes futuro, porque te pueden matar, hay una guerra, hay una sequía… Después está el viaje que hacen desde su pueblo, su país de origen, cruzando toda África. Y luego, cuando ya consiguen llegar a territorio europeo, empiezan con un viaje interno porque no tienen la misma lengua, cultura ni religión. ¡Y no te digo hasta que consiguen regularizar su situación! Otra de las cosas que aprendí es todo lo que pasa cuando llegan a la zona norte de África, a Argelia, Túnez, Marruecos… El trato tan denigrante que se produce, el maltrato que sufren porque tienen que quedarse a trabajar para poder buscarse la vida. Eso sí me dolió mucho: que un pobre maltrate a otro pobre.

- En tu película, dignificas a los migrantes subsaharianos. ¿Qué cualidades querías otorgarle al protagonista, Ibrahim?

- Yo vivo junto a la Plaza de Lavapiés [de Madrid], pero, dentro de mi entorno, convivo poco con el mundo africano y mucho más con el latinoamericano por idioma, cultura y relaciones con amigos. Así que el hecho de hablar con ellos y de conocerlos fue una lección de vida, de acercarte a la humanidad y mirarle a los ojos. Obviamente, las cualidades que yo le quería dar a Ibrahim, como a su pareja, Mariama, eran las mismas que le daría a un personaje de aquí, con sus defectos y virtudes. Alguien que sueña, ama, quiere encajar, vivir, estar tranquilo y disfrutar. Quería que viéramos que, detrás de cada uno de ellos, hay un ser humano normal, con ninguna diferencia respecto a ti: solo el color de la piel, el origen, la cultura, la religión… ¡Pero si eso es lo que nos enriquece! Es alguien que viene a trabajar, a buscarse la vida para desarrollarse, hasta el punto de que la generación siguiente, sus hijos, que nacen ya en estos países, se integran perfectamente, hablan el mismo idioma. En Estados Unidos te encuentras a chicanos, a hijos de mexicanos, que se sienten más americanos que los propios americanos. Es como aquí, cuando oigo hablar a los hijos de amigos latinoamericanos: el padre, con su acento chileno, peruano, colombiano… Y sus hijos hablando en castellano perfecto. Mi propia hija es de madre cubana, es cubanita andaluza y, cuando la llevo a Andalucía, la pongo con los primos y ese contraste me llama mucho la atención [risas].

El filme recrea el salto de los migrantes a la valla de Melilla. FILMAX

- La hazaña de saltar la valla se convierte en una experiencia extenuante. Sobre pateras hemos visto mucho, pero pocas veces, o ninguna, se había mostrado antes en el cine el salto…

- Es un fenómeno muy español, muy particular y poco visto. Esta era una escena que necesitábamos hacer bien, porque es el momento final épico del personaje, la lucha contra la muerte. Tenía que ser algo que el espectador viviera y sintiera. Escalar ese muro es el símbolo de todo lo que han superado, y de todo lo que les queda, porque el personaje, cuando cruza la valla, llega a un país donde se le va a abrir un expediente y donde la Policía podría perfectamente montarlo en un autobús y devolvérselo a Marruecos. Encima, el viaje de Ibrahim se complejiza mucho más porque, al haber sido deportado y volver a entrar, viene cometiendo una falta grave.

- ¿Fue también la parte más difícil y esforzada del rodaje?

- Sí, fueron cinco noches de rodaje durísimo, porque cada día teníamos que rodar una parte, cambiar todas las luces… Era un espacio muy grande. Había una grúa con todos los arneses para que cada actor y figurante especialista que subía estuviera atado con seguridad y pudiéramos rodar sin problemas. Había un montón de limitaciones técnicas complejas, y solo podíamos construir una parte de la valla, 30 metros, porque el hierro estaba carísimo y fue un pastizal. Y, después, todo el trabajo de reconstrucción digital.

- ¿Cuánto te ha cambiado esta película?

- En el aspecto de aprendizaje, me ha llenado mucho, pero no me ha cambiado en cuanto a mi manera de pensar. Mi ideología y mis principios son los mismos que antes de hacerla. Hacía mucho tiempo que quería hacer una película que hablara de esto, más aún siendo andaluz. Son muchos años escuchando sobre desembarcos de pateras, naufragios de pateras, cadáveres apareciendo en las playas… Pero no terminaba de encontrar una historia que pudiera convertirse en una buena película. Hasta que apareció este guion, mérito absoluto de Flora González Villanueva.

Periodista cultural. Colaboradora de medios como Cinemanía, La Vanguardia, Viajes National Geographic y El Confidencial